“No vamos a lograr la armonía con la tierra,
igual que no vamos a lograr la justicia absoluta
o la libertad de las personas.
En estas aspiraciones más altas,
lo importante no es lograrlo, sino esforzarse”.
—Aldo Leopold

Existe vasta evidencia científica que reporta que los gatos caseros (Felis catus) matan miles de millones de pequeños animales al año. Si, ese gato de ojos enormes que viene a acurrucarse de vez en cuando es un asesino serial. Por supuesto resulta completamente absurdo medir su conducta bajo estándares morales humanos, ya que los gatos son naturalmente cazadores con un instinto fuertemente arraigado. Cualquiera que haya convivido con estas criaturas sabe que son pequeños tigres que no se han dado cuenta que miden 40 centímetros de altura. Esta situación genera un dilema para los amantes de los animales. Si bien estos organismos son majestuosos, también hay que aceptar que hemos reducido a “mascota” a un depredador. 


gatos

Al respecto existen diferentes posturas; cada una vive en un mundo moral y ético distinto. Por ejemplo, los conservacionistas han alertado en repetidas ocasiones acerca del peligro de los gatos para el resto de la fauna urbana. Sin embargo, los amantes de los gatos reclaman el derecho (de los gatos) a vivir siguiendo sus instintos. ¿Quién tiene la razón?

En el 2013 se reportó que en Estados Unidos los gatos matan cerca de 3.7 miles de millones de aves y 20.7 miles de millones de pequeños mamíferos al año.1 Evidentemente, los gatos sin dueño, así como aquellos con hogar, que pasean libremente por las calles, son los principales causantes de este saldo rojo. La evidencia creciente respecto a los gatos como los principales depredadores urbanos de fauna nativa es suficiente argumento para que cualquier biólogo conservacionista, preocupado por la integridad del ecosistema, proponga una fuerte estrategia de manejo y en algunos casos erradicación de estos felinos. Al ser una especie exótica e invasora, carente de depredadores (podrían ser los perros, pero simulan el mismo problema de los gatos), puede llevar a la extinción de especies endémicas.

Esto ya ha ocurrido. De hecho, la extinción más rápida de una especie fue causada por Tibbles, el gato mascota del cuidador del faro de una pequeña isla cerca de Nueva Zelanda. En este sitio existió alguna vez un ave nocturna no voladora llamada Xenicus lyalli, la cual fue devorada y extinta en su totalidad por un solo gato durante el invierno de 1895. Más recientemente, la fauna de las islas canarias también ha sufrido un grave decremento a causa de nuestros amados gatunos,. Desde su aparición se reporta la extinción de la codorniz gomera (Coturnix gomerae) y el escribano patilargo (Emberiza alcoveri), además de dos roedores gigantes de Tenerife y Gran Canaria (Canariomys bravoi y Canariomys tamarani). Por último, los gatos caseros también han reducido peligrosamente las poblaciones de reptiles como el lagarto gigante de La Palma (Gallotia auaritae).

Esto es especialmente importante en las ciudades, donde las áreas verdes fungen como islas de naturaleza que permiten a la fauna refugiarse del medio urbano, que suele ser hostil con ellos. Las luces, el ruido y la contaminación atmosférica son solo algunos ejemplos de factores altamente estresantes para la fauna urbana. Por ejemplo, los organismos que viven en ciudades duermen sin la oscuridad nocturna que el campo les permite, y compiten contra el ruido urbano para poder buscar pareja. Este tipo de situaciones ha llevado a que los animales que viven en ciudades muestre síntomas de estrés crónico, reduciendo su esperanza de vida y modificando su comportamiento.2 Este estrés también puede alterar su sistema inmune, haciéndolo más vulnerables ante enfermedades y parásitos.3 Si a esto sumamos el factor gatuno, que depreda crías y compite por su comida podremos entender la deplorable situación de la fauna urbana.4

