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Stéphane Degoutin y Guénola Wagon, Let Them Burn, 2010. (© nogovoyages.com)

Ciudades, islas

“Quien conoce esta ciudad las conoce todas, porque todas
son exactamente iguales, tanto como lo permite
la naturaleza del lugar.”
Tomás Moro, Utopia, 1516

De lo que aquí se trata es de ficción y literatura. Cuando Tomás Moro inventa la palabra “utopía” (ou-topos, el no-lugar), inventa al mismo tiempo una isla: el primer gobernador de este país sin vicios mandó destruir el istmo que lo unía con el continente. Como se llamaba Utopus, le dio el nombre de Utopía. La comunidad ideal está, desde el momento de su fundación y por el hecho de su fundación, separada del resto del mundo. En su isla, Utopus establece reglas tendientes a preservarla de todas las desdichas, y el viajero que la describe comienza, ya sea coincidencia o no, por las ciudades. Su tamaño y su plano, así como cada rasgo de su arquitectura, están previstos de antemano, limitados por murallas, regulados por leyes. La utopía, en su topografía tanto como en su plano urbano, es una organización cerrada.

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Ilustración de la primera edición de La utopía. (Wikimedia Commons)

Si esta idea nos parece natural, se debe a que la tradición literaria hizo de ella un lugar común: estados naturales, atlántidas, robinsonadas, planetas lejanos, parques de diversiones y clubes mediterráneos adoptan a menudo formas cerradas y voluntariamente insulares, que florecen a partir de comunidades más puras y más suaves que las nuestras. No obstante, nada de esto era evidente en el siglo XVI, que fue el inventor de la Ciudad ideal geométrica al mismo tiempo que de la perspectiva. El plano urbano de la isla se opone muy directamente al que la Europa renacentista va a exportar a las Américas, y que Benevolo resumirá así: “La ciudad debe poder desarrollarse, y no se sabe qué dimensión alcanzará; es por eso que el plano en forma de tablero puede agrandarse hacia todas partes” (Benevolo, 1983). Así, en cierto modo, la Utopía humanista, laboratorio político y filosófico, iba en dirección por completo opuesta, desde el punto de vista topográfico, a la tendencia de su tiempo. La Utopía cerró ahí donde el Renacimiento abría, y prefirió el istmo que se amputa al continente ilimitado. Más que el nuevo mundo, nuevo porque no era conocido, eligió un nuevo mundo cuya novedad residía en su organización urbana, que encarnaba un ideal político.

¿Qué es, entonces, una utopía? Es un lugar que no está en ninguna parte —es ese el sentido etimológico— y cuyas reglas se crean con él. Es un lugar que da la espalda al movimiento de su época: los utopianos, cuenta Rafael, el viajero que regresó de Utopía, en el Libro III, aborrecen la guerra y no tienen el menor deseo de establecer un vínculo con los territorios más cercanos, al contrario de la Europa sangrienta y comercial del siglo XVI. Es un lugar, finalmente, cuya abstracción múltiple y esencial lo vuelve un terreno particular, en el que la aplicación de un reglamento sistemático radicalmente nuevo es posible —donde la experimentación política es, entonces, posible. La utopía es un terreno inédito, experimental, que se proclama por medio de las piedras y las leyes. Y el siglo XX de los suburbios, al generalizar la forma del fraccionamiento de viviendas unifamiliares, parece inscribirse sin problema en esta tradición literaria y antropológica.  

Instalarse en otra parte

“Cada quien podría instalarse en otra parte y encontrarse ahí igual de bien.”
Henri Lefebvre, prefacio a L’habitat pavillonnaire, 1968

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1. Plano del Parque Residencial de Lésigny (77), fraccionamiento abierto por Levitt en 1968. Al este, la autopista periférica la Francilienne, abierta diez años después, separa el fraccionamiento del antiguo pueblo. (Géoportail, 2015).

