La Ciudad de México encuentra nuevas identidades frecuentemente. En los últimos dos años, ha sido comparada con París, Nueva York, Berlín o Islandia. Las comparaciones difieren entre sí. Algunas reconocen las múltiples desigualdades que estructuran la vida en la capital mexicana, aunque a menudo no las exploran demasiado. Las más olvidan que hay ciudad más allá de las fronteras de la Roma, la Condesa y Polanco, reduciendo la ciudad a aquellos lugares que se ajustan a una imagen idealizada de consumo y vivienda.

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Uno de los artículos más criticados en su momento, fue un breve texto en Vice, que argumentaba que todos se están mudando a la Ciudad de México. Vale la pena analizar quiénes son esos todos. Los personajes que aparecen no se caracterizan por su diversidad; tenemos a un diseñador en Saint Laurent y un publirrelacionista que tienen trabajos a distancia pagados en libras o euros; al dueño de una galería de arte contemporáneo; a la corresponsal de un diario francés, y a un par de arquitectos de renombre. Parece una lista bastante reducida.

La Ciudad que habitan es igualmente pequeña. Se reduce a Zona Maco, la Roma Norte, alguna aventura artística en la colonia San Rafael y los tacos de El Parnita. Todos estos espacios, que se alejan de la experiencia cotidiana de la amplia mayoría de los habitantes de la Ciudad, son el hábitat del ciudadano global que es construido en el texto. Son espacios que, sin ser los más caros del ex Distrito Federal, requieren de cierto capital (económico, cultural y social) para poder ser ocupados y consumir en ellos. Quien los ocupa, por lo tanto, no es una colectividad amplia, sino una pequeña burguesía global, cuya experiencia dista no sólo de la del trabajador mexicano, sino también del europeo.

El texto a veces parece una colección de clichés. Otros, como este en GQ que compara a la Ciudad con Islandia, rayan en lo incoherente. La comparación parece basarse en la capacidad de la Ciudad de México para ser capturada en Instagram. Aquí, el consumo material se subordina a un consumo simbólico; el espacio urbano como una manera de construir una persona en línea. La comparativa no tiene más bases. No busca tenerlas. Sólo se busca la doble venta: del texto y de la idea de Ciudad.

Construir un espacio imaginario que se circunscribe a la ciudad central no es un movimiento inocente. Aunque podríamos apelar a la ignorancia de los escritores que semana con semana vuelven a descubrir la Ciudad – la cual demuestran, por ejemplo, al confundir las palabras “Colonia” y “Colima” – esto no basta. Es posible analizar la proliferación de estos textos como la creación de una ciudad global, dirigida a una serie de consumos globales, que escapa las lógicas territoriales de la Ciudad de México.

Los artículos que he mencionado hasta ahora hacen énfasis en las posibilidades de consumo y vivienda en renta. Lo que bajo un salario mexicano es inaccesible (en la Ciudad de México, quienes rentan dedican más del 60% de su ingreso a este fin), para los públicos globales que construyen resulta barato. El objetivo es crear una imagen de ciudad para poder ser publicitada al lado de otros espacios mundiales de consumo turístico, como Barcelona, París u Oporto. Pero el consumo no es la única dimensión que hace a estos espacios urbanos el territorio particular de ciertas clases sociales, cuyos movimientos pueden trascender fronteras nacionales.

Un rápido vistazo a los precios de venta de desarrollos nuevos en esas zonas -Condesa, Roma, Polanco, San Rafael- dan algunas pistas de este segundo movimiento: el de la ciudad como reserva de capital. Los datos (obtenidos de aquí) no pretenden ser representativos. Son un mero indicativo de los capitales que es posible invertir en el espacio construido, en zonas con plusvalía creciente, generando rentabilidad para el dueño.

