“Nous sommes aujourd’hui à la préhistoire d’une nouvelle utopie, à l’orée de la voie humaine. Reste à s’y engager, dans la violence de l’instant, la modestie du quotidien et la démesure de l’idéal”.

Jaques Attali (La voie humaine: pour une nouvelle social-démocratie, 2004)

De diversas maneras, la ciudad cotidianamente nos requiere el situarnos, pensar y actuar sobre su presente y las problemáticas que experimenta(mos). Ya sea, en calidad de ciudadanos, académicos, planeadores urbanos, gobernantes, organizaciones civiles, etc. Pero, al mismo tiempo, nos impulsa y desafía a soñar, imaginarnos y (re)crear su futuro entre infinitas posibilidades. Precisamente, el indagar ¿Y mañana, la ciudad? dio nombre y orientó el propósito del Festival Franco Mexicano de Utopías Urbanas, realizado entre el 11 y 14 de mayo en la Ciudad de México. El cual, logró conjuntar un amplio espectro de perspectivas, análisis y debates de investigadores, artistas, urbanistas, arquitectos, entre otros, interesados en el futuro de la ciudad y, sobre todo, en las utopías urbanas.

El Festival hizo su apertura en la sala Alfonso Reyes del Colegio de México, proponiendo abordar el tema “Una historia de la utopía urbana”, teniendo como ponentes principales a Rosemary Wakeman, historiadora y coordinadora del Centro de Investigación “Iniciativas Urbanas” de la Universidad de Fordham, en Nueva York.  Y, a Marcel Hénaff, filósofo y antropólogo, profesor de la Universidad de California. Participando como moderadores Jean-Joinville Vacher, agregado de cooperación científica de la Embajada de Francia, y Vicente Ugalde, Secretario General del Colegio de México, también profesor-investigador del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de la misma institución.

“Pensar y Hacer la ciudad: De la utopía de los orígenes a la utopía de los posibles” (Penser et faire la ville: de l’utopie des origines à l’utopie des possibles)

Marcel Hénaff quien inició la sesión con esta ponencia, abrió su exposición haciendo alusión a la palabra utopía y obra del mismo nombre creada por Tomas Moro (1516), cuyo significado -basado en el griego- se puede entender en dos sentidos: el lugar que no existe (ou-topia) o como el lugar del bien (eu-topia). Asimismo, hizo una breve referencia a pensadores como Platón, Campanella y Bacon notando que la idea ha existido antes y después, a pesar que no se designara con el mismo término. En sus palabras, “la utopía implica imaginarse una sociedad alternativa, una ciudad ideal y nueva”. Resaltando que, no es posible separar la cuestión de la ciudad de la cuestión de la sociedad. En ese sentido, reconoce la ciudad en binomio: como un objeto en lo concreto y como praxis de las actividades humanas relacionadas con la existencia de una comunidad política. Es decir, la ciudad no sólo es un objeto sino una construcción social intencionada y, por tanto, moldeable. Reflexión de Hénaff, coincidente con la mirada de Henri Lefebvre acerca de la no neutralidad de la producción del espacio urbano.

Advierte Hénaff, que después de pasar por revoluciones agrícolas e industriales, así como, por transformaciones tecnológicas que continúan cambiando la forma de comunicarnos y relacionarnos unos con otros, “la utopía ya no es soñar otro mundo sino hacer el mundo que viene”. Una frase provocadora que nos lleva a pensar cuál es ese mundo y de qué manera queremos y tendremos que ver con el mismo. Al fin y al cabo, somos los seres humanos quienes dictaminaremos y experimentaremos esa construcción para bien o para mal.

La respuesta partirá innegablemente de asumir que ese mundo y vida seguirá siendo de acuerdo a las estadísticas actuales y proyecciones, un mundo predominantemente urbanizado. El cual habrá que seguir creando, pero no de cualquier modo. Hoy día, según nuestro ponente, las metrópolis se configuran como “archipiélagos de lugares conectados como redes”. Derivado ello, por la extensión de sus límites y del paisaje urbano, entre otros. Por supuesto, el fenómeno de la dispersión urbana y la conurbación en zonas metropolitanas es un ejemplo, sin embargo, no supone que sea una red deseable o efectiva.

