I

“Uno hubiera querido ser alguien en la vida, pero no nos alcanzó el tiempo” me dice Ángel Miguel Servia el primer día que lo conozco.

Así abrimos la conversación cuando le pregunto cuánto tiempo lleva trabajando de albañil. A sus 47 años, el Oso, como lo apodan, tiene 35 años de experiencia en la construcción. La conversación sucede en la cocina de la casa habitación que construyen, una vivienda unifamiliar privada al sur de la Ciudad de México que, gracias a su trabajo, ya va tomando una forma elegante a pesar de estar en obra negra y aún tener pilas de cemento, cajas con losetas y maderas de cimbra regadas por doquier. Entre carpinteros, plomeros y electricistas que se mueven con prisa, el Oso me cuenta que aunque él es el encargado de una cuadrilla de trabajadores a los que les exige una calidad prístina de acabados, su salario no sube de los 2,500 pesos a la semana.

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“Llevamos como diez años ganando lo mismo, ¿y apoco no se ha puesto todo más caro?”, me dice. “Si ya el mínimo nos viene alcanzando.”

Y sin embargo él sabe que su posición no es ni por mucho la peor. Él vive cerca de la obra —por lo que si quisiera se podría ir caminando y no gastar los 6 pesos del camión—, llega temprano a casa y tiene tiempo de pasar un rato con su mujer, que no realiza actividades remuneradas, sus dos hijas y su nieto. Tiene tiempo de descansar y, si quisiera, podría tomarse una semana de vacaciones. “Pongo 1,500 pesos semanales para el gasto y el resto lo uso para mis cosas,” me cuenta.

Pero esto no es el caso con el resto de los peones, fierreros y azulejeros, cuyos ingresos semanales no pasan de los 1,500 pesos.

—¿Se toman vacaciones, por ejemplo, en Semana Santa?, le pregunto al Oso.

—Pues yo sí podría porque tengo mis ahorritos, pero ¿y todos estos cabrones?, me dice. No pueden, estos güeyes viven al día y hay que hacerles el paro.

Uno de ellos es Domingo Priego Silva, el Bolillo, oriundo de Pachuca, y quien tiene 55 años de haber migrado a la capital. A sus 70 años, el Bolillo sigue siendo peón, y mientras lo entrevisto intenta despejar una reja invadida por una enredadera —una tarea titánica además de absurda— al tiempo que los demás excavan y arman la cimentación.

El Bolillo es analfabeta y vecino de Ecatepec, y tiene que despertarse a las 4 de la mañana para llegar a la obra a las 7, de la cual vuelve hasta las 10 de la noche a su casa para darse un baño, cenar e irse a dormir. Por tener credencial del INSEN tiene la suerte de gastar sólo 18 pesos diarios en transporte, porque si no, dice, cada viaje le saldría como en 45. Gana 1,500 pesos semanales y con eso mantiene a su mujer y dos hijas.

—¿Y usté, Bolillo, qué va a hacer cuando terminen la obra?, le pregunto.

—A mí ya nadie me va a contratar, me dice resignado, ya se me está acabando la fuerza.

Por esto, el Bolillo piensa poner un puesto de tianguis y vender ropa o comida. También me cuenta que construyó dos cuartitos para rentar en su casa, pero que no puede rentarlos porque no les alcanza el agua. Tandean, me dice, una vez cada mes, a veces mes y medio. Le pregunto si tiene una cisterna grande pero me dice que no, que como su terreno es de tepetate no pudo excavar mucho. En cambio tiene unos tambos que llenan cada vez que pueden y tres tinacos de los grandes, que no le pregunto si le regalaron. Pensaba votar por Delfina, pero no porque confiara en la candidata sino para ver si algo cambiaba. “Todos son iguales,” me dice. “Eruviel nos prometió hacer un pozo, y sí lo construyeron pero luego se les olvidó llenarlo.”

