Entre las muchas fiebres constructivas que aquejan la ciudad de México, la de centros comerciales es cada vez más difícil de ignorar. Los síntomas están en las grandes avenidas de la ciudad –Insurgentes, Periférico, Revolución, Miguel Ángel de Quevedo; en el norte, sur, este y oeste. En colonias acomodadas, de clase media y populares se cavan los cimientos de lo que en pocos meses serán nuevas salas de cine, nuevos Starbucks, y nuevos Vips con butacas plásticas donde las familias podrán desayunar enchiladas.

1

Los centros comerciales no son nuevos en la Ciudad de México, pero su proliferación reciente merece una examinación detenida: los nuevos malls son más grandes y más ambiciosos que nunca, pues no sólo conjugan tiendas minoristas y un patio de comidas, sino que últimamente incluyen torres de oficinas, hoteles, espacios “naturales”, vivienda  y hasta hospitales. ¿De dónde proviene este nuevo modelo de centro comercial? ¿Cómo ha evolucionado en años recientes?

Los centros comerciales nacen en Estados Unidos y su invención suele atribuírsele Viktor Gruen, un arquitecto austriaco que en 1938 escapó del nazismo y desembarcó en Nueva York. Tras varios años diseñando locales para varias tiendas de lujo de su ciudad adoptiva, Gruen recibió un contrato para diseñar un espacio comercial a las afueras de Minnesota. Ese proyecto, inaugurado en 1954, se llamaría Southdale, y sería el primer centro comercial moderno del mundo.

Southdale representó una nueva forma de entender los espacios de consumo: se trató de un espacio interior autocontenido, con clima controlado y doble altura, donde los visitantes podían subir de un nivel a otro mediante escaleras eléctricas.

Gruen, socialista de vocación, vio en el mall un espacio donde los habitantes de los nuevos –y relativamente aislados—suburbios de Estados Unidos podían convivir y consumir. En estos suburbios, donde las casas eran espaciosas, la densidad poblacional baja, y el automóvil indispensable para ir a cualquier sitio, los habitantes carerías de espacios públicos y comerciales. Inspirándose en las peatonales del centro de la capital austriaca, Gruen concibió Southdale como un espacio donde, una vez adentro, todo era accesible al caminante. En esta plaza los compradores de Minnesota podían pasear sin preocuparse por las grandes distancias, ni por las nevadas en invierno, ni por los nubarrones de mosquitos en verano. Para llegar a Southdale, los clientes simplemente necesitarían transportarse en automóvil; una vez ahí, podrían estacionarse en alguno de los 5,200 cajones del estacionamiento, uno de los mayores del país. El concepto fue un rotundo éxito, y el modelo no tardó en repetirse por todo Estados Unidos.

* * *

Durante varias décadas, los centros comerciales siguieron la fórmula que Gruen planteó: fueron lugares para ir a comprar, pasearse un poco por los pasillos, y luego volver a casa. Fue hace menos que los centros comerciales se convirtieron en lo que son hoy: sitios que conjuntan no sólo tiendas minoristas, sino también oficinas, viviendas, supermercados, espacios deportivos, y hasta escuelas y universidades. Hoy, un habitante de un nuevo complejo habitacional/comercial de este tipo (en la Ciudad de México, Plaza Carso es uno de los modelos que mejor lo ejemplifican) puede despertarse en su departamento de Torre Carso, ejercitarse en el gimnasio, llevar al niño a la guardería y caminar a la respectiva torre de oficina. A la hora de la comida, podrá comer en algún restaurante del complejo y, por la tarde, relajarse con una película en el cine. Todo sin dar un paso fuera del complejo comercial. 

Esta idea de construir una ciudad hiperprivada, donde el habitante funciona como consumidor cautivo, no es nueva. Tal vez el primer registro de algo parecido data de 1965, cuando Walt Disney –presidente y fundador de The Walt Disney Company– anunció su proyecto más ambicioso hasta la fecha: Epcot Center.

Además de ser uno de los estudios cinematográficos más poderosos del mundo, en esos años la empresa cosechaba el éxito de Disneylandia, su primer parque de diversiones. Ubicado en el sur de California, Disneylandia prometía los visitantes un mundo de fantasía. Su enorme castillo azul seducía como espejismo a los automovilistas que lo vislumbraban desde la carretera que cruzaba el árido sur de California. “The happiest place on earth!” era el eslogan.

Disney anuncia Epcot Center como parte de su segundo –y más ambicioso aún—plan por construir un nuevo complejo en los pantanos de Orlando, Florida. En un video promocional de 1965, una voz honda describe Epcot como una utopía supersónica. La voz promete que Epcot no será un parque, sino una ciudad modelo para el futuro. Habrá casas, oficinas y laboratorios de vanguardia donde se construirán los inventos del mañana. Los habitantes se desplazarán de sus hogares al trabajo en un monorriel único en América y no se tendrán que preocupar por las imperfecciones e ineficiencias del gobierno pues todos los servicios –drenaje, electricidad, basura, y hasta los bomberos– serán administrados por una empresa privada. Ni siquiera el abrasador calor de Orlando les molestará pues, según el video, “Las cincuenta hectáreas [de Epcot] estarán completamente cerradas. Los habitantes disfrutarán condiciones climáticas ideales, protegidos día y noche de la lluvia, el calor, el frío y la humedad.”

