En junio de 2005, como respuesta al presunto aumento en la edad media de la población mundial, los geriatras Alexandre Kalache, de Brasil, y Louise Plouffe, de Canadá, formularon el concepto de “ciudades amigables con los mayores”.1 En opinión de ambos especialistas, una ciudad amigable con los mayores es aquélla que fomenta, con base en su infraestructura urbana y en sus dinámicas internas, un verdadero envejecimiento activo, es decir, un ejercicio pleno y seguro de las cualidades y de las aptitudes del ser humano durante la vejez. Por lo demás, la lista de criterios que sirven para determinar el grado de amistad o de hostilidad de una ciudad es extensa: ¿son las aceras suficientemente amplias para el tránsito peatonal a distintas velocidades y en diferentes direcciones?, ¿el número de bancas en la vía pública satisface las necesidades de los viandantes de más edad?, ¿hay pasamanos para bajar y subir escalones sin ningún riesgo?

A más de una década de su planteamiento, las ideas de Kalache y de Plouffe han sido puestas en práctica por los gobiernos de algunas ciudades europeas y norteamericanas; Londres y Ottawa son dos casos ejemplares.2 En Latinoamérica, sin embargo, su implementación se ha demorado un poco más. En nuestro país, cabe subrayar, sólo Cancún y la Ciudad de México han mostrado avances en la materia;3 quizá también Monterrey. Ahora bien, en contraste, en el interior de la república, todavía existen ciudades que son muy hostiles con los ancianos, toda vez que los confinan, por motivos urbanísticos, arquitectónicos o culturales, en una especie de prisión domiciliaria en contra de su voluntad. A la luz de lo expuesto, Guanajuato, la capital de la entidad federativa homónima, no se puede pasar por alto.

Ubicada en el centro de El Bajío, en una situación orográfica comprometedora, Guanajuato tiene la forma de un cuenco enorme; su fondo, escribió el Barón de Humboldt a principios del siglo XIX, “está algo más abajo que el nivel de los lagos del Valle de Tenochtitlan”.4 El centro histórico es relativamente plano, sí, pero los alrededores, donde se concentra gran parte de las casas habitación, se hallan cuesta arriba. En época de lluvias, más o menos de junio a septiembre, el agua desciende y forma pequeños saltos de cascada. Debido a los problemas de desagüe, Guanajuato experimentó severos anegamientos y, en la primera mitad del siglo XX, fue denominada como la “ciudad mártir” o bien como la “ciudad de las 19 inundaciones”.5

Para un anciano promedio, hoy como ayer, vivir en un lugar con tal cantidad de elevaciones y de hundimientos resulta tarea complicada. Cuando se experimenta endurecimiento muscular o cuando se tiene cierto problema en las articulaciones, no es fácil lidiar con los callejones intrincados ni con las calles subterráneas y por eso, en Guanajuato capital, la integración de los adultos mayores a la actividad social es prácticamente imposible. Según Kalache y Plouffe, éstas son algunas de las diferencias verdaderamente decisivas entre las ciudades amigables y las hostiles con los mayores: las primeras “contribuyen a una movilidad confiada, una conducta saludable, participación social y autodeterminación”; las segundas, “contrariamente, al aislamiento temeroso, la inactividad y la exclusión social”.6

Guanajuato

Fuente: Joey Studts.