Y si, la ciudad es objeto también es artefacto, señala Hénaff.  “Un artefacto a escala casi cósmica. Casi la escala de cualquier proyecto utópico”. Planteando a partir de esto, dos preguntas: ¿qué es construir una ciudad? y ¿qué significa construir juntos en dicho artefacto? Por supuesto, pensar y gestionar temas concernientes a su organización política, a la gestión de los conflictos, a la seguridad, al ejército, a las libertades de sus ciudadanos, la economía, etc.

Y si, la ciudad construida es una forma de pensar y la comunidad que la habita es definida por el lugar que habita, el espacio barrial marginado, excluido, insalubre e inseguro (como las favelas, villas o comunas en Latinoamérica) resultan construyendo el no sentido o un sin sentido. Reflejando el fracaso de la ciudad al no reivindicar al homo sapiens.

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Marcel Hénaff, profesor de la Universidad de California, EUA.  Fuente: Colegio de México.

Hénaff, entonces se pregunta, ¿por qué fijarse en la ciudad?, respondiendo, porque “en la ciudad empieza la utopía” y cada ciudad se desarrolla en una suerte de trilogía de dimensiones contemporáneas, pero que se revelan de forma más intensa en ciertos momentos de la historia. Cada uno con sus propios rasgos, sucediéndose y complejizándose en un continuo. Así:

i) Primer momento: La ciudad monumento como espejo del cielo y símbolo del mundo. Bajo esta dimensión, la ciudad es primordialmente un conjunto de efectos arquitectónicos. Siendo la aldea, existente durante más de dos mil años como hábitat rural, predecesora de las nuevas formas de la ciudad. Distinguiéndose ésta última, por la creación de espacios de carácter colectivo y público, pero también por la jerarquización y diferenciación social del espacio. El espacio de la ciudad pone en juego variables de poder y estatus.

En la práctica, la ciudad monumento fue creada y gestionada mediante ritos de fundación y el cambio de relación con las divinidades. La ciudad nace como lugar sagrado, reemplazando los espíritus del campo por los dioses del cielo. La ceremonia llevada a cabo por la tradición romana (dada a conocer por el Grammatici Veteres) así lo refleja: la Inauguratio (el cielo señalaba en dónde debería establecerse la ciudad por medio de alguna señal); el Orientato (establecimiento de ejes cardinales); la Limitario (definición del lugar de asentamiento y límites de la ciudad); y el Consecratio (definición del nombre de la ciudad, siendo encomendada después a algún santo). En conjunto este ejercicio o ritual representaba la existencia de un fundamento religioso, pero también arquitectónico y jurídico de la ciudad, modelo extendido en occidente.

ii) Segundo momento: la ciudad máquina y la dislocación del monumento. En esta dimensión, la ciudad aparece como una especie de dispositivo orientado a la transformación técnica enlazada directamente con la Revolución Industrial, a su vez, producto del triunfo de la ciudad como monumento. Empero, advierte Hénaff, si bien es cierto que, acontecimientos como la introducción de la máquina de vapor cambian el ritmo de la ciudad. Eso, no niega que antes de ello existiera una ciudad máquina anterior. Más bien, revela que la existente fue reemplazada por la industrial.

