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Hace unas semanas tuve la oportunidad de viajar por Irán, sola y ‘mochileando’. Antes del viaje había leído algunos artículos sobre la movilidad cotidiana en el país, las normas a seguir y todos esos detalles culturales que desconocemos cuando no estamos familiarizados con algo. En el avión muchas preguntas daban vueltas en mi cabeza: ¿Cómo será el transporte público en Irán? ¿Podré visitar tranquilamente el país siendo mujer? ¿Qué influencia tiene la religión en las ciudades? ¿Qué lugar tienen los peatones en la calle? ¿Podré ubicarme fácilmente? ¿Cuáles son los espacios públicos de los iraníes? ¿Qué normas sociales debo de seguir para hacer uso de la ciudad?

Cuando uno visita Irán se debe tener siempre en cuenta que se está en una República Islámica. Subrayo esto porque, a pesar que la gran parte de la población es sumamente tolerante respecto a la religión, el país está regido por el código islámico y eso tiene impactos en todos los aspectos. Los usos de la ciudad incluidos. 

Siendo mujer, la primera norma a la que uno se enfrenta es la obligación de utilizar el velo en todo momento durante el espacio público. De igual manera, piernas y brazos deben estar cubiertos, y la ropa pegada o que delimita la forma del cuerpo es mejor dejarla en casa. Sin embargo, uno se da cuenta rápidamente de que a pesar de las limitaciones vestimentarias, las mujeres iraníes se las arreglan para volver al velo un aliado durante su uso del espacio público. Ellas adaptan el tipo de velo según el lugar al que vayan y siempre con el objetivo de pasar lo más inadvertidas posibles. Por ejemplo, si se va a una zona ‘occidentalizada’ de Teherán, los códigos de vestimenta suelen ser más relajados y se tiene la posibilidad de llevar ropa y velos de colores. Cuando se frecuentan sitios con una gran presencia masculina y se va sola, las mujeres suelen optar por un código de vestimenta más conservador con velos más largos, que en algunos casos llegan a cubrir todo el cuerpo y son de color negro. Las mujeres que trabajan y hacen uso del transporte público de manera cotidiana, suelen utilizar una especie de pasamontañas (que deja la cara descubierta) para esconder la totalidad de su cabello y ponerse un velo encima, en la mayoría de los casos de color obscuro. Este aspecto es muy importante porque uno aprende rápido que el manejo adecuado del código de vestimenta te abre o cierra espacios públicos. No de manera formal, porque el acceso no está oficialmente restringido, pero es muy probable que atraigas miradas indeseadas o te expongas a agresiones verbales de la parte de otras personas. 

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Las posibilidades del velo suelen ser menos variadas en los lugares rurales, en donde el chador es usado casi de manera general, y en donde uno como turista se destaca rápidamente del resto de la gente por el simple tipo de velo. 

La separación entre hombres y mujeres es omnipresente en los servicios públicos. En los autobuses hay una entrada para los hombres y otra para las mujeres, con asientos para cada uno. El metro tiene vagones también separados. Incluso cuando uno viaja en autobuses foráneos, jamás tendrá a su lado a una persona del sexo opuesto. Los servicios de taxi suelen ser más mixtos, pero aún así me tocó conocer a una mujer taxista que se dedicaba exclusivamente a transportar mujeres. Y es que el acoso en los transportes públicos también está presente en Irán, aunque no llega a niveles como a los de países como Egipto. Los delitos sexuales están fuertemente castigados en el país, y las condenas incluso llegan a la pena de muerte. Sin embargo, eso no quiere decir que las mujeres gocen de una mejor situación, como lo han mostrado los recientes ataques con ácido hacia mujeres que tenían el velo ‘mal puesto’. 