Guanajuato es una ciudad antiquísima y su presunta hostilidad con los ancianos tuvo su origen en dos momentos históricos que son, en realidad, perfectamente reconocibles entre sí. El primero acaeció en el siglo XVI. Entonces la abundancia de metales preciosos, oro y plata (más plata que oro), llamó poderosamente la atención de los conquistadores españoles; la cédula de su fundación, firmada por el rey Carlos V, data del día 20 de enero de 1534.7 Francisco Javier Meyer Cosío apunta que ésta “fue la razón por la cual creció tanto la ciudad capital asentada en un territorio inhóspito para lo urbano, en medio de la abrupta topografía de la Sierra de Guanajuato”.8 Como era de esperarse, la población desarrolló características muy peculiares en esa región montuosa: la juventud y la fuerza eran sus rasgos más distintivos. En el umbral del siglo XVII había alrededor de seis mil trabajadores involucrados directamente en la industria minera. A todos y cada uno de ellos, tan pronto como incursionaban en las bocaminas, se les auguraba una muerte temprana. Al respecto, en un interesante estudio sociodemográfico de Guanajuato, Graciela Velázquez afirma: “quienes trabajaban en las minas estaban más expuestos a los accidentes, por la falta de un sistema de seguridad, pues constantemente sucedían explosiones, incendios y derrumbes. También lo estaban a las enfermedades derivadas de la inhalación del polvo, humos y gases; así como a la humedad y al calor en la mina […]”.9

El otro hito histórico ocurrió apenas en la centuria anterior. El apogeo de la industria minera, que a juicio de algunos investigadores había tenido verificación en el siglo XVIII,10 vino a menos gradualmente y Guanajuato pasó de ser una ciudad argentífera y áurea a ser una ciudad universitaria y cultural. Hubo dos sucesos que coadyuvaron con esta evolución. El primero fue la conversión del antiguo Colegio del Estado a la actual Universidad de Guanajuato. Corría el año de 1945 y la máxima casa de estudios de la entidad, probablemente una de las más centralizadas del país, comenzó a atraer a jóvenes de todo El Bajío, quienes, hasta la fecha, constituyen uno de los sectores sociales más importantes y privilegiados de la capital; las escalinatas del edificio central en Lascuráin de Retana, construidas durante la administración del ex rector Antonio Gómez Torres entre 1949 y 1952, les pertenecen a ellos, al menos simbólicamente, ya que son los únicos que tienen la capacidad pulmonar, el ritmo cardíaco y la condición física necesarios para ir de arriba abajo sin que su organismo colapse en el intento.11 El segundo suceso, que aconteció de manera casi simultánea, fue la llegada de Eulalio Ferrer, un exiliado español que admiraba profundamente a Miguel de Cervantes Saavedra y que hermanó, por vía de su amplia colección iconográfica cervantina, a Guanajuato con la famosa Ruta del Quijote, convirtiéndolo en un inconfundible destino turístico a nivel mundial.12

Hoy día los estudiantes universitarios (que oscilan entre los 18 y los 25 años de edad) y los turistas jóvenes, tanto nacionales como extranjeros, han hecho de Guanajuato su hogar. En esta ciudad se respira una suerte de culto a la juventud que no puede pasar desapercibido. Las personas de la tercera edad, cuyo número porcentual ha venido a más en la última década, permanecen recluidas en sus casas mientras esa “población flotante” se desplaza por las calles empinadas sin ninguna dificultad ostensible. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) declaró a Guanajuato, en el año de 1988, Patrimonio de la Humanidad, y tal declaración ha reforzado el carácter de una ciudad que valora más el tiempo colectivo que el tiempo individual, la historia del pueblo en su conjunto que la biografía particular de sus ciudadanos.

Callejón a un costado del Museo de Cera

Fuente: Foto del autor.

La naturaleza humana tiende a negar la vejez y la muerte. Por eso las personas que se encuentran en la plenitud de su vida suelen mostrar cierta indiferencia ante las desventuras de los ancianos, porque en el fondo, como anota el sociólogo judeoalemán Norbert Elias, “No pueden imaginarse una situación en la que sus propias piernas o su propio tronco no obedezcan los mandatos de su voluntad”.13 Actualmente, en Guanajuato capital, son contadas las políticas públicas que pretenden revertir la situación descrita ut supra. Refiriéndose a esta ciudad, José Moreno Villa apunta que “No hubo trazado previo en su origen. No hubo más que un grito de anunciación y un ansia de posesión”,14 y a casi cinco centurias de distancia sorprende la falta de iniciativa para llevar a cabo correcciones y mejoras en su urbanística, en su arquitectura o, incluso, en su cultura.

