“Tú ni siquiera mereces un graffiti” es el mensaje sustraído de un rayado urbano realizado en la década de los ochenta en Santiago de Chile, que en su simpleza, permite la lectura de la complejidad del entorno. ¿Quién ni siquiera merecería un graffiti? Este mensaje nos enfrenta a una enorme apertura de posibilidades, pero si lo situamos en contexto éstas quedan reducidas a un sujeto concreto: Pinochet, tú ni siquiera mereces un graffiti. Tal afirmación da cuenta del hartazgo hacia la figura del dictador. No darle un graffiti era la mejor manera de negarlo y negar su autoridad.

El rayado político se convirtió en una práctica común durante el periodo de la dictadura chilena, un lenguaje visual alternativo que permitió enunciar la experiencia de violencia ejercida que, lejos de atentar únicamente contra la vida, también estaba determinada liquidar la capacidad enunciativa del cuerpo social. Por lo que los géneros discursivos se vieron en la necesidad de ser modificados, para ser funcionales y lograr comunicar.

Si tomamos en cuenta que el rayado es una marca, un registro sígnico, que recurre al muro como soporte, entonces podemos definirlo como una forma mural. Claudia Kozak utiliza la categoría “graffitis de leyenda”1 para referirse a los rayados, como constantes recordatorios de la presente –aunque a veces reprimida conciencia política. Mientras que Armando Silva define este tipo de escritura urbana a partir de siete conceptos que funcionan de manera dialéctica: marginalidad, anonimato, espontaneidad, escenicidad, precariedad, velocidad y fugacidad.2

En el contexto dictatorial chileno, estas características se hicieron presentes y conformaron  la escritura en los muros como una consecuencia necesaria y urgente; las prohibiciones y peligros de la intervención en el espacio público del nuevo régimen militar, condicionaron las formas y, por supuesto, los contenidos de las pintas, como gritos de impotencia.

En este sentido, el rayado en dictadura se pude analizar a partir de tres instantes, no necesariamente sucedáneos. El primero son los rayados o pintas realizadas en el marco de emergencia del fin de la Unidad Popular y el advenimiento del golpe de Estado, como respuestas espontáneas a una ruptura del orden establecido. En segundo término ubicamos los rayados elaborados por organizaciones militantes, fundamentalmente las realizadas por el Movimiento de Izquierda Radical (MIR) como una práctica sensible normada por la verticalidad de un órgano político. El último instante remite a los rayados hechos por grupos que tratan de afirmar una identidad alternativa ya en la década de los ochenta, como parte de un contexto de mayor permisividad y protesta contra la dictadura.  A partir de estos tres tiempos podremos ubicar la realización de rayados, como parte de un imaginario urbano3 que, a partir de prácticas estético-políticas, solventó el vacío o crisis de representatividad en que la dictadura dejó a los grupos opositores.

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A finales de 1972 la situación política en Chile era tensa y la latencia de una guerra civil estaba presente. Había desabastecimiento, paros y enfrentamientos en la calle como consecuencia de las protestas de facciones políticas opositoras al gobierno de la Unidad Popular (UP). En este escenario las brigadas muralistas optaron por atender la inestabilidad vivida y regresar a su práctica inicial de propaganda “para apoyar desde los muros la debilitada acción de los medios afines al gobierno”.4 A pesar de ello, vino el Golpe.

El periodo que se inaugura inmediatamente después del 11 de Septiembre de 1973 se caracterizó por el uso de la violencia, no sólo en lo físico, político y económico, sino muy particularmente en lo simbólico. Una violencia destructiva, que impuso una fuerza para manipular la voluntad, negando o suprimiendo la ya existente, una “destrucción que se disfrazó de gloriosa épica de “reconstrucción” nacional.5

Los muralistas de la UP se replegaron no sólo por la amenaza y peligro constante que aparecía al haber perdido el control sobre el espacio público, sino porque muchos de los miembros de las brigadas fueron detenidos/desaparecidos/asesinados o exiliados.

