El 19 de septiembre de 2017 salí de mi departamento a unas cuadras de Galerías Coapa, centro comercial en el que un domingo antes había acudido a comprar unos lentes y a tomar un café con una amiga, profesora del Tec de Monterrey, campus Ciudad de México, para dirigirme a la universidad. Debí llegar a la UNAM cerca de las once de la mañana, porque justo cuando iba a ingresar al Instituto de Investigaciones Filosóficas sonó la alarma sísmica: había empezado el simulacro. La gente salió del edificio comentando las novedades del día, que no eran hasta entonces muchas, y después de escuchar algunas instrucciones nos permitieron regresar al edificio.

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