En 1906, la colonia Juárez surge como el resultado de un negocio entre amigos. Así se le llamó al triangulo urbano que había sido desarrollado en las décadas anteriores mediante concesiones entre el gobierno porfirista y la élite empresarial de la época. Desde sus orígenes, la Juárez fue un proyecto económico más que urbanístico, el objetivo principal del Estado porfirista había sido expandir los alcances del mercado inmobiliario sobre zonas agrícolas, sustento de indios y campesinos, para permitir el lucro privado y la especulación a acaudalados favoritos del régimen, valorando las inversiones por encima de cualquier consideración social. Así, las grandes obras inmobiliarias del Estado estaban orientadas a facilitar el crecimiento de colonias exclusivas: el embellecimiento de Paseo de la Reforma a cargo del erario público, facilitó las ganancias por el fraccionamiento de la colonia contigua, dinero que habría de quedarse en sólo algunos bolsillos.

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En 1906, la Juárez surgió como una colonia elitista, excluyente e inaccesible para la mayoría de la población, fue parte del impulso urbanizador de las élites porfirianas que expandieron la ciudad hacia el occidente para alejarse del casco viejo, sobrepoblado por indios de “aspecto desagradable” y “morales cuestionables”. En esta colonia se habría de concentrar todo aquello que gustaba a los más favorecidos: una arquitectura moderna, caracterizada por influencias cosmopolitas y construida por arquitectos educados en el extranjero; grandes jardines privados; calles anchas para pasear en automóvil; tiendas de carnes y productos importados. En ese entonces, la colonia se parecía a Viena y Paris, urbes celebradas como símbolo de la modernidad, pero no a la Ciudad de México donde estaba enclavada. Para muchos esto era motivo de celebración, pues creían que la capital era anciana, sucia y pasada de moda: la élite merecía un barrio moderno que negara todo aquello que no coincidía con su imagen de nación. Esta imagen se basaba en la mentira de la modernidad excluyente: una ideología que concebía la construcción de un monumento a Cuauhtémoc en el paseo por donde durante las fiestas del centenario de la Independencia desfilaron los carros alegóricos con la historia de México que sólo verían los destacados invitados extranjeros, pues no se permitía la entrada a la celebración a quienes con su sudor y sufrimiento habían construido la verdadera historia, ni al indio ni al pobre.

A pesar de que hace ya 111 años cuando la Juárez surgió como sitio para la clase dominante, con una apariencia moderna y a causa de una política urbana marcada por la corrupción, actualmente hay muchos grupos que, presumiendo una visión de conservación y restauración, aspiran a regresar a ese pasado, abriendo comercios destinados a una clientela con altos recursos económicos, rentando edificios a profesionistas de altos ingresos, contratando seguridad privada que segregue a los asistentes del barrio, ofreciendo productos cosmopolitas que por un lado se revisten de una estética extranjera y por otro mercantilizan tradiciones mexicanas (aquí digamos, una tlayuda orgánica) mientras que reniegan de los indígenas que inventaron los objetos con los que lucran. Todas estas transformaciones han implicado la expulsión de residentes menos favorecidos económica y políticamente que ha ocurrido bajo la protección y promoción del gobierno local. Así, pareciera que hoy continua la historia de la Juárez porfiriana. 

Sin embargo, la colonia Juárez no fue siempre un sitio de la élite. Durante sus periodos de mayor auge aristocrático, en este barrio habitaba un ejército de trabajadores domésticos que se encargaban de las labores domésticas para mantener los grandes caserones. Su presencia provocó el surgimiento de una oferta de esparcimiento abocada solo a ellos: en la zona más oriental había cantinas y salones de baile populares donde se forjaba una vida pública alejada de los estándares morales y estéticos de la burguesía porfiriana. La zona de la Juárez más hacia el Centro se convirtió en un espacio dedicado al pequeño comercio de refacciones que, si bien surgió como un lujo para los acaudalados habitantes porfirianos, con la democratización del auto se transformó en un servicio de primera necesidad, asequible para una mayor cantidad de personas y base de la subsistencia económica de muchas otras. La masificación de las refaccionarias en las calles de Abraham González y Bucareli comenzó hace alrededor de 80 años: la historia de la Juárez está más ligada a sus comercios modestos que a su pasado porfiriano. Cuando en la segunda mitad del siglo pasado surgieron otros barrios suburbanos que atrajeron el interés de las clases más privilegiadas, la Juárez oriental se convirtió casi por completo en espacio de residencia para clases bajas y medias.