Para garantizar el control de esta ciudad en todo momento, y a cambio de llevar su millonaria inversión al estado de Florida, Disney negoció con el gobierno estatal la creación de un distrito especial –una suerte de municipio privado—llamado Reedy Creek Improvement District. El urbanista Richard Foglesong, quien en 2001 publicó la crítica de Disneylandia Married to the Mouse, asemeja la situación legal del parque a la del Vaticano: un microestado rodeado por otro Estado. Las comparaciones heráldicas y simbólicas son difíciles de eludir: en lugar de la Capilla Sixtina, el Castillo mágico. En lugar del papa y sus obispos, Mickey Mouse y sus amigos.

Con la muerte de Walt Disney en 1966, el sueño de la ciudad Epcot se desmorona: los directivos optan por convertirlo en un parque de diversiones más. Sin embargo, la situación legal de Disney World –y de Reedy Creek– se mantiene, y esto permite que, en 1994, la empresa inaugure Celebration, la primera ciudad que existe enteramente dentro del territorio Disney.

Como en cualquier club privado, en Celebration la empresa se reserva el derecho de admitir a los residentes, así como de expulsar a aquellos que violen las numerosas reglas. Dado que la comunidad es técnicamente parte del parque de diversiones, la imagen del lugar debe responder a los lineamientos mercadotécnicos: la gente no tiene derecho a pintar su casa del color que quiera, mucho menos a manifestarse políticamente. De acuerdo con algunas versiones, en el jardín solo pueden sembrarse las especies de plantas que Disney autoriza. En Celebration, como en todo espacio privado, los habitantes pierden autonomía y hasta la posibilidad de ejercer derechos políticos; ganan, en cambio, una ciudad administrada con el orden y precisión de un parque de diversiones: pobreza, manifestaciones y drenajes tapados son imperfecciones que suceden allá afuera.

Este mundo, donde la vida gira en torno a la fantasía permanente de Disneylandia, es quizá una suerte de precursor urbanístico del centro comercial contemporáneo: sitios donde, desde el primer momento en la mañana, hasta el último momento de la noche, habitante y trabajador están atrapados, como sugiere Juan Villoro en su crónica “Escape de Disney World”, en un complejo diseñado para “sacudirte como muñeco de caricaturas hasta sacarte el último centavo”.

* * *

Aunque sus precursores están en Estados Unidos, las plazas comerciales del siglo XXI que incorporan vivienda, oficinas y espacios comerciales son particularmente populares en ciudades urbanísticamente fallidas: mientras que en las últimas dos décadas los malls suburbanos de Estados Unidos han decaído gracias al resurgimiento de los centros urbanos, en países en desarrollo con menos regulaciones los malls son más grandes y se construyen más rápido que nunca. Hoy, los centros de consumo más grandes del planeta se construyen en Filipinas, Turquía, China, Malasia, y otros países en desarrollo. Manila, Filipinas, ciudad que fue devastada por los bombardeos japoneses en la segunda guerra mundial y creció desorganizadamente en los años noventa, se ha convertido en una de las ciudades con el mayor número de centros comerciales en el mundo. En esta ciudad donde casi no existen áreas verdes, el clima es abrasador, y el aire está contaminadísimo, los centros comerciales se ofrecen como una opción atractiva para refugiarse de los males de la urbe. Gracias al contubernio entre constructoras y gobierno, los malls han crecido a costa de asentamientos humanos, áreas verdes, edificios históricos y, en algunos casos, hasta del propio mar, que ha sido drenado para abrir espacios a nuevos proyectos como el Mall of Asia. Mediante pasajes, puentes y túneles, los centros comerciales se conectan con otros nodos de consumo –hoteles, casinos, arena deportivas– evitando así que los consumidores salgan a la calle para pasar de uno a otro. Vivir en las torres adyacentes a estos comerciales y bajar cada mañana a tomar el café en un mall de jardines tropicales y estanques con peces japoneses, es lo más parecido a vivir en otra ciudad más funcional, quizá Singapur.

Algo similar sucede en México, donde los desarrolladores buscan convencer a los gobernantes de que un centro comercial puede reemplazar el espacio público (ver el caso del Corredor Cultural Chapultepec) o la naturaleza. En el recientemente inaugurado Oasis Coyoacán, además de las tiendas, uno de los principales atractivos es un lago artificial rodeado de roca volcánica. Esta obra, que en cualquier lugar del mundo podría parecer insignificante, guarda un presagio oscuro en esta ciudad donde los lagos y los ríos se han destruido paulatinamente, y donde el cuerpo de agua más importante, el lago de Texcoco, será pronto sepultado bajo la lápida del Nuevo Aeropuerto. El lago artificial es una suerte de profecía que encierra un mensaje ominoso: que pronto el único lugar de la ciudad para ver agua será un conjunto cerrado de tiendas.   

La plaza comercial contemporánea no funge únicamente como punto de consumo: intenta cada vez más convertirse en el espacio central de la vida cotidiana. Con la creciente desaparición y privatización del espacio público, son cada vez más los desarrolladores que buscan vender una alternativa a puerta cerrada de la vida. Para las personas que pueden pagarlo, problemas urbanos como la inseguridad, la contaminación y el tráfico dan motivos para encerrarse en un espacio vigilado, resguardado y caminable como un centro comercial.

Y esa es la lección que Minnesota, Manila y Disney nos señalan: que entre menos funcione una ciudad, más éxito tienen los centros comerciales. Su proliferación en la ciudad de México es síntoma de que algo en la urbe está descompuesto.

Diego Olavarría es escritor, intérprete simultáneo y traductor. Es autor del libro de viajes El paralelo etíope (FETA, 2015).