Las rutas para subir al pecho del Iztaccíhuatl, sitio más alto del volcán, tienen que pasar por lo que se consideraría el estómago, donde hay un glaciar de muchos metros de espesor. Hace unos días pude estar sobre ese glaciar al subir, por primera vez, hasta la cumbre. Pero el gusto me duró poco puesto que el amigo con el que iba, que ha subido en varias ocasiones este volcán, me comentó que en el 2008 ese glaciar tenía cuando menos unos 15 metros más de altura. Es impresionante la velocidad con la cual se está perdiendo un glaciar que tomó cientos o miles de años en formarse. Con angustia, mi compañero de viaje me murmuró, “esto quiere decir que mi hija no va a poder ver este glaciar”. Pocas pruebas más contundentes que estas para comprender lo que significa el cambio climático en sitios que están a menos de dos horas de la Ciudad de México.

Glaciar del Iztaccíhuatl 2008, arriba, y 2017, abajo

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Fuente: León Islas y Luis Zambrano.

La pérdida del glaciar no es la única prueba del cambio climático cerca de los capitalinos. Las proyecciones que generan los modelos matemáticos construidos por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, en inglés) sugieren que en la Ciudad de México la cantidad de agua de lluvia que se precipita anualmente será relativamente parecida a la que ha caído de manera histórica. Esto serían buenas noticias si se considera sólo el promedio anual, aunque no lo son cuando se sabe que lo que va a cambiar es la intensidad de las lluvias. Los modelos sugieren que con el cambio climático las lluvias serán más cortas y, por lo tanto, más intensas.

Las consecuencias de este cambio en la intensidad de lluvias las estamos sufriendo estos días. La más obvia son las inundaciones que han estado ocurriendo en las zonas bajas de la ciudad. La cantidad de agua que cae en poco tiempo satura el sistema de drenaje y alcantarillado que no se dan abasto. Esto no se va a solucionar con nuevo drenaje, puesto que estas lluvias en la ciudad son el equivalente a verter de un solo movimiento una cubeta de agua en un lavabo. Por muy grande que sea el desagüe o exista mucha tecnología de monitoreo el agua siempre se tardará en salir del lavabo. Lo mismo con las inundaciones. Existe otra consecuencia menos obvia e igual de grave, pues afecta el agua que utilizamos para sobrevivir. Con una lluvia menos intensa, el agua tiene tiempo de infiltrarse y recarga el acuífero que utilizamos para dotar de este líquido al 70% de la ciudad. Sin embargo, con lluvias intensas, esa agua que antes alimentaba el acuífero ahora inunda las casas y se busca retirar de la cuenca lo más rápido posible por medio del Túnel Emisor Oriente. Por lo que es muy probable que ahora se esté abatiendo más el acuífero, que es tan necesario para la sobrevivencia de la Ciudad de México.

Es por ello que cuando se estudian los procesos ecológicos como la reacción de la cuenca de México al cambio climático no se tienen que ver los promedios anuales de precipitación sino los fenómenos extremos, pues son ellos los que modifican la cantidad de agua que nos inunda o que tenemos.

Si un mejor desagüe no puede detener las inundaciones, ¿cuál es la forma de mitigar los efectos de cambio climático que se aproximan para la ciudad? La respuesta está en el uso de suelo. Las zonas verdes son una pieza fundamental para reducir los efectos de inundación y aumentar la cantidad de infiltración. Hasta hace un tiempo esta argumentación era empírica, pero una investigación basada en Sao Paulo, Buenos Aires y la Ciudad de México generó un modelo espacial que trata de interpretar el papel de las áreas verdes en la mitigación del cambio climático. Las tres ciudades se escogieron por ser de las más pobladas en América Latina y ser completamente diferentes entre sí, en la forma de la cuenca en el que se establecieron: Buenos Aires es un delta, Sao Paulo es un altiplano cerca de la costa y la Ciudad de México es una Cuenca endorreica. Por lo tanto, se puede contrastar que pasa en las tres megaciudades con respecto al agua, al cambio climático y al uso de suelo. Mientras que en Buenos Aires la amenaza más fuerte son las inundaciones, en Sao Paulo el problema que enfrentarán será la falta de agua. Curiosamente en México el modelo arroja que tendremos ambas amenazas: la cantidad de agua para infiltrarse se podría reducir en 8% y el área susceptible a grandes inundaciones podría aumentar en un 10%.

Infiltración actual y escenario con cambio climático y uso de suelo a 2050 en la cuenca que rodea a la Ciudad de México y su área metropolitana

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Fuente: elaborador por Tania Fernández.

Estos resultados no sólo muestran los efectos del cambio climático, también indican que el cambio de uso de suelo de zonas de las áreas verdes son el factor determinante en el aumento de inundaciones y la reducción de infiltración de agua. En resumen, si queremos reducir los riesgos del cambio climático en la ciudad no enfoquemos los recursos a más drenaje sino a la restauración y expansión de las áreas verdes. Esas son las verdaderas medidas de mitigación urbanas que se deben de estar tomando frente al cambio climático.

Inundaciones actuales y escenario con cambio climático y uso de suelo a 2050 en la cuenca que rodea a la Ciudad de México y su área metropolitana

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Fuente: elaborado por Tania Fernández.

Hace unos días Donald Trump anunció su intención de retirar a su país de los acuerdos de París frente al cambio climático. La respuesta de muchos alcaldes que gobiernan ciudades fue la de refrendar dicho acuerdo, puesto que son las zonas más expuestas para ser afectadas por el cambio climático. El caso de la Ciudad de México es de gran importancia, no sólo para reducir nuestras emisiones de carbono (hasta ahora una política poco efectiva, pues se siguen construyendo vías para los autos que son grandes emisores de CO2), sino para generar las medidas de mitigación en el factor que más nos va a afectar para la sobrevivencia: el agua.

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.