Una mujer camina sola por la calle. Porta un vestido sobrio que define con altivez las curvas pronunciadas de su cuerpo. Es una mujer hermosa y joven que va sola sobre una avenida llena de gente, llena de hombres. El cauce de su andar arrastra miradas masculinas intensas y contundentes. Es fácil saber —podemos verlo en sus rostros— que sus expresiones son las de alguien que disfruta de un espectáculo creado para su propio placer y disfrute.

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Esta es una descripción de Cuando una mujer guapa parte plaza por Madero, serie icónica que realizó en 1953 el fotógrafo Nacho López, pero también es una escena cotidiana en la vida de las mujeres desde hace décadas (baste consultar la nota de 1923 en El Universal donde un periodista provocara con la pregunta ”¿Debe desaparecer el piropo de México?” la indignación generalizada de personajes de la vida cultural que defendían el piropo como parte de la “idiosincrasia” mexicana).

Una mujer guapa… documenta el performance del fotógrafo en colaboración con la actriz Maty Huitrón y es considerada un ensayo visual sobre las relaciones de género en la Ciudad de México de la época. La serie es representativa porque ilustra la histórica normalización del problema, ilustra cómo la sociedad ha entendido durante años el acoso a las mujeres en el espacio público: como una expresión pícara de halago y cortejo que hace alusión a la belleza de la mujer. Sin embargo, el acoso sexual (ya sea expresivo, verbal o físico)1 es una forma de violencia y control que sufren las mujeres en el espacio público por el simple hecho de ser mujeres.

Los movimientos feministas han logrado cambiar el marco de la discusión sobre el acoso sexual en espacios públicos como un problema social, y por tanto público, y no como uno de conducta individual. Hoy en día, 77% de las mujeres se sienten inseguras de vivir y/o transitar en la Ciudad de México.2

Las protestas sociales toman fuerza, pero el problema no cede. La manifestación contra las violencias machistas del 24 de abril de 2016, que convocó a más de 5,000 participantes en la Ciudad de México, es ya un hito histórico para los movimientos feministas y se dio en un contexto en el que la violencia de género ha escalado a niveles alarmantes al punto de ser considerada como pandemia.3 Sobran ejemplos de mujeres que, además de haber sido víctimas de agresiones por desconocidos en la calle, sufrieron también violencia institucional al no poder acceder a la justicia por negligencia de las autoridades o procedimientos que las revictimizaron.

A las docenas de casos que fueron discutidos en la opinión pública se sumaron los testimonios de #MiPrimerAcoso y la estadística sobre la violencia que sufren las mujeres en la Ciudad de México en el espacio público: entre 2013 y 2015, 55.4% de los asesinatos de mujeres fueron en la vía pública;4 la ciudad tiene el porcentaje más alto de mujeres violentadas con frases ofensivas de carácter sexual (74%) y el tocamiento o manoseo (58%) a diferencia del promedio nacional; el 50% de las mujeres han sido violentadas en ámbitos comunitarios, 18 puntos porcentuales más alto que la proporción nacional, ubicando a “La Nueva Berlín” como la entidad de mayor prevalencia de violencia contra las mujeres en el ámbito comunitario en el país.5 De manera más contundente, sabemos que 9 de cada 10 mujeres han sido víctimas de violencia sexual en sus trayectos en el transporte de la Ciudad de México a lo largo de su vida (Zermeño & Placido, 2009). Si tomamos en cuenta que 8 de cada 10 mujeres agredidas no denuncian ante la autoridad, la fotografía que presentan estas cifras es apenas ilustrativa.6

Al ser un problema público, el gobierno debe intervenir por medio de políticas públicas para modificar la realidad hacia una sociedad más igualitaria y sin violencia para los grupos más vulnerables. Si se considera el acoso contra las mujeres en el transporte y el espacio público como un problema social, es necesario conocer su verdadera dimensión. ¿Cuáles son las características de esa violencia? ¿Qué ambientes o situaciones permiten que surja, se perpetúe y se reproduzca y de qué manera? ¿Qué acciones ha hecho el gobierno para combatirla? ¿Han sido efectivas o fallidas esas acciones? ¿Cuáles son las omisiones? ¿Cómo es el uso que hacen las mujeres del transporte público y en qué condiciones? ¿Cómo atienden las autoridades las necesidades de movilidad de las mujeres?

El Gobierno de la Ciudad de México dio una respuesta expedita un día después de la movilización inusitada del 24 de abril: La Estrategia 30-100. La iniciativa tenía el objetivo de prevenir, atender y sancionar la violencia contra las mujeres en el transporte y el espacio público, valiéndose de diversas acciones de impacto inmediato, de las que se recuerdan, sobre todo, el polémico silbato Vive Segura y la campaña Tu denuncia es tu mejor defensa.