Este panorama puede llevarnos a pensar que los gatos ni siquiera deberían ser mascotas. Sin embargo, los gatos se defienden al ser un extraordinario animal de compañía. Junto con los perros, son la mascota casera por excelencia. Su tamaño y costos de manutención, aunado a su gran independencia, hacen del gato un animal mucho más accesible para la familia citadina que un perro, que requiere mayor espacio. Del mismo modo, aportan una agradable compañía (aun cuando puedan pasar grandes periodos de tiempo fuera de casa) y son uno de los animales domésticos más limpios. Incluso, existen estudios que argumentan por su papel terapéutico al explicar que el ronroneo de los gatos brinda alivio al estrés de la vida cotidiana.5

En este sentido, el papel de las mascotas dentro de las familias urbanas también ha sido reportado como positivo, al llenar un hueco emocional en las personas que viven en megaurbes, que a menudo son solitarias.6 Su rol no se detiene en la salud mental de las personas al reducir el estrés y al ser un receptor de cariño. Se ha demostrado que las mascotas son de suma importancia en la relación ser humano-naturaleza, pues nos convierte en personas más sensibles al aumentar la empatía por otros seres vivos e incluso generar conductas altruistas hacia otras personas.7

Aquellos que defienden a los felinos caseros pueden hablar de su papel como reguladores de plagas. Aunque en la actualidad existe una gran variedad de métodos para el control de insectos y pequeños mamíferos, históricamente los gatos han jugado un rol importante, especialmente en la Europa medieval, en el control de poblaciones de ratas y ratones. Esto cobra importancia al recordar que estos pequeños roedores jugaron un papel clave en la dispersión de enfermedades como la peste negra. 

Este panorama expone un problema respecto al papel de los gatos como animales caseros. Si los gatos son mascotas ideales para los citadinos, ¿pueden sus dueños restringir sus instintos y movilidad? ¿Debería un dueño de gatos encerrarlos en su departamento por el bien del resto de los animales? ¿Qué hacemos con ellos? ¿Cuál es su hábitat entonces?

Actualmente, en un mundo que lucha por recuperar faunas locales, los datos anteriormente presentados (particularmente aquellos en contra de los gatos) son difíciles de digerir para los amantes de estos felinos, debido a que la forma de reducir su impacto en las poblaciones de otros organismos implica disminuir las poblaciones de gatos sin hogar, y controlar el libre acceso de los gatos a la calle. En este punto, la discusión se interna en terreno de la bioética, ya que para algunos dejar encerrado a un gato en una casa, suprimiendo su instinto cazador es similar a mantener aves enjauladas o mantener leones en un zoológico.

La especie de los gatos caseros (al igual que la de los perros) es producto de una selección artificial, por lo que cualquiera que sea el hábitat humano será el hábitat de los animales domesticados. Dejar fuera a los gatos del hábitat humano ocasionaría gran sufrimiento a la especie (lo cuál es, ya en sí mismo, un problema bioético) y desembocaría en poblaciones de gatos feralizados sin control (un problema mucho mayor que lo que actualmente representan los gatos domésticos).

Es importante entender, entonces, que los gatos son animales que pertenecen al entorno humano y no pueden ser exiliados. La opción restante recae en marcar pautas de convivencia que comienzan con establecer que, como los depredadores que son, el tamaño de las poblaciones gatunas debe tener un control. El ecosistema, en sí mismo, tolera y acepta números adecuados de depredadores, los gatos en las ciudades o el entorno rural no son la excepción.

En este sentido, el problema no es que exista una población de gatos en las calles, sino que la población sea demasiado grande. Un primer paso para enfrentar esta situación es aplicar formulas probadas para el control de poblaciones de animales domésticos que involucran evitar que los gatos caseros se reproduzcan y dejar la adopción como único método responsable de dar a la sociedad nuevos gatitos.

