Muy poco tiempo después de que las Torres Gemelas fueran derrumbadas la mañana del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, empezó un acalorado proceso de discusión sobre qué se haría con el espacio que había quedado vacío al sur de la isla de Manhattan. Las opciones que en un principio se reducían a reconstruir o recordar: la primera básicamente significaba restablecer los 3 millones 50 mil metros cuadrados de espacio de oficinas que contenían las Torres y que le pertenecían al desarrollador Larry Silverstein desde julio de ese mismo año, y la segunda proponía destinar las casi seis hectáreas a un memorial para las víctimas de los ataques terroristas.

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El proceso de negociación sobre el destino del sito fue muy complejo y el peso que tuvieron los distintos actores, tanto políticos como sociales, varió en los meses que siguieron a los ataques. Sin embargo, eventualmente, las recomendaciones de todos los implicados fueron escuchadas y en los planes maestros para el World Trade Center (WTC) sometidos a concurso casi un año después de la tragedia, había espacio destinado a un memorial importante, transporte mejorado, instalaciones culturales y oficinas. Más allá de ciertas consideraciones inamovibles que se tuvieron que tomar en cuenta, la ciudad de Nueva York llevó a cabo una serie de ejercicios con el fin de verdaderamente incluir en las decisiones a la mayor cantidad de grupos interesados en el destino del llamado Ground Zero. No está de más recordar la experiencia neoyorkina, a la luz del aniversario de cuando las icónicas torres fueron destruidas, pero sobre todo para reflexionar sobre las posibilidades de injerencia ciudadana en el destino de nuestros espacios urbanos.

La doble propiedad del WTC, pública en tanto el terreno le pertenecía a la institución gubernamental The Port Authority of New York and New Jersey, y privada considerando que Silverstein había firmado un contrato de renta por 100 años, hizo necesaria la creación de un órgano mediador. La Lower Manhattan Development Corporation (LMDC) fue creada en noviembre como un consejo compuesto por 16 miembros bajo los cuales estaban reunidos una serie de comités asesores que representaban a los familiares de las víctimas, los residentes de la ciudad, algunos ejecutivos de bienes raíces y agencias de finanzas. Éste sería el órgano fundamental en la organización de todo lo referente al futuro de Ground Zero.

En paralelo, sin embargo, surgió una asociación civil a la cual el LMDC tendría que escuchar durante todo el proceso, y cuyas recomendaciones estarían particularmente presentes al final del mismo. New York New Visions se conformó por arquitectos, urbanistas y diseñadores auténticamente preocupados por las opciones de reconstrucción para el viejo WTC. Su batalla fundamental era oponerse a que premiara en el sitio el uso de suelo privado y rentable. “Todos sabemos cómo funcionan las bienes raíces en Nueva York”, fue lo que dijo tajantemente Jill Lerner, directora del comité por un memorial. Esta organización formó distintos grupos de discusión y concluyó que entre los miembros de la sociedad civil dos visiones dominaban el tema: los residentes y dueños de negocios se inclinaban por la reconstrucción y las organizaciones de los familiares de las víctimas y los rescatistas, seguían refiriéndose a Ground Zero como un cementerio, pues consideraban que el trabajo de búsqueda aún no estaba terminado. Con la información recabada, en febrero de 2002 NYNV dio a conocer sus recomendaciones para la planeación y reconstrucción que tendría que llevarse a cabo en el sur de Manhattan. Entre sus puntos estaba ante todo mantener un proceso abierto y transparente en la determinación de la naturaleza y locación del memorial, recomendaban un uso de suelo mixto en el sitio, mejorar el transporte y acceso al mismo, que la planeación fuera incluyente y efectiva, y finalmente, algún tipo de “acción inmediata”. Aunque era claro que la reconstrucción y el establecimiento de un memorial definitivo tomaría años para decidirse, según la NYNV era urgente que algunas mejoras temporales fueran hechas en el sitio para retener a residentes y oficinistas. En su conjunto, la lista de sugerencias encontraba una especie de punto medio entre las visiones polarizadas.

Mientras esto sucedía, y con el mismo ánimo de escuchar antes de tomar decisiones definitivas aunque también se le cuestionaron sus intenciones políticas en medio de un año electoral, la LMDC organizó una serie de audiencias públicas sobre el futuro de Ground Zero. La primera de éstas se llevó a cabo el 29 de enero de 2002 en el auditorio de una escuela, el único edifico público cercano al sitio afectado. Después de los pocos resultados que tuvo el evento por sus fallas organizativas, según cuenta Paul Goldberg en su libro Up form Zero, las audiencias siguientes tomaron una forma radicalmente distinta gracias a la participación de una organización especializada en hacer reuniones usando tecnología avanzada. Se llamaron “Listening to the City” y fueron un éxito en la búsqueda por entender el sentimiento público.