Primero hay que imaginar campos, prados y pastizales, ahí donde ahora se encuentran los fraccionamientos, con los techos idénticos y equidistantes de residencias semejantes, fusionadas con el horizonte indistinguible, parecen haber estado ahí desde el inicio de los tiempos. Quince millones de hectáreas artificializadas en cincuenta años, lo que equivale a tres o cuatro provincias (francesas) desde principios de los años 1990. De esta superficie, la mitad está destinada a la construcción de vivienda individual, con una tercera parte en forma de fraccionamientos. No los miramos en realidad; cosechan el mayor desprecio. No obstante, en su repetición, resultan por completo inauditos —inventados apenas hace cincuenta años, ni siquiera el tiempo de una vida, y aparecidos de manera casi mágica.

Mágico es también su plano: el fraccionamiento, como la utopía, se instala en un ningún-lado: los campos de papas resultan igual de convenientes que los bosques o los pastizales para ovejas. Basta con una decisión municipal para dar paso a su nacimiento. El trazado de sus vías, que gozosamente reciben nombres como raqueta o margarita, con sus bucles y sus calles cerradas, lo vuelve un lugar que no conduce sino a sí mismo, indiferente a lo que lo rodea.

De hecho, sus futuros habitantes no miran en verdad la dirección de su casa:1 calle de las Rosas o de Flor de Lis en la Residencia de las Flores, pasaje Erasmo o cerrada Vasco de Gama en el Fraccionamiento Renacimiento… lo esencial es que esté cerca de un lugar donde puedan trabajar y consumir. Es decir, que desean estar en los suburbios —en la “banlieue”, que etimológicamente en francés es el territorio que se encuentra bajo la jurisdicción de la ciudad— en la órbita económica de una ciudad centro. El fraccionamiento es la creación ex nihilo de un suburbio, una excrecencia periurbana.

Continuidad económica pero discontinuidad real, basta con mirar un mapa para darse cuenta de ello. El fraccionamiento es una forma urbana cerrada en sí misma, separada de su entorno por espacios vacíos y la ausencia de vías de comunicación radiales. Utopía como no-lugar, el fraccionamiento es también una utopía como lugar cerrado, separado de lo demás, independiente. Así, tal vez sea la literatura lo que constituya el medio de acercamiento a esta forma esparcida, es decir, triunfante. El Parque Residencial de Lésigny (77), uno de los primeros fraccionamientos de Francia, concebido por Levitt, al que se accede por una vía rápida también periférica (La Francilienne), ilustra bien este esquema. ¿Para qué sueños, qué ideales, este circuito cerrado de un suburbio sobre sí mismo, como una burbuja que apareció en el aire, se duplica hasta el infinito?

Apacible rumor

“El cielo está, por encima del techo,
¡Tan azul, tan calmo!
Un árbol, por encima del techo,
Mece su ramo.
Dios mío, Dios mío, ahí está la vida
Simple y tranquila.
Ese apacible rumor
Viene de la ciudad.”
Paul Verlaine, Sabiduría, 1881.

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2. Pierre Huyghe, “Streamside Day”, fotograma, 2003. Filme: 26 minutos, a color, sonido.
(Cortesía Marian Goodman Gallery, París/Nueva York, © Pierre Huyghe.)

Hay en los fraccionamientos una belleza que no puede negarse. Una belleza hecha de cielo por encima de los techos todos idénticos y de setos resinosos, de la repetición de una misma idea obstinada, convencida, de lo que es la vida. La belleza de los macizos de flores, entre los juegos para niños en los prados donde crecen arbolitos enclenques. La de las calles en forma de codo cuyo pavimento se resquebraja y donde estalla el amarillo casi chillón de los dientes de león. Si a los asiduos de las metrópolis, de las piedras antiguas y del patrimonio, estos barrios les parecen “sin alma”, ha de ser que no han probado en ellos el descanso del viernes por la noche, ni los cantos de pájaros de un inesperado amanecer a través del tragaluz abierto. A lo mejor ignoran el valor de este espacio propio que es al mismo tiempo interior y exterior, privado y al aire libre. No han visto cómo puede uno, desde el jardín de una de estas casas, considerarse como uno de los primeros hombres, o uno de los últimos. Naturaleza artificial, paraísos serializados, ciertamente. Pero que tienen el mérito de existir.

