I.

Salgo de mi casa y camino rumbo al trabajo. Tengo dos opciones: o me tomo en serio eso de que la calle es peligrosa y que hay que tener cuidado de todo y de todos (carros, pervertidos, policías…), o me creo eso de que la calle es el lugar del encuentro; de la otredad y de la posibilidad de estar con todos los otros.

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Sin pensar en ello, sigo mi trayecto y todo lo que hago dice que me estoy yendo por la primera opción: sujeto fuerte la bolsa, volteo cuando alguien camina detrás de mí, me subo en la sección del metrobús “sólo para mujeres”, paso mi bolsa para el frente, no cuento mi dinero en público, no hablo con el extraño que me pide una moneda en la esquina y termino mi odiséica travesía –y siento que vuelvo a ponerme a salvo– sólo cuando cruzo la puerta de la oficina.

Hago todo eso sin pensarlo porque así me enseñaron mis padres cuando era niña; porque así me lo dicen las notas rojas de los periódicos; porque así me lo aconsejan las muchas historias que leo en las redes: Ten cuidado con tus cosas en el metrobús… La asaltaron y golpearon en la esquina de Reforma e Insurgentes… Me agarraron una nalga en el metro…

Como si fuera una bruma tóxica, todas estas narraciones están en mi cabeza cuando me subo al metrobús en la parte de adelante; cuando no camino por esa calle poco iluminada; cuando no hablo con extraños. Y sí, intoxicada me siento más segura.

II.

Vamos sentados en el metro un amigo y yo. Le digo que si le ofrecemos el asiento a la chica que trae muchas bolsas. Temeroso, me dice que sí, pero que le diga yo, o que –de menos– vea que vamos juntos al ofrecerle el asiento, porque si se lo ofrece él solo, quizá “puede pensar otra cosa… que quiero otra cosa”.

Entonces, le pido que hable más de eso que imaginó en el mero hecho de compartir un asiento libre. Me habla de cómo ahora teme quedársele viendo a una chica cuando va sentado en el camión; de cómo ya hace muchos años que no le habla a una mujer que le parece linda en la calle, ni le manda un trago en un bar; de cómo sube sus manos al pecho, al cielo o a donde sea cuando el metro está muy lleno y va una chica pegada junto a él.

Noto que él también está intoxicado por esa bruma, porque también la respira desde el otro lado del metrobús. A final de cuentas, él también se siente más a salvo en la sección de “sólo hombres”, porque así nadie lo puede acusar de la mirada lasciva o de agarrar una nalga.

Sin pensarlo, los dos estamos buscando –a toda costa– salvarnos de esa misma bruma que nos coloca en lugares confrontados: a mí, en el lugar de la víctima y a él, en el del victimario. Y así, los dos respondemos a los roles de algo que no somos: yo, la acosada; él, el acosador.

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Foto de la línea 1 del metrobús, donde los asientos rosas marcan la división entre hombres y mujeres. Foto: Roció Gonzalez.

III.

Como una reacción apaga fuegos, de esas que tanto enamoran a las últimas administraciones de esta ciudad,1 la política mediante la que se separan a hombres y mujeres en el transporte de la Ciudad de México comenzó en 2000, ante la inminente alza de reportes de acoso y agresiones sexuales dentro del transporte público.2 Desde entonces, medidas divisorias han comenzado a implementarse en los distintos sistemas de transporte de la ciudad y actualmente es una de las pocas políticas que han perdurado en la gestión del transporte de la Ciudad de México.

Es importante mencionar que las políticas de división entre hombres y mujeres no son un invento mexicano, sino que se copiaron de medidas muy similares que se han implementado desde hace tiempo en otros países como Japón o Reino Unido. Generalmente, estas iniciativas han surgido como mecanismos de respuesta que buscan atenuar los incrementos marcados de violencia y agresión de los hombres hacia las mujeres. Sin embargo, son medidas con efectos fugaces, que no logran contribuir en la transformación profunda del conflicto, ya que la causa no es el transporte público, sino que es éste el escenario donde se manifiesta el síntoma de algo mayor.

Si lo pensamos, es como separar a dos perros que todo el tiempo se están peleando. Están separados y contenidos, así que no pueden atacarse. Sin embargo, al menor descuido o contacto, la agresión que permanecía latente brota de lleno del uno hacia el otro. Y es que lo que se resolvió sólo fue la proximidad entre ambos, pero jamás se buscó entender el desencadenante de la agresión. Jamás se buscó que los perros se reencontraran.

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Metro de Irán. Imagen: Cordelia Persen (Creative Commons).