El primero tuvo lugar a principios de febrero. Entre los 600 asistentes registrados, un 60% fueron ciudadanos simplemente interesados en el sitio, es decir, no familiares, supervivientes o rescatistas, ni residentes o personas involucradas directamente en el proceso de reconstrucción. Sentados en mesas formadas por integrantes muy distintos entre sí, lo primero que tuvieron que hacer los asistentes fue identificarse en términos raciales apretando botones en los paneles ubicados en sus asientos. Luego indicaron sus salarios y finalmente las razones para asistir al evento. Con ayuda de un facilitador, transmitían sus sugerencias a un panel central, tomando en cuenta la pregunta nodal que era: “Es 2012 y el WTC ha sido reconstruido de la mejor manera posible ¿cómo imaginas que es?”.  La presencia de un público que excedía a los grupos que hasta entonces habían dominado la discusión pública era evidente. Con todo, Goldberg describe las conclusiones de este primer evento como poco sorpresivas, aunque también mucho menos radicales quizás producto de la pluralidad de los asistentes. Cuestiones como la construcción de un nuevo centro de distribución de transporte, más instalaciones peatonales, la creación de espacio público al aire libre y algunas facilidades culturales, fueron peticiones que a la larga conformarían el sitio restablecido y que se vincularon con el trabajo ya expresado por New York New Visions.

Cuando tuvo lugar el segundo “Listening to the City” el 13 de julio, esta vez ya había cosas concretas que discutir. Bajo el acuerdo de que la Lower Manhattan Development Corporation respetaría el espacio de oficinas que habían perdido tanto Larry Silverstein como su arrendatario, el Port Authority, se acordó que la institución encargada del desarrollo decidiría el diseño de aquello que ocuparía el antiguo lugar de las Torres Gemelas. Con esto en mente, la LMDC y el Port Authority encargaron seis planes maestros para empezar a reconstruir el área y que consideraban todas las recomendaciones que se habían vuelto consenso en los últimos meses. Con todo, este segundo evento no cumplió con las expectativas de los asistentes según cuenta Elizabeth Greenspan en Battle for Ground Zero: Inside the Political Struggle to Rebuild the World Trade Center. Primero porque, por definición, los planes maestros no involucraba elementos arquitectónicos que era lo que la gente quería discutir en realidad y, en segundo lugar, porque en todos los planes estaba establecido que el espacio destinado a oficinas sería el original. Esto, empero, no estaba sujeto a discusión por el argumento de que Silverstein tenía un contrato legal que la ciudad tenía que respetar.

Pese a la antipatía que mostró la gente frente a las propuestas, el evento no fue inútil, pues alguna pista tenía que dar si habían asistido cerca de cuatro mil personas. Las conclusiones básicas fueron que a todos los planes presentados les faltaba visión, estaban demasiado dedicados a fines comerciales y no creaban el escenario para el memorial deseado. Todos recibieron una votación general con las categorías de “pobre o inaceptable” y lo único que parecían estar haciendo bien los organismos encargados era manejar el tiempo del proceso: nada se percibía demasiado lento o precipitado. Las opiniones se contabilizaron a partir de las votaciones a preguntas específicas. Cuenta Goldberg que a la pregunta de si era importante restaurar el horizonte de edificios con alguna construcción nueva, un 57% dijo que era muy importante. Sobre el diseño, los asistentes votaron a favor de mantener las huellas de las Torres y crear un edificio en el horizonte neoyorkino que fuera interesante. Además del programa del Port Authority, en el evento se tomaron en cuenta cuestiones que les llegaban por correo a los organizadores.

No sólo por los niveles de participación en el evento, sino por lo tajante de sus conclusiones, era difícil no atender los resultados y esto se vería claramente a  mediados de agosto, cuando la LMDC anunció que lanzaría una competencia para contratar a diseñadores que pudieran ayudar con el plan maestro. La idea de la competencia era escoger a cinco despachos para que desarrollaran nuevos planes que tomaran en cuenta las críticas del público. Siete equipos fueron seleccionados y cada uno recibió 40,000 dólares para exponer claramente sus visiones en un par de meses. Cuando los presentaron de nueva cuenta en un evento público, los neoyorkinos vieron siete propuestas que tenían en común la propuesta de construir del edificio más alto del mundo.

En febrero, el diseño de Daniel Libeskind fue anunciado como el ganador. Éste  tuvo que someterse de nueva cuenta a un proceso de negociación, esta vez con el arquitecto de Silverstein: David Childs. Finalmente resultó que ambos trabajarían juntos y la Freedom Tower, como había bautizado Libeskind a su icónico rascacielos, existiría entre los edificios de Manhattan en un par de años.

Ciertamente, el hecho de que la discusión volviera a estar entre Libeskind y el arquitecto del desarrollador da cuenta de que se mantenían intactos los balances de poder. Por otro lado, también podemos cuestionar si la batalla por la memoria del 11 de septiembre terminaba o apenas empezaba con estos planes de construcción. Sin embargo, lo cierto es que la ciudad de Nueva York había resuelto en cuestión de meses el hueco de su postal y que en el proceso trató de hacerlo públicamente. Por lo menos lo suficiente como para regresar al proceso y pensar en qué podríamos aprender del mismo, sobre todo frente a situaciones que son mucho menos dramáticas que la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York.

Ana Sofía Rodríguez


Bibliografía:

Elizabeth Greenspan, Battle for Ground Zero: Inside the Political Struggle to Rebuild the World Trade Center,  Nueva York: Palgrave Macmillan, 2013.

Paul Goldberg, Up from Zero, Nueva York: Random House, 2007.