Nos conocimos en un restaurante de la calle 5 de febrero, a pocos pasos del Zócalo. Al principio nuestro encuentro fue casual, con muchas sonrisas y pocas palabras. Armando tomaba lentamente su café mientras me hablaba de su vida y del Centro Histórico. Es del Estado de México, desde hace varios años vive en un departamento de la colonia Guerrero que comparte con su nieto, a quien dice querer como a un hijo. Conforme avanzaba la plática le comenté que estoy estudiando la incorporación y permanencia de profesionistas en la economía informal. Él volteó y me dijo “te sorprenderías si supieras cuántas personas con estudios superiores hoy están en la informalidad, al menos en esta ciudad”.

Armando no miente. Según datos de la Encuestas Nacional de Ocupación y Empleo (Enoe), en México hay alrededor de 10.1 millones de profesionistas de los cuáles 7.6 están ocupados laboralmente y 1.6 se encuentran en la economía informal, es decir, poco más de 20%. Estas cifras, por supuesto, son mucho menores a las de la población general ocupada que alcanzó 29.1 millones de trabajadores informales, correspondiente a 57.4% del total de los trabajadores mexicanos.1 Sin embargo, no dejan de ser importantes y sobre todo interesantes si tenemos en consideración que la economía informal se estudia, principalmente, a partir de supuestos ligados a la marginalidad y a la mano de obra poco calificada de quienes llevan a cabo estas actividades.2

Vayamos por partes. La informalidad laboral de las personas muy capacitadas es un fenómeno esencialmente urbano por la concentración de las instituciones de educación superior y los mercados de trabajo profesionales en las ciudades. Tan sólo en la capital, sin contar la zona conurbada del Estado de México, hay alrededor de 230 mil profesionistas informales, casi 15% del total de este tipo de trabajadores en el país.3 No obstante, es muy difícil, quizá hasta imposible, saber cuántos profesionistas están en el comercio popular y más en Tepito.4 Ante esto, y con tranquilidad, Armando sugiere “visitar algunos líderes y que sean ellos quien nos guíen”.

Salimos del restaurante y caminamos por toda la calle de la Palma hasta Santo Domingo. De ahí tomamos República de Brasil hasta el Eje 1 Norte. Durante el recorrido, Armando saludó a varias personas, algunos de ellos migrantes que llegaron a México para importar y comerciar productos de otras partes del mundo. Cerca de la calle Tenochtitlán nos adentramos a una vieja vecindad donde tuvimos nuestro primer encuentro.

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Fotografía del autor.

Tepito es más que un distrito de la Ciudad de México. Su historia, como dice Ernesto, la primera persona que entrevisté, es como la de sus boxeadores, compleja y en movimiento. El barrio ha cambiado profundamente desde hace medio siglo, casi siempre obedeciendo a transformaciones mundiales. No obstante, en sus inicios, fue un espacio destinado a la economía marginal, orientándose al mercado de segunda mano. Afuera de sus vecindades se vendían zapatos, discos, prendas y muchos otros artículos de uso cotidiano. Y era, como dice Carlos Eduardo Alba, “el lugar donde se concentraba la compra-venta de los productos usados que los sectores populares compraban o recuperaban en toda la ciudad”.5

El barrio se transformó en respuesta a las políticas económicas del Estado mexicano. En relativamente poco tiempo, pasó de ser un espacio para el comercio de productos usados a uno de productos nuevos. Las actividades y oficios que caracterizaron a Tepito se sustituyeron por la fayuca mientras duró la política proteccionista. Ernesto, abogado, empresario y vecino desde hace cincuenta años, recuerda que era muy fácil cruzar hacia Estados Unidos, comprar mercancía e introducirla a México con ayuda de las autoridades aduanales.

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Fotografía del autor.