Siete meses después, diversas organizaciones de la sociedad civil7 concluyeron en un informe independiente que la Estrategia 30-100 fue una iniciativa fallida debido a diversos errores que presentó desde su concepción. La falta de un diagnóstico adecuado para abordar la situación con un enfoque de derechos, perspectiva de género y justicia social fue uno de los principales problemas de la Estrategia 30-100 y fue también una de las principales exigencias que hizo el colectivo a las autoridades de la Ciudad de México. Es decir, el gobierno tomó decisiones de política pública sin antes responder esas preguntas que son fundamentales para que la intervención institucional sea efectiva y resuelva el problema a largo plazo. Sin un diagnóstico exhaustivo sobre el problema, es muy probable que el destino de la política pública sea el fracaso, lo que implica recursos malgastados, oportunidades perdidas y la perpetuación del problema.

En marzo de este año, ONU Mujeres hizo público el Diagnóstico sobre la violencia contra las mujeres y niñas en el transporte y el espacio público de la Ciudad de México. El estudio presenta un análisis cuantitativo y cualitativo que aporta el entendimiento de la compleja estructura de exclusión del espacio público que viven las mujeres.

El diagnóstico aplicó una metodología mixta en la que realizaron grupos focales con informantes clave: mujeres de edad representativa, mujeres indígenas, mujeres con algún tipo de discapacidad, hombres, operadores de transporte público concesionado y servidores públicos de Metro y Metrobús (personal general y personal de vigilancia de ambos sexos). La información que se obtiene de estos grupos es reveladora en tanto que da cuenta de nociones sociales sobre el problema, narrativas de apropiación del espacio y percepciones sobre los perfiles de los victimarios, las situaciones de riesgo y las causas, consecuencias y daños.

Algunos hallazgos son alarmantes. Aquí algunos de los descubrimientos más llamativos:

Entre las mujeres de la Ciudad de México prevalece la concepción de que el riesgo de sufrir violencia en el transporte y los espacios públicos es inevitable, que ciertas conductas y formas de vestir de algunas mujeres son las que ocasionan la violencia, y que es responsabilidad de las mismas mujeres tomar previsiones o modificar rutinas cotidianas para evitar ser objeto de agresiones.

Por su parte, el personal de conducción de transporte concesionado (microbuses, autobuses y combis), mismos que constituyen el sector de desplazamiento de mayor amplitud en la ciudad, tiene poco reconocimiento del acoso como un problema. Admiten que la saturación en el transporte a ciertas horas, así como el tránsito por ciertas avenidas pueden generar escenarios propicios para las agresiones sexuales, tales como:

  • Las condiciones del transporte propician que los choferes sean los agresores. Mencionan métodos para tener contacto con las pasajeras, por ejemplo, poner asientos más altos; tornillos para forzar el desprendimiento de ropa; ofrecer a las mujeres el asiento al lado del conductor para forzar tocamientos al cambiar la velocidad. Reconocen un patrón de víctimas: mujeres solas, distraídas, trabajadoras domésticas o jóvenes, quienes, asumen, cuentan con menos herramientas para defenderse o reaccionar anticipadamente.
  • Situaciones comunes de complicidad en las que el chofer suele alentar a su “ayudante” para realizar alguna acción de tocamiento o contacto verbal con pasajeras, evadiendo toda responsabilidad en caso de reclamo. Ante situaciones de acoso, el conductor permanece sin intervenir, observando e incluso en ocasiones experimentando placer al presenciar la violencia sexual.
  • Ante una situación de agresión, los choferes perciben que no tienen condiciones ni garantías óptimas para intervenir. Algunos mencionan haber sido víctimas de venganzas por defender a alguna persona.
  • Identifican zonas y horarios de riesgos diversos. Por ejemplo, agresores pueden ser más activos en zonas escolares, donde violentan a estudiantes de secundaria o bachillerato.

Sobre la información recabada del personal de seguridad, destaca que las percepciones que tienen oficiales mujeres y varones sobre la violencia sexual, las víctimas, los agresores y la forma en que se desarrolla esta violencia es divergente entre sí. Destaca, por ejemplo:

