Uno de los efectos de tener servicios de transporte público concesionados, bajo el modelo de microbuses, en la Ciudad de México (y su zona metropolitana), así como la proliferación de taxis piratas, es la creación de espacios que favorecen las agresiones sexuales. Un gran factor detrás de que se haya calificado al transporte público de la Ciudad de México como el segundo más inseguro para las mujeres del mundo.

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En 1906, la colonia Juárez surge como el resultado de un negocio entre amigos. Así se le llamó al triangulo urbano que había sido desarrollado en las décadas anteriores mediante concesiones entre el gobierno porfirista y la élite empresarial de la época. Desde sus orígenes, la Juárez fue un proyecto económico más que urbanístico, el objetivo principal del Estado porfirista había sido expandir los alcances del mercado inmobiliario sobre zonas agrícolas, sustento de indios y campesinos, para permitir el lucro privado y la especulación a acaudalados favoritos del régimen, valorando las inversiones por encima de cualquier consideración social. Así, las grandes obras inmobiliarias del Estado estaban orientadas a facilitar el crecimiento de colonias exclusivas: el embellecimiento de Paseo de la Reforma a cargo del erario público, facilitó las ganancias por el fraccionamiento de la colonia contigua, dinero que habría de quedarse en sólo algunos bolsillos.

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Las rutas para subir al pecho del Iztaccíhuatl, sitio más alto del volcán, tienen que pasar por lo que se consideraría el estómago, donde hay un glaciar de muchos metros de espesor. Hace unos días pude estar sobre ese glaciar al subir, por primera vez, hasta la cumbre. Pero el gusto me duró poco puesto que el amigo con el que iba, que ha subido en varias ocasiones este volcán, me comentó que en el 2008 ese glaciar tenía cuando menos unos 15 metros más de altura. Es impresionante la velocidad con la cual se está perdiendo un glaciar que tomó cientos o miles de años en formarse. Con angustia, mi compañero de viaje me murmuró, “esto quiere decir que mi hija no va a poder ver este glaciar”. Pocas pruebas más contundentes que estas para comprender lo que significa el cambio climático en sitios que están a menos de dos horas de la Ciudad de México.

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mayo 9, 2017

Motocicletas: dos ruedas de problemas

A nivel nacional durante los últimos años ha habido un crecimiento significativo en el uso de la motocicleta como medio de transporte, en especial en las áreas urbanas. Recordemos que México es un país altamente urbanizado, según datos de INEGI, ya en 2010, 8 de cada 10 mexicanos vivía en una zona urbana, y el fenómeno va en aumento. En todo el país en 2005 INEGI contabilizaba 588,543 motocicletas registradas, mientras que para 2015 existían ya 2,375,625, lo que significó un incremento del parque de motocicletas del 303%; una tasa de crecimiento del 14.9% anual en tan solo un lapso de 10 años, la cual es tres veces mayor que la tasa de crecimiento  de automóviles para el mismo periodo de tiempo, que es de 4.5%, y 10 veces mayor que la tasa de crecimiento poblacional que acorde INEGI es del 1.4%

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mayo 4, 2017

Ciudades biofílicas, ¿una utopía verde?

“Decir que los seres humanos somos parte de la naturaleza
es como decir que la naturaleza es parte de la naturaleza”
—Karl Marx

Especialmente en las ciudades, los habitantes nos esforzamos por vivir en un mundo cada vez más ordenado, aséptico, libre de gérmenes y alejados del salvajismo que representa la naturaleza. Jardines recortados a la perfección, geles antibacteriales y antibióticos cada vez más agresivos nos ayudan a tener controlada la naturaleza delimitando los dominios de nuestra especie. Sin embargo, aun en las ciudades más grises, existen elementos naturales a nuestro alrededor. Prestemos atención o no, están ahí, caminando bajo nuestros pies, abriéndose paso entre el pavimento, escondiéndose en nuestros cuerpos de agua, flotando el aire o volando sobre nuestras cabezas.

