En la Ciudad de México algunas palabras van perdiendo significado, sobre todo aquellas que están relacionadas con la naturaleza. La palabra río, por ejemplo, va cambiando su significado a avenida o calle. Parece que las palabras van transmutando su sentido conforme las zonas que representan van siendo urbanizadas. La evolución del lenguaje que deja un híbrido de significados está muy bien representado en la canción El Anzuelo del grupo de rock ochentero Trolebús. En esa canción, un pescador de Mazatlán surca la Ciudad de México siendo:

marinero de Río Consulado

de Río Churubusco

y de Río Mixcoac,

navegaba en Chapultepec

en el Lago de Aragón

y en el lago de la soledad

de la ciudad, de la ciudad

Aun cuando parezca un problema de epistemología urbana, en realidad el significado de las palabras importan mucho en la vida cotidiana. La interpretación de cada palabra es lo que genera la pluralidad en el pensamiento, pero también dota de posibilidades sobre las acciones y las propuestas para mejorar la condición urbana de una ciudad. Cuando se habla La Viga y se piensa en un “río” atestado de automóviles con un flujo de sur a norte, no sólo se está borrando el canal, su historia comercial y cultural; también se están restringiendo las posibilidades de intervenir esta vía de comunicación a soluciones que no permiten el retorno del agua a la región.  Por ello, lo único que surge en la mente como acción posible es remodelar el camellón y llamarlo “parque lineal”; quitar el espacio al automóvil para que renazca el canal y una verdadera calzada está fuera del actual universo mental.

rio

Bajo esta estructura de pensamiento, todas las ideas que se han estado proponiendo de volver a nuestra vocación lacustre y rivereña se consideran absurdas, utópicas.  La lógica de borrar toda dinámica hídrica de la mente de los capitalinos y reemplazarla por tubos llegó a su pináculo cuando en 1950 se cubrió el Río de la Piedad con asfalto y se le renombró Viaducto Miguel Alemán, mostrando de cuerpo entero el egocentrismo atado al concreto de la clase política nacional.

Sin embargo, el manejo hidráulico de la ciudad tiene mucho más tiempo que la visión urbana tubo-centrista de los políticos actuales. Si el pescador mazatleco de la canción hubiera nacido en un periodo entre 2 mil a.C. y 1950 le hubiera tocado navegar por los ríos Consulado, Churubusco y Mixcoac en una lancha, en lugar de sobre un Trolebús.  Su mala suerte, y quizá la nuestra, le hizo llegar a la ciudad en los últimos 70 años.  Por lo tanto, aún cuando en estos años nos hemos esmerado en borrar nuestro pasado cambiando el significado de nuestras palabras, es posible todavía recuperar la forma hídrica de la cuenca y rescatar nuestros ríos, lagos y humedales.

Entubamiento de ríos y crecimiento de la Ciudad de México en el siglo XX

rio-mapa-1

Fuente: PUEC. (2010). Rescate de Ríos Urbanos. México: UNAM.

La visión de regresar a nuestros ríos ha sido repetida en muchas ciudades alrededor del mundo, y quizá somos de los últimas megalópolis que estarían buscando implementar acciones para el rescate de los cuerpos de agua, incluso si comenzáramos mañana.  Lo primero que hay considerar es que no sólo lo hacemos por la ética de la conservación —aun cuando eso sería suficiente— sino por una visión antropocéntrica: por mejorar nuestra calidad de vida.

Tenemos alrededor de 40 ríos en la Ciudad de México. La mayoría corren del oeste al centro y la mayoría están hoy entubados. Dentro de estos ríos están aquellos que son de gran importancia y que son permanentes: Rio de la Piedad, Río Magdalena, Río Amecameca. Todos se pueden restaurar. Los beneficios para los ciudadanos serían de gran valor: mejor calidad de agua, reducción de inundaciones, aumento de la diversidad local, reducción de la temperatura, sobre todo en las olas de calor.

Debido a esa estructura mental [de la sociedad], uno de los problemas más grandes para impulsar una ciudad utópica relacionada con el agua está en visualizar los resultados finales. Cuando se conciben bajo la lógica actual sólo se ven problemas como quitarle espacio al automóvil, que en una sociedad tan carro-centrista como la nuestra es prácticamente un pecado mortal, y no son los únicos defectos que se le puede atribuir a estas acciones. A la naturaleza se le asocia con lo desconocido, la incomodidad y el peligro. Los árboles tiran basura; los ríos atraen mosquitos y huelen feo; los animales silvestres pueden hacernos daño.