De acuerdo con la adjetivación de Lewis Mumford, Hénaff también nombra a la ciudad como megamáquina, es decir, un dispositivo social de producción. Un artefacto que funciona debido a la existencia de una estructura administrativa –burocrática, en el sentido Weberiano del término- responsable de organizar a la población, de proveer servicios y garantizar cierta estabilidad que redundara al final en crecimiento económico. La ciudad como máquina se convierte en una creación auto-referenciada con la capacidad de formularse y reformularse a su propio criterio.

iii) Tercer momento: La ciudad red y la utopía de posibilidades. Entendiendo que la ciudad es movimiento, conforma un espacio de conexión, circulación, intercambios diversos -con el interior y hacia el exterior- además de flujos de información. Si desde el principio la ciudad es red (estructurada v.gr. por el damero o cuadrícula ortogonal), Hénaff destaca que, actualmente, se caracteriza por múltiples relaciones urbanas, apertura constante y transformación de su identidad. La cual, trasciende adscripciones pasadas, sean étnicas, territoriales, constructivas, etc. Llamando la atención sobre algo que podríamos denominar, la deconstrucción de la ciudad monumento.

En la ciudad red, la calle aparece como disruptiva de las jerarquías del orden monumental, posibilitando encuentros y relaciones más horizontales.  Pero, entonces, ¿cuál es la ciudad que viene? Nos dice Hénaff: ciudades de redes multicentradas. Muchas más ciudades dentro de la ciudad, racimos de ciudades. “Un lugar de lo indefinido” mediado por la extensibilidad, la apertura y la movilidad.

Para finalizar, Hénaff afirma que “la utopía ya no consiste en imaginar una arquitectura delirante, sino volver a una ciudad habitable, seductora, inteligente y amable”. Por ejemplo, reduciendo el consumo de energías fósiles y no produciendo emisiones de CO2; usando autos eléctricos; pensando los edificios como pueblos verticales, etc. Lanzando un par de interrogantes críticos, ¿para qué conectar objetos inútiles o destructores de la vida civil?, cuestión a superar por las denominadas Ciudades Inteligentes. Por oposición a esto, afirma que, la clave es hacer ciudades con justicia y dignidad. “Hacen falta monumentos a la ciudad de los hombres, de lo contrario –sentencia-, ¿cuál será la diferencia entre una ciudad y un hormiguero?”.

“La utopía urbana en el siglo XX” (L’Utopie urbaine aux XXe Siècle)

En su ponencia, Rosemary Wakeman se interesó por explorar la utopía urbana en la historia abordando en específico utopías del siglo XX, porque desde su perspectiva, el conocerlas permite entender las utopías urbanas futuras y la configuración de nuevas ciudades. Indicando de inicio su carácter contradictorio, paradójico y hasta distópico. Aspecto que destacaría constantemente a lo largo de su exposición.

Al preguntarse, ¿cuál era la ciudad ideal del siglo XX?, Wakeman explica que no hubo un modelo de ciudad ideal y que armar un inventario de todas las utopías formuladas resulta una tarea compleja. No obstante, menciona algunas, como: la utopía exclusivamente técnica y de la ciudad industrial presente en obras de Tony Garnier; la utopía con carga ideológica manifiesta en la planificación urbana Estalinista; y la utopía capitalista y ligada al automóvil, difundida por la compañía General Motors en 1939.

En un recorrido teórico interesante relacionado con el significado mismo de utopía, Wakeman compartió más de un par de nociones clásicas y reflexiones desde las cuales pensar el término. Por ejemplo, la utopía como derecho de la sociedad a considerar sus propias formas de hacer ciudad. Esto, a manera de antídoto de su condena a morir, idea defendida por algunos filósofos. También, la utopía como reformista en búsqueda de mejorar las condiciones de vida urbana. Pero, además, aludiendo a Karl Mannheim, cita a la utopía como “un programa coherente de acción nacido de nuestras reflexiones, y que transcienden nuestra civilización inmediata”. Presentándose así, más sistemática y asociada a un elemento ideológico.

Coincidiendo con Hénaff, Wakeman expresa que las relaciones entre los espacios urbanos y las sociedades no son neutras, resaltando además que, las utopías hay que situarlas y comprenderlas considerando el momento histórico al que pertenecen. En tanto éste, configura sus expectativas, miedos, preocupaciones y esperanzas. Así como, cada ciudad procura inventarse una identidad e imaginarse un futuro para sí.