Desde la aparición de los fraccionamientos en Francia, a la cabeza de los cuales están los de Levitt, un ejército de detractores les cayó encima sin piedad. La mayoría de estos detractores salían de las filas de intelectuales que reivindicaban la liberación de los pueblos por medio del marxismo y de una reflexión construida a partir de discursos políticos y mercantiles, así como del papel del urbanismo en las relaciones de clase. Baudrillard, Debord, Lefebvre, Pasolini… Es posible entenderlos: mientras que el Team 10 y la Nueva Babilonia de Constant imaginaban la ciudad ideal como el espacio donde refundar la comunidad humana fuera de toda enajenación, los ciudadanos se abalanzan como un solo hombre sobre las casas Levitt y sus avatares, cada quien en su casa y Dios en la de todos. Utopía contra utopía, es fácil ver cuál de las dos triunfó. Nada ha cambiado desde entonces: por más que el discurso urbanístico (Mangin, 2003) señale cuanto pueda los peligros ya no solamente políticos sino también ecológicos de la expansión urbana, por más que los diarios se burlen de ella a medias palabras,2 el sueño de la residencia individual, del pedazo de jardín, de las risas de niños y de los cantos de pájaros sigue siendo el de la mayoría de los franceses.

Orgullo del promotor

“No estoy aquí solo para construir y vender casas.
Me gustaría construir una ciudad de la que me enorgullezca.”
William Jaird Levitt, entrevista con el Times, 1952.

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3. Alberca privada del Parque Residencial en Lésigny
(Julie Balagué, Pursuit of happiness, 2014)

Así pues, hay que recordar que el fraccionamiento, aunque no les guste a sus detractores, se sigue presentando en nuestros días como una utopía para quien vive en él. De ahí, puede resultar interesante postular que el habitante mismo participa en esta utopía, es decir que la vocación de la utopía es antropológica y que es posible deducir una visión del ser humano de las raquetas y las margaritas, de los driveways y los arriates.

Lo mismo para la invención del “nuevo poblado”. La debemos a William J. Levitt, quien justo después de la Segunda Guerra Mundial tuvo la idea de un cambio de escala decisivo: en lugar de construir una casa y luego venderla, había que construir una ciudad y luego venderla. Esta ciudad, seis mil residencias en Long Island, Nueva York, habría de llamarse Levittown. La G.I. Bill de 19443 ofrecía facilidades crediticias a los veteranos: oro molido para el promotor, quien hizo de los soldados su público específico y al mismo tiempo creó el principio de residencia explícitamente selectiva. En tres años, entre 1947 y 1950, Levitt construye y vende casas de una categoría inesperada para estas clases medias. Quince años después, aprovecharía el Esquema rector de remodelación y de urbanismo de la región de París, que iba a engendrar nuevas ciudades, para comprar tierras agrícolas depreciadas y exportar su modelo a Francia. Así nació el Parque Residencial de Lésigny, a medio camino entre Roissy y Orly por la futura Francilienne, y destinada a recibir de manera prioritaria a tripulaciones de compañías aéreas, ejecutivos e ingenieros. Ahí donde la isla fundada por Utopus se basa en un ideal económico autárquico, la utopía fraccionadora del siglo XX se basa en el del crecimiento, del desarrollo del sector terciario que lo acompaña y del lugar del crédito en la economía.

La innovación de Levitt residía particularmente en dos cosas. Primero, el modo de producción: adaptó a la construcción de residencias unifamiliares que dependían del automóvil el modelo fordista de las cadenas de montaje, haciendo que cada sector de la construcción se desplazara de lote en lote, lo que permitía entregar las casas una tras otra en periodos muy cortos y sin dejar de lado su unidad estética, lo que implica, en otros términos, una estandarización radical de las casas. Luego, el modo de comercialización —apoyado en estudios de mercado y en oportunidades políticas, jurídicas y de reordenamiento territorial— que implica en otros términos una estandarización radical de los compradores. Una vez vendidas las casas, la asociación de copropietarios del Parque Residencial edita un reglamento interno que cada habitante firma a su llegada, y que lo compromete a respetar normas precisas cuando se trate de cualquier remodelación exterior de su casa: el color de los postigos, la altura de los setos, el lugar del tendedero… Estandarización última, cotidiana: la de los habitantes por sí mismos.

