Sigo y disfruto la Fórmula 1, pero debo reconocer que es un bicho raro dentro del mundo del deporte, si es que le podemos considerar un deporte. Una ciudad requiere pagar en promedio $30-$50 millones de dólares a la compañía del británico Bernie Ecclestone para ser anfitriona; la cifra aumenta cada año bajo el supuesto que las ventas mejoren. Seguido, se suma alrededor de $45-50 millones de dólares de mantenimiento anual. Y finalmente, con un promedio de $137 dólares por boleto de entrada, se asume que el alto costo por boleto vendido cubra los gastos mencionados.

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Para las ciudades anfitrionas, el Gran Premio se considera la Meca de eventos deportivos a tener en su agenda anual. La posiciona durante tres días al año en el centro de atención global y ofrece una oportunidad única para hacer promoción turística, económica, cultural y genera derrame económico al sector público y privado. Es por eso que el evento, cuyo contrato es por un mínimo de cinco años, ofrece ganancias substanciales tanto para promotores, autoridades locales, contratistas y, emoción para aquellos que pueden pagar la entrada o tengan suscripción a los canales que transmiten el evento.

Eso es en teoría, la realidad es algo más complicada, ya que si bien hemos visto como en los últimos años ciudades en países emergentes han logrado asegurar el Gran Premio para hacerse de tales beneficios, también hemos visto como otras ciudades simplemente se han dado de baja, como Valencia en España y Nurburging/Hockenheim en Alemania, por ventas bajas, austeridad presupuestaria y altos costos de operación; en pocas palabras en respuesta a panorama económico global.

Hace unos días pues, presenciamos después de más 20 años, el regreso del Gran Premio a la Ciudad de México con más de 120 mil visitantes y un Lewis Hamilton anonadado por el furor de la audiencia. El evento hizo el ruido que pretendía hacer. También hace un par de semanas vimos algo similar en la ciudad de Sochi en Rusia, anfitriona del premio desde 2014. Como otras, ambas ciudades reflejan la agenda de nuevas aspiraciones globales dejando muy por de lado las contradicciones y problemas socio económicos.

En Sochi presenciamos un circuito que hace hincapié de una ciudad emergente en el Mar Negro y el Cáucaso en tiempos de tensiones y alta volatilidad regional. Sin embargo, las ambiciones de posicionar a la ciudad en el mapa mundial ha rendido frutos ya que en los últimos 10 años se ha invertido substancialmente en la infraestructura de la ciudad y región; $51 mil millones de dólares solamente invertidos en los juegos olímpicos de 2014. Tener el Gran Premio refuerza esta visión y el seguimiento que se le está dando a un mega-proyecto urbano en lo que tradicionalmente se ha considerado un país altamente centralizado.

En contraste, el Gran Premio regresa a la Ciudad de México, en tiempos en los cuales el GDF intenta proyectar una imagen de una ciudad moderna y “en movimiento”. La F1 funge como la oportunidad perfecta para dar a conocer una ciudad cosmopolita con vialidades, espacios públicos, centros culturales y proyectos de infraestructura ambiciosos. El evento sirve al GDF y promotores para replantear la imagen de una ciudad tradicionalmente asociada con problemas de movilidad, crimen, infraestructura, desigualdad y problemas ambientales.

En ambos casos se podría decir que hasta allí llega pues la realidad difiere de las aspiraciones de los gobernantes y promotores. En Sochi, la F1 se asocia con agendas de oligarcas y clases políticas corruptas. La Sochi global de Putin ignora las pérdidas de vida involucradas en la construcción, las violaciones de derechos humanos y los contratos dudosos entre gobierno y constructoras. El Gran Premio en Sochi es un indicador que los involucrados pretenden mantener ese legado sin aclarar quién realmente se beneficia de dicho evento en una región asociada con pobreza, conflicto armado y tensiones entre grupos étnicos.

En contraste, la Ciudad México se propone atraer el Gran Premio, invertir en la infraestructura y mantenimiento del inmueble con la expectativa de generar derrama económica. Sin embargo, siendo un negocio y ronda publicitaria para tanto promotores, CIE y Televisa, y GDF, el evento deja mucho que desear a las comunidades locales aledañas a Ciudad Deportiva. Así también, a la población capitalina quien está urgida de transporte público, vialidades, espacios públicos y demás, el Gran Premio no resuelve, ni soluciona ninguna de las anteriores.

Al final del día la Formula 1 es un gran negocio y como tal entre más ganancia mejor el negocio. Los beneficios a corto y mediano plazo se traducen en oportunidades económicas. Es un evento de soñadores para soñadores que no está muy bien anclado en la realidad de algunas de sus ciudades anfitrionas pues emana exclusividad y el derrame económico no es del todo claro a quién beneficia.

Desde Sochi a la Ciudad de México pasando por Long Beach y con destino a Sao Paulo, la Formula 1 abunda en dinero y prestigio que en ocasiones va en desamor con las poblaciones anfitrionas.

Alejandro Echeverría colabora como editor en This Big City y trabaja en proyectos de innovación y desarrollo urbano para la alcaldía de Londres. Es maestro en planificación urbana por University College London.