Ante la ruptura de certezas, se buscaron nuevos senderos para narrarse y comprenderse y una de esas alternativas fueron los rayados: “significaciones de sobrevivencia” como las llama Rodríguez-Plaza “un tipo de escritura dispersa que, menos que organizar una eventual “resistencia”, lo que hace es escribir en silencio el sollozo de un desconcierto”.6 El esfuerzo de estas primeras pintas poco elaboradas es defender la memoria ante las políticas de limpieza y borramiento; declarar la supervivencia; conservar la identidad popular –y no las imposiciones de símbolos nacionalistas–; y exponer el dolor, un dolor que deviene en resistencia.

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Rayado callejero con la consigna “Allende vive”.7

La cancelación del espacio público que vino con la dictadura, provocó que cualquier tipo de organización opositora procurara mantenerse al margen de los territorios más controlados, es decir Santiago centro, dejando como amplio campo de operaciones a todas las poblaciones marginales de la ciudad.

No era tan fácil traducir tal situación de violencia. Los rayados inmediatos al 73, que comienzan a aparecer en las poblaciones, son escrituras desde el clandestinaje, desde “el recuerdo y la cita de la política; de la consigna, de la conmemoración”.8 Sus mensajes son directos: la protesta contra la dictadura, contra la represión, contra las desapariciones. No hay tiempo para las metáforas; se estaba ante la urgencia de denunciar un acontecimiento atroz. Las pintas, son la evidencia de la precariedad y premura de la situación.

Conforme pasan los años de la dictadura se irán abriendo de a poco, espacios para la protesta, no porque el régimen militar se suavice, sino porque la ebullición social alcanza un punto crítico. Años clave fueron el 78 y el hallazgo de los hornos en las minas de Lonquén, el 83 con la primera protesta masiva y el 86 con el atentado fallido a Pinochet. Los rayados, hasta entonces, acompañarán el proceso social, anunciando las marchas y protestas y conmemorando a los caídos en la lucha.

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El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fundado en 1965, surge como una alternativa a la “izquierda tradicional” de corte marxista-leninista, y con el paso del tiempo se convierte en el sector de izquierda radical, mediante una política de lucha armada y acción directa.

Una de las principales estrategias del MIR fue la llamada “propaganda armada”. Esta estrategia no se ligaba a ningún órgano de combate en particular, sino que su mandato se extendía a todos y su línea de acción contemplaba explícitamente el rayado callejero. El papel clave de la elaboración de rayados militantes, tiene que ver con la convicción de la lucha constante desde un quehacer cotidiano y la creencia en el poder de esta “palabra ilegal que (…) conforma un gran cuerpo opositor que debe hacerse invisible para no ser desaparecido por la violencia militar”.9

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Rayado del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.10

Las pintas del Movimiento no se reducían a consignas políticas que denotaban la presencia materializada de una resistencia frente a la dictadura, (una forma de territorialización) sino que eran también espacios informativos, a manera de trasladar los volantes a un gran formato, sobre todo para convocar a paros, protestas, mítines relámpago y movilizaciones contra la  dictadura. El 5 de octubre de 1974 es asesinado el fundador y secretario general del MIR, Miguel Enríquez, por lo que muchos de los rayados hacen alusión a su memoria, como principio para la continuación de la lucha.

Uno de los sitios comunes para realizar pintas fueron los baños públicos, sobre todo los de fábricas y escuelas. Realizarlas se consideraba un acto de traición y subversión y era motivo suficiente para ser detenido. Incluso se contaban con cuidadosas estrategias de detección de los autores de los rayados: “El miedo era cosa viva. Extraños personajes, se sentaban en las clases a observar al alumnado y grabar las opiniones que pudieran entregar. El plantel de servicio y aseo también lo componían individuos que ingresaban a los baños de hombres y mujeres, revisando los muros para ver si había rayados contra la dictadura”.11