En las películas que imaginan las ciudades utópicas del futuro, se concibe una ciudad rodeada de naturaleza en muchos casos. La ciudad no está inmersa en ella, de hecho en la mayoría existe una cúpula o un muro de aislamiento. La naturaleza se puede ver de lejos, pero no puede interactuar con nosotros, pues su interacción nos hace retroceder en lo que concebimos como desarrollo. La asepsia, la estética y el desarrollo están adentro, dejando detrás del muro la desorganización, lo sucio y el subdesarrollo. No lo aniquilamos porque no es políticamente correcto y porque nos mantiene. Una lógica muy parecida a la del muro de Trump y sus seguidores.

Esta visión es la que ha llevado a vecinos a oponerse cuando se generaron proyectos de restauración de ríos. Por ejemplo, en el Río Magdalena el proyecto incluía desde los Dínamos hasta los Viveros de Coyoacán. Uno de los paseos más bonitos recrearía el río que hace unos 80 años recorría Chimalistac. Sin embargo, la oposición vecinal, además de una pobre visión sobre ese manejo por parte del gobierno, hizo que el proyecto, en lugar de restaurar el río, lo entubara. Ahora, un río permanente en ocasiones se seca y un Centro Comercial cerca de la presa Anzaldo, que está a la mitad de su cauce, amenaza con destruirlo por completo.

Otro ejemplo es como se percibe uno de los proyectos más interesantes de restauración de la Ciudad de México: la recuperación del Río de la Piedad. Aun cuando existen varios ejemplos en donde un río que estaba bajo dos pisos de autos se descubrió generando beneficios para todos, sin aumentar el tráfico (como en Seúl, Corea del Sur), esta propuesta sigue siendo descabellada por los tomadores de decisión capitalinos. Mas sus promotores no cejan, y cada año anuncian su proyecto con un #PicnicEnTúRío sobre Viaducto e Insurgentes. El último picnic fue hace unos días y, afortunadamente, atrajo a muchas personas que están dejando atrás la idea aislacionista de la naturaleza.

Proyecto de regeneración de Río la Piedad

rio-mapa-2

Fuente: Taller 13.

Un último ejemplo es Xochimilco, que ha sido sujeto a programas de restauración y manejo desde la época de Miguel Ángel de Quevedo. Desde entonces a la fecha se ha pensado que el turismo es lo que puede salvar la zona canalera. Los últimos intentos han llegado al extremo de proponer un mega-acuario, un campo de golf y trajineras hechas con PET y un cristal en el piso para que —de manera aislada— se pueda contemplar lo que hay dentro de los canales. Propuestas que no comprenden que la restauración en Xochimilco debe descansar sobre la chinampería, que es su vocación. Este tipo de agricultura es quizá el mejor ejemplo de un involucramiento con la naturaleza que le puede dar al ser humano desarrollo (pues le da alimento a plenitud) sin afectar a la naturaleza (pues no necesita fertilizantes, ni plaguicidas). Hay mucho lodo y los chinamperos se mojan, se ensucian y trabajan con todo tipo de animales y plantas silvestres. De esta actividad proviene parte del alimento para la ciudad. Los experimentos de crear comida desinfectada en cajas de Petri podrán seguir su curso, pero salvo para naves espaciales, no sólo son ilógicos sino pueden ser hasta dañinos para el ser humano.

No tenemos que buscar una ciudad utópica en los autos, los tubos y las cajas de Petri, pues la ciudad la vivimos día a día. De nosotros depende si queremos seguir aislándonos de la naturaleza dentro de la ciudad, pagando los costos ambientales y de calidad de vida, o queremos dejar que la naturaleza vuelva a intervenir, recobrando la dinámica de uno de los ecosistemas más pródigos y bellos del planeta, como fue el valle lacustre de la Anáhuac. Para hacer lo primero, no se necesita mucha ciencia, sólo seguir la visión tubo y carro-centrista que hemos llevado en los últimos 80 años. Para hacer lo segundo, es necesario ir trabajando, uno por uno,  proyectos como los arriba mencionados. Sus éxitos serán los que comiencen a modificar el ecosistema de esta ciudad.

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.


Este texto es parte de una serie que discutirá las visiones utópicas y distópicas de las ciudades, como parte de la colaboración entre la Embajada de Francia, el Instituto Francés de América Latina, la Agencia Francesa de Desarrollo y Nexos para el festival ¿Mañana la ciudad? Festival franco mexicano de utopías urbanas.