¿Cómo ves el futuro del agua en la ciudad?, le pregunté al operador de la planta de bombeo.
Me miró, muy serio. Se quedó pensando unos segundos y me respondió: ¿Te acuerdas cómo terminaron las ciudades mayas? Pues así vamos a acabar: abandonando la ciudad porque ya no hay agua.

El operador, Gabriel, no es el único que piensa así. Los trabajadores del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (SACMEX) comparten visiones apocalípticas sobre el futuro hídrico de la capital mexicana. La opinión de Gabriel es probablemente la más sintética y clara que he escuchado, pero las demás no se alejan demasiado de ella. El acuerdo es claro: el agua es cada vez más escasa; traerla es cada vez más costoso; mantener la infraestructura resulta casi imposible en un contexto de recursos decrecientes, y la ciudad no deja de crecer. Una fórmula para el desastre.

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Ese mismo día, pero unas horas más tarde, vuelvo a hablar del futuro de esta ciudad y su agua con dos trabajadores del Sistema. Son Antonio y Trinidad. El segundo es el jefe del primero, que maneja la camioneta en la que nos transportamos para hacer revisiones de distintos tanques y bombas. Ahora estamos bajando desde Vista Hermosa hacia Naucalpan por la zona de Tecamachalco. Vemos una fuente seca y ahí comienza la conversación. Antonio me dice que la fuente representa una parte del estado del Sistema: fuentes secas y el pavimento mojado por las fugas.

Tal vez sea la libertad que da el tener menos responsabilidades a nivel institucional, o mera personalidad, pero Antonio me da una visión completa del problema hídrico de la ciudad. El agua que llega a la ciudad es insuficiente y sus fuentes internas están casi agotadas. Traer más líquido de Lerma no es viable. Allá el acuífero está sobreexplotado y la demanda de la zona urbana y periurbana de Toluca es cada vez mayor. Trinidad cuenta que querían traer agua de Veracruz, pero que los costos son altísimos y no parece haber nadie dispuesto a hacerlo.

En Cutzamala la cosa es similar. El agua no es suficiente. Además allá hay, añado yo, muchas resistencias a nuevos proyectos de apropiación de agua para la Ciudad. Pienso, por ejemplo, en el conflicto que las mujeres mazahuas de la zona de Temascaltepec tuvieron con el gobierno federal a finales de los años 90. Conagua buscaba construir una nueva presa, pero la organización comunitaria, encabezada primero por los hombres y luego por las mujeres de la zona, lo impidió (Gómez-Fuentes, 2009; 2014). El movimiento, como tantos otros, forma parte de una creciente resistencia contra la apropiación de recursos y territorio en México, sobre todo por parte de los pueblos originarios.

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Fotografía: Alejandro de Coss.

Antonio también tiene opiniones fuertes sobre estas resistencias. Él cree que la fuerza pública debería entrar para asegurar el agua, que debe ser de todos. Le parece injusto que estos pueblos la reclamen como propia, impidiendo que llegue a una ciudad que lo necesita. Para él, hay cierta naturalidad en la migración campo-ciudad, acelerada por procesos de despojo como este. Si allá no hay más agua, que vengan a la ciudad, me dice. Obvia, por ahora, que muy probablemente llegarán a un lugar en el que no hay agua

Estoy en completo desacuerdo con lo que me dice, pero sigo preguntando. Quiero saber qué encuentra como explicación para la negativa de la gente a dar su agua. Me dice que la gente ya no confía en el gobierno. Les prometen cosas: escuelas, hospitales, agua, pero nada llega. Antes las cosas eran distintas: el agua llegaba y las escuelas también; ahí están las de Lerma, construidas cuando se trajo aquella agua a la ciudad.

El problema se agudiza en la ciudad. Cada día se construyen más edificios, con más lujos: albercas, saunas y spas. Muchos de estos están en el poniente. Los ricos se establecen de acuerdo a las ventajas que les da el territorio, argumenta Antonio. Días después, Pedro, un operador de radio, me dirá lo mismo. La riqueza en la ciudad, concentrada en el poniente, tiene que ver con la disponibilidad del agua que viene entrando desde Lerma. Ahí, en los cerros y cañadas, el agua es abundante y tiene la presión requerida para satisfacer los requerimientos de los desarrollos inmobiliarios. Al oriente, la presión casi desaparece: el agua, sucia, apenas llega.

