Tomás Moro publicó Utopía en 1516 y, desde entonces, el ejercicio de idear sociedades urbanas funcionales y en armonía, regidas por valores igualitarios, pacifistas y democráticos, ha influenciado lo mismo a la literatura que a la filosofía, la antropología, al cine y al urbanismo.

Con su relato de una isla-nación imposible en medio del Atlántico, Moro inventó una palabra de la que surgió una tradición literaria. Han pasado cinco siglos y aún resulta imprescindible reflexionar sobre la función e influencia política, económica, social y cultural de las utopías en el diseño urbano y arquitectónico de las ciudades.

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Esa fue la invitación que hizo la Embajada de Francia al realizar “¿Y mañana, la ciudad?”, Festival Franco Mexicano de Utopías Urbanas, que convocó a artistas y personas dedicadas a la investigación académica y profesionales de la sociología, la filosofía, la arquitectura, el urbanismo, la historia, entre otras disciplinas, a pensar en el pasado y el presente urbano en relación con las utopías y distopías que se han creado a lo largo de la historia.

El segundo día de actividades del festival fue dedicado al tema “Las utopías y distopías urbanas hoy en día” para el que se realizaron tres mesas de debate y se proyectaron dos filmes. En la primera de las mesas, realizada en la Facultad de Arquitectura de la UNAM, participaron como ponentes las académicas de la UAM Priscilla Connolly y Martha de Alba, y las escritoras Fanny Taillandier y Hélène Gaudy, con la moderación de Salvador Medina y Luc Blanco.

La influencia de las utopías en la planificación urbana

Priscilla Connolly abrió la discusión con una ponencia que cuestiona las tendencias occidentales de la planificación urbana a partir de ciertos paradigmas utópicos. Para ello, analizó dos formas de pensar y definir el desarrollo urbano formal en la Ciudad de México.

El primer paradigma es el que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX y que estuvo determinado por la idea de que, para modificar la naturaleza humana, sólo se tenía que alterar el medio ambiente. A la arquitectura y al urbanismo se les dio, entonces, una función determinista para moldear las conductas y las relaciones sociales.

En México, aquella idea se materializó en un modelo de planificación urbana determinado por ciertas normas y procesos que pretendían diseñar una ciudad al servicio del bien común (acceso al agua en todos los hogares, ciertos metros cuadrados reservados a parques públicos). Es decir, para alcanzar el bienestar social en las ciudades sólo era necesario contar con un grupo de expertos técnicos que construyeran los espacios diseñados en perfectas maquetas y planos.

Esto cambió a partir de los noventa. Los procesos democráticos que tomaron fuerza a finales del siglo configuraron nuevas ideas sobre el desarrollo urbano. Nuevos actores y movimientos sociales reivindicaron el derecho a participar en la toma de decisiones de los barrios y las ciudades. Entonces, los gobiernos retomaron las demandas y posicionaron discursos que pretendían situar a la participación y la negociación de todos los actores sociales al centro de la planificación urbana bajo la premisa “¿qué ciudad queremos?”, tal como ha sucedido en la Ciudad de México en la última década.

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Fuente: IFAL.

Para Connolly, esta idea parte de un engaño. La ciudad se disputa entre intereses opuestos, entre los movimientos sociales que luchan por una ciudad accesible para todos y los sectores más privilegiados que no dan concesiones en beneficio de los demás. Queda claro que no todos quieren la misma ciudad. La negociación por “la ciudad que queremos” es entonces una falsa utopía que se ha utilizado como capital político para legitimar o justificar medidas de desarrollo urbano previamente acordadas en beneficio de intereses políticos o mercantiles. Dos ejemplos recientes de la puesta en escena que simula la negociación y el consenso por “la ciudad que queremos” son CONDUSE, un mecanismo de participación que se utilizó para avalar el plan general de desarrollo, y la Constitución de la Ciudad de México.