Este impedimento para crear espacios mixtos también concierne a la vida nocturna, que en Irán es inexistente, al menos en el espacio público. Dejemos a un lado los bares, el alcohol está prohibido en el país. Pero ni siquiera los salones de té o los cafés están abiertos en la noche. Incluso hay algunos que aún durante el día son para uso exclusivo de los hombres. Sin embargo, los iraníes se las arreglan para seguirse reuniendo y divirtiéndose, haciendo fiestas en casa, y en donde en muchos casos también está presente el alcohol. De más está decir que estas celebraciones nocturnas no suelen realizarse en las zonas más conservadoras de las ciudades.  

Curiosamente hay espacios en donde la convivencia entre hombres y mujeres está permitida: las zonas verdes. Los iraníes son grandes amantes de la naturaleza y de la comida, y han conjugado sus dos grandes placeres en una gran cultura del picnic. Jamás en mi vida había conocido a gente que amara tanto comer al aire libre. Los jardines son quizás unos de los pocos lugares en donde todos los niveles socioeconómicos y ambos sexos se reúnen. Disfrutan y practican muchísimos esos espacios. La plaza central de Isfahán, las montañas de Teherán, los jardines persas de antiguos palacios, los jardines de las mezquitas. Familias enteras comiendo juntas, amigos disfrutando de una taza de té, trabajadores cansados fumando narguile… Uno ve los cuadros persas y difícilmente creería que han pasado varios siglos entre la escena plasmada y las imágenes de los jardines hoy en día. 

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Tristemente, Irán es un país totalmente bajo el ‘hechizo’ del automóvil. Pero aún en mayor cantidad, las motocicletas están presentes por doquier. Y son estas últimas las que constituyen uno de los peligros más importantes hacia los peatones, ya que por su ligereza y flexibilidad para maniobrar en el espacio público, suelen atravesarse en los semáforos en rojo, o invadir espacios peatonales como las banquetas. Si bien existen mujeres automovilistas, las motociclistas son inexistentes. Curiosamente, y a pesar de que los conductores en Irán manejan contra todo reglamento de tránsito existente, muy pocas veces escuché el claxon de un coche. En medio de todo ese caos automovilístico, la gente se mantiene bastante calmada.

Existe un medio de transporte muy curioso y es ‘el taxi comunal’. Son automóviles (en la mayoría particulares, o sea ‘taxis piratas’) que avanzan por el carril de baja velocidad en avenidas y van subiendo o bajando gente según su capacidad. Son infinitamente más baratos que los taxis ‘privados’ (un solo usuario) y mucho más rápidos y cómodos que los autobuses, por ejemplo. Especialmente, en las horas pico. 

Y bueno, si hubiera un lugar -1 en la pirámide de la movilidad, ese sería sin lugar a dudas para el peatón. Especialmente en Teherán. Cruzar una calle en esa ciudad es de verdad un deporte extremo, con motocicletas que circulan en todos los sentidos y el claxon de los automovilistas a los que ‘estorbas’. Y no, no se vuelve mejor con el semáforo en rojo, porque muy pocos lo respetan. Un punto a favor es que al menos los puentes peatonales (cuando existen) son sumamente cómodos, con escaleras eléctricas que permiten el acceso a personas con dificultades, como la gente de la tercera edad. 

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Finalmente, es necesario decir que moverse en Irán no es fácil cuando no se habla la lengua. Fuera de las grandes ciudades en donde existen algunos señalamientos en inglés, en el resto del país eso es inexistente. En Teherán, por ejemplo, a excepción de algunas estaciones de metro, los nombres suelen estar en farsi. Pero perderse es también una manera de vivir una ciudad, y fue la que me enseñó la que es para mí la lección más importante de este viaje: las ciudades no son solamente edificios y calles. Las ciudades son su gente. Y la gente en Irán es de una amabilidad inconmensurable, con una solidaridad enorme entre sí y hacia quienes, como yo, nos aventuramos a levantar ese velo de misterio que envuelve a su país. Una experiencia que no pocas veces se terminó con una taza de té de por medio, y un(a) iraní dispuesta a compartir un poco de la gran historia de su país. 

Paulina López Gutiérrez es geógrafa. Actualmente se encuentra realizando una investigación acerca de los peatones en la Ciudad de México.