El otro albañil al que entrevisto se llama Cliserio Gutiérrez Zaragoza y tiene 40 años. Mientras hablo con él, Cliserio dobla varilla para hacer los estribos que reforzarán unas columnas que se alzan a la distancia. Tiene un manojo enorme de acero y en la hora y media que pasamos juntos va doblando el fierro con soltura. Los rectángulos que forma son perfectos. Como el Bolillo, Cliserio llegó a la Ciudad de México a los 15 años de edad. Es originario de San Isidro Buenos Aires, en la sierra norte de Oaxaca, y aunque sus padres hablaban zapoteco, él ya no lo aprendió. Me cuenta que es fierrero, como su padre, que vive en Las Águilas con su mujer y sus cuatro hijos, que la mujer trabaja de cocinera en una casa en Mixcoac y que juntos ganan unos 10,800 pesos al mes, de los cuales gastan 1,200 en renta.

Pero si Cliserio es en la ciudad un albañil más, en San Isidro es un ejidatario y comunero. Me cuenta que intenta pasar unos dos meses al año allá, diciembre y mayo, meses de fiesta, y que procura llevarse a toda su familia. Me cuenta también que en su pueblo él se encarga de los cohetes y participa en los tequios que se organizan para limpiar terrenos, pavimentar calles o construir la cancha de basquetbol local. Dejó de beber hace dos años y dice que desde entonces su relación con su familia ha mejorado. Cliserio quisiera volver algún día a asentarse en la sierra, pero sabe que las posibilidades son pocas.

II

El Oso, el Bolillo y el Gato, como le dicen a Cliserio, son tres de los 2 millones 419,000 albañiles que reportó el INEGI, a través de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), en 2014. No hay datos más recientes disponibles, pero hace tres años este número representaba el 4.8% de la población ocupada en el país. Asimismo, el porcentaje de hombres dentro del ramo era de 99.6% y, preguntando, me doy cuenta que las mujeres de esta clase social (esposas o hijas de los albañiles) son, en general, empleadas domésticas.

La ENOE también reportó que de todos los trabajadores de la construcción, el 86% no tiene prestaciones y el 89.3% no tiene ningún tipo de acceso a seguros médicos. Esto preocupa en un país en donde murieron 220 trabajadores tan sólo en 2015, año que contó, según fuentes del IMSS, con un registro de 37,000 accidentes laborales para los trabajadores de este rubro —por mucho el más accidentado.

Ninguno de los albañiles que entrevisto ignora esto. El Oso, en su papel de encargado de obra, se ha hecho cargo de muchos incidentes. Me cuenta que él mismo sufrió uno hace no mucho, cuando una viruta de acero se le clavó en el ojo al cortar un alambrón. Sintió dolor, no podía ver nada y, preocupado, le habló a su mujer. Juntos fueron al Hospital de la Ceguera, en Coyoacán, donde la consulta costó 400 pesos y las gotas 600, que tuvieron que pagar de su bolsillo. Había gastado más de dos días de trabajo y su patrón, que es su cuñado y es un contratista, sólo quiso poner la mitad del costo total. Después de esta anécdota empieza una conversación que me deja perplejo.

—Acá trabajamos puro negro, me dice, sin seguro ni prestaciones.

—¿Y no les interesa firmar un contrato?

—¿Para qué?

—Pues para que queden claras las obligaciones de cada parte.

—¿Y para qué?, insiste.

—Pues para que si pasa algo o alguien las incumple, puedas ir con alguna autoridad y reclamar.

—¿Y con qué autoridad?, ¿quién nos va a hacer caso?

Yo ya no sé qué contestar.

Después de una pausa en la que me doy cuenta de cómo él ha internalizado esta condición de marginación, el Oso me cuenta de una obra en la que le tocó ver a dos compañeros morir por un accidente. Recuerda que al llegar los peritos al lugar, el dueño de la obra tuvo que dar una mordida de unos 40 mil pesos para que no le clausuraran la obra de inmediato. Para no acusarlo por homicidio doloso, el dueño y los agentes del Ministerio Público acordaron declarar que los occisos eran, en realidad, ladrones, y que habían muerto intentando escapar. Las familias no recibieron indemnización alguna.