  • Las policías manifestaron tener la capacidad de identificar a agresores sistemáticos o recurrentes, mientras que los policías no.
  • Las mujeres oficiales aseguran que un detonante principal es la impunidad. Para ellas, los procesos son lentos, largos y no garantizan los derechos de las víctimas. Situación que aprovechan los agresores para reincidir. Los oficiales varones, en cambio, perciben que algunas víctimas son responsables de los tocamientos o frases sexuales por su forma de vestir.
  • El discurso anti-autoridad dificulta la actuación de la policía. Aunque se sugiere que la ciudadanía está a la defensiva frente a cualquier autoridad, las mujeres oficiales son confrontadas con mayor frecuencia, ya que asumen que poseen menos fuerza que un hombre, que no tienen autoridad por ser mujeres, e incluso son también víctimas de acoso.
  • Por último, las mujeres oficiales mencionan la violencia de género que existe también al interior de las corporaciones policiales. Señalan que “es difícil brindar atención cuando los propios compañeros se niegan a reconocer los derechos de las mujeres”.
  • Para ambos sexos, el estado de la infraestructura y la saturación del servicio, aunado a la acotada capacidad de reacción de los oficiales, hace que los tocamientos sean inevitables y generan un ambiente propicio para la agresión. Además, identifican los procesos de denuncia (revictimizantes), la falta de sensibilidad sobre el tema del personal ministerial y el nuevo sistema sistema penal acusatorio como obstáculos que enfrentan las víctimas para acceder a la justicia.

En cuanto a los testimonios de las servidoras públicas que trabajan con distintas responsabilidades en el transporte público, destaca que existe conocimiento, que coincide con lo reportado por el personal de seguridad, sobre los patrones y las situaciones cotidianas en las que se agrede a mujeres. Sin embargo, este conocimiento no se ha traducido en marcos operativos concretos y en tareas de prevención.

Finalmente, tenemos la perspectiva de los hombres. Para tener una comprensión integral sobre la violencia sexual en contra de las mujeres es necesario entender los discursos, la construcción y expresión de modelos de género y de masculinidades y cómo se traducen en narrativas de apropiación y conducción en el espacio público. Tres aspectos llaman la atención sobre la información que comparte este grupo:

  • Consideran que ciertas acciones que realizan los varones, como los piropos, cortar el paso, dirigir miradas o emitir chiflidos, son considerados como un “cumplido” a la autoestima de las mujeres y no como una violación de derechos. Opinan que estas acciones están justificadas, y que son las mujeres que las provocan con su vestimenta. Por otro lado, para ellos los golpes, las coacciones para tener relaciones sexuales o las persecuciones son vistas como violencia, y consideran que son conductas que deben erradicarse porque “las mujeres también tienen derechos”.
  • Reconocen varias estrategias para la perpetración de agresiones, como portar objetos para encubrir tocamientos, propiciar acercamientos incidentales, bloquear el paso o restringir la libertad de movimiento. A pesar de reconocer el uso de estas estrategias de manera cotidiana, consideran que es responsabilidad de las mujeres saber cuidarse y reaccionar.
  • Afirman que la violencia contra las mujeres continúa cuando las víctimas solicitan auxilio y reconoce que no son debidamente atendidas ni por otros pasajeros o transeúntes, ni por la autoridad misma.

Esta información expone a la Ciudad de México como un hábitat altamente hostil para las mujeres. La violencia sexual está fundamentada desde el machismo estructural a nivel social e institucional. Tiene origen en la asimetría de poder y el machismo que cotidianamente se naturaliza y legitima. Estas agresiones ocasionan daños subjetivos, como la pérdida de seguridad, sentimientos de culpa o pena, de estigmatización social o dificultad para relacionarse con el sexo opuesto, tanto como daños objetivos, como el abandono de la escuela o el trabajo, decidir no salir de casa, sentir miedo constante en la calle o la no participación en asuntos comunitarios o públicos.

La violencia sexual contra las mujeres, entendida como cualquier acto de contenido sexual no consentido, es naturalizada, sus causas son invisibilizadas y no son reconocidas ni siquiera por las mujeres que la viven. Incluso, son las mismas mujeres las que modifican sus rutinas cotidianas para prevenir riesgos. Deciden cómo vestirse, qué rutas, formas de transporte y horarios transitar. Estas conductas se definen como “los espacios que nos negamos”: lugares a los que las mujeres renuncian o por los que circulan porque forman parte de su vida cotidiana, pero que están mediatizados por miedos, cuyos referentes y significados son distintos para los hombres como para las mujeres.

Las mujeres en la Ciudad de México no son libres en tanto que limitan su movilidad, autonomía y apropiación de la ciudad. Los derechos que les garantiza la legislación nacional y los tratados internacionales no se traducen en un ejercicio efectivo. Para las mujeres, gozar del Derecho a la Ciudad se antoja una posibilidad lejana.

La normalización y desestimación del acoso contra las mujeres en el transporte y el espacio público es peligroso. Este diagnóstico muestra la idea persistente de que la violencia sexual tiene niveles de permisibilidad. La sociedad tolera actos como miradas lascivas, chiflidos o comentarios no solicitados pues se cree que éstos no dañan a las personas que las padecen, pero estas agresiones son la manifestación cotidiana de la discriminación y violencia de género y ayudan a conformar entornos propicios para la ocurrencia de formas más graves de violencia (ONU Mujeres, 2016).

¿Cómo cambiar esta realidad que oprime y violenta a la mitad de la población?