Modelos performativos

“La residencia de los suburbios es una fábrica descentralizada de producción de
nuevos modelos performativos de géneros, razas y sexualidades. La familia
blanca heterosexual no solo es una poderosa unidad económica de
producción y consumo, también es la matriz del imaginario nacionalista.”
Valérie Preciado, Pornotopie, Climats, 2011

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4. Publicidad para las casas Levitt, 1977. Fuente: Mennecy et son.

Si no fuera por su mediocre inventiva arquitectónica, se podría relacionar la utopía Levitt, por su racionalismo económico, con la de Frank Lloyd Wright, en la que la ciudad jardín se transforma en una lograda síntesis entre las posibilidades económicas del productivismo industrial, el vínculo con la naturaleza que al norteamericano poscrac de 1929 le gusta dar importancia, y el núcleo familiar inalienable de toda comunidad. En el proyecto Broadacre City, la ciudad campestre está inervada por el automóvil y los desplazamientos, estructurada por la repartición familiar de la tierra, y la chimenea, que está en la parte central de cada casa, marca de manera muy concreta la importancia del hogar. En esta celebración casi kitsch de la residencia unifamiliar en tanto conjunto colectivo, se adivina una visión de lo que debe ser un país, con sus códigos de género y de generación, de consumo y de producción. Síntesis de la naturaleza y de la tecnología, de la economía de crecimiento y de la conservación de las tradiciones, de la ciudad y del campo, el fraccionamiento se da como la resolución pacífica de las grandes alternativas que la marcha del mundo plantea a los hombres. Esta resolución puede causar dudas: pero lo que sí es seguro es que en el caso de Levitt, tanto como en el de Tomás Moro, la utopía escapa a la historia.  

El Parque Residencial de Lésigny,4 sintomáticamente, recibe a sus primeros ocupantes en mayo de 1968. En pleno cuestionamiento de la sociedad capitalista, el señor y la señora Bruce oyen las promesas de la playa bajo los adoquines. Él es ingeniero petrolero y ella maestra de escuela. Vienen de un departamento de 35 metros cuadrados de la calle de Lappe, en el antiguo barrio de la Bastilla; han visitado Nueva Jersey, “país de jauja”. Sueñan con dejar las callecitas estrechas, los obreros, las huelgas. El fraccionamiento Levitt se les presenta como el ahora o nunca, y se apresuran a irse para allá. Como ellos, Jean-Pierre, ingeniero, acaba de instalarse con su familia a principios de los años 1970: “es más que una residencia, es un modo de vida”. Una palabra regresa a menudo en las frases de estos primeros habitantes, hoy jubilados y amigos: el de “pioneros”. El mito del nuevo mundo está ahí: en Seine-et-Marne encontraron la tierra virgen donde rehabilitar a la humanidad. Luego de ellos, sus descendientes buscaron aquí un modelo de vida lejos de las problemáticas de la megalópolis. Guillaume, de unos cuarenta años, piloto de línea aérea trasatlántica, lo dice sin ambages: “Muy sinceramente, luego de que nos incendiaron nuestra pick up en Ris-Orangis (91), también buscamos en el mapa un lugar sin unidades habitacionales y sin estación de tren.