Con todo, esas mismas políticas que permitieron la fayuca acabaron con ella tiempo después. Cuando el modelo de sustitución de importaciones terminó, Tepito volvió a transformarse. Esta vez, la liberalización y desregulación de la economía nacional orientó la actividad del barrio a la venta de piratería, e incluso en algunas partes, drogas y armas de fuego. Tepito y sus ocupantes aprovecharon las estructuras y reglas del neoliberalismo contemporáneo para insertarse en circuitos de producción, distribución y consumo aún más grandes, dentro y fuera de México.

El barrio, como argumenta Juan, importador y vendedor de discos por varias décadas, “se ajustó a una nueva realidad”. Así, visto desde fuera, Tepito parece encarnar lo atrasado y ser la antítesis de lo legal y moralmente correcto. Visto desde dentro, es un mercado dinámico y moderno que ofrece productos de última generación: que prospera ante la poca capacidad y voluntad del Estado para regular,6 y sobre todo, por el gran nivel de organización que hay entre sus ocupantes y la consolidación de sus redes y nexos con las instituciones formales.

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Fotografía del autor.

Pese a que Tepito sigue siendo un lugar marginado y conflictivo, donde muchas de sus actividades se llevan a cabo fuera de la ley, con el paso de los años ha recibido cada vez más profesionistas. Son pocos en términos proporcionales, pero muchos en absolutos. La mayoría, según Armando y mis demás informantes, son personas que crecieron o trabajaron en el barrio desde temprana edad, aunque también hay otros que han llegado para desarrollar distintas actividades económicas, casi siempre aprovechando las facilidades que brinda el comercio informal.

Los profesionistas llegan a Tepito por tres razones esenciales: la falta de oportunidades, la posibilidad de hacerse de más recursos económicos y la flexibilidad que ofrece el comercio informal, la principal actividad del barrio. Ellos, como muchos otros mexicanos, perciben que la situación económica de nuestro país es difícil y que la Ciudad de México, aunque brinda muchas oportunidades de estudio y recreación, tiene un mercado laboral saturado y con salarios que resultan insuficientes para afrontar los costos de vida de la capital. Ahora, si lo pensamos de otra manera, es justamente la estructura productiva de la Ciudad de México, su tamaño y su enorme heterogeneidad la que permite, en parte, que el comercio informal tenga tanto éxito.

Así, los profesionistas de Tepito son en su mayoría personas que aprovechan las oportunidades que brindan los espacios que quedan libres de la globalización hegemónica para generar ingresos y mejorar su calidad de vida. Son también personas privilegiadas en la estructura social de un barrio en el que predominan los individuos con pocos años de escolaridad. Y quizá aún más importante, son personas que utilizan su experiencia universitaria para entablar, fortalecer y expandir sus relaciones sociales con gente de todo tipo. Los que tienen antecedentes familiares en el barrio, por ejemplo, aprovechan la experiencia previa de los suyos para hacer negocios y estrechar sus lazos de confianza con otros comerciantes; los que no, se benefician de las organizaciones y liderazgos para llevar a cabo sus actividades con mayor certidumbre.

Las demás veces que fui a Tepito me encontraba con Armando afuera del metro y de ahí caminábamos por las calles, casi siempre llenas de transeúntes y mercancías, a entrevistar más personas. Un día, después de almorzar en el Mercado de Granaditas, Armando me habló sobre Angélica, una politóloga que ahora se dedica al comercio de muebles y a la representación de los mercados de la Delegación Cuauhtémoc frente al gobierno de la Ciudad de México. Su caso es particularmente interesante ya que ella, al terminar la universidad, trabajó por varios años para Bancomext. Sin embargo, ante el bajo salario que le ofrecía su empleo y la imposibilidad de desarrollarse profesionalmente, Angélica se decantó por la venta de muebles donde paradójicamente ha hecho uso de los conocimientos que adquirió en el banco para la exportación e importación de piezas. El comercio popular le ha proveído a Angélica lo que no que la economía formal no hizo: la oportunidad de vivir dignamente y de darle educación a sus hijos.