Las y los investigadores del Colegio de México plantean una serie de recomendaciones concretas para abordar el problema de manera integral que apuntan a la legislación, la estadística, la rigurosidad en el diseño, implementación y evaluación de políticas públicas, el acceso efectivo a la justicia por parte de las víctimas y las estrategias de prevención que transformen las construcciones de género.

Si bien estas recomendaciones están orientadas al problema específico de violencia sexual contra las en el transporte y el espacio público en la Ciudad de México, hay un énfasis explícito en entenderlo como uno estructural y multifactorial. Las diferentes formas de violencia de género no deben ponderarse ni conceptualizarse de forma fragmentada, ya que están interconectadas y tienen un origen común, que es la desigualdad entre hombres y mujeres, al que también se suma la desigualdad por otros motivos, como clase social, etnia o discapacidad.

Después de 64 años del paseo de Maty Huitrón por las calles del centro de la Ciudad de México, el colectivo Morras salió a esas mismas calles. Con cámara en mano, documentaron en video un ejercicio performativo similar al de Nacho López que podría antojarse casi como un homenaje a Cuando una mujer guapa parte plaza por Madero. Excepto que la actitud de las chicas de Morras no fue pasiva ni indiferente a las agresiones masculinas. A los chiflidos y frases sexuales que les proferían a su paso, ellas respondieron. Los confrontaron con un contundente: No. No aceptaré tu acoso.

Son muchas más las mujeres que no están dispuestas a aceptar la violencia en el espacio público. Es obligación del Gobierno de la Ciudad de México a garantizarles ese derecho.

Dulce Colín es periodista y se dedica a la comunicación desde las organizaciones de la sociedad civil.


1 En el libro Del piropo al desencanto. Un estudio sociológico, Patricia Gaytan define al acoso sexual en el espacio público como “una interacción focalizada entre personas que no se conocen entre sí, cuyo marco y significados tienen un contenido alusivo a la sexualidad. En esta interacción, la actuación de al menos uno de los participantes puede consistir en acciones expresivas o verbales, toqueteos, contacto físico, exhibicionismo, entre otras, que no son autorizados ni correspondidos, generan un entorno social hostil y tienen consecuencias negativas para quien las recibe”.

2 Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE, 2014).

3 Violence against women isn’t an epidemic, it’s a pandemic in Mexico,” declaración de Ana Guezmez, representante de ONU Mujeres en México.

4 Violencia feminicida en la Ciudad de México. Aproximaciones y Tendencias 1985-2015 (INMUJERES, 2017) (en edición). Citado en: Diagnóstico sobre la violencia contra las mujeres y niñas en el transporte y el espacio público de la Ciudad de México (ONU Mujeres, 2017).

5 Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH, 2011).

6 Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH, 2011).

7  El Observatorio de Seguimiento a la Estrategia 30-100 está integrado por las organizaciones EQUIS Justicia para las Mujeres, el Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), Ala Izquierda y el Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del Programa de Derecho a la Salud del Centro de Investigación y Docencia Económicas (ADSyR).

Referencias:

  • Del Valle, Teresa. (2006). Seguridad y convivencia: Hacia nuevas formas de transitar y de habitar. En Urbanismo y género. Una visión necesaria para todos. Barcelona: Ed. Diputación de Barcelona.
  • Falú, Ana (ed.). (2009). Violencias y discriminaciones en las ciudades. Santiago: UNIFEM. Red Mujer y Hábitat de América Latina. Ediciones Sur.
  • Frías M., Sonia. Violentadas. En: Nexos del 1 de junio de 2016. Disponible en: http://www.nexos.com.mx/?p=28501#ftn4
  • Gaytan Sánchez, Patricia. (2009). Del piropo al desencanto. Un estudio sociológico. México: UAM-Azcapotzalco.
  • Limón, Nieves. (2013). Nacho López, análisis de dos performances fotográficas. En: ZER Revista de Estudios de Comunicación, nº34. Bilbao: UPV/EHU, pp. 173-193.
  • Motte, Karla. Una perspectiva histórica de la #PrimaveraVioleta. En: Animal Político: Inter(sex)iones, del 3 de mayo de 2016. 
  • Observatorio de la Estrategia 30-100. (2016). Informe de Seguimiento a la Estrategia 30-100. 
  • ONU Mujeres. (2016). La violencia feminicida en México, aproximaciones y tendencias, 1985 – 2014. México: ONU Mujeres.
  • ONU Mujeres. (2017). Diagnóstico sobre la violencia contra las mujeres y niñas en el transporte y el espacio público de la Ciudad de México. México: ONU Mujeres.
  • Zermeño & Plácido. (2009). La discriminación y violencia contra las mujeres en el transporte público de la Ciudad de México. Documento de trabajo E-18-2009, CONAPRED, México.