Esa es también la utopía: para renovar al hombre, va a ser necesario sacarle cierta parte oscura, que fluctúa entre los huelguistas y los delincuentes con el correr de los años y de los problemas sociales. Su arraigo histórico, en suma. Desde que se abrió Levittown, a Levitt lo señalaron con el dedo por haberse negado a vender a familias afroamericanas, en pleno auge del movimiento de los derechos cívicos y justo después de la desegregación del ejército. Su justificación fue un duro pragmatismo, además de una visión por lo menos fatalista de la historia: “Si vendemos una casa a una familia negra, el 90 o 95% de nuestros clientes blancos ya no comprarán en la comunidad. Esta forma de actuar no es nuestra, sino de ellos. Nosotros no la creamos, y no la podemos cambiar.5

En el Parque Residencial, contrariamente a lo que podría pretender un representante de la Francia periférica, los sufragios en las urnas son sensiblemente los mismos que en el resto del país, y el discurso globalmente encontrado durante las entrevistas (primavera de 2014) es de tolerancia y apertura. Sin embargo, el fraccionamiento tuvo que volverse “pionero en la vigilancia por medio de cámaras de video”, según las palabras del presidente de su asociación de propietarios (AFUL, por sus siglas en francés), porque los robos de vehículos y los asaltos a casas habitación son frecuentes —lo que varios residentes achacan a la proximidad de la autopista A86, es decir, a los demás, a los que no viven aquí y representan una amenaza… En esta comuna constituida, según palabras del alcalde, con un “patchwork de cinco residencias”, el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (Insee), contabiliza 80% de familias y 90% de los activos en el sector terciario. La cuestión no es de principio sino de práctica. Más que una política voluntariamente exclusiva, es el modo de vida inducido por la forma arquitectónica lo que se encarga de moldear a los residentes a su imagen y semejanza: sin alteridad posible.

Inquieto devenir

“La necesidad capitalista, satisfecha en el urbanismo, como glaciación visible de
la vida, puede expresarse  —usando términos hegelianos— como la predominancia absoluta
de ‘la apacible coexistencia del espacio’ sobre ‘el inquieto devenir en la sucesión del tiempo’.”
Guy Debord, La société du spectacle, 1967, fragmento 170

Sí, bajo los techos tranquilos y en los alegres jardines, es fuera del tiempo histórico donde la utopía urbanística concibió al hombre nuevo. Sin alteridad ni transformación posible, concebido únicamente como producto serial, duplicable al infinito, el fraccionamiento residencial es terriblemente poco reciclable —si consideramos la historia como una transformación— y poco destructible —si pensamos que más bien se trata de una lucha. Entre sus cimientos de cemento, su plano improbable y la imposibilidad de vivir ahí sin vehículo individual, el Parque Residencial y todos los fraccionamientos de los que ha sido modelo son un quebradero de cabeza para aquellos que tratan de imaginar su porvenir. De acuerdo con criterios ecológicos, el fraccionamiento, paladín de la artificialización de los suelos y tacaño en cuanto a transporte público, no tarda mucho en tener visos de catástrofe. De acuerdo con criterios políticos, el fraccionamiento cancela toda dialéctica, toda alianza y todo enfrentamiento, lo que es una forma distinta de catástrofe. Ni ciudad ni campo, ni espacio liso ni espacio estriado, el fraccionamiento escapa en resumidas cuentas a todo pensamiento diacrónico.

El tiempo queda suspendido en un eterno reinicio; ciclo de las estaciones y de los desplazamientos pendulares, de las generaciones y de las idas al centro comercial, nada que tenga cara de progreso. De ahí no se sale, y esas calles que no van a ninguna parte son, al mismo tiempo, ilimitadas. Ese presente tiene la arrogancia de lo eterno. Eso equivale a decir que aquí, la utopía es también una ucronía, y que pasamos de la literatura humanista a la ciencia ficción —con la diferencia de que a la ciencia ficción eso no le interesa para nada.   

El fraccionamiento es la ciudad sin historia; también es la ciudad sin relato. Donde el urbanismo moderno era, para un Walter Benjamin, una forma de narración histórica —París como capital no del espacio, sino del tiempo— el fraccionamiento aparece al contrario como un silencio, o como una palabra cortada. De Belleza americana a Esposas desesperadas, de Bruce Bégout a Marie NDiaye, el fraccionamiento es el escenario de una sola pulsión mórbida, que lleva al crimen por dinero, al asesinato pasional, al incendio provocado —a una destrucción que se parece a un aniquilamiento. ¿El fraccionamiento firma acaso la sentencia de muerte de la epopeya que repetía a través de los tiempos los heroicos cimientos de las ciudades divinas? Pioneros, ¿qué hicieron de sus selvas, su oro y sus combates?