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Fotografía: Daniel Vázquez

 

En general, tenemos la idea de que la naturaleza es peligrosa y, por lo tanto, la única forma de convivir con ella es “domándola”. Esta idea bien puede estar relacionada con el amarillismo de algunos videos con títulos como: “cuando los animales atacan”. No obstante, el origen de este pensamiento es mucho más antiguo. Desde el inicio del sedentarismo, los seres humanos hemos modificado nuestro ambiente a modo que podamos cultivar nuestros alimentos y aislarnos de los peligros potenciales. Con el paso del tiempo, en la historia occidental, los griegos iniciaron la creación de las áreas verdes urbanas públicas, que fueron pensadas  para embellecer Atenas por medio de calles arboladas y bosques urbanos. La posterior incorporación de plazas con fuentes y árboles sugiere que estos sitios pasaron de tener una función meramente estética a una de relajamiento y meditación. Sin embargo, la urgencia por mantener jardines con arbustos recortados para tener ciertas formas y flores exóticas cultivadas se hizo popular entre la realeza europea y fue considerada símbolo de abundancia de recursos, poderío y control. Desde entonces, nuestra percepción de la estética se ha visto afectada por ideas políticas asociando el orden con ideas de derecha y el salvajismo con falta de control e ideas de izquierda (y en alguna época, hasta hippies).

Estas ideas han permeado en nuestro pensamiento, sea cual sea nuestra orientación política, y han contribuido a nuestro temor por el exterior, propiciando una desconexión con la naturaleza. Richard Louv, en su libro El último niño en los bosques se refiere a esto como “desorden de déficit de naturaleza” y alerta sobre cómo la falta de contacto de los niños de esta generación ha ocasionado su desinterés por el mundo natural. Al respecto, la Asociación Americana de Pediatría ha realizado estudios que demuestra la importancia que tiene para los niños jugar al aire libre para promover su salud física y mental, además de ser esencial para adquirir habilidades cognitivas, sociales y emocionales. La realización de estas actividades también es crucial en el reforzamiento del vínculo padre/madre-hijo.

Esta falta de actividades físicas han sido sustituidas por un estilo de vida sedentario, en el que los juegos de video y la televisión han suplido nuestras experiencias en el exterior. Recientes estudios han informado que los niños y adolescentes entre 8 y 18 años en Estados Unidos pasan alrededor de 8 horas y media haciendo uso de algún tipo de tecnología, llegando a reportar a algunos individuos que pasan más de 16 horas al día haciéndolo. No es de sorprender que estos últimos sean más propensos a expresar sentimientos de soledad, infelicidad y aburrimiento. Esto es especialmente preocupante en México, donde los niños rebasan esta tendencia, siendo, a nivel internacional, los que ven más televisión y también los más obesos del mundo.

Los adultos que crecimos con menos tecnología a nuestro alcance padecemos del mismo déficit al encerrarnos en nuestras oficinas, ejercitándonos en gimnasios y paseando por centros comerciales (vayamos a comprar o no). Al respecto, la organización inglesa MIND, especializada en salud mental comparó los efectos en el estado de ánimo de pasear en parques con un paseo en un centro comercial5, con resultados bastante fáciles de adivinar. En el caso de las personas que realizaron paseos por sitios naturales, 90% de los participantes reportó una mejoría en su autoestima, así como mejoras significativas en su estado de ánimo contrario a lo ocurrido en aquellos que pasearon por el centro comercial, en cuyo caso se reportó una disminución en la autoestima, así como aumento de estrés (autoreportado), depresión, ira y cansancio (Figura 1). 

Figura 1. Porcentaje de personas que mejoraron, quedaron igual o empeoraron al realizar una caminata en un centro comercial o en un parque (MIND, 2007)

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Inglaterra ha reconocido que tiene un grave problema de salud pública ya que al año se prescriben cerca de 27 millones de antidepresivos, con un costo de 338 millones de libras para presupuesto gubernamental de salud. Por eso, organizaciones como MIND han propuesto una agenda verde que incluye la ecoterapia, la cual no sólo es gratis, sino que no posee efectos secundarios negativos. Es así como en este país se han implementado campañas promoviendo retos que inviten a sus habitantes a vivir “experiencias salvajes” (refiriéndose a la visita del campo) todos los días durante 1 mes, subiendo sus fotografías a las redes sociales y retando a sus amigos. Al respecto, recientemente escuche a Tim Beatley (arquitecto paisajista y autor del libro que en el que se basa este artículo), afirmar: “La presencia de naturaleza en nuestras vidas no es opcional, es esencial. De la misma forma que podemos contar los minutos que pasamos bajo el agua, debemos contar nuestra separación de la naturaleza”.

