Por cuestiones profesionales me mudé a Villa Coapa en 2009, buscando la cercanía al trabajo, y también por conseguir una serie de servicios que son casi imposibles de encontrar más al sur de la Ciudad de México. Conocía bien la zona: durante toda mi infancia y adolescencia Coapa era el lugar de referencia para ir al cine o al supermercado, y recuerdo haber visitado a algún conocido en alguna de aquellas casitas dúplex construidas para los periodistas de las Olimpiadas de 1968 a un lado del Periférico. Una zona habitacional, como gran parte de la infraestructura olímpica, que estaba alejada del centro de la ciudad, pero que en el caso de Coapa empezó a tomar forma como lugar de paso y, por lo tanto, pronto se llenó de comercios. Con los años en el área también abrieron universidades públicas y privadas, haciendo de Coapa un punto de referencia para la zona sur-oriente de la capital mexicana.

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Al igual que yo muchos habitantes del sur y de otras partes de la ciudad han conocido Villa Coapa cuando han ido de compras. Hay poco más que hacer; por eso la identidad de los coapeños, si es que puede hablarse de una identidad, se ha construido en la posibilidad de comprar y de integrar a sus vidas todas las novedades que llegan a los aparadores, desde el ahora caído en desgracia “tianguis” de Pericoapa, hasta las tiendas departamentales como Liverpool y Sears, pasando por Costco, Sams y Wal-Mart. Las agencias de auto también abundan, y es que para los habitantes de Coapa la compra de un auto es casi obligada, pues a pesar de ser una zona de grandes negocios o escuelas, e incluso tener la cercanía de la UAM Xochimilco y el Estadio Azteca, el transporte depende de rutas de autobuses, combis y el saturado tren ligero, porque ni el metro ni el metrobús han llegado. Si calculamos al menos un auto por familia en Coapa, que pueden ser incluso tres, se visualiza el permanente embudo que significa atravesar por las calles, la insuficiencia de los estacionamientos y el tiempo que toma entrar y salir en hora pico.

Con todo los coapeños aprecian los centros comerciales, a falta de un centro histórico local o una plaza cívica, en parte explicado porque Coapa se ubica en una frontera de cuatro delegaciones, no existen más puntos de reunión que los grandes centros de venta, que funcionan como una suerte de espacio público-privado en las que se construye el tejido social, siempre pasando por la caja registradora (la Alameda del sur tal vez sea lo más cercano a una plaza pública, aunque su papel ha quedado relegado por estar inmersa en medio del tráfico y por la inseguridad de la zona). Más allá del poco espacio que puede conquistarse en las plazas para la vida público-política, es casi inexistente el diálogo y el intercambio entre las personas. La mayoría de la gente al salir del trabajo o de la escuela (generalmente ubicados en otra zona de la ciudad), regresan a casas o apartamentos asegurados tras rejas, cámaras, policías porteros, calles y unidades cercadas. En Coapa no hay fiestas patronales ni comunitarias por lo que hay pocas oportunidades para que los vecinos se conozcan. Casi siempre no pasan de ser unos fantasmas que hacen ruido los fines de semana; una luz encendida al otro lado de la calle o en un edificio a lo lejos.

El distanciamiento social hace difícil pensar en la construcción de una vida comunitaria con decisiones consensuadas. En mi edificio de ocho departamentos a duras penas conozco el nombre de algunos vecinos, ponernos de acuerdo, como es de suponerse, pocas veces lo conseguimos. Como en casi toda la sociedad mexicana no existe debate y cuando lo hay aparece la mediación de algunas categorías que hacen pensar que los centros comerciales ya han hecho lo suyo. Una vecina, por ejemplo, se oponía a la construcción de un estacionamiento para bicicletas, porque se vería “feo”. “Vivir bonito”, slogan publicitario, que ya media la vida pública.

