Érase una vez la ciudad. Robert Moses, el constructor de Nueva York, soñaba con una megalópolis del futuro construida en vertical, con condominios altos, túneles y autopistas urbanas. Santa Fe, el universo financiero de México, representa a la perfección este modelo típicamente norteamericano que se ha impuesto también en las grandes urbes del continente latinoamericano. Para toda una generación de urbanistas contemporáneos, “vivir bien” significa habitar en los suburbios delimitados por muros, seguridad privada y una endémica presencia de cámaras de vigilancia.

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Ilustración: Víctor Solís

Rosa vive en un exclusivo club de golf de la colonia, y es de la misma idea: “Habito en fraccionamientos privados desde que era niña. Intento no salir mucho, la ciudad se ha vuelto demasiado peligrosa, si quedo con las amigas es para ir a la plaza comercial. Ahí hay todo: restaurantes, boutiques, gimnasio”.

Las veredas del exclusivo club de golfestán vacías, las calles aquí están envueltas de un silencio extraño en esta ciudad tentacular tan ruidosa. Una burbuja donde sólo se escuchan de vez en cuando los silbidos del motor de los coches último modelo.

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Fotografía: Livia Radwanski

Hace años que el tema de la seguridad urbana es protagonista de la agenda política de la Ciudad de México. De acuerdo con el Informe Regional de Desarrollo Humano 2013-2014, realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), un promedio de 35% de los mexicanos ha modificado sus actividades de diversión por temor a ser víctima de la delincuencia. La violencia y su percepción tienen un enorme efecto en la forma de vivir la capital y sus espacios públicos. Rosa no es la única que se siente más seguras en un centro comercial que en un parque; de hecho, la economía de la inseguridad ha llevado al gran crecimiento del mercado de las plazas comerciales, y las empresas arrendadoras saben que ofrecer un “espacio seguro” forma parte de su atractivo. Según cifras del International Council of Shopping Centers (ICSC) México es líder en el desarrollo de centros comerciales en América Latina, y los estudios afirman que la tendencia seguirá igual. 

Una economía de la inseguridad que en el sector privado ha visto incrementar el número de empresas de seguridad; mientras que en el sector público una gran parte del presupuesto es destinado al tema, en vez de irse a educación o salud. Se construye una ciudad fragmentada, como dice la antropóloga brasileña Teresa Caldeira, donde impera una arquitectura del miedo, donde las infraestructuras están diseñadas para protegerse del peligro del espacio público, de la calle.

Desde la ventana de Rosa se pueden ver las pequeñas casas de colores de la comunidad de Palo Alto. Vecinos extraños, separados por un muro, los de aquí y los de allí. Una frontera de ladrillo que levanta guetos, ricos de un lado, marginados del otro. Abajo del edificio conocido como “El Pantalón”, el símbolo de la modernidad de Santa Fe, viven alrededor de tres mil personas, testigos de cuando todavía la colonia era solo una extensión de minas de arena, muy diferente al lujoso barrio capitalino actual.

En los años 30, muchos campesinos -en su mayoría michoacanos- llegaron a la zona para trabajar como mineros. Cuando, casi 40 años después, se decidió cerrar las minas para vender el precioso suelo a especuladores inmobiliarios, las familias, lideradas por sus mujeres, emprendieron una lucha en contra del desalojo. Los vecinos tomaron la tierra y luego decidieron comprar el predio de forma colectiva. Esta es la génesis de una de las primeras cooperativas de viviendas de todo el continente latinoamericano. Ahora, muchos de sus habitantes trabajan en residencias como la de Rosa, haciendo limpieza o en el sector de la construcción, aún floreciente en la colonia.

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Fotografía: Livia Radwanski

En la Cooperativa cada domingo todo el mundo sale a jugar futbol o ver el partido, no faltan las fiestas de barrio, u otras excusas para juntarse todos a comer. En el salón de reuniones semanalmente se organiza una asamblea para discutir sobre los asuntos de la comunidad. Se organizan turnos para limpiar las calles, hay una tortillería comunitaria donde trabajan los mismos vecinos y vecinas, y se organizan talleres de yoga, o cursos sobre la historia de la cooperativa en el gran salón común que queda en la plaza central de Palo Alto.

A pesar de sus 70 años a Himelda le gusta pasear. “Me han operado del corazón hace poco, pero a diario voy a caminar. Vamos juntas con un grupo de vecinas hasta la iglesia, y luego nos sentamos a platicar”. En este enclave el bien colectivo sigue siendo un valor a pesar de ubicarse en una megalópolis conflictiva como la Ciudad de México, destrozada por la desigualdad, la pobreza, la inseguridad, el tráfico y la contaminación. Los vecinos de Palo Alto han rechazado ofertas de compras de tierra por parte de numerosas constructoras: el valor de su casa no equivale únicamente a la cotización del metro cuadrado.

Los mecanismos que la comunidad utiliza para manejar el miedo a la inseguridad son internos y no dejados en manos a servicios exteriores como en el caso de Lomas. La estrategia de seguridad de los correctos patrones de comportamiento funciona gracias a un original panóptico en el que son los mismos vecinos que controlan el espacio informalmente, simplemente viviéndolo. En Palo Alto son los vínculos afectivos y el apego al lugar los que construyen una visión del mundo que ayuda los vecinos y las vecinas a superar las adversidades cotidianas, y el miedo al espacio público.

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Fotografía: Livia Radwanski

Por lo que concierne a las mujeres de Palo Alto, son los vínculos afectivos y el apego al lugar los que construyen una visión del mundo que las ayuda a superar las adversidades cotidianas como el miedo. “La comunidad es mi hogar, cuando paseo por sus calles es como estar al interior de mi casa”, me dice una vecina.

Palo Alto encarna el elogio a las calles: “los órganos más vitales de la ciudad”, como decía la periodista y urbanista autodidacta Jane Jacobs, la antítesis neoyorquina del ya citado Robert Moses. En la comunidad de vecinos no hacen falta las cámaras de seguridad, sino que son los propios ojos de sus habitantes quienes cuidan las calles mientras las disfrutan. Himelda sale a pasear y deja la puerta abierta. “No pasa nada, vuelvo en un ratito”, dice sonriendo. 

 

Virigina Negro estudió comunicación en las Universidades de Boloña y París, ha vivido e investigado en España, Polonia, Argentina y México. Actualmente es doctorante en la UNAM en donde investiga sobre movimientos sociales y empoderamiento de mujeres en contextos políticos informales y urbanos.