Llegó a haber quienes fueron desaparecidos por acusársele de rayar un baño como indica la ficha de Waldemar Segundo Monsálvez Toledo, militante del MIR, a quién su jefe denunció ante los carabineros: “le expresaron que en los baños de los trabajadores habían aparecido rayados murales alusivos al MIR, circulando en la empresa rumores según los cuales Waldemar Monsálvez era el autor de esas consignas pintadas”.12

Los rayados se convirtieron en un importante espacio de confrontación política entre los principales protagonistas organizados en la Resistencia Popular, junto con el MIR, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), las Juventudes Comunistas de Chile, la Izquierda Cristiana o el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR). No sólo los grupos de oposición al régimen pinochetista recurrían al uso político de los muros, también organizaciones ultraderechistas como la Fuerza Nacionalista de Combate (FNC) iniciaron  una campaña de pintas y boicot a los rayados de izquierda.

La utilización de los rayados dentro del diseño de prácticas sistemáticas de organización y propaganda en estructuras verticales como éstas, dan cuenta al menos de dos cuestiones: quedan invalidadas las definiciones respecto a que los rayados son manifestaciones desde la no-institucionalidad e incluso abiertamente anti-institucionales. Los rayados del MIR o del FPMR son acciones programadas, sistematizadas y necesarias dentro de un programa político desde la institucionalidad del partido; no son simplemente acciones espontáneas e individuales, sino que contienen la firma de la organización a la que representan. En segundo lugar los resultados estéticos de esas prácticas estaban lejos de ser planeados por tales organizaciones. En la urgencia y aparente descuido de su elaboración encontramos marcas estéticas que permiten una lectura política, “marcas crónicas”13 que a partir de la precariedad condensan lo estético-sensible a partir de la puesta en cuestión de la configuración de un espacio público tomado y prohibido.

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Los años ochenta trajeron una serie de cambios, entre los que se encuentra la elaboración y entrada en vigor de una nueva constitución en 1981 en la que se legitimaba el gobierno de la Junta Militar y su inamovilidad. Aunque las desapariciones forzadas disminuyen con respecto a los primeros años de la dictadura, el descontento social ya no puede ser contenido. El desconcierto y shock iniciales han sido superados y la organización popular logró conformarse, por lo que el 11 de mayo de 1983 se organiza la primera jornada de protesta nacional convocada por la Confederación de Trabajadores del Cobre y a partir de ahí se fueron realizando Paros Nacionales a los que la dictadura respondió con cruentas represiones.

Otro acontecimiento, fue la experimental aplicación del modelo neoliberal en la economía chilena. Un modelo que abrió las puertas a empresas transnacionales para intervenir en las políticas públicas del país e inyectar capital foráneo con la privatización del sector público, además de una preocupación por atraer productos internacionales. El frágil modelo trajo una crisis económica casi inmediata, que se traducía en una invasión de rayados callejeros con la simple consigna: “Tenemos hambre”.

Comienzan a hacerse presentes grupos organizados no ya por una militancia política –lo cual no niega su carácter político– sino por afinidades culturales, influencias externas y una postura de rebeldía compartida. La oleada punk sobre todo, será característica del periodo. Sus rayados se identificaban por romper la tensión y solemnidad de la crítica anti-dictadura, apelando a lo lúdico e irónico con un discurso quizá menos teorizado, pero no por ello menos político. El primer gesto desafiante de estos grupos alternativos será la construcción de territorialidades propias, ahí donde la dictadura prohibió y restringió la socialidad al espacio privado, el estar en la calle fue por principio, un acto político. Las mejoras materiales como la generalización del spray o aerosol, optimizó la funcionalidad del registro individual en murallas callejeras por su rapidez y ligereza de  transporte. En un gesto de reniego por lo local, como un contexto que no les satisfacía, la transgresión a la legalidad impuesta se convierte en una trinchera de resistencia donde lo “políticamente correcto” tampoco representa una condición válida.