En otra ciudad posible habría estudios que midieran el impacto de los edificios en el acuífero y que generarían decisiones vinculantes. No veríamos edificios de 30 pisos con cisternas gigantes en una cuenca en crisis; no se construirían inmuebles que siguieran viendo al agua como un recurso infinito y casi gratuito (Alejandro Velázquez Zúñiga ha escrito sobre el tema). Esto, a pesar de los buenos deseos de Antonio, no pasará. Aquí, él culpa a los políticos y al gobierno, que se rigen por sus intereses y no los de la mayoría. Esa oposición, entre gobierno y trabajador, es también común en las bases trabajadoras del Sistema de Aguas. Muchos se miran como trabajadores al servicio de la gente y no de sus jefes: estadistas que tapan fugas.

Para Antonio, en el centro del problema está una cultura que no cuida el agua. Pedro, el operador, lo dice más claro: el conflicto central del agua es ideológico. La idea que rige ese sistema es la del agua infinita. Esa noción permea hasta lo más cotidiano: el agua debe ser barata y puede ser desperdiciada sin consecuencias. En la estructura de la ciudad, se observa en esos edificios que se levantan, afectando aún más la distribución desigual del agua, marcada en gran medida por el eje poniente-oriente. El agua barata (Moore, 2015), que construye la inequidad urbana, es una condición para una urbanización como la de México: expansiva y orientada a la acumulación.

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Fotografía: Alejandro de Coss.

El futuro de la ciudad, al final, parece destinado a un conflicto creciente por el agua. Muchos trabajadores temen que esta situación sea utilizada para privatizar el servicio. Para ellos, esto significaría un cambio negativo en las condiciones de trabajo – o incluso su potencial despido. Algunos usan como referencia al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME): se ven reflejados en ellos. Para la ciudad, esa privatización temida significaría una profundización de la lógica de desigualdad: agua para los que pueden pagarla, escasez para los pobres, y todo montado en un sistema que produce activamente su insostenibilidad.

Para poder hacer efectivo el derecho humano al agua es necesario pensarlo como uno ligado a muchos más: el derecho a la ciudad, a la alimentación, a la vivienda y tantos otros. El agua es, además, crucial en la producción de la desigualdad. La ausencia y presencia de agua da forma a las disparidades entre campo y ciudad y dentro de estas unidades geográficas, creando un paisaje de escasez y abundancia relativas. En el contexto urbano, el agua debe ser pensada a la par de la vivienda, de la zonificación y de la planeación. Con respecto al campo, la ciudad tiene deudas históricas que nos exigen repensar los términos del intercambio de recursos y la noción de límites que tenemos hoy (Massey, 2007). Esto sin excluir, por supuesto, la necesidad de imaginar futuros sustentables que puedan incluir a todos. La otra opción parece ser una gran catástrofe.

De vuelta a las oficinas del Sistema, Trinidad al fin habla. Me dice que el problema excede a SACMEX, a sus técnicos y al gobierno de la Ciudad. La visión es también de catástrofe. Cuando la ciudad se dé cuenta de su problema de agua, será tarde para solucionarlo (Luis Zambrano ha escrito un texto sobre agua y cambio climático en estas páginas). Además, la solución no es posible, parece indicar. Traer el agua de Veracruz no es posible. La gente ya no quiere dar los recursos que considera suyos por nada. Saben que esa agua se terminará. Sin nuevas fuentes, con más edificios y gente y sin recursos, el sistema está condenado a la muerte. Trinidad me mira y yo solo observo resignación.

Alejandro De Coss es maestro en Sociología por la London School of Economics, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina.


Referencias

Gómez-Fuentes, A. (2009). An Army of Women, an Army for Water. The Mazahua Indigenous Women of Mexico. Agricultura, Sociedad y Desarrollo, 207-221.

Gómez-Fuentes, A. (2014). State and Water Policy in Mexico: The Conflict of the Mazahuas Indigenous People. Agua y Territorio, 84-95.

Massey, D. (2007). World City. Cambridge: Polity Press.

Moore, J. W. (2015). Capitalism in the Web of Life: Ecology and the Accumulation of Capital. New York: Verso Books.