Una plancha de cemento se extiende en la colonia Roma. Es una isla gris, delimitada por cuatro avenidas: Cuauhtémoc, Álvaro Obregón, Morelia y Colima. Algunos árboles raquíticos asoman desde su confinamiento, también de concreto, y forman hileras. Las zonas de jardín se han cubierto con arbustos; la tierra luce seca y el pasto no existe. Curiosamente, el lugar se hace llamar “jardín”. Se trata del Jardín Alexander Pushkin, que el mes de agosto pasado celebró su reapertura luego de 11 meses de trabajo y una inversión de 51 millones de pesos. Al parque, que había permanecido en aparentes condiciones de deterioro durante años, le fueron sembrados 25 árboles, le colocaron 25 luminarias y se le acondicionaron áreas de juegos y deportivas; de acuerdo con datos oficiales, se “rescataron” 19 mil metros de espacio público. La zona canina, una de las obras que la administración delegacional pasada presumía como logro, fue reubicada. La vieja fuente que marcaba el punto central del parque ya no está: su lugar lo ocupan unos chorros que brotan del suelo, y que la administración bautizó como “fuente urbana interactiva”.

Jardín Alexander Pushkin (remodelado)

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Fotografía de la autora

De acuerdo con la Secretaria de Desarrollo Urbano y Vivienda (SEDUVI), el parque requería una intervención dado su valor turístico, arquitectónico y comercial. Con la idea de generar accesibilidad y mejorar la imagen urbana, los andadores incrementaron su tamaño y, como se ha observado en otros proyectos de rescate urbano a cargo de la Autoridad del Espacio Público (AEP), el gris se extendió por todo el espacio. Si pensamos en proyectos de rehabilitación como los llevados a cabo en el Monumento a la Revolución, el Parque de la Bombilla y el mismo caso del Jardín Pushkin, notaremos que la ausencia del verde prevalece en su modelo de espacio público. Si antes los paseos dominicales giraban en torno al disfrute que ofrecían los suelos vegetales y los zonas ajardinadas (pensemos en el Bosque de Chapultepec, el Jardín Balbuena, la Alameda, el Parque San Martín entre muchos otros), hoy en la noción de esparcimiento en espacios públicos, se omiten las áreas verdes1 y, en su lugar, la AEP ofrece bolardos, modernas fuentes, mobiliario urbano (de plástico y cemento) e incluso las letras gigantes de una ciudad que se ha vuelto marca (CDMX), pero carecen de función.

Área de juegos del Jardín Alexander Pushkin (remodelado)

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Fotografía de la autora

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En muchas ciudades del mundo, el primer rayo de sol que asoma en primavera es motivo para congregar a multitudes a tirarse en los jardines y áreas verdes, a organizar días de campo, o simplemente encontrarse con los amigos, recordando que los parques son espacios en los que no es necesario consumir para permanecer y tener contacto con elementos de la naturaleza. En México, en cambio, el uso del pasto parece ser ornamental. Durante décadas, las áreas verdes se han establecido como zonas vedadas, en las que rejas y letreros que prohíben “pisar el pasto” han alejado a los usuarios de la experiencia de contacto y disfrute de las citadas áreas. La prohibición del uso de las áreas verdes ha generado que el mexicano tenga poca conciencia de cómo utilizar, cuidar y disfrutar estos espacios.

Por su parte, la escasa intención de las autoridades del espacio público por rehabilitar e incluso acondicionar nuevas áreas verdes dentro de la metrópoli, colocan al parque gris, el parque sin árbol, como modelo idóneo para esparcirse por toda la urbe. Si uno recorre el Jardín Pushkin, notará que el espacio ya no parece un jardín. Algunas jardineras se ven vacías, con todo y un letrero que ahí se exhibe indicando que fueron intervenidas 4,146 m2 de áreas verdes. En general, es notorio que ha disminuido el verde del parque –pastos, arbustos y árboles- aunque la propia publicidad expuesta en el lugar anuncie que se colocaron 74 árboles nuevos (cifra que contrasta con los 25 árboles que informan los medios). Tampoco existen botes de basura y la fuente rara vez está encendida. Tal vez, el único dato de la numeralia expuesta en el Jardín Pushkin que puede notarse a simple vista es el gris, pues de acuerdo con estas cifras, se adicionaron 1,305 m2 de espacio para el peatón.