Connolly cuestiona si la mejor manera de planear una ciudad para compensar las injusticias sociales es persiguiendo una utopía. Ciertas visiones o discursos de ciudad que buscan imponerse, como pueden ser las ciudades compactas o el desarrollo orientado al transporte, pueden esconder prácticas sociales y realidades difíciles de contener. El argumento de Connolly hace pensar inevitablemente en los procesos de negociación de las agendas de cooperación internacional. ¿Qué clase de ciudades se pretenden lograr con la Nueva Agenda Urbana, con los Objetivos de Desarrollo Sostenible? Pero sobre todo, ¿quiénes deciden y para quiénes están pensadas esas ciudades?

Para cerrar su exposición, Connolly recurrió a una cita del geógrafo francés Alain Musset: “La ciudad justa es una estafa neoliberal. Entre utopía académica y marketing urbano, adjudica a la ciudad un papel determinante que no le corresponde. La ciudad no hace la sociedad, sino que la sociedad hace la ciudad”.

La isla de la utopía es un fraccionamiento francés

En su participación, Fanny Taillandier presentó una versión de su ensayo “El fraccionamiento como utopía” publicada en este espacio. En él, Taillandier reflexiona sobre los fraccionamientos de viviendas unifamiliares de los suburbios franceses surgidos en la segunda mitad del siglo XX en relación con el relato de viajes que hace Rafael, el viajero-cronista de Tomás Moro, a la isla Utopía.

Para Taillandier, si la utopía es, como su acepción etimológica indica, un no-lugar, un terreno inédito y experimental que se proclama por medio de las piedras y las leyes, entonces el fraccionamiento es también una utopía, al menos para quienes ahí habitan.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el empresario de bienes raíces William Levitt llevó a Francia su modelo de construcción de vivienda en serie, al mejor estilo fordiano, que ya había probado éxito en Estados Unidos entre las clases medias de la posguerra con su Levittown. “En lugar de construir una casa y luego venderla, había que construir una ciudad y luego venderla”.

En 1977 Levitt concibió el Parque Residencial de Lésigny, uno de los primeros fraccionamientos de Francia, cuya cartografía, al menos desde un punto de vista cenital, se asemeja al plano urbano de la Utopía. Al final, la isla que imaginara Moro no se encontraba en medio del Atlántico como siempre se pensó. Aquella comunidad perfecta, cuyos caminos dibujaban formas no convencionales para la época, no estaba en el océano sino en el continente.

La semejanza entre el fraccionamiento de Lésigny y Utopía no se limita a la disposición espacial. Quienes residían en el suburbio francés, al describir la forma de organización y orden impuesta, describen también una auténtica felicidad que sólo pudo ser posible en esa burbuja de calma, higiene y simetría.

Utopía existía y se encontraba en las afueras de la misma París, pero aislada de ella. Una isla en la ciudad.

Parque Residencial Lésigny, primer fraccionamiento de William Levitt en Francia

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Sin autor. Tomada de delcampe.net

Ciudad Satélite: Cómo se vende una falsa utopía
Los arquitectos, urbanistas y especuladores inmobiliarios mexicanos no fueron ajenos al potencial financiero que ofrecía la felicidad prefabricada de los suburbios de la clase media. Tal es el caso de Ciudad Satélite, diseñada por Mario Pani por invitación del presidente Miguel Alemán, quien era propietario de gran parte de ese territorio al norte de la Ciudad de México.

Hoy puede ser evidente que el capital busca imponer un imaginario urbano que represente ideas utópicas o estilos de vida idílicos para comercializar ciertos modelos habitacionales de forma masiva. La investigadora y académica Martha de Alba expuso un análisis del rol y la función de la publicidad en la creación de ese nuevo ideal suburbano para la sociedad de la clase media de los cincuenta que se materializó con Ciudad Satélite.

La publicidad, por medio de anuncios de periódico, spots de televisión y radio, participó en la creación del suburbio como nuevo modelo de vida citadina ideal para un sector social que no tenía ninguna conexión o arraigo en una zona lejana y primordialmente agrícola. Publicidad efectiva pura y dura que hizo uso de valores tradicionales (el lugar ideal para criar a los hijos); mitos culturales (el imaginario de la ciudad monstruo), y la movilización de emociones (el sueño de poseer una casa propia). El deseo de aspirar a un estatus social por medio del consumo.