Mientras me cuenta esto, en el fondo se escucha el radio. “No tienes por qué ser pobre y no ser feliz,” dice el locutor en turno. “La felicidad es una elección personal.”

Y a pesar a estas injusticias, el Bolillo y el Oso aún encuentran un valor detrás de su trabajo, e incluso toman con cierto humor y distancia la posibilidad latente de su muerte. Me explican que cada obra grande exige a sus enterrados, y me cuentan de algunos accidentes de los que ellos se enteraron. Las circunstancias que relatan son siempre macabras: excavaciones profundas que se llenan de agua o tierra, varillas que quedaron mal dobladas, caídas por malos andamiajes o descuidos. “Uno sabe que cuando sale de su casa podría no regresar,” me cuenta el Oso. “Y siempre te despides así de tu mujer.”

III

Ángel Miguel Servia, nacido en la Ciudad de México, pasó año y medio en Arizona, trabajando como parrillero. Durante su tiempo en Estados Unidos no le entró a la construcción porque le pareció aburrido. “Allá todos son paneles de madera, todo lo levantan en un par de días con una grúa y a mí no me interesaba eso,” me dice.

Domingo Priego Silva, en cambio, vivió un año en Atlanta, Georgia, trabajando también como albañil. Tenía 55 años y rentaba un departamento junto con otros 8 migrantes, todos centroamericanos y mucho menores que él. Le pregunto por qué se regresó y me contesta que su madre se puso mala y que además mataron a uno de sus compañeros, un muchacho hondureño, para robarle su paga. Ninguno de ellos volvería a intentar cruzar la frontera.

Para Cliserio Gutiérrez Zaragoza la historia es un poco distinta, pues aunque tampoco tiene planes de irse, dos de sus hermanos trabajan en Iowa, en donde empezaron como lava lozas en un restorán mexicano y ahora son cocineros en un lugar de comida italiana. “¿Y tú no te irías?”, le pregunto, y me contesta que no. “Lo que ganan ellos rinde acá, pero allá no creas,” me dice. “Además trabajan casi 16 horas y sólo descansan un día.”

Por otro lado, el fantasma del campo los acecha a los tres. El Oso me cuenta que sus suegros tienen un terreno en el Estado de México y que lo han invitado a cosechar. Me habla entusiasmado de la cabaña que se haría en el bosque, de madera, “bien chingona.” “¿Y por qué no te vas?”, le pregunto. “¿Y de qué vivo allá, güero?”, me dice, y procede a hacerme una disección detallada del proceso de cosecha, los costos de producción y el precio del maíz. “No, el jale está acá,” concluye, y tiene mucho sentido.

Para el Bolillo es claro que él vino a la ciudad porque en Pachuca, donde su hermano aún tiene tierras, no crecía nada. “No me podía quedar,” me dice. “Mi hermana ya se había venido y por eso me vine chavo y acá me quedé.” Tampoco piensa volver porque teme no encontrar nada —o encontrar lo mismo, que es igual.

El Gato, por su parte, me dice que si en la sierra no tienes camioneta no hay manera de vivir de la cosecha, porque no hay cómo sacarla a mercados más rentables. Su hermana, que de los ocho hijos es la única que aún vive allá, siembra maíz y frijol, pero sólo para intercambio local. “Y sí hay gente que te contrata para cosechar sus tierras,” me cuenta el Gato, “pero te pagan 100 pesos al día. ¿Así cómo?”

IV

—¿Cuánto quisieras ganar?”, le pregunto al Oso en alguna otra entrevista.

—3,500, me dice.

—¿Y cuando acaben esta obra, qué vas a hacer?

