(Obras no siempre son amores)

Históricamente, las escuelas de ingeniería en México han formado excelentes profesionistas en el manejo del agua, capaces de resolver cualquier problema técnico en situaciones críticas. Desde la construcción del Tajo de Nochistongo la ingeniería mexicana se ha destacado por encontrar soluciones a problemas hídricos muy complicados; como desaguar los cinco lagos que ocupaba este gran valle, o importar 20 metros cúbicos por segundo del Lerma y Cutzamala cruzando montañas, sierras y valles.1

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Dentro de este gran grupo de ingenieros que está encargado de llevar agua a los citadinos, existe una escuela particularmente creyente de que la única forma de solucionar cualquier problema es la infraestructura. Su influencia ha sido tan grande en los últimos años han logrado posicionar su visión a toda la sociedad, que ahora cree que las obras son lo mismo que el desarrollo del país. Esta visión llega hasta la misma UNAM donde la propia comunidad se puede quejar del director de su dependencia porque “no ha hecho ninguna obra”, presionando a favor de la construcción. 

La mayoría de los ingenieros formados en esta escuela están entrenadas para encontrar la solución usando infraestructura, aunque nunca aprendieron a comprender los factores ecosistémicos y sociales que ocasionaron esos problemas. Tampoco visualizan si las soluciones que se proponen van a generar otros problemas en el mediano plazo. El extremo de esta escuela ha llegado a considerar que el Derecho Humano al Agua debe de estar supeditado a la infraestructura hídrica, y que el ciclo del agua está mal enseñado en la escuela primaria puesto que debe de incluir los tubos y la bombas que suministran el agua.

Esta forma de pensar, donde la construcción soluciona todo, es muy atractiva para los tomadores de decisiones. Las obras se pueden presumir y engalanan las inauguraciones o se usan de salvavidas político. Nada más hay que escuchar el número de obras que el gobierno federal está anunciando a partir de su baja aprobación entre la sociedad. Las obras se hacen y se anuncian mucho, si una construcción genera más problemas de los que resuelve, estará en una nueva obra solucionarlos, la cual también será promocionada hasta el cansancio.

En sus informes cotidianos los presidentes y jefes de Gobierno hacen énfasis en las construcciones con tecnología de punta de los mejores ingenieros mexicanos. Se presumen vías de comunicación, plantas de tratamiento y lo magnífico que es Túnel Emisor Oriente. Esta visión está por encima de todo, en esta crisis que actual, el mismo día que el gobierno dice que el #Gasolinazo fue para evitar recortar a los programas sociales, se anuncia que el nuevo aeropuerto sigue sin que se le recorte un peso. Algunos pensarán que esta obra sí nos sacará del subdesarrollo. Parecería que el concreto es la sustancia que brinda felicidad a la sociedad.

Esto no necesariamente es así; una evaluación muy somera de algunos de los grandes proyectos que involucran infraestructura sugiere que no todo el tiempo las obras son amores. La política de vivienda del sexenio pasado no generó mejor calidad de vida. Los grandes terrenos en los que se destruyeron zonas de agricultura y ahora son ocupados por multifamiliares se presumieron durante seis años. Cerca de cinco millones de ellas está abandonada puesto que están lejos, sin parques, sin servicios, con inseguridad y en algunos casos con edificaciones muy mal construidas. Las obras viales como deprimidos y segundos pisos, que constantemente están publicitadas por el gobierno como infraestructura que mejorará el tránsito y reducirá la contaminación, han probado su poca utilidad con los días de contingencia. Ésa es la razón por la cual en la ciudad de Nueva York no se ha construido una supervía de este tipo en más de 50 años. Una nueva vialidad no mejora el tráfico puesto que se satura en menos tiempo del que se tardó en construir.

Las plantas de tratamiento son muy socorridas para inauguraciones, sin que sean puestas a funcionar. Por ejemplo, en la planta potabilizadora en Magdalena Contreras inaugurada por Marcelo Ebrard en el 2009 y reinaugurada por Mancera en 2013 se invirtió 55 millones de pesos, pero a la fecha sigue sin operar. No es la única, su caso es repetido en todo el país. El Túnel Emisor Oriente no sólo no ha evitado inundaciones (después de que se inauguró se generó una gran inundación en Tláhuac). Lo que si ha provocado esta forma de solucionar inundaciones es el desagüe rápido de agua en el Valle de México lo cual reduce la capacidad de infiltración al acuífero de donde nos abastecemos los capitalinos. El abatimiento del acuífero es el que está generando las grietas en Xochimilco por donde se pierde el agua de sus canales, el que provoca más hundimientos y por lo tanto, más inundaciones. Es posible que toda la inversión generada para evitar que se inunde el nuevo aeropuerto, que se establecerá en una de las zonas de mayor inundación en el valle, sea demasiado costosa, genere afectación a las zonas vecinas falle en eventos extremos, como han fallado todas las infraestructuras.