A pesar que la utopía contiene diversas esperanzas (como la preocupación actual por la sustentabilidad urbana y ambiental), ciertamente tiene dos caras, destaca Wakeman. Una asociada a lo fraterno y otra a lo totalitario. La cara predominante en las sociedades ha trazado el pasado y trazará el futuro de nuevas ciudades. Particularmente, en el siglo XX, se planteó el orden de las cosas en términos urbanos, con aspiraciones de mejorar la calidad de vida. Asumiendo que la arquitectura y el urbanismo serían capaces de crear ciudades ideales. Empero, más allá de eso, de innovar y construir un mundo nuevo tras los desastres causados por la guerra.

En ese sentido, la ciudad se toma como un lugar para experimentar y crear grandes proyectos. Misión asignada a profesionales de la planeación urbana, junto a otros con el “know how”, y en el rol de tomadores de decisiones. Apareciendo distintas utopías urbanas como estrategias de modernización que Wakeman identifica y se interesa por analizar desde su complejidad como utopías paradójicas –podríamos decir, pendulares: entre posturas contradictorias, resultados favorables y desfavorables-. Explicando ello, por medio de tres ejemplos que agrupamos así: i) La ciudad funcionalista: orgánica y ciudad jardín; ii) La ciudad cibernética.

i). La ciudad funcionalista. En Norteamérica, el Arq. Frank Lloyd Wright como respuesta a la Gran Depresión, inspirado en la naturaleza y, por otra parte, en la ciencia ficción de la década de los 30´s, propone como ideal la arquitectura orgánica y la “disolución de las ciudades”. La primera, enfocada hacia la armonía del hábitat diseñado y construido con la naturaleza. La segunda, por medio de la descentralización de la vida urbana con el uso del automóvil. Considerando ingenuamente que, éste por sí mismo, aportaría a dicho fin, mientras se conectaba la naturaleza y la utopía.

En Europa, Le Corbusier proyecta una ciudad centralizada que crea el progreso, cristaliza las libertades modernas y la belleza a través de su racionalización. Una ciudad ideal de tres millones de habitantes con todas las funciones necesarias para la satisfacción de la vida humana. Creando la Ciudad Jardín (Garden City) como un “plan de felicidad colectiva”. En este esquema, al contrario de Wright, la naturaleza se domina al servicio de la función, convirtiéndose en algo formal y geométrico. “La ciudad ideal se construye con el orden y la eficacia”. Para Wakeman esta utopía representa la nostalgia por el pasado de preguerra, más que el porvenir.

La paradoja en ambas se presenta en relación a la pretensión de armonía entre la ciudad, la naturaleza y la tecnología. Una paradoja que, siguiendo a nuestra ponente, persiste hasta el presente con la utopía de la ciudad inteligente (Smart City). Al final, ambas utopías funcionalistas resultan dependientes de la nueva tecnología.

ii) La ciudad cibernética. Inspirada en los artefactos de la Era Espacial, es la utopía más futurista. Orientada a crear ciudades inteligentes, automatizadas, en red y con tareas altamente complejas que provean servicios y ahorren trabajo a sus habitantes, se sirve de los análisis de sistemas y la comunicación. Ejemplo de esta utopía son: la Ciudad Conectada (Plug in City) y la Ciudad Caminante (Walking City) promovida por el colectivo inglés Archigram. Para ellos, la ciudad moderna significaba lo estático y alineante, por tanto, “la ciudad ideal es una maquinaria extraordinaria que libera a los seres humanos de ataduras del pasado”, señala Wakeman. Basándose en el movimiento constante, en la vida colectiva y semi-nómada.

La utopía implica crear ciudades vitales y en movimiento perpetúo, como una cuidad híbrida (mezcla entre lo orgánico y lo cibernético), que asemeja la morfología de un insecto movido por impulsos eléctricos y computadoras que la hacen capaz de desplazarse dondequiera.