Así, esta medida –que sólo lidia con los picos del pánico, pero no logra ser transformadora– tiene un efecto no deseado que va más allá del mero tema del transporte, e incluso, del acoso. Cuando nos separamos, y nos volvemos contrarios, nos estamos perdiendo del encuentro (o reencuentro) con el otro: con el otro del otro sexo. De la posibilidad de hallarnos ahí, en el conflicto que supone estar los unos entre los otros, pero en donde también es posible el volver al otro. Desde mi sección rosa del metrobús (donde, por cierto, vivo la violencia de los empujones entre quienes imagino iguales, pero que se muestran dispuestas a matarse por un asiento) me siento resguardada por ese invisible cordón que me separa de aquellos otros, que me aleja de sus posibles miradas o tocamientos. Y gracias a ese alejamiento, empiezo a entender a los otros como extraños; como contrarios. No son más nuestros compañeros del trayecto, sino aquéllos amenazantes y peligrosos hombres que –Dios nos libre– nos ven desde el deseo.

Ante ello, vale la pena traer a Byung-Chul Han, quien afirma que el Eros [el deseo del otro] agoniza en las sociedades contemporáneas, porque existe una creciente exigencia de que la experiencia del otro se dé sólo desde lo fácil, desde lo disfrutable, y desde lo que es igual a uno. Actualmente vivimos el deseo, y con ello el amor, como una experiencia que se busca –ante todo– positiva, “para convertirse en una fórmula de disfrute. De ahí que [el amor] deba engendrar ante todo sentimientos agradables” (2014: 14). Buscamos un deseo del otro que esté libre del conflicto, “de la negatividad de la herida, del asalto o de la caída” (ídem) y esquivamos la posibilidad de que el deseo se torne en algo negativo y conflictivo; que nos hiere y nos cuestiona hasta lo más profundo de nuestro ser. Aquellos pasajes literarios donde el encuentro con el otro nos desgarra, nos lleva a la desgracia y nos cambia por completo el pasado, presente y futuro, hoy son sustituidos por las fórmulas fáciles e instantáneas de encontrar al otro; donde hacemos un escrutinio previo para ver si ese otro puede ser una experiencia de disfrute, fácil de llevar y también fácil de desechar,3 mientras que evitamos a toda costa que esos encuentros sean acontecimientos negativos, de conflicto o desencuentro, de incomprensión y quebradura de lo que somos ante el otro.

Así, al elegir no lidiar con el otro, que nos interpela con su cuerpo, con su mirada y con la posibilidad del encuentro no placentero, nos quedamos con aquellas personas que –nos han dicho– son más seguras, aunque en realidad sólo son más iguales. Tomamos como “necesaria” esa política al estilo del bomberazo que nos da la ilusión de lo seguro, y nos perdemos del otro. Y en esa pérdida, nos estamos volviendo sólo “unas”. Unas que ya no son miradas, ni tampoco deseadas. Ni en el conflicto, ni en lo amoroso. ¿Será entonces que estaremos condenadas a perdernos del otro masculino para quedarnos en lo unívoco femenino? Solamente ante el otro o mejor dicho, con el otro, como nos decía Octavio Paz, podremos corroborar nuestra existencia. Sólo así sabremos, a ciencia cierta, que somos porque “para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros. Los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia” (Paz, 1989: 98).

Rocío González es socióloga de la UNAM y maestra en estudios urbanos del Colmex. Actualmente trabaja en el Seminario de Investigación en Juventud de la UNAM.


1 Vienen a mi mente los silbatos rosas para frenar el acoso, o los muros verdes en el periférico para mitigar la contaminación.
2 Aunque es en 2007 cuando se establece todo un marco normativo denominado Viajemos Seguras, y reforzado en 2011 mediante el Modelo de prevención y atención de la violencia comunitaria contra las mujeres, donde se hablaba de esta estrategia como una de las acciones dentro de una política con visión más integral del manejo del conflicto, donde se buscaban “establecer mecanismos de diagnóstico, seguimiento, implementación y evaluación de recuperación de zonas libres de violencia para las mujeres”. Sin embargo, las acciones sólo se enfocaron en las acciones de separación, dejando de lado procesos de mayor aliento.
3 Muy al estilo de Tinder, donde un basta un “barrido” con el dedo hacia la izquierda o la derecha para “conectarnos” con alguien o desecharlo inmediatamente.

Referencias

Han, Byung-Chul (2014). La agonía del Eros. Herder, Barcelona.

Paz, Octavio (1989). Lo mejor de Octavio Paz. El fuego de cada día. Seix Barral: Barcelona.