Puedo hacerme invisible, escojo mi traje por la noche. Mi mirada se agudiza en la oscuridad y mi piel me señala cuando me acerco al peligro. La mía no es una rara especie de percepción extrasensorial. Mi invisibilidad y mi precognición no son superpoderes, y yo ninguna superheroína. Es únicamente el habitus de evaluar la violabilidad1 del espacio a mí alrededor, siempre, sobre todo en la noche, por si me matan. Quizás suene dramático, pero no se preocupen: hace mucho que hemos naturalizado las mujeres esta realidad. Camino en la noche evitando ponerme una falda, por si me matan, cruzo al otro lado de la banqueta si percibo a alguien detrás de mí, por si me matan, llamo a un taxi porque sí, son solo cinco minutos andando, ya es tarde, por si me matan…Porque sí nos matan.

Lesvy Orozco Martínez tenía 22 años cuando la encontraron en una caseta telefónica este 3 de mayo, en la Ciudad Universitaria (CU) de la Ciudad de México, cerca del área llamada Los Frontones, donde ahora dominan cámaras de vigilancia y una larga reja de más de varios cientos metros.   

Si, como afirmaba el semiólogo italiano Umberto Eco, el espacio es un texto y nos escribimos en él a través de nuestras prácticas, cerrando Los Frontones, el intento de la Administración de la UNAM parece ser uno de borrar esa parte del campus central: un conjunto considerado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Con este plan, llamado “10 medidas de seguridad”, el rector Enrique Graue elige seguir la lógica de seguridad de carácter paternalista, para nada nueva en la gestión institucional del espacio público, y no solo en México. Históricamente y globalmente la calle ha sido estigmatizada como el lugar del exceso, que debe ser contenido, controlado.

Podemos estar o no de acuerdo con este tipo de solución -hay algunas medidas alternas que son esenciales, como la iluminación de las calles-, en este caso específico, lo interesante es observar cómo CU se reconoce a sí misma como un lugar inseguro. Entre las diferentes medidas, como el aumento de la vigilancia y la instalación de cámaras, se decidió poner un enrejado para “reforzar controles de seguridad en accesos y salidas en las sedes de las distintas entidades académicas”, como expresó la Dirección General de Comunicación Social de la UNAM. Esta reja, más que otra cosa, parece ser una auto-denuncia. Pregunto a mis compañeras, todas conocen el acoso callejero, todas siguen sintiéndose posible víctima de él, también en Ciudad Universitaria, también después de las rejas. ¿Qué hacer al respecto? Si las rejas no son la solución, si victimizarnos y poner cámaras de seguridad no nos hace sentir más protegidas, ¿entonces qué?

Los estudiantes y trabajadores de la Universidad pública no tienen una respuesta uniforme. Hay quienes están de acuerdo y denuncian una situación fuera de control, en la que el narcomenudeo domina instilando miedo. Otros ven estas instalaciones como la afirmación de un modelo universitario cerrado y elitista: una institución que elige cerrar las puertas a sus valores fundamentales de justicia social, universalidad y apertura.

Lo que está en juego es la seguridad de uno de los espacios más emblemáticos de la capital, y quizás, del  país entero.

México, lindo y querido, y triste cuna del feminicidio. En este contexto CU representaba un oasis de libertad, un mundo otro, donde se habla finalmente de feminismo, una institución educativa que, declara el PUEG (el Programa Universitario de Estudios de Género), “a través de acciones concretas, genera conocimiento de referencia para la transversalización de la perspectiva de género en la educación superior”. El diablo ha llegado hasta acá. Los estudiantes han manifestado su rabia por este ataque: ningún espacio está a salvo. Después del día de la marcha la UNAM se queda callada hasta nuevo aviso: las ya citadas “10 medidas de seguridad”, donde, otra vez, seguridad es sinónimo de control.

Los acosos adentro de la Universidad no son una novedad, los discursos y las practicas demasiado a menudo no coinciden. Así no sorprende que el debate se cierre con la solita vieja política de vigilancia espacial. Quizás hay que reflexionar sobre otra respuesta posible, un détournement a la manera situacionista que nos abra a nuevas oportunidades. Jugamos con el objeto reja creado por la política dominante, distorsionémoslo, utilicémoslo a nuestro favor encontrándole finalmente su efecto crítico.

Una ciudad segura es una ciudad que asegura los derechos humanos de sus habitantes. Entre estos derechos, por supuesto, está el derecho a la preservación de la integridad física, al igual que el derecho a manifestarse, el derecho a protestar. Hemos naturalizado el miedo a los hombres, a la policía, al espacio público. Dejamos que se amputen lugares de la ciudad, en vez de reivindicarlos como propios. No nos hemos acostumbrado a mostrar nuestro disenso, no tenemos el habitus de manifestarnos.

Quizás mi propuesta no sea la solución a todos nuestros males, seguramente no es la forma más rápida, pero creo que es fundamental sumergirnos en una pedagogía de la protesta: sin ella no creo que un verdadero cambio sea alcanzable. No hablo de una educación únicamente colectiva, sino también una de carácter individual. 

Protestar: pro-testis, tejer un sentido. Afirmarse, elegir de qué parte estar. Producir una manifestación con sentido para poder volver a establecer un balance, una armonía entre partes. La protesta siempre es un acto dirigido hacia algo o alguien, que se deriva en un variado abanico de debrayage (enunciaciones): puede ser verbal, lúdico, silencioso, a veces hasta violento. Imagino que todos estamos de acuerdo con este implante teórico general. En mi opinión, hay grandes equívocos en torno al concepto común de protesta, malentendidos semánticos que tiene consecuencias muy pragmáticas. En el imaginario, la protesta es sinónimo de demostraciones organizadas, planificadas, es “dónde” y “cuándo” existe una convocatoria puntual de un grupo. Las marchas y sus derivaciones, como los más modernos flashmobs, para entendernos… Por supuesto, la protesta es todo esto. Sin embargo, también es un derecho humano ejercido en la cotidianidad, una experiencia individual. Y una buena política urbana es la que asegura el derecho a la manifestación de sus habitantes.

Dos días después de la muerte de Lesvy, al grito, y hashtag, de #Simematan cientos de estudiantes manifestaron frente a la facultad de Ciencias Políticas en contra de la criminalización de las mujeres, y para exigir más seguridad. La denuncia fue fuerte, pero si en México el feminicidio es algo cotidiano,2 la respuesta también debe ser diaria.

Nos es necesaria una profunda e íntima reflexión sobre nuestra relación con la protesta, nos hace falta educarnos sobre ella, aprender cada uno cómo afirmar nuestra incongruencia, cuando la tenemos. En esta cruzada, quizás sean las mujeres las que pueden –guiadas por una mayor necesidad– empujar esta práctica como un ejercicio de ciudadanía. Si, por ejemplo, cuando salimos en nuestros vagones del metro, reservados a nosotras, y entra intrusivamente un hombre, sí podemos –¿debemos?–  alzar nuestras voces sin miedo. Intentamos usar estas políticas paternalistas a nuestro favor, hagamos el paso y denunciamos si alguien nos sigue por los jardines de nuestra facultad. Armamos un escándalo creyendo en las promesas que nos hacen nuestra Universidad con sus medidas de vigilancia, que nos dice que nos respaldará. Quizás sea la mejor forma de vivir con estas rejas, con este débil tentativo de protegernos.

El jurista Umberto Cerroni afirmaba que el aspecto interesante de la cultura es su modalidad dialéctica, o sea la capacidad de conocer el mundo y de transformarlo de mundo dividido en gobernantes y gobernados a mundo de personas que se autodirigen. 

La pasión y la posibilidad de su expresión están demasiado a menudo en las manos de quienes quieren abusar y dominar. Desde sus orígenes, las instituciones intentan regular la dimensión patética de las masas y de los sujetos a través de políticas paternalistas, o hasta autoritarias; somos nosotros quienes tenemos la capacidad de transformar el carácter antagónico de la protesta a una manifestación humana necesaria cuyo fin es restablecer el justo equilibrio entre partes.

Mientras trabajamos hacia este cambio, lo que hay son unas rejas, construidas por si me matan.

Viriginia Negro estudió comunicación en las universidades de Boloña y París, ha vivido e investigado en España, Polonia, Argentina y México. Actualmente es doctorante en la UNAM en donde investiga sobre movimientos sociales y empoderamiento de mujeres en contextos políticos informales y urbanos.


1 Traducción de rapeability, término tomado en préstamo de la geógrafa feminista Rebecca Solnit.
2 En México, durante 2015 se cometieron 2,555 feminicidios, de acuerdo con datos de Univisión.