En sus zonas más antiguas se quedaron solamente quienes eran incapaces económicamente de emigrar mientras que los espacios vacíos fueron ocupados por trabajadores de los comercios populares o por inmigrantes rurales que arribaron a la ciudad cuando esta era una fuente de empleo y crecimiento económico. Entre estos migrantes llegó una importante población indígena que aún ahora habita la colonia, algunos han trabajado por generaciones en el Mercado afuera del metro Cuauhtémoc, otros apoyaron como mano de obra para la gran infraestructura construida en la segunda mitad del siglo pasado. Muchos de los vecinos más antiguos de esta colonia provienen de fuera de la capital y en los edificios abandonados de la zona encontraron refugios para criar una familia y probar su suerte en el mercado laboral de la capital. La Juárez no siempre fue un espacio de la élite, en realidad, durante la mayor parte de su existencia, fue un espacio democrático donde aquellos que poco tenían podían encontrar oportunidades y forjar un estilo de vida propio.

Ahora, muchos de quienes desean acabar con estos rasgos populares e incluyentes para lucrar con el espacio urbano de la Juárez, cuentan una historia sesgada del pasado que está obsesionada con la arquitectura y el patrimonio porfirianos, y en la que no aparecen los marginales que por muchos años han habitado esta colonia. Para muchos de los grupos empresariales y nuevos vecinos, la historia de la colonia sólo ha tenido tres actores importantes: la aristocracia porfiriana, la bohemia e intelectualidad acaudalada al estilo de “La región más transparente” y, en los últimos años, los hípsters. Esta historia no sólo es imprecisa, sino que activamente busca negar el derecho de habitar el barrio a quienes por mucho tiempo lo han considerado suyo, en esta historia no tienen cabida las amas de casa de ingresos bajos, los vendedores de refacciones, los indígenas, los ocupantes de predios abandonados, las diversidades sexuales que en la Zona Rosa han encontrado un espacio de libertad. En esta Historia los hípsters advenedizos son herederos de los aristócratas y, en consecuencia, el barrio les pertenece más que a quienes llevan aquí décadas.

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Fuente: Platica de Barrio de la Colonia Juárez, @LaJuarezDF.

La visión patrimonial, que impulsa como objetivo último rescatar los antiguos edificios de su estado de deterioro, apoya de manera directa este objetivo excluyente. Cuando uno se preocupa únicamente por los edificios y su valor arquitectónico ignora su valor social y la forma como distintos grupos sociales han vivido en estos edificios. La narrativa que apoya a la gentrificación se centra sobre este olvido selectivo: las iniciativas para rescatar los edificios ignoran los motivos políticos y económicos por los que se deterioraron físicamente. Y aquí habría que preguntarse: ¿por qué el gobierno y los desarrolladores inmobiliarios repiten que es necesario rescatar la Juárez? ¿Rescatar de quién y para dárselo a quién? Así, pareciera que los pobladores marginados que viven en este barrio han secuestrado a sus edificios y a sus calles, por lo que ahora es turno de la clase alta y los intereses económicos, para venir a rescatarlos de la desgracia, como muchos afirman, de haberse convertido en refaccionarias. En realidad, no es ninguna desgracia que los edificios que antes sólo podía usar una élite se hayan convertido en espacios de oportunidad y trabajo que dan sustento a diversas familias. Al contrario, es una desgracia que un grupo pequeño de favorecidos empresarios construyan bares y restaurantes homogéneos, todos ligados a los mismos capitales, acabando con la diversidad social del barrio. En una ciudad donde importa más la arquitectura, las personas cada vez se vuelven más irrelevantes.