Aún hay más. Angélica, como otras personas capacitadas del barrio, sacan provecho de sus conocimientos y experiencia como profesionistas para llevar a cabo sus actividades. La mayoría tiene cierto conocimiento de las leyes y el mercado. Y esto representa una gran ventaja. En un lugar como Tepito donde quizá uno de los temas más sensibles sea el espacio, los profesionistas usan sus posiciones de poder para negociar con las autoridades, muchas veces de manera exitosa. Pienso en el caso de Eduardo, economista que se dedica a la importación y venta de productos chinos. Él, como Angélica y Ernesto, reconoce que conforme el comercio popular ha crecido, su poder ha aumentado, no obstante, también ha llevado a más fricciones por lugares en el barrio con el gobierno local. Ese conflicto permanente por el espacio, según él, “son reivindicaciones del derecho de la gente a vivir […], porque también son de aquí, viven aquí, y quieren comer”.

Por el tamaño del comercio popular en la ciudad, su importancia económica, y el interés político de las autoridades en lugares como Tepito, algunos profesionistas del barrio aprovechan estas características para mejorar las condiciones de la gente que vive de él. Desde hace unos años, según me informan, los representantes de varios gremios, que por lo general son personas muy capacitadas, han entablado toda una agenda con la Secretaría de Desarrollo Económico, la Secretaría de Seguridad Pública, y la Delegación Cuauhtémoc. El propósito, según Angélica, es brindar oportunidades de educación y trabajo a los demás comerciantes, y reducir la inseguridad. De tal suerte, la política local depende mucho de estas personas.

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Fotografía del autor.

Aún con todas las adversidades, para la mayoría de los profesionistas de Tepito, el comercio popular, más que ser un refugio o una válvula de escape, es un medio alternativo de bienestar. Sus actividades no necesariamente responden a situaciones de exclusión y precariedad laboral como muchas veces se piensa. Ellos, por diversas razones, al comparar sus condiciones actuales con las que podrían encontrar en el mercado de trabajo formal consideran que están en ventaja. Tienen ingresos similares o superiores al promedio de los profesionistas; no recurren a las instituciones de seguridad social del Estado porque no están dados de alta en el sistema y, además, las consideran ineficientes y saturadas, en la mayoría de los casos, como resultado de la corrupción.

El Estado, con relativa continuidad, ha arrancado un discurso en favor de la formalidad por medio de campañas como “Crezcamos juntos, ¡ser formal te conviene!” El problema, a mi parecer, es que la formalidad y las políticas que la promueven se han orientado hacia una medida de recaudación, más que de bienestar. A pesar de que los beneficios que se ofrecen a cambio son importantes, la realidad es que no se han mejorado los servicios médicos y de seguridad social de manera considerable y se ha dejado de lado la posibilidad de fortalecer los derechos de los trabajadores. Al cabo, como dice Ilán Bizberg, “un sistema de protección social no es sólo una forma de protección del individuo contra los peligros de la vida […], es también un mecanismo para mantener la cohesión social”.7

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Fotografía del autor.

Entonces, lo que estamos viendo en Tepito, por singular que sea, es algo más complejo que un grupo de personas calificadas en actividades comerciales que a veces no están relacionadas con sus estudios. Es también una respuesta ante los bajos salarios, cada vez con menor valor y las malas condiciones laborales que ofrece la formalidad para la mayoría de los profesionistas mexicanos.8 Es un rechazo a las instituciones de seguridad social del Estado, a su ineficiencia, corrupción, y, en ocasiones, cooptación. Y, sobre todo, es la búsqueda de medios alternativos de bienestar que permitan a las personas vivir dignamente en una ciudad y un país caracterizados por la desigualdad y la falta de oportunidades.

La última vez que visité el barrio platiqué nuevamente con Ernesto. Esta vez nos recibió junto con otros de sus colaboradores y nos mostró un par de artículos que hizo a partir del análisis y la mejora de las fórmulas de productos de marcas como Lancôme y L’Occitane. Durante el proceso, Ernesto empleó desde químicos y mercadólogos, hasta diseñadores y abogados para ofrecer calidad de primer nivel a sus consumidores a precios más bajos. De hecho, por sorpresivo que parezca, ahora se encuentra negociando la entrada de estos artículos a tiendas departamentales como Liverpool y Palacio de Hierro.