Por ejemplo: en la Colonia Condesa, el precio promedio de venta se ha mantenido alrededor de $5,500,000 de pesos desde enero de 2016. Estos precios difieren cuando el nivel de análisis es por calle. En la calle Ensenada, el precio promedio es apenas de $1,715,000; en Ámsterdam es de $7,000,000, aunque es posible encontrar numerosos departamentos arriba de $20,000,000 en la zona.

En la Roma Norte, el precio promedio es de casi $4,250,000, con un incremento de $400,000 desde enero de 2016. En la calle de Cozumel, el precio promedio alcanza los $9,880,000; en la de Quintana Roo, no alcanza el millón de pesos. En contraste, el precio promedio en la delegación Cuauhtémoc en su totalidad, ha descendido más de un millón de pesos, encontrándose hoy en $1,668,000. En la Ciudad de México, el promedio está apenas arriba de los dos millones de pesos.

Estos números contrastan, por supuesto, con los niveles de ingreso que existen en la Ciudad. El promedio para lo que va de 2017 es de $12,603.90. Sin embargo, el 55.93% percibe menos de tres salarios mínimos, es decir, menos de $7,203.60 mensuales; 21.13% no reporta ingresos o no los percibe: esto equivale a 77.06% de la población. (Ver aquí.) Un trabajador que gana tres salarios mínimos, en la parte alta de esta amplia mayoría de la población, debe ahorrar todo su ingreso por 261 años para comprar el departamento más caro de la Condesa; 63 años para comprar el supuesto departamento promedio de la Colonia Condesa, y 23 para el de Ciudad de México. Estos números, sorprendentemente, están todavía lejos de los más de 300 años que un trabajador promedio de la capital requiere para comprar el departamento más caro de la Ciudad.

Estos departamentos, parece evidente, no son construidos para ser habitados por los trabajadores de la Ciudad. Una explicación posible sobre su función es que son inversiones a largo plazo en el espacio construido. Son reservas de capital materializadas, proceso análogo al que ocurre en otras ciudades del mundo: Londres, Nueva York y, sí, también Berlín. Tal vez este sea el mensaje subrepticio del marketing sobre la Ciudad de México. Hoy, la Ciudad no es sólo un nuevo espacio de consumo global, sino un destino para los capitales financieros globales, que buscan asegurar sus rendimientos invirtiendo en inmuebles, elevando los precios y provocando una potencial burbuja en este mercado.

Así, la promoción de estas zonas como destinos turísticos globales; su estatus dentro de los consumos materiales y simbólicos de la Ciudad, y los costos crecientes de la vida, más allá de la vivienda, serían una forma de realizar el valor invertido en el espacio. Una manera en la cual los inversionistas recuperarían su inversión en el largo plazo. La Ciudad de México entonces sí estaría siguiendo los pasos de otras urbes globales, que cada vez se vuelven espacios en los cuales ciertas viviendas sólo sirven como activos financieros y no buscan ser habitadas de manera regular. En estas ciudades, como Londres o París, las desigualdades aumentan, algo a lo que la capital mexicana está acostumbrada. Tal vez, en este sentido, sean ellas quienes siguen nuestros pasos.

Al final, parece que lo estamos observando no son ciudades nuevas, sino un nuevo urbanismo. Uno que desde el punto de vista de las finanzas aparece como un espacio plano, en el cual los capitales buscan mayores rendimientos. El mismo que desde el punto de vista de sus habitantes se convierte en una espiral decreciente de desigualdad y pobreza. Una urbanización planetaria (Brenner & Schmid, 2012) que, sin eliminar las diferencias entre el norte y el sur (Schindler, 2017), construye espacios que apelan a un consumo global y están diseñados para la acumulación en la misma escala.

Alejandro de Coss es maestro en Sociología por la London School of Economics, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina.


Trabajos citados

Brenner, N., & Schmid, C. (2012). Planetary Urbanization. En M. Gandy, Urban Constellations (págs. 10 – 13). Berlin: Jovis.

Schindler, S. D. (2017). Towards a Paradigm of Southern Urbanism. City: analysis of urban trends, culture, theory, policy, action.