En la manera predilecta de contar la historia de la Juárez, la desgracia social y arquitectónica se produjo por el congelamiento de las rentas que impulsó la desidia de los posesionarios, quienes por pereza y pobreza no quisieron hacer las inversiones necesarias a los edificios que habitaban. Sin embargo, esta historia podría contarse desde una perspectiva distinta: el deterioro ocurrió cuando los dueños ausentes se conformaron con extraer sus rentas a la distancia, muchos de quienes, ahora que la colonia está de moda, regresan con ánimos de hacer aún más dinero del edificio que nunca cuidaron. Precisamente, la alta cantidad de inmuebles con alto valor patrimonial, pero deteriorados a causa de dueños ausentes o sumidos en disputas legales vuelve altamente atractiva a la parte más antigua de la Juárez para desarrolladores inmobiliarios que los compran a bajos costos para, después de renovarlos y promoverlos a través de una fuerte estrategia de mercadotecnia, rentarlos o venderlos en precios mucho mayores consiguiendo altas plusvalías. Este proceso es expansivo: cuando la creciente inversión produce burbujas inmobiliarias que vuelven incosteable continuar el lucro en el barrio —como ha sucedido en los saturados mercados de la Roma y Condesa— los intereses económicos migran hacia zonas contiguas —la Juárez— donde sea posible reiniciar el ciclo.

Entonces, lo que entendemos como ponerse de moda es el resultado de una bien planeada acción mercantil a la que contribuyen primero pequeños emprendedores con alto nivel educativo y cultural que buscan nuevas oportunidades de mercado; posteriormente esta creciente actividad mercantil y cultural atrae a grupos empresariales con mayor capital económico a su disposición, quienes rentan a antros, restaurantes y galerías financiados por grupos corporativos; finalmente, la creciente importancia del espacio vuelve asequible su desarrollo únicamente a las promotoras más acaudaladas a nivel nacional o internacional. Este modelo de mercado depende de su capacidad de atraer continuamente consumidores de clase media-alta y alta que sean capaces de pagar los altos precios de aquello que se ofrece, todo con tal de estar a la moda. Por tales motivos, también depende de la capacidad de los medios de comunicación masivos, pero que se promocionan como espacios para nichos sociales alternativos, para vender el espacio gentrificado: Chilango, TimeOut, y otras cuyo público en su mayoría se compone de jóvenes de clase media-alta. Este trabajo de convencimiento no es complicado en una era donde los valores de consumo y habitación han cambiado. Las clases altas ya no aspiran a vivir en los suburbios, sino que pretenden tener una vida céntrica donde el comercio y la vida social sea accesible; además los jóvenes buscan proyectar una imagen donde los objetos que consumen y las experiencias por las que pagan constituyen aquello que son: la cultura hípster que ha poblado este barrio se resume en una estética antisistema mercantilizada. Precisamente porque esta revalorización se basa en su capacidad de estar a la moda, el modelo económico de la Juárez moderna está condenado a su caducidad: es un proyecto efímero que abandonará a la colonia, para migrar hacia el siguiente espacio olvidado que puede ser gentrificado.

Esta expansión de la gentrificación sería imposible sin la participación, formal e informal, legal e ilegal, del gobierno. En los últimos tres sexenios, los gobiernos de la ciudad han buscado generar ingresos del espacio mediante privatizaciones (parquímetros y anuncios por doquier), exenciones fiscales a grandes grupos inmobiliarios, la promoción de la cultura como marca (CDMX), con el objetivo de convertir a esta ciudad en un espacio moderno, vibrante y seguro, pero incapaz de ocultar que detrás de esta imagen se cuelan las grietas de un desarrollo urbano desigual y excluyente. El gobierno ha impulsado diversos proyectos en alianza con inversionistas privados que otorgan todos los riesgos a la ciudadanía y los beneficios a los empresarios. En 2015, en el límite sur de la Juárez, el proyecto del Corredor Cultural Chapultepec sacó a la luz la colusión entre los grandes intereses privados y el gobierno que buscan rescatar el espacio público para lucrar con él. 