Según Ernesto y Armando, la llegada de profesionistas al comercio popular seguirá creciendo ante las condiciones que éstos encuentran en otros lados. La gente, como me dijo Angélica, “se las tiene que arreglar de alguna manera, casi siempre luchando a contracorriente”. Al salir de la reunión y caminar por Eje 1 Norte rumbo al metro, me pregunté nuevamente por el comercio popular, la participación de personas muy capacitadas en él y su estigmatización en la opinión pública y el discurso gubernamental, por mencionar sólo un par de ejemplos.

Es cierto, el comercio popular, como dice Carlos Alba, contraviene algunas leyes, dificulta el uso planeado de los espacios públicos, muchas veces no paga impuestos y da trabajo a personas sin las protecciones de ley.9 Sin embargo, la ausencia de empleo y bienestar me parecen dos problemas con dimensiones y consecuencias aún mayores. Así, mientras nuestro país no ofrezca mejores salarios y condiciones laborales que privilegien la formalidad como medida de seguridad social más que de recaudación, casos como el de los profesionistas en Tepito serán cada vez más recurrentes.

Álvaro Rodríguez es egresado de la Licenciatura en Política y Administración Pública y asistente de investigación en El Colegio de México.


Agradezco a Don Armando Sánchez por su ayuda y disposición para hacer el trabajo de campo. También agradezco a Carlos Alba y Fernando Nieto por todo su apoyo durante la elaboración de mi tesis. Por discreción, cambié el nombre de los entrevistados.

1 Cifras correspondientes al cuarto trimestre de la enoe 2016.

2 Véase, por ejemplo: Hernando de Soto en colaboración con Enrique Ghersi, Mario Ghibellini y el Instituto Libertad y Democracia, El otro sendero. La revolución informal, Lima, Instituto Libertad y Democracia, 1987, y Víctor E. Tokman (comp.), El sector informal en América Latina: dos décadas de análisis, México, Conaculta, 1995.

3 Estimación propia a partir de los datos del cuarto trimestre de laEenoe 2016.

4 Es primordial aclarar que no todos los profesionistas informales se encuentran en el comercio popular, pues éste sólo representa una parte de las muchas actividades que componen la informal laboral que engloba, según el Inegi, “el trabajo no protegido en la actividad agropecuaria, el servicio doméstico remunerado de los hogares, así como los trabajadores subordinados que, aunque trabajan para unidades económicas formales, lo hacen bajo modalidades en las que se elude el registro ante la seguridad social”.

5 Piratería: la economía política de Tepito (Tesis de Licenciatura), México, FFyL-UNAM, 2008, p. 15.

6 Véase: Gordon Mathews y Carlos Alba Vega, “¿Qué es la globalización desde abajo?”, en Carlos Alba Vega, Gustavo Lins Ribeiro y Gordon Mathews (coords.), La globalización desde abajo. La otra cara de la economía mundial, México, FCE-Colmex, 2015, pp. 27-51.

7 “La crisis económica global como indicador de la existencia de diferentes tipos de capitalismo en América Latina”, en C. Alba e Ilán Bizberg (coords.), Dimensiones sociopolíticas de la crisis global y su impacto en los países emergentes, México, Colmex-Institut de Recherche pour le Développementt, 2017, p. 17.

8 Según datos del Observatorio del Salario de la Universidad Iberoamericana, el valor real del salario promedio profesional ha caído 34% en once años. Para mayor información véase: “Los más preparados ganan cada vez menos”.

9 C. Alba, “La política local y la globalización desde abajo”, en Carlos Alba Vega, Gustavo Lins Ribeiro y Gordon Mathews (coords.), op. cit., p. 375.