A veces la desgracia nos acuesta con extraños compañeros”

La Tempestad – William Shakespeare

Un tema poco común capturó la imaginación de comentaristas políticos, ciudadanos y funcionarios de la Ciudad de México en la última semana. La palabra plusvalía, que normalmente encuentro en textos marxistas, ahora aparecía en la boca de un grupo variopinto. Funcionarios y representantes de Morena compartían postura política con anarcocapitalistas, asociaciones de vecinos en contra de desarrolladores y comentaristas conservadores de varios medios nacionales. ¿Cómo explicar esta extraña alianza?

Considero que hay tres procesos que se entrelazan y dan cuenta de esta situación. El primero es el creciente descontento con el modelo de crecimiento urbano que se instauró en la ciudad en los últimos años. El segundo es la voluntad de grandes constructores de seguir lucrando a través de ese modelo. El tercero es la pérdida de legitimidad del gobierno capitalino, sumado a la situación y sensación de precariedad y crisis que existe en la vida material e imaginaria del ciudadano mexicano.

La forma en la que la ciudad ha crecido en los últimos años se explica por la interacción de normas, intereses económicos y la colusión de gobernantes y constructoras inmobiliarias. El Bando Dos y la Norma 26 orientaron la urbanización desde el año 2000. En un primer momento, el Bando Dos fomentó el crecimiento de la ciudad central: las delegaciones Miguel Hidalgo, Cuauhtémoc, Venustiano Carranza y Benito Juárez. La Norma 26 extendió el ámbito de acción de desarrolladoras a toda la Ciudad, creando especificaciones diferenciadas para la ciudad central, la zona adyacente y la periferia. La Norma incluía especificaciones sobre altura, número de estacionamientos y vivienda social.

El paisaje urbano muestra las fallas de estas normas. Lejos de promover un crecimiento sustentable y ordenado, proliferan desarrollos que excluyen abiertamente la vivienda social, crean una ciudad más desigual y ponen en mayor riesgo la sustentabilidad de la ciudad. Las constructoras encontraron huecos en la ley; colaboraron con funcionarios delegacionales y del gobierno de la ciudad, y obtuvieron permisos especiales para ser excluidos de la normatividad. Así, las grandes constructoras han obtenido beneficios en detrimento de la equidad y de la construcción de una ciudad para todos.

La captura de plusvalías, el tan debatido tema, es una medida que busca crear un contrapeso a esta situación. Su función es la de hacer que la ciudad recupere parte de la inversión pública que realiza y que resulta en el incremento del valor de grandes desarrollos inmobiliarios. La idea básica detrás de este planteamiento es que el valor del suelo no viene de él mismo ni de su existencia individual. El proceso de valorización ocurre en un contexto complejo, en donde la inversión de la constructora se ve potenciada por la inversión pública. Pensemos en un edificio rehabilitado en el Centro, donde afuera se construyeron luminarias, se cambiaron las banquetas y se redujo el espacio para el flujo vehicular. A eso hay que añadir la infraestructura invisible: cables, tuberías, válvulas y otras conexiones que hacen del espacio uno habitable. Esa parte de la plusvalía es la que el estado busca capturar con la idea de reinvertirla en mejorar la ciudad, con énfasis en las zonas marginadas.

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La propuesta ha sido objeto de las críticas más descabelladas. Todas se centran en una variación de la misma cosa: la propuesta acaba o pone en riesgo a la propiedad privada. Pascal Beltrán comparó a la ciudad con un sóviet; medios digitales como el Huffington Post y Político México se han sumado al coro, y los usuales libertarios han salido a defender los derechos supremos de la propiedad privada y el capital. Mancera pareciera ser aliado de los anarquistas en lugar de un constante perseguidor.

Si las redes son un indicador de las actitudes de ciertas clases y grupos sociales, es posible afirmar que la nota ha causado revuelo; tal vez por eso se replique tanto. La indignación aumenta: el gobierno, no conforme con robar a través de la corrupción y los impuestos mal aplicados, hoy quiere quitarles las pequeñas propiedades que han logrado comprar. La voz unísona de los grandes medios termina por hacer realidad lo falso. No hay espacio para debatir los potenciales beneficios de una medida que afecta a los grandes desarrolladores. Son éstos quienes terminan beneficiándose de la confusión y la manipulación, manteniendo sus ganancias intactas. La plusvalía sigue existiendo en la opacidad.

Un extraño aliado se une a esta tropa de libertarios y neoliberales. Es un partido que se coloca a la izquierda del espectro político, al menos en su discurso propagandístico. MORENA, apelando a un populismo acrítico, recoge la crítica que hacen los libertarios y la hace propia. Ellos, como es de esperarse, no se enfocan en las pérdidas para el capital, ese ente casi divino que crea la riqueza en su libre fluir por el mundo. En lugar de eso, magnifican el supuesto impacto que la medida tendría en el pequeño propietario. Lejos de discutir el artículo de la Constitución, con el fin de mejorarlo y hacerlo un instrumento de redistribución, lo atacaron hasta conseguir que se eliminara de la propuesta. Una norma que podía ser afilada para usarse como un mecanismo (sí, imperfecto) en la construcción de una ciudad justa y para todos, terminó siendo aplastada por quienes se quieren afirmar como los paladines de la justicia social. Paradojas que aparecen en tiempos de crisis.

La crisis, que se asemeja a una desgracia, es la pérdida de legitimidad del régimen citadino (y el federal y los locales). La administración de Mancera llegó al poder con una aceptación inédita. Pronto la dilapidó. Su cercanía con las grandes constructoras, su afán de sustituir la política pública por el espectáculo, sus constantes actos represores y su conducta errática en el manejo de las cosas de la ciudad causaron esa situación. El proyecto constitucional ha sido tomado frecuentemente como una votación sobre Mancera. Tal vez eso sea lo que ha llevado a MORENA a aliarse con quienes parecerían sus enemigos naturales. A estos últimos, grandes capitalistas y sus cuerpos ideológicos, nada pudo beneficiarles más. Hoy se atribuyen una pírrica victoria. Han ganado el derecho a seguir lucrando con el espacio público. Derrotados quedamos quienes deseamos una mejor ciudad y quienes la vivimos a pie, mirando desde abajo cómo el privilegio se edifica verticalmente en una espiral interminable de enriquecimiento y desigualdad.

Alejandro De Coss es maestro en Sociología por la London School of Economics, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina.