Recientemente vi un “render” del deprimido de Mixcoac y al ver el trato que le dieron a los árboles… me deprimió. En la imagen, los árboles estaban rodeados de automóviles a los costados y por debajo; árboles muy frondosos, creciendo sobre una fina capa de suelo sostenida por concreto que la hace de techo del deprimido. Existe un largo trecho entre esa imagen y lo que sería la realidad (si se construye). La misma imagen provee de algunas pistas para asegurar que habrá diferencias: un árbol se enferma si se somete a luz día y noche, ruido constante, contaminación y poco suelo. Para poner esta imagen en contexto, sería equivalente a un “render” de un zoológico donde se ven felices pandas, leones y cebras conviviendo en una pequeña jaula donde apenas se pueden mover, con poca comida, con música a todo volumen e iluminación las 24 horas del día. Como los animales, los árboles también son seres vivos, también se estresan y se enferman ante un medio hostil.

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La lejanía entre estos “renders” del arbolado urbano y la realidad se prueba en cada esquina. Recordemos las imágenes que usaban las empresas Copri y OHL para promocionar la construcción de la supervía sobre La Glorieta de las Quinceañeras (su nombre se debe a que las quinceañeras la utilizaban para tomarse sus fotos pues era el último reducto de árboles en la zona). La imagen de las constructoras, que incluía árboles frondosos bajo una vía de autos casi imperceptible, choca con la realidad: un camellón (ya no glorieta) abandonado, permanentemente sombreado por la vía, donde sobreviven árboles enfermos por contaminación y falta de luz solar.

Aun alejadas de la realidad, estas imágenes son efectivas para convencer, pues invocan a la posibilidad de conjugar cualquier tipo de construcción con los árboles. Toda construcción que se ufana de ser sustentable incluye árboles plantados, pero siempre dentro de espacios controlados (macetas, techos, camellones o pequeños parques). Que el espacio esté controlado habla de una naturaleza sometida, lo que sugiere que existe una relación amor/odio con los árboles; éstos son buenos de manera genérica y de lejos. Cuando se acercan ya no nos gustan tanto. Quizá esto se deba a que la vida urbana en México nos ha asilado tanto de la naturaleza que la vemos como algo sucio que hay que limpiar. Los anuncios televisivos de productos de limpieza señalan con horror la cantidad de bacterias, gusanos e insectos que salen de nuestro propio jardín y que pueden llegar hasta nuestra mismísima cama. “Los árboles ensucian” se escucha decir a los vecinos al ver como caen las hojas sobre sus automóviles y banquetas. Queremos vivir en un mundo aséptico. Desde la comida hasta las sábanas, pasando por los cepillos de dientes, no se permite un sólo rastro de la suciedad que trae consigo la naturaleza. Por eso los árboles son buenos, siempre y cuando estén controlados con poco suelo y detrás de una barrera que puede ser una maceta o una vía rápida.

Aunado a esto, muchas personas ven a los árboles urbanos como un lugar para que se cometan fechorías. Son incontables los ejemplos en donde se ha considerado que un problema de inseguridad se puede resolver si la naturaleza está destruida. El delegado de Iztapalapa con licencia (ése de las camionetas) decidió talar todo un bosque en Cerro de la Estrella puesto que ahí, él consideraba, se refugiaron los perros ferales que atacaron en 2013 a unas personas. Sin embargo, el problema de la inseguridad no se resuelve talando los árboles, pues si fuera así, la seguridad en la ciudad hubiera aumentado dramáticamente en el sexenio de Ebrard al talarse más de 300 mil árboles. Por su parte, la Delegación de Iztapalapa tendría el índice de criminalidad más bajo del planeta, ya que la cantidad de árboles por habitante es 3.5. Diez veces menor que la Delegación Miguel Hidalgo.

Estos ejemplos sugieren que en el fondo, no consideramos a los árboles como seres vivos que tienen una interacción con el ecosistema, sino como simples elementos decorativos del paisaje urbano. Por ello, las compañías de anuncios espectaculares los podan hasta matarlos porque obstruyen la vista de su propaganda. También la CFE los tala de manera inmisericorde puesto que afectan el cableado mal diseñado que tiene esta ciudad.

Pero no consideramos las razones por las cuales las prácticas de sustentabilidad requieren al arbolado urbano como pieza central dentro del desarrollo de la ciudad. Una comunidad de árboles sana ya sea en jardines parques o camellones traen consigo grandes beneficios a los capitalinos. Comencemos con uno de los más obvios: la sombra. Un día de mayo en cualquier parte de la ciudad la gente busca sombra, en la Plaza de la Constitución, que no tiene árboles, las personas se alinean bajo la sombra del asta bandera. Los árboles son un alivio en días calurosos no sólo porque dan sombra sino también regulan la temperatura en la región. Vivir frente a un parque hace que los días sean menos calurosos en mayo y menos fríos en febrero.

Existen otras implicaciones menos obvias pero que afectan directamente nuestra vida cotidiana, por ejemplo en la falta de agua. La presencia de un árbol reduce la velocidad de caída del agua en una tormenta y fomenta su infiltración. Así que los árboles reducen las inundaciones además de facilitar su infiltración al acuífero al que estamos sobreexplotando al 100%. Otro beneficio poco valorado es la forma en que los árboles “filtran” el aire y reducen las posibilidades de contraer enfermedades respiratorias. Una ciudad con más naturaleza, es una ciudad que gasta menos en remedios para los resfriados.

Ahora bien, no todos los árboles son buenos en todos los sitios. En el momento de plantar se tiene que pensar qué tipo de árbol es, donde se encuentra y en su interacción con el medio. Los beneficios de captación de agua un árbol pueden ser inútiles si se plantan en un lugar que tiene debajo concreto, toda el agua se irá al desagüe. Hay otros tipos de árboles que en lugar de ayudar pueden perjudicar. Por ejemplo, en el plan de compensación ambiental del nuevo aeropuerto la SEMARNAT indica que generará un bosque con más de 264 mil árboles. El suelo del lugar donde se planea el bosque es muy salino, por lo que ninguna especie de árbol mexicano puede sobrevivir ahí (por eso nunca ha habido bosque en la región). Por ello, la SEMARNAT propone sembrar Cedro Salado, especie de origen chino, que la misma institución considera como especie invasora, nociva para los ecosistemas, pues para evitar la sal, sus raíces llegan hasta el acuífero y no permite que ninguna otra especie se establezca. Así, la secretaría dedicada a la protección del ambiente propone hacer un bosque con un tipo de árbol que va a quitar agua del acuífero en una ciudad con escasez de agua.

En conclusión, aún cuando tenemos el concepto de que los árboles son necesarios para la ciudad, no hemos logrado comprender las razones por las cuales son importantes para la calidad de vida urbana. Cuando logremos dimensionar su importancia y su interacción con el ecosistema que vivimos, nos daremos cuenta que muchos “renders” o medidas de mitigación de megaproyectos no sólo no ayudan, sino que son inútiles y hasta perjudiciales para el ecosistema y para nosotros.

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.