Estudios han ligado el contacto de la naturaleza con actitudes altruistas y de generosidad, lo que podría ser producto de la comprensión del sistema del que formamos parte, agregando a nuestra personalidad mayor sensibilidad y humanismo.

¿Cómo es posible que el ambiente tenga efectos tan dramáticos en los seres humanos? Para responder esa pregunta tenemos que empezar por reconocer naturaleza orgánica, mamífera y mortal, entendiendo que somos el producto de miles de años de evolución en contacto con otros organismos. En cambio, el plástico, las máquinas y la tecnología llevan menos del 1% de nuestra historia evolutiva conviviendo con nosotros.

Estamos tan necesitados de naturaleza alrededor que hemos intentado sustituirla a como dé lugar. Para relajarnos, a falta de pájaros, descargamos apps que reproducen sonidos como el canto de las aves, caídas de agua o viento; a falta de vistas por la ventana, admiramos protectores de pantalla con paisajes lejanos. Especialmente los habitantes de la Ciudad de México estamos acostumbrados a vivir 360 días entre paredes y salir los 5 días restantes a vacacionar, disfrutar y luego regresar al gris. Pero, ¿qué pasaría si pudiéramos convivir con la naturaleza en nuestros centros de trabajo o de camino a casa? ¿cómo cambiarían nuestra calidad de vida?

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En su libro “Ciudades biofílicas”, Beatley describe este modelo de urbes como “Una ciudad abundante con naturaleza, una ciudad que busca oportunidades para reparar y restaurar y creativamente, que inserta la naturaleza en todo lugar posible. Es una ciudad al aire libre, físicamente activa, donde los residentes pasan tiempo disfrutando de la magia biológica y la maravilla alrededor de ellos. En las ciudades biofílicas, los residentes se preocupan por la naturaleza local y global”. 

Con esto en mente, hoy más que nunca necesitamos ciudadanos biofílicos, dispuestos a convivir con los elementos naturales a su alrededor, conscientes de los beneficios que los ecosistemas nos otorgan, enamorados de la naturaleza, que comprendan que la conservación de las especies en muchas ocasiones requiere más del respeto por la naturaleza que de su rescate. No se trata de ir por el mundo abrazando árboles y defendiendo hasta al más pequeño de los insectos, sino de entender que somos parte del sistema y en la medida que lo destruyamos, nos destruimos nosotros mismos.

 

Cristina Ayala Azcárraga es estudiante de doctorado en el Posgrado de Ciencias de la Sostenibilidad de la UNAM y parte del Laboratorio de Restauración Ecológica de la misma universidad.


Referencias:

1. Prescott-Allen, R. The well-being of nations. IUCN —The World Conservation Union International Institute for Environment and Development Food and Agriculture Organization of the United Nations Map Maker Ltd UNEP World Conservation Monitoring Centre 40, (Island Press, 2001).

2. Ginsburg, K. R. The importance of play in promoting healthy child development and maintaining strong parent-child bonds. Pediatrics 119, 182–191 (2007).

3. Beatley, T. & London, W. C. Biophilic Cities: integrating nature into urban design and planning. (Island Press, 2011).

4. Rideout M.A., V. J., Foehr Ph.D., U. G. & Roberts Ph.D., D. F. Generation M2: Media in the Lives of 8 to 18 Year-Olds. Henry J. Kaiser Fam. Found. 1–79 (2010). doi:P0-446179799-1366925520306

5. Mind. Ecotherapy: the green agenda for mental health. 1–35 (2007). doi:10.2307/302397

Este texto es parte de una serie que discutirá las visiones utópicas y distópicas de las ciudades, como parte de la colaboración entre la Embajada de Francia, el Instituto Francés de América Latina, la Agencia Francesa de Desarrollo y Nexos para el festival ¿Mañana la ciudad? Festival franco mexicano de utopías urbanas.

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