La privatización de la acción pública, sobre la cual se ha fundamentado este esquema de desarrollo inmobiliario, ha impulsado la corrupción. Las altas sumas en juego en estas revalorizaciones y la incertidumbre alrededor de los títulos de propiedad orillan a los actores involucrados, públicos y privados, a solucionar las disputas legales de manera arbitraria, favoreciendo al mejor postor.  Cada vez es más difícil trazar las fronteras entre los servidores públicos, los bufetes privados que representan a firmas inmobiliarias y los inversionistas: en el registro público de la propiedad se notifica a los desarrolladores sobre predios intestados, quienes a su vez se dirigen a los habitantes para ofrecerles una cantidad mínima a cambio, si estos se niegan inicia el hostigamiento, los servicios públicos comienzan a fallar, corporaciones privadas de seguridad (formales e informales) amedrentan a los habitantes, se invaden los predios, se duplican los títulos de propiedad y se notifica a los habitantes de su inminente desalojo. Así ha sucedido en los últimos meses en el edificio Gaona donde a los habitantes de antaño se les ofreció un precio irrisorio por su patrimonio; después sufrieron una invasión y quienes se adueñaron  complacientemente aceptaron vender; ahora, quienes resisten viven rodeados por grupos de golpeadores y con cortes frecuentes de servicios; poco a poco se han dado cuenta que lo más les conviene es vender, a quien sea que esté comprando, escudado detrás de una firma de abogados y que, según las voces locales, desea remodelar el edificio como centro comercial hípster.

Muchos celebran la renovación de estos espacios: “Queremos en mejor estado, más bella”. ¡Evidentemente! Sin embargo, primero necesitamos una ciudad más justa e incluyente, pero la gentrificación atenta contra este derecho. “Así funciona el mercado” repiten con desinterés quienes promueven el proceso “se vende a este precio porque hay quien puede y quiere pagarlo”. La mayoría de los antiguos habitantes no sólo no quiere, sino que tampoco puede pagarlo. Pienso en el caso de Antonio quien ha trabajado por más de cincuenta años en una refaccionaria de la colonia, una de esas que muchos llaman desgracia por tener sus autopartes desplegadas sobre las bellas paredes de un edificio art decó. Antonio y su hermano llegaron a la Juárez desde Veracruz cuando no tenían más que 17 años, ahí ha trabajado toda su vida en la colonia, logró proveer a sus hijas de una educación que él no tuvo, pero ahora su vida parece incierta. De unos años para acá, aparecieron los herederos del finado dueño de su edificio, quienes, viendo que la colonia está de moda y hay dinero por hacer, quieren aumentarle su renta o pedirle que vaya y puedan convertir ese espacio en otra panadería artesanal o quizás en otro AirBnB para extranjeros. A cambio, los dueños sólo han pintado por fuera el edificio, para hacerlo parecer renovado, mientras por dentro siguen los daños del sismo del 85. Los amigos de Juan ya se fueron del barrio, las taquerías a las que iba con sus nietas han cerrado, este barrio ya no le pertenece, ya no lo reconoce. 

Para la ideología obsesionada con el progreso económico, los sentimentalismos son una excusa insuficiente para detener el proceso de gentrificación de la ciudad. Las historias individuales, las vivencias personales, los pequeños sufrimientos deberían pesar en la manera como construimos la ciudad. Estas narrativas de expulsión no son anécdotas aisladas sino una constante en las experiencias recientes de los habitantes más antiguos o empobrecidos de la colonia. Una ciudad donde se ha olvidado el valor de las vidas personales y de los sueños humildes en favor de la gran y ostentosa idea del progreso, es una ciudad perdida. Ya no está hecha para sus pobladores, sino para generar ingresos.

Esta crítica a la gentrificación de la colonia Juárez pudiera parecer hipócrita y vacía de sentido cuando sale de la boca de un joven como yo, con lentes de pasta y barba, con estudios universitarios y de clase media-alta, que cumple el estereotipo de un hípster cualquiera. Debo admitirlo, yo conocí esta colonia cuando me invitaron a una exposición de arte en un bar moderno a la Bauhaus cerca de Reforma y Bucareli, pero esa noche lo que más llamó mi atención no fueron las obras expuestas, sino las contradicciones alrededor del bar: mientras adentro habíamos muchos con el capital para pagar cervezas de 80 pesos y la cultura para fingir que apreciábamos un cuadro mal pintado, afuera los vagabundos se apretujaban para conseguir algo de calor humano y de vez en vez se acercaban a pedir dinero, pero la seguridad privada los rechazaba, los sacaba del lugar y a la larga de su barrio. No quiero apuntar y acusar a la gente que como yo alguna vez ha consumido en un local nuevo de la Juárez, no quiero criticar a los pequeños empresarios que han juntado ideas y recursos para abrir una cafetería en un edificio antiguo, pero sí quiero decirles que cada día que este barrio se ha vuelto más nuestro, se ha vuelto menos de sus vecinos.

Josemaría Becerril estudió política y administración pública en El Colegio de México.