En donde hasta hace unos meses había un parque descuidado, hoy hay una plaza, sitio que no invita más que al tránsito, y refrenda que este ordenamiento urbano también ignora el interés ecológico. Este modelo, más que un parque, parece recordar a las “plazas duras”, prototipo que en ciudades como Barcelona tuvieron un auge considerable en décadas pasadas. Ahí, parques y plazas fueron despojados de vegetación para convertirse en zonas secas, desérticas, espacios coronados por una gran plancha en forma de explanada, resultando en sitios incapaces de integrarse a los barrios como zonas de esparcimiento, negando el verde y la capacidad de dotar de oxígeno a sus habitantes; en síntesis, espacios poco amables que, además de haber envejecido mal, demostraron que su única capacidad fue convertir los lugares para estar, en sitios de paso.

Comparativas de la vista del parque desde Av. Cuauhtémoc, de los años 2009, 2011 y 2016

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Fuente: Google Maps.

Cambios en el Jardín Pushkin, 2015 (izquierda) -2016 (derecha)

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Fuente: Izquierda, imagen publicada por Noticias MVS el 21 de septiembre de 2015. Derecha: foto de la autora en misma ubicación en Noviembre 2016.

Los implicados en el proyecto de rehabilitación del Jardín Pushkin parecen haber olvidado la función social y ecológica de las áreas verdes: como destacamos en este otro texto, la Organización Mundial de la Salud establece que son necesarios 9m2 de áreas verdes por habitante los capaces de garantizar encuentro social, recreo y relajación, y por lo tanto beneficios en la salud mental y física; estas zonas, sus árboles y vegetación, además de producir oxígeno, ayudan a filtrar el aire dañino y a reducir la temperatura de las ciudades, entre otros beneficios. En su lugar, los responsables de los espacios públicos de la ciudad han elegido el concreto como material predilecto que, si bien facilita las labores de mantenimiento, también deja de manifiesto no solo las nulas intenciones de las autoridades para incorporar áreas verdes en la geografía de la urbe, sino también su desinterés por las existentes, que se destruyen sin más. Se trata, en consecuencia, de un ejercicio que ignora la necesidad no sólo de preservar, sino también de incrementar las áreas verdes de una ciudad que sufre una crisis medio ambiental, así como una permanente hostilidad hacia el habitante para el que los nuevos parques, más que lugares de descanso y esparcimiento, se convierten en planchas grises con gente de paso que prefiere apurar el paso que sufrir insolación. En las ciudades realmente comprometidas con la creación de áreas verdes, los parques son sinónimo de calidad de vida, igualdad social e incluso funcionan aumentando la plusvalía de las zonas donde se ubican. En la CDMX no.

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En el discurso con el que hizo entrega de las obras del Jardín Pushkin, el jefe de gobierno declaró que lo que se veía esa tarde de agosto era algo similar a una fotografía: “Pareciera que estuviéramos viendo una película de lo que queremos de un parque en la Ciudad de México. Así es el parque ideal, con niños, con mamás, en la noche, con los animales de compañía y los encargados del gobierno trabajando para que esto sea en toda la ciudad y para que así lo sigamos haciendo”. Como puede leerse en estas líneas, para el Jefe de Gobierno el tema de las áreas verdes, de su preservación e inclusión dentro de los programas de rehabilitación de parques y jardines de la AEP, ni siquiera figura. La maceta que sustituye al árbol y al pasto no es suficiente para hacernos creer en una recuperación real del espacio verde. En esta gestión, las polémicas relacionadas con las áreas verdes de la urbe apuntan, más que a su preservación y posible creación, a la destrucción o al negocio: la tala de árboles ocasionada por obras que en general benefician al automóvil (el caso del deprimido Mixcoac y la Fórmula 1, la creación de una Vía Verde, y las obras del Corredor Chapultepec y el CETRAM, en las que vemos que Chapultepec se erige, más que como pulmón urbano, como zona de interés predilecta para los negocios del gobierno capitalino.

Hoy, tras las letras logotipo de la CDMX, el busto de Alexander Pushkin sufre insolación. El ruso, en uno de sus versos más famosos, declamó: “Cuando contemplo el roble solitario, /este patriarca de los bosques –pienso-/ sobrevivió al cruel siglo de mis padres/ y sobrevivirá a este siglo nuestro”.

El poeta nunca contó con que Mancera podría llegar a desmentirlo. Su destino, como el nuestro, es mirar el gris del concreto.

Georgina Cebey es candidata a doctora en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México.


1 Aquellas reconocidas por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) como espacios de tierra cubiertos totalmente o parcialmente por pastos, árboles, arbustos u otra vegetación en la que se incluyen parques, jardines comunitarios y cementerios; espacios abiertos que permiten actividades recreativas y ayudan a incrementar la belleza y la calidad ambiental de las zonas urbana.