La capital cervantina de América, con sus calles de adoquín y sus paredes de cantera, es una ironía. Don Alonso Quijano, el viejo andariego de la obra maestra de Cervantes, se encuentra en cada una de sus esquinas: en placas, en esculturas, en grabados, en hombres de carne y hueso que se disfrazan de El caballero de la triste figura. El narrador de Cervantes, en El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, dice que “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años [un verdadero anciano en la Europa posmedieval, donde la mayoría de las personas morían antes de cumplir los treinta] Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza”.15 Lo curioso es, en este contexto, que la única persona de la tercera edad que parece ser bien tratada en Guanajuato capital, una “ciudad hostil con los mayores”, ni siquiera es eso, una persona: por el contrario, es un personaje que pertenece al reino de la ficción y que, en su incansable batalla para acabar con las injusticias, en sus inagotables tentativas por “desfacer entuertos”, aboga en cada una de sus representaciones artísticas por redimir la dignidad, tan maltratada y contrahecha, de sus compañeros de generación.

Francisco Gallardo Negrete es licenciado en filosofía y maestro en literatura hispanoamericana por parte de la Universidad de Guanajuato (UG).


1 Véase Organización Mundial de la Salud [OMS] (2007). Ciudades globales amigables con los mayores: una guía.

2 Ibíd., p. 2.

3 Ibíd., p. 3.

4 Humboldt, Alexander von (1827). Ensayo político sobre la Nueva España, Tomo III. Trad. Vicente González Arnao. París, Francia: Casa de Jules Renouard, p. 34.

5 Véase González y González, Joaquín (1905). “La ciudad mártir, historia de 19 inundaciones”, en La inundación de Guanajuato. León, Guanajuato: Imprenta de J. Rodríguez e Hijo, pp. 8-23.

6 OMS, Ciudades globales amigables con los mayores: una guía, op. cit., p. 69.

7 Cfr. González, Pedro (1904). “Distrito y municipalidad de Guanajuato”, en Geografía local del Estado de Guanajuato. Guanajuato, México: Tipografía de la Escuela Industrial Militar, p. 108.

8 Meyer Cosío, Francisco Javier (1998). La minería en Guanajuato: denuncios, minas y empresas (1892-1913). Guanajuato, México: Universidad de Guanajuato / El Colegio de Michoacán, p. 30.

9 Velázquez Delgado, Graciela (2014). “Mestizaje y matrimonio en la ciudad de Guanajuato en 1778. Una aproximación a su estructura socio-demográfica”, en Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, núm. 60, p. 100.

10 Cfr. Barbosa-Ramírez, A. René (1973). La estructura económica de la Nueva España: 1519-1810. México: Siglo XXI Editores, p. 207.

11 Para conocer más acerca de la Universidad de Guanajuato y de sus edificios institucionales, véase León Rábago, Diego (1998). Compilación histórica de la Universidad de Guanajuato. Guanajuato, México: Centro de Investigaciones Humanísticas / Universidad de Guanajuato.

12 Ramírez Nieto, Luz Adriana (2016). “Eulalio Ferrer y la colección del Museo Iconográfico del Quijote”, en Jorge de Hoyos Puente (Ed.), Eulalio Ferrer: recuerdos e historias. Santander, España: Editorial de la Universidad de Cantabria, pp. 97-108.

13 Elias, Norbert (2012). “Apéndice. El envejecimiento y la muerte: algunos problemas sociológicos”, en La soledad de los moribundos (3ª Ed.). Trad. Carlos Martín. México: Fondo de Cultura Económica, p. 110.

14 Moreno Villa, José (1992). “Guanajuato”, en Cornucopia de México. México: Fondo de Cultura Económica, p. 211.

15 Cervantes Saavedra, Miguel de (1900). El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. México: Talleres de Tipografía y Grabados de “El Mundo”, p. 11.