Grandes megalópolis o incluso ecumenópolis1 han caracterizado a muchos de los mundos de la ciencia ficción. Ciudades como Trantor en la trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, Coruscant en el universo de Star Wars, ambas ecumenopolis. Otras son como las ciudades del subgénero del ciberpunk como Los Ángeles en Blade Runner o Niihama en Japón dentro del universo de Ghost in the Shell. Y naturalmente las clásicas ciudades futuristas que se ven desde la película de 1927 Metrópolis de Fritz Lang, Nueva York de la novela Bóvedas de Acero de Asimov o Neo-Tokio en el famoso anime y manga Akira. En cualquier caso, la ciencia ficción nos ha ofrecido un gran abasto de futuros imaginarios donde, como en la vida real, las ciudades son centrales para entender los problemas, las personas y las sociedades que describen.

ciudades

Paul Krugman decía, en una conversación sobre economía y ciencia ficción hace algún tiempo, que la ciencia ficción en realidad es más “ciencia social ficción” y  que la tecnología y la especulación científica eran más bien mecanismos para mover la especulación sobre la sociedad. Como toda forma de expresión, la ciencia ficción puede ser una herramienta poderosa para hablar y para criticar los problemas que enfrentamos; las ciudades no son una excepción.

Las ciudades son una estructura importante para la economía. La nueva geografía económica y la economía espacial y urbana se han vuelto parte muy importante para explicar fenómenos que van desde por qué las personas y las empresas se concentran en ciertas ciudades, hasta los flujos comerciales en el mundo y cómo las ciudades se han vuelto metafóricamente los motores del crecimiento económico para países desarrollados y en desarrollo.

Según la economía, la razón por la que las ciudades nos resultan tan atractivas es que en ellas ocurren fenómenos de aglomeración. Una ciudad que se vuelve buena en determinado tipo de industria genera empleos que a su vez incentivan la demanda de bienes y servicios. Esta nueva demanda a su vez atrae nuevos negocios en un proceso cumulativo. La concentración de estas interacciones produce economías de escala para las empresas, difunde el conocimiento entre sus habitantes, y fomenta la innovación y con ella el crecimiento. No obstante, estos fenómenos de aglomeración tienen su contraparte los fenómenos de expulsión.

Las ciudades son una constante oscilación entre fuerzas de atracción, como la fuerza de gravedad que genera el proceso cumulativo, y fuerzas de repulsión. Los problemas de congestión, el incremento del costo de la vida, la inseguridad, las dificultades de transporte, son las fuerzas de repulsión que se encuentran en constante lucha con las fuerzas de aglomeración. Este delicado balance está detrás de los grandes sistemas de ciudades en el mundo y detrás de la formación de las grandes megalópolis como la Ciudad de México, Nueva York o Tokio y sus industrias financieras, tecnológicas e industriales.

Sin ser un planeta ciudad, ya más del 54 por ciento de la población de la Tierra vive en zonas urbanas y en México ese número llega hasta 80 por ciento de la población!. Somos una sociedad urbana y por lo tanto los problemas de nuestras ciudades son los grandes problemas de nuestra sociedad. En Bóvedas de Acero (1953) los habitantes de las grandes ciudades enfrentaban una creciente desigualdad social. Los habitantes de ese hipotético Nueva York tenían acceso a diferentes niveles de satisfactores de acuerdo a una estricta división de clases sociales, en una estratificación que llegaba al extremo de que personas no pudieran tener baños o agua en sus casas. En ese mismo mundo la población vivía con miedo y desprecio hacia los robots pues estos le quitaban muchos de los empleos a los humanos que enfrentaban una vida cada vez más precaria y en un medio ambiente empobrecido. El planeta Tierra estaba al límite de su capacidad para sostener vida y sólo era posible lograrlo con un ejercicio extenuante y permanente de optimización de recursos y una segregación social brutal.