Publicidad de los fraccionamientos Loma del Río y Ciudad Satélite

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Cuando Pani diseñó Ciudad Satélite buscaba crear una utopía. Una comunidad funcionalista, autosuficiente y sustentable donde pudieran convivir clases trabajadoras y medias con todos los servicios, que estuviera fuera de la gran metrópoli, pero lo suficientemente cerca de ella para no renunciar a sus beneficios. Pani tenía en mente la posibilidad de crear una ciudad dentro de una ciudad, inspirado en las premisas de las ciudades jardín.

No pasaron muchos años para que la utopía de Pani, proyectada en maquetas y planos, resultara un modelo de desarrollo urbano que se reprodujo con velocidad, generando caos ambiental, social y de movilidad, problemas de acceso a servicios, inseguridad y la expansión sin control cuyas consecuencias padecemos millones de personas a la fecha: la distopía nuestra de cada día.

Ciudad Satélite terminó siendo “tinacolandia”, en palabras de Pani. Una ciudad dormitorio para las clases medias y altas, desconectada por la falta de alternativas de movilidad y cerrada en sí misma porque los primeros habitantes no se relacionaban con la población rural local. El éxito comercial y fracaso urbano que provocó la construcción de Ciudad Satélite se debe a que su nacimiento estuvo determinado por dos visiones contradictorias: por un lado, la idealista de Pani; por el otro, la visión de la élite política y empresarial con el poder de transformar la ciudad, para quienes Ciudad Satélite era sólo un terreno de 600 hectáreas con un gran potencial de rendimiento económico.

La ciudad como falsa utopía

En Europa del este se encuentra el que quizá sea el ejemplo más perverso de una falsa utopía. Hélène Gaudy, la última ponente de la mesa, presentó la historia de Terezín, ciudad ubicada a unos 60 kilómetros de Praga, en la República Checa.

Terezín fue construida como un pueblo fortificado a finales del siglo XIX. Las características de su arquitectura defensiva hicieron de este lugar una isla y una cárcel. Abandonado durante años, el ejército alemán lo utilizó durante la segunda guerra mundial como un campo de concentración judío con fines propagandísticos.

Iglesia de la resurrección, Terezín

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Fuente: Wikimedia Commons, Ajimmirek.

Terezín no era un gueto judío cualquiera, era una puesta en escena de la buena vida que tenían los judíos bajo su dominio. El régimen nazi hizo creer que en Terezín existía una comunidad judía utópica, donde niños y jóvenes podían estudiar, hacer deporte y tener una vida cultural intensa, como en ningún otro lugar en Europa durante la guerra. Fuen ahí donde enviaron a intelectuales y artistas.

Fue tan efectivo el montaje que incluso un enviado de la Cruz Roja lo creyó. Sin embargo, esos muros eran una antesala del horror, una parada antes del campo de exterminio donde llegaban los que antes no morían de hambre. Hoy, en esa ciudad-isla, la vida de los habitantes transcurre normal, aunque los muros estén impregnados de una memoria siniestra. Un recordatorio de que las ciudades pueden servir como escenario de una mentira.

De las falsas utopías a las realidades distópicas

En las reflexiones finales de la mesa se identificaron dos elementos comunes al éxito o fracaso de las (falsas) utopías contemporáneas: la influencia que tienen tanto el capitalismo como los códigos de comunicación de la propaganda y la publicidad en la gestación de modelos urbanos con pretensiones utópicas.

La utopía pretende imaginar un modelo ideal de cómo vivir de manera más justa, pacífica y armoniosa, pero también puede ocultar intenciones perversas. Cuando los intereses del mercado se apropian de las ideas utópicas, éstas no consideran las dinámicas de agentes sociales que rechazan o no pueden acceder a esos modelos, lo que genera conflicto.

¿Debemos entonces renunciar a imaginar nuevas formas de construir nuestras ciudades? Por supuesto que no. Alrededor de una idea utópica pueden configurarse fuerzas políticas que reivindiquen derechos legítimos y causas justas igualitarias. No debemos pensar en la utopía como un ejercicio ocioso sino como un proceso constante de cuestionamiento.

El derecho a la ciudad y la producción social del hábitat son mecanismos útiles. Podemos imaginar otros. 

 

Dulce Colín es periodista y se dedica a la comunicación desde las organizaciones de la sociedad civil.