Sólo se necesita una mano cuando se cuentan el número de veces que se menciona el cambio climático en la Ley General de Aguas que presentó el gobierno federal hace un par de años y que fue conocida como la “Ley Korenfeld”, y nos sobran tres dedos. Esto demuestra una de las muchas contradicciones que existen en los gobiernos mexicanos actuales que mencionan fenómenos naturales como el cambio climático y la resiliencia, pero al momento de ponerlos en leyes y acciones que involucran economía y construcción, éstos pasan a segundo término o son completamente olvidados. Son buenos deseos que llenan los discursos de la clase política, que no se pueden cumplir cuando se habla de pesos y centavos. Sin embargo, la naturaleza sigue en su dinámica, y no se rige por la política, y en consecuencia cada día nos hace más vulnerables frente al cambio climático. Lo acabamos de ver en Santa Fe e Interlomas.

Huxquilucan

Inundación en Huixquilucan, Estado de México. Foto cortesía de Carlota Amador.

La falta de acción real se explica porque los efectos del cambio climático son difusos en la sociedad; mientras que la economía se presume, o se padece, de manera tangible. Por esta razón se han hecho intentos de mostrar cómo va a cambiar el clima y las implicaciones que esto tiene en nuestra vida cotidiana. Uno de estos esfuerzos se publicó hace unas semanas por el Instituto Mexicano para la Tecnología del Agua con el nombre de Atlas de vulnerabilidad hídrica en México ante el cambio climático. Este Atlas analiza la temperatura y las lluvias promedio de los últimos 40 años. La temperatura promedio en la mayoría del territorio mexicano es de entre 28 y 34 grados en verano y de 22 a 26 en invierno. Somos un país caliente y con temperatura más o menos homogénea a lo largo del año. Sin embargo, en cuanto a las lluvias el país es altamente estacional, mientras que en secas solo llueve entre 100 y 250 mm en el territorio, en época de lluvias pueden caer 700 mm de agua. Obviamente hay mucha diferencia entre norte (donde llueve menos de 250 mm) y el sur (donde cerca de 1500 mm).

Con estos datos y un modelo llamado Proyecto de Intercomparación de Modelos Acoplados, fase 5 (CMIP5) el Atlas genera proyecciones de cuáles serán las temperaturas y cuanto lloverá en el futuro. Los resultados generan escenarios de lo que podría cambiar en el clima en cada parte del territorio en los próximos 25 y 75 años. La esperanza de muchos de nosotros es que esta información podría ayudar a aterrizar políticas. Por ejemplo, si sabemos que va a llover menos es necesario comenzar una política de ahorro y eficiencia en el uso del agua. Pero esta estrategia tiene una falla, pues supone que en algún lugar existe la política de la prevención, que todavía no ha florecido en nuestra sociedad.

Volviendo al atlas, en el escenario de cambio en la temperatura promedio, el país tendría un aumento de entre 1.4 y 2 grados centígrados. Esto no suena a mucho, mas recordemos que es el promedio que está compuesto por los extremos, que es lo que importa, pues nos quejamos del clima cuando hace mucho calor o cuando hace mucho frío. La temperatura máxima puede aumentar hasta cinco grados. En un lugar desértico que en épocas de calor la temperatura se acerca a los 40 grados, un aumento de cinco grados puede generar muchas muertes de animales y personas. Por el contrario, el aumento en la temperatura mínima será sólo de unos 1.6 grados. Esto quiere decir que aumentará la diferencia entre las temperaturas mínimas y máximas. El país será más caliente y en temperatura dejará de ser homogéneo. Las consecuencias en los ecosistemas pueden ser graves. Muchas especies de zonas calientes tendrán que migrar a zonas que son más frías o enfrentar la extinción. En asuntos domésticos, la mayoría del país tendremos que usar más energía para enfriar casas y oficinas con aire acondicionado o ventiladores. Así, el cambio climático genera la necesidad de usar más energía lo que promueve más cambio climático.

En cuanto a las lluvias, un escenario proyecta que en los próximos 25 años en la época de lluvias la precipitación se reducirá entre un 3% y 6% en todo el país, mientras que otro escenario sugiere que lloverá menos en entre un 9% y 18%. Pero en secas (cuando hace falta más el agua) es posible que llueva hasta un 35% menos en zonas como la península de Baja California. Esto es muy importante si se quiere traducir a políticas públicas puesto que en esta zona se han querido desarrollar complejos turísticos, como Cabo Pulmo donde se ha querido construir un hotel con 25 mil cuartos y tres canchas de golf. Este lugar adolece de agua para la pequeña población que vive ahí y en el futuro lloverá menos.

Los escenarios en la variación de la precipitación son negativos en los próximos 25 años, aunque positivos (lloverá más) cuando se predice que pasará en los próximos 75 años. Una mirada simple sugiere pensar que sólo hay que resistir los años de las “vacas flacas”. No obstante, un ecosistema puede resistir sólo un lustro o máximo dos de poca lluvia, cuando este periodo se extiende por más de 25 años se generan cambios su dinámica y en consecuencia en nuestra vida cotidiana.