En nuestra vida en la Ciudad de México no tenemos inteligencia artificial de propósito general2 ni hemos colonizado cincuenta mundos en la galaxia como ocurre en Bóvedas de Acero, pero sí tenemos algunas cosas en común. Tenemos una sociedad desigual en donde el 1 por ciento más rico gana 122 veces más que el 10 por ciento más pobre. Donde la desigualdad del ingreso y la riqueza se vuelven desigualdad de oportunidades en un círculo vicioso de estratificación social que produce que en las zonas más pobres de la Ciudad de México existan hogares sin agua o drenaje. No tener baño o agua en la casa no es ficción para muchas personas en esta ciudad y en este país.

La contaminación es otro lugar común entre nuestra capital y el mundo distópico de Asimov. Nuestro aire seguramente es tan sucio como el que los habitantes de las bóvedas de acero respiran y tenemos un sistema de alerta sobre el mismo, sólo que en nuestro caso no siempre funciona. Nuestro deterioro ambiental no es tan grave aún, pero parece que hacemos esfuerzos por demostrarnos capaces de superar los terrores de nuestra imaginación.

Las ciudades mexicanas no están a salvo del cambio tecnológico que vivimos. La automatización es una realidad y en algunos sectores no pasará mucho tiempo para que veamos que, como en el resto del mundo o en la novela de Asimov, surge un renovado miedo a nuestros colegas mecánicos. Las fuerzas de la globalización y el cambio tecnológico están cambiando a nuestras ciudades más rápido de lo que estamos siendo capaces de reaccionar.

Quizá es en el trabajo, con la precariedad del empleo en México, donde la realidad opaque a cualquier distopía que imaginemos. La vida del trabajador promedio en la ciudad de México no es muy distinta de aquella descrita en esta novela, despertar, transportarse, trabajar, comer de forma apresurada, transportarse y dormir. Todo repitiéndose en un ciclo rutinario infinito, bajo explotación y sin oportunidades de movilidad social.

Las ciudades son motores de crecimiento, pero también pueden ser motores de la desigualdad. Si estudiamos los tamaños de las viviendas, por ejemplo, podemos ver una distribución semejante a la del ingreso, donde los más afortunados tienen espacio y los menos tienen hacinamiento. Si calculamos el tiempo que las personas pierden en desplazarse encontramos que años de su vida se esfuman en el tráfico o en sistemas de transporte masivo rebasados. La Ciudad de México puede ser un lugar de utopía para los que vivimos en ciertas zonas con servicios y fácil comunicación, para los que trabajamos en ciertos lugares con formalidad y buen salario; pero para una mayoría de personas la vida puede parecer más a los futuros distópicos de muchos clásicos del género.

En la ciencia ficción la solución a los problemas muchas veces ocurre a través de la tecnología. En Bóvedas de Acero la solución definitiva a los problemas de la Tierra es lanzarse al espacio a colonizar otros mundos. En la vida real nuestras soluciones más bien tienen que pasar por políticas públicas bien diseñadas e implementadas y quizá un poco de magia tecnológica. Nosotros aún estamos muy lejos de poder decidir abandonar al planeta en búsqueda de otros hogares, sin embargo, sí tenemos soluciones a nuestro alcance.

Repensar la economía y sus actividades, invertir en el transporte público, hacer eficiente el uso de nuestros recursos escasos como el agua, transitar hacia fuentes de energía limpia, rediseñar nuestros modelos se seguridad. Todas estas son cosas que tenemos la capacidad intelectual, física y tecnológica para realizar. La ciencia ficción puede ser un espejo para mirarnos y recordarnos que sólo nos hace falta la voluntad política para comenzar a solucionar nuestros problemas.

 

Este texto es parte de una serie que discutirá las visiones utópicas y distópicas de las ciudades, como parte de la colaboración entre la Embajada de Francia, el Instituto Francés de América Latina, la Agencia Francesa de Desarrollo y Nexos para el festival ¿Mañana la ciudad? Festival franco mexicano de utopías urbanas.

 

Diego Castañeda es economista por la University of London.


1 Ecumenopolis es un término acuñado por el planificador urbano Constantinos Doxiadis y que se refiere a una ciudad planeta.

2 Inteligencia artificial equiparable a la inteligencia humana, diferente de una Inteligencia artificial de fin específico como jugar ajedrez que puede ser superior a la humana, pero solo para una sola tarea.