No quiere decir que toda construcción es nociva. Las obras son necesarias en un país con crecientes necesidades. No obstante, esta visión ha puesto a las obras por encima del objetivo para lo cual son hechas. Las autovías se construyen cuando en realidad se quiere mejorar la movilidad de las personas, no de los autos. El aeropuerto se ha considerado como el Santo Grial de la comunicación, cuando existen muchas alternativas más eficientes para el desplazamiento de personas y bienes. En la UNAM, en una de las la numeralias promovida por la administración anterior, el recuadro más importante lo ocuparon los metros cuadrados de construcción y el número de edificios, mientras que el número de académicos y estudiantes quedaron relegados a las partes de menor importancia. Cuando la construcción es el objeto de culto no mejora la calidad de vida de los ciudadanos y, por lo tanto, no significa desarrollo.

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Fuente: UNAM, administración 2007-2015.

Así que hay que cambiar el paradigma para llegar al desarrollo.

Pero es complicado para una sociedad cambiar su paradigma de pensamiento. Todo mundo habla de “cambiar paradigmas”, mas pocas personas entienden que significa.

Cambiar un paradigma es modificar todas las reglas y, por lo tanto, la estructura mental. Un paradigma es como el lente de una cámara con el cual retratamos la realidad. Imaginemos que tomamos fotografías con una lente que tiene sólo un filtro rojo, todo lo veremos en tonalidades rojas. Ahora imaginemos que lo cambiamos y utilizamos un telefoto, entonces veremos imágenes con muchos colores y con acercamientos de cada objeto. Ambos lentes (con filtro rojo y telefoto) dan imágenes reales. Ahora, imaginemos que dos personas toman una foto de un mismo objeto utilizando una el filtro rojo y otra el telefoto. Si ambas discuten sobre cual foto retrata la realidad del objeto con mayor fidelidad, es imposible llegar a un acuerdo. Ningún paradigma está equivocado (filtro rojo y telefoto), pero algunos son más útiles que otros para explicar y resolver nuestra realidad en determinados momentos.

Lo que es evidente es que el paradigma utilizado en las últimas décadas en la cual más construcción está ligada a nuestra visión de desarrollo no funciona. La calidad de vida de la mayoría de nosotros está empeorando: hay más tráfico, más delincuencia, menos agua en cantidad y calidad. Esto se debe a que cada día somos más y requerimos de más espacio y más recursos, afectamos más a la naturaleza y generamos más conflictos. Los nuevos problemas son mucho más complejos y no se pueden solucionar con sólo la construcción de infraestructura.

Un nuevo paradigma está cobrando cada día más fuerza y es el de tomar ventaja de los beneficios que nos da el ecosistema. A estos beneficios les llamamos servicios ecosistémicos y funcionan siempre y cuando el ecosistema está conservado. Los servicios son muchos y diversos, como el agua, el clima, la protección contra inundaciones, la generación de alimentos, por ejemplo. Este paradigma considera que conservar el funcionamiento del ecosistema es mucho más barato que generar construcciones para suplir la función del ecosistema con obras. Conservar el ecosistema sí mejora la calidad de vida puesto que nos brinda de muchos beneficios al mismo tiempo y no sólo el que nos puede dar una construcción mal planeada.

Bajo este nuevo paradigma, las construcciones deben de complementar lo que el ecosistema nos provee, en lugar de sustituir sus funciones. La nueva visión de infraestructura debe de buscar trabajar con la naturaleza, no pelear contra ella como se ha venido haciendo.

En la ciudad de México, el paradigma de la construcción considera que nuestros antepasados se establecieron en el peor lugar del mundo, pues sobre un lago es malo y se tiene que reparar este error con tubos y bombas. Bajo un paradigma más integral, en lugar de pensar en construcciones para desaguar una inundación, tenemos que considerar que vivir sobre el lago tiene ventajas que pueden mejorar nuestra calidad de vida. Eso implica replantear todas las obras que se están haciendo en el país.

A eso sí le podemos llamar desarrollo.

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.


1 Candiani V. 2014. Dreaming of Dry Land: Environmental Transformation in Colonial Mexico City. Stanford University Press.