La historia de Coapa, sin embargo, se sigue escribiendo. Una nueva polémica enfrenta a los vecinos, avecindados, clientes de las plazas comerciales y a los que no les queda sino atravesar Coapa para ir regresar del trabajo o de la escuela. Se trata del proyecto de construcción de un nuevo centro comercial (Gran Terraza Coapa) en el predio ubicado en el cruce entre Acoxpa y Miramontes (Tlalpan), en donde hace años se encontraba un Gigante y los famosos “Multicinemas Gemelos”, que después darían paso a un Soriana y un Office Depot, entre otros negocios, que ahora han cerrado sus puertas para ser demolidos con el fin de construir un gigantesco mall.

El cierre de las tiendas antes mencionadas y el anuncio de la construcción encendieron los primeros ánimos entre los vecinos que comenzaron a manifestarse en contra de la nueva plaza con letreros que decían “Coapa no necesita ni una plaza más”. Si bien, como decíamos, los coapeños han aprendido a vivir en simbiosis con las plazas que les proporcionan esparcimiento, distracción, y servicios como bancos, al mismo tiempo, conocen el infierno en que se convierten las calles cuando es día de las madres, día del niño, venta nocturna: imposible salir de casa, imposible transitar hacia cualquier sitio. A eso se suma el aumento de los precios de renta y de los comercios cada vez que la zona se hace “más comercial”, y ciertamente las plazas no contribuyen en nada a sus comunidades, pues éstas tienen una administración anónima que no ven a la gente como sus vecinos sino como sus clientes.

“Coapa no necesita ni una plaza más”. Lo cierto es que cerca del área en disputa, existen al menos otras cuatro plazas comerciales, a las que se sumarán la futura plaza que se proyecta construir alrededor del Estadio Azteca, y la ampliación de Pericoapa, que se convertirá en un mall gigantesco conectado por un puente con Galerías Coapa, justo al otro lado de la calle. A diferencia del gran crecimiento de las plazas poca estructura pública se ha agregado a la zona, fructifican los hospitales y los gimnasios privados, en los últimos años no se han construido en Coapa casas culturales, museos, teatros, parques ni bibliotecas que impulsen la calidad de vida de los habitantes, que sólo pueden concentrarse en comprar. El resultado de las protestas ha desembocado en una virtual suspensión de la obra producto de la intervención de la delegada de Tlalpan, Claudia Sheinbaum.

En la página de Facebook “Coapa”, seguida por cerca de 90 mil personas que viven o transitan por Villa Coapa se ha abierto el debate sobre este centro comercial, las voces son disimiles, algunos vecinos se quejan de la suspensión de la obra, debido a que el predio en cuestión se ha llenado de basura y según sus palabras “se ha convertido en un nido para la delincuencia”, además expresan su rechazo a “detener el progreso” y a no mirar los beneficios que una obra como esta traería a la población como la generación de empleos. En la otra parte de la opinión los vecinos expresan que una nueva plaza traería como consecuencia el incremento del tráfico, aumentaría la escasez de agua que ya sufre la unidad habitacional justo al otro lado de la calle, así como de lo innecesario que parece tener otra plaza comercial en una zona que ya está saturada de comercios, y en la que, como ya dijimos, existen importantes carencias como la ausencia del metro. El argumento de la generación de empleos para algunos tampoco parece sugerente,pues recuerdan que la mayoría de los puestos de las plazas son ofrecidos por franquicias que pagan salarios muy bajos y que ofrecen poco margen de crecimiento.

He seguido el debate en esa página, incluyendo un tímido comentario expresando que la construcción de una plaza no puede identificarse con el progreso de manera inmediata. Más que la discusión de si ese centro comercial debe o no construirse parece que el debate lo va ganando un imaginario coapeño que está poblado de centros comerciales como único espacio de afirmación y de convivencia  pública. Es ahí donde tanto los vecinos como las autoridades delegacionales y de la CDMX tenemos que atrevernos a imaginar un nuevo espacio verdaderamente público en el que las plazas comerciales sean un agregado, pero no el centro de la vida social de la zona. Un parque, un centro cultural con talleres y biblioteca, un vivero, un deportivo público, un refugio, un museo, un lago artificial… las posibilidades son tantas y diversas que sería una lástima quedarnos sólo con un mall.

Rogelio Laguna es autor del libro Habitaciones del pensamiento. La ciudad en la filosofía de María Zambrano (UNAM, 2016) y creador de los encuentros académicos Arte, Espacio y Pensamiento.