—Pues si Julio [su cuñado y contratista] no tiene otro jale, me regreso para la Oficina.

—¿Qué es la Oficina?

—La Plaza de San Jacinto, güero, ¿no la conoces? Ahí se juntan todos. Llegan tempranito y de ahí a ver qué sale. Hay plomeros, albañiles, electricistas, de todo. Llegan las camionetas buscando gente y todos se acercan. Ahí dicen qué necesitan, a cuántos necesitan y cuánto pagan por la chamba. Yo me voy por lo que me ofrezcan, la neta, pero hay otros que no, que si no les dan lo que quieren no se van. Pero yo me voy por lo que me den. Hay que chambear, ¿apoco no? Dos mil, dos mil doscientos varos, yo me lanzo.

Al Bolillo le hago la misma pregunta, mientras poda la enredadera.

—¿Y usté cuánto quisiera ganar, Bolillo?

—Nah, me dice, ya a mi edad uno está acostumbrado. Lo que sea alcanza.

V

Le pegunto a Cliserio si no quisiera ser maestro de obras, como el Oso. Me dice que sí, pero que él no sabe leer planos.

VI

Durante una comida con toda la cuadrilla me invitan un taco. El Tlacuache, otro peón, fue a traer tortillas, un par de guisados y un Jarritos de tres litros de tutti frutti, mientras el resto termina el armado de la cimentación. Todos cooperan para comprar las cosas y siguen trabajando hasta que el Oso no da la orden de ir a comer. Mientras comen en una mesa improvisada hablan del trabajo, de las otras cuadrillas y se hacen bromas entre ellos. Cuando acaban algunos prenden un cigarro y otros se van a dormir una siesta.

Hace poco terminaron de poner el pasto de la casa, y hay partes que, como están a la sombra, aún no amarran bien. Un par de peones que no conozco duermen sobre el pasto, y el Oso se acerca y me dice “¿cómo ves, güero? ¿Tú crees que está bien que se duerman en el pasto?” Lo miro con curiosidad, esperando a que siga. “¿O qué? El dueño pagó 16 mil varos por eso, yo se lo tengo que entregar bien, ¿o no? ¡Es mi chamba!”

El Bolillo, que para la 1 de la tarde ya lleva 3 horas de camino y 4 de trabajo, duerme encima de una carretilla.

VII

Hace poco comí con un amigo en la Facultad de Arquitectura, en Ciudad Universitaria. En las pantallas que dan información a las alumnas sobre los eventos culturales y académicos se anunciaba un congreso, organizado por el suplemento mensual de un periódico. En un carrete infinito se presentaba a los participantes y a sus obras, que incluían desde puentes y escuelas hasta edificios habitacionales y de oficinas. Aparecían ellos, también, los arquitectos, siempre muy elegantes y en sus despachos de luz tranquila y libreros, con sonrisas amables y cálidas. En el carrete había una foto de una amplia cocina monocromática, de ángulos rectos y superficies brillantes, donde lámparas negras pendían sobriamente sobre un reluciente piso de mármol blanco. Los muebles eran todos de aluminio y un frutero con unas frutas imposiblemente pulcras era el único detalle de color.

Yo venía de hablar con el Oso y me había contado algo sobre cómo disfrutaba mucho su trabajo y se sentía orgulloso de poder verlo terminado. Pensaba yo que cuándo podría decir lo mismo y que era terrible pensar que vivieran en condiciones tan duras cuando lo que hacen está tan bien hecho. Y viendo la cocina tan pulcra y blanca —y tan sin costales ni trabajadores ni escombros — me pregunté en qué lado se reconoce el trabajo de los albañiles, y en cómo podríamos hacer ver que los edificios alguna vez fueron obras, y que en ellas hubo gente a la que lo que les tocó fue eso porque no les dio tiempo de nada más.

Joaquín Diez-Canedo (Ciudad de México, 1989) es arquitecto por la UNAM e historiador de la arquitectura por University College London.