En la ficción, todo ocurre como si la única historia posible fuera, en esas calles, que tal o cual hombre anónimo se volcara hacia una locura destructiva, aunque minúscula, hecha de neurosis y resentimiento. Ningún Big Brother que lo controle todo, ninguna figura tiránica o policiaca integrada a estos universos ficticios. Nada que haga de la utopía una distopía. Sin embargo, al igual que la telepantalla de Orwell y los androides de Philip K. Dick, es al mismo tiempo comodidad y coerción. Como esos objetos, podría convertirse en el enemigo de una guerra, la ilota rebelde, el espacio mágico de una revolución soñada a falta de ser efectiva…

O tal vez no. No-político, no-narrativo, tal vez el fraccionamiento está justamente ahí como la expresión triunfante de lo que la civilización humana, como reflejo de sí misma, puede tener de estúpida, de muda, en donde el porvenir y la historia, en resumidas cuentas, no son más que los juguetes preferidos de algunos pensadores que el sistema perdona como a niños un poco extraños. A esos filósofos perplejos el fraccionamiento tal vez les habla en tono amable: el futuro es su ilusión preferida, su más hermoso poema, iridiscente, misterioso, peligroso, seductor, en suma. Pero no existe. La seducción del tiempo, en realidad, soy yo el que la lleva —porque solo yo la abolo. Y por la eternidad, los pensadores estupefactos recorren, indignados, esas calles impasibles. Por encima de las cercas, miran con envidia los asadores de carne y las albercas de los vecinos despreocupados, hasta el fin del mundo, el único mito que queda.

Porque, en resumidas cuentas, el presente tiene cara de fraccionamiento. Tal vez sea ahí donde los filósofos de la historia y del espacio podrían encontrar un nuevo punto de partida.

 

Fanny Taillandier
Novelista y crítica literaria. Ha escrito Les Etats et empires du lotissement Grand siècle, (2016) y ha ganado los premios Prix Révélation de la Société des Gens de Lettres y Virilo.


Bibliografía:

Benevolo L., 1983, “La colonisation du monde par les Européens”, Histoire de la ville, traducido del italiano por Catherine Peyre, Marseille, Parenthèses.

Charmes E., 2013, Urbanisme, Hors-série n°46, p. 21. Lambert A., Tous propriétaires, 2015, París, Seuil.

Mangin D., 2003, La ville franchisée, formes et structures de la ville contemporaine, París, éditions de la Villette.

Schneiderman M., 2008, “William Levitt, the King of suburbia”, The Real Deal.


El presente ensayo se publicó originalmente en Urbanités (Octubre, 2015) y fue traducido por Arturo Vázquez Barrón (DEPTI/IFAL). Este forma parte de una serie que discutirá las visiones utópicas y distópicas de las ciudades, como parte de la colaboración entre la Embajada de Francia, el Instituto Francés de América Latina, la Agencia Francesa de Desarrollo y Nexos para el festival ¿Mañana la ciudad? Festival franco mexicano de utopías urbanas.


1 Ver la entrevista con Eric Charmes, Urbanisme, Hors-série n°46, noviembre de 2013, p. 21.

2 Por ejemplo, Télérama o Le Monde diplomatique.

3 Ley aprobada en Estados Unidos en junio de 1944 que, entre otras cosas, otorgaba a los soldados facilidades para comprar vivienda. (N. del T.)

4 Los testimonios de los habitantes fueron recopilados en el invierno y la primavera de 2014, en el marco de una encuesta para Le Monde. Las entrevistas se basaban en la buena voluntad de estos últimos, y se centraban de manera bastante general en la manera en que consideraban su entorno social.

5 W. J. Levitt, entrevista de 1954 para el Saturday Evening Post, citado por Matt Schneiderman, “William Levitt, the King of Suburbia”, The Real Deal, 30 de abril de 2008.