La ciudad caminante (Walking City), Archigram (1964)

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Fuente: Arqhys. Obras de Archigram.

Wakeman cierra su exposición mencionando que las utopías acompañadas de sus paradojas y complejidades son ejercicios valientes de creatividad que contribuyen a imaginar y entender el mundo urbano. Al igual que, a plantearnos nuevos futuros. Aun cuando, el empeñarnos en construir la ciudad ideal sea como estar en el rol de “aprendiz de brujo”. Exhortándonos a inventar un nuevo futuro y utopía para las ciudades del siglo XXI.

Preguntas y comentarios del público

Entre las preguntas dirigidas a los ponentes, Vicente Ugalde, refiriéndose a algunas conferencias de Foucault, pregunta ¿hasta qué punto la seguridad y vigilancia es una preocupación en la utopía? porque al parecer desaparece.

Marcel Hénaff responde que, la cuestión de la seguridad se plantea de modos distintos en todas las ciudades del mundo, asociada a fenómenos de delincuencia. Pero, que sí se tiene en cuenta. Relatando que, cuando en 1989 descubrió las ciudades cerradas en San Diego, se preguntaba cómo podían vivir así. Señalando que, ese tipo de ciudad parece una asociación de vecinos más no de ciudadanos. “Las ciudades, cerradas tienen muy pocas relaciones. Eso es, ¿un deseo de auto-individualidad o necesitamos tener una vida de más convivencia?, sino seguiremos produciendo ciudades como máquinas que van a destruir la sociedad”.

Mesa de discusión sobre la historia de la utopía urbana

Por otra parte, Alejandro de Coss preguntó a Marcel Hénaff: ¿cómo nos imaginamos el trabajo y el poder en la ciudad red? Hénaff menciona que con la revolución industrial el acceso al poder pasa por la producción, y el dinero, por el capital. El trabajo del asalariado se vuelve una potencia, aunque sea una potencia explotada. En ese sentido, “el trabajo que produjo el monumento vuelve a definir relaciones jerárquicas de poder y por el acceso al trabajo asalariado, cambia el fenómeno democrático”. Hay capital y potencia de inversión. En su reflexión, “lo nuevo es que el trabajo se vuelve la condición de acceso al estatus. Y eso crea grandes inequidades, hay diferenciales salariales altas y el surgimiento de nuevas oligarquías puede ser muy complejo”.

Al respecto, Rosemary Wakeman interviene para subrayar que es necesario hablar de gobernanza, afirmando que “la aristocracia privada de finanzas toma las decisiones del futuro de las ciudades y trabaja su propia utopía urbana. Hay que encontrar un modo de compartir la economía”. Pero fundamentalmente, “encontrar otra forma de gobernanza y democracia urbana. No es normal que los ricos puedan tener el acceso a todos, mientras los demás no”. Destacando también: “estamos en un momento propicio para discutir las utopías urbanas y vivir con calidad en las ciudades”.

A manera de conclusión, Wakeman y Hénaff desde diferentes enfoques, pero de manera complementaria, dejaron claro que no existe una única historia de la utopía urbana, como tampoco una única utopía urbana a la que aferrarse. Al contrario, nos comparten varias que vale la pena revisar, entender e interpretar a la luz de la historia y la no neutralidad socioespacial. Ambos, invitándonos a cuestionar en retro y prospectiva; a participar de la creación de un futuro distinto para las ciudades, y apostar por una utopía más humana, pero también más ciudadana y sustentable socio-ambientalmente.

Catalina Villarraga Pico es politóloga de la Universidad del Rosario de Bogotá y Maestra en Urbanismo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Trabaja en temas de espacio público, democracia urbana y sustentabilidad.

Este texto es parte de una serie que discutirá las visiones utópicas y distópicas de las ciudades, como parte de la colaboración entre la Embajada de Francia, el Instituto Francés de América Latina, la Agencia Francesa de Desarrollo y Nexos para el festival ¿Mañana la ciudad? Festival franco mexicano de utopías urbanas.