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Presencia de la cultura punk en la intervención urbana.14

Las redes de estos grupos punk crearon jergas y códigos propios con los que se ejerció la crítica y también el hartazgo por las formas regulares de protesta. Fastidiados por el protagonismo de la figura de Augusto Pinochet registran en una pared “TÚ NI SIQUIERA MERECES UN GRAFFITI”,15 realizando pintas que a la vez definen una territorialidad y una forma de protesta propia que hacía énfasis en la abrupta irrupción dentro de la visualidad cotidiana. Desvinculados de las organizaciones políticas de oposición a la dictadura, la juventud punk manifestaba su postura crítica a partir de acciones desarticuladas y desde un lugar de enunciación que admitía la influencia cultural internacional de la que se apropiaban y replicaban con formas propias de hacer política.

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Una de las principales funciones de los rayados políticos a partir de 1983 fue la de trasladar a la muralla los carteles de convocatoria a las marchas masivas y paros nacionales que comenzaban a organizarse.  Eran espacios informativos a gran formato en los que se invitaba a la población a participar en la conformación de la resistencia popular. Generalmente estas pintas eran realizadas por miembros de partidos militantes, con trazos casi espontáneos y poco elaborados, los rayados contenían la fecha de la movilización y una invitación popular a participar mediante alguna consigna esperanzadora: “EL PARO VIENE PINOCHET SE VA. 30 DE OCT”. Los muros complementaban la propaganda que se distribuía en volantes, como una especie de extensión de los mismos.

Para concluir basta recalcar el papel de la calle como espacio de disputa, proceso más evidente durante el plebiscito del SI y el NO unos años más tarde (1989) en que se decidía si Pinochet y la Junta Militar seguirían encabezando el gobierno chileno. El papel que pintas y rayados tuvieron en ella fue importante, pues gracias a la sencillez y rapidez en su elaboración gran parte de la población manifestó su sentir político en paredes, afiches, publicidad o cualquier soporte. Eran consignas de opinión que no requerían de un mayor y elaborado discurso político,  los mensajes eran simples “SI” o “NO”, por lo que se reprodujeron de manera masiva por las ciudades. Así, el rayado se convirtió en un medio de comunicación política y de protesta pública, una respuesta social al urgente contexto de ese momento histórico.

Abigail Dávalos es maestra en Estudios latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México.


1 Kozak, Claudia, Contra la pared. Sobre graffitis, pintadas y otras intervenciones urbanas, Buenos Aires, Libros del Rojas, 2004.
2 Silva, Armando (2006) Imaginarios urbanos, Bogotá, Nomos, p. 37.
3 Silva, Armando, Op. Cit.
4 Castillo, Eduardo, Puño y Letra, Ocho Libros Editores, 2006, p. 136.
5 Richard, Nelly ¿A qué llamarle memoria visual de la dictadura?
6 Rodríguez-Plaza, Patricio, Pintura Callejera Chilena, Ocho Libros Editores, 2011, p. 36.
7 Lorenzini, Kena Marcas Crónicas. Rayados y panfletos de los 80, Santiago de Chile, Ocho Libros, 2010, p. 102.
8 Rodriguez-Plazam Op. Cit. p. 37.
9 Santa Cruz, G., “Ciudad Pizarra” en LORENZINI, K. (2010) Marcas crónicas, p. 10.
10 Lorenzini, Kena Marcas Crónicas. Rayados y panfletos de los 80, p. 85.
11 Hurtado, E. (2008) Paradojas de la dictadura y democracia chilena.
12 Centro de Estudios Miguel Enríquez (2009) Montalvez Toledo, Waldemar Segundo.
13 Lorenzini, Kena Marcas Crónicas. Rayados y panfletos de los 80, Santiago de Chile, Ocho Libros, 2010.
14 Munsell, Liz “(Sub) culturas visuales e intervención urbana. Santiago de Chile 1983-1989.
15 Munsell, Op. Cit.  p. 99.