Con estos modelos el IMTA generó nuevos mapas de vulnerabilidad. La vulnerabilidad es un concepto difícil de establecer, porque, también es difuso y más aún cuando no estamos acostumbrados a generar políticas preventivas. La vulnerabilidad sugiere cuanto sufriremos por el cambio climático, dependiendo de las variables del clima, la dependencia económica de una población a partir del clima (por ejemplo huracanes en zonas turísticas o cultivos que necesitan mucha agua en zonas desérticas) y la desigualdad social que reduce la capacidad de respuesta a estos cambios. Las poblaciones pobres son más vulnerables. Así, el atlas evalúa a todos los municipios del país con diferentes escenarios, donde destaca que hay una gran vulnerabilidad en los estados más pobres, así como que la Ciudad de México casi siempre está en los números más altos del índice.

En ocasiones existe una relación entre la capacidad económica y la posibilidad de inundación en una población. Pero en el caso de la Ciudad de México la urbanización ha sido atípica y por lo tanto, como hemos visto en estos años, no existen diferencias económicas con respecto a lo propenso de una región a inundarse. Unos años se inunda Chalco y otros años se inunda Interlomas. Pero la vulnerabilidad es diferente, pues las personas en zonas con mayores recursos tienen más capacidad de respuesta para reponerse de un desastre natural.

La vulnerabilidad hídrica también cambia dependiendo del lugar donde está asentada la población. Las personas son vulnerables a inundaciones por una lluvia torrencial si viven en una cañada cerca del cauce de un río (Como en Santa Fe y Huixquilucan) o en la parte más baja de la cuenca (Como Chalco y Tláhuac).

Sin embargo, la vulnerabilidad es la única característica que podemos cambiar de las tres que la IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) sugiere necesarias para evaluar el riesgo de los desastre naturales en las ciudades. Las otras dos características son el cambio climático y la exposición al desastre (que está relacionado con la cantidad de personas que viven en un lugar: a más personas mayor será la exposición). 

La forma en la que responde un ecosistema a los eventos extremos puede modificar la vulnerabilidad y dado que los humanos cambiamos el ecosistema, entonces, nosotros somos capaces de aumentar o disminuir la vulnerabilidad de un sitio. Por ejemplo, un pueblo establecido en la zona más baja de un valle (como Chalco) será vulnerable a crecidas que podrán inundar algunas partes de la comunidad. Además, si en las zonas altas se talaron todos los árboles (como en Santa Fe y Huixquilucan), entonces el efecto de esa misma lluvia inundará muchas más partes del desarrollo. Esto se debe a que el agua llega más rápido a las partes bajas a falta de árboles que la detenían con su follaje y raíces. No sólo llega más rápido sino en más cantidad, ya que los árboles también generan el ambiente para que el agua se vaya infiltrando en el cambio. La tala será capaz de generar crecidas que afecten a la misma cañada. Por lo tanto, la vulnerabilidad a lluvias extremas cambia dependiendo de cómo haya afectado al ecosistema donde se estableció.

Por ello, el índice de vulnerabilidad es difícil de homogeneizar a nivel de país y a esta escala es necesario tomar estos mapas con cierta cautela. Los estados más vulnerables a ciclones son Tamaulipas, Quintana Roo, Baja California Sur y Sinaloa. A nivel municipal, el sur de Veracruz, Quintana Roo con el corredor turístico Cancún-Tulum y los altos de Chiapas.

Hemos querido atacar a la vulnerabilidad con infraestructura ayudados de grandes diques y desagües, pero en su mayoría estas infraestructuras son rebasadas. Puesto que las escalas de estas interacciones son muy grandes, no hay infraestructura que por sí sola reduzca la vulnerabilidad a un fenómeno extremo. Así como no hay infraestructura que revierta los efectos del cambio climático. Para modificar la vulnerabilidad de una ciudad al cambio climático es necesario trabajar con el ecosistema.

Desde hace 400 años pensamos que la tecnología y la infraestructura va a resolver nuestra vulnerabilidad hídrica. Este pensamiento nos ha llevado a tener a la ciudad más importante del país con 20 millones de habitantes que se inundan en época de lluvias y les falta el agua en época de secas. Asimismo, seguimos haciendo construcciones en las zonas más sensibles a la vulnerabilidad como las cañadas del poniente fundamentales para la absorción del agua, y el nuevo aeropuerto en la zona nororiente, región que se inunda por estar en la parte más baja. Todo con la esperanza de que esa infraestructura que nos ha fallado estos 400 años, ahora si funcione, quizá porque ahora incluimos techos verdes y muros verdes a las columnas del segundo piso. Tal vez es hora de cambiar la visión y comenzar a pensar en la vulnerabilidad, manejando propiamente el ecosistema.

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.