Estas guías deben de ser expandidas, y entendidas colectivamente, con propuestas caso por caso. Debe de entenderse, por ejemplo, que en áreas cercanas o inmersas en reservas naturales, la presencia de gatos debe ser prohibida o altamente regulada.

Sumado a esto, es conveniente implementar estrategias para dificultar la depredación por parte de los felinos. Se ha visto que la depredación de los gatos es, prácticamente en su totalidad, una cuestión lúdica más que de sobrevivencia, por lo tanto, colocar un cascabel en el cuello de nuestro gato puede reducir su impacto como depredador sin afectar o limitar sus impulsos de juego y caza.

Finalmente, el gran logro en la conservación y mantenimiento ético de nuestros gatos y faunas locales, recae en concientizar que el gato es un animal doméstico, el cual ha evolucionado en compañía del ser humano y que, por lo tanto, no debe de ser dejado a su suerte. Tomando esto en cuenta, se puede afirmar que los dueños de gatos que dejan a sus mascotas pasear completamente libres o como visitantes ocasionales, están implementando un modo de crianza que no es ni ético para el animal ni para la sociedad. Los gatos deben ser mantenidos por sus dueños y poseer un ambiente recreativo inmediato al hogar que permita al felino desarrollarse en plenitud sin tener que viajar grandes distancias o adentrarse mucho tiempo en áreas verdes públicas cercanas.

El humano es el depredador número uno de la fauna silvestre. El gato es el número dos. Si como dueños no estamos consientes de esta realidad, esta dupla se hará cargo de la próxima extinción masiva de nuestra fauna urbana. Estamos a tiempo de generar conciencia acerca de la realidad y naturaleza de nuestros gatos, otorgándoles una vida digna y un trato ético alejándolos de sufrimientos innecesarios como la feralización, reproducción descuidada y transmisión de enfermedades. Ser dueño de un depredador conlleva responsabilidades más allá de alimentarlos.

Cristina Ayala es bióloga, miembro del Laboratorio de Restauración Ecológica del IB y estudiante de doctorado en el posgrado en Ciencias de la Sostenibilidad de la UNAM.

Rodrigo Bustillo es biólogo, estudiante de doctorado en el posgrado de Filosofía de la Ciencia de la UNAM y miembro del Programa Universitario de Bioética en la misma universidad.


1 Loss, S. R., Will, T. & Marra, P. P. The impact of free-ranging domestic cats on wildlife of the United States. Nat. Commun. 4, 1396 (2013).

2 Chávez-Zichinelli, C. a. et al. How Stressed are Birds in an Urbanizing Landscape? Relationships between the Physiology of Birds and Three Levels of Habitat Alteration. Condor 115, 84–92 (2013).

3 McEwen, B. S. & Wingfield, J. C. The concept of allostasis in biology and biomedicine. Horm. Behav. 43, 2–15 (2003).

4 MacGregor-Fors, I. & Schondube, J. E. Gray vs. green urbanization: Relative importance of urban features for urban bird communities. Basic Appl. Ecol. 12, 372–381 (2011). Grayson, J. & Calver, M. Regulation of domestic cat ownership to protect urban wildlife: a justification based on the precautionary principle. Urban Wildl. More Than Meets Eye 169–178 (2004). doi:10.7882/FS.2004.094. Calver, M. C., Grayson, J., Lilith, M. & Dickman, C. R. Applying the precautionary principle to the issue of impacts by pet cats on urban wildlife. Biol. Conserv. 144, 1895–1901 (2011).

5 Sable, P. Pets, Attachment and well-being across the life cycle. Soc. Work 40, 334–341 (1995).

6 Albert, A. & Bulcroft, K. Pets and urban life. Anthrozoos 1, 9–25 (1987).

7 Capaldi A., C. A., Dopko L., R. L. & Zelenski, J. M. The relationship between nature connectedness and happiness: A meta-analysis. Front. Psychol. 5, 1–15 (2014).