Puedo hacerme invisible, escojo mi traje por la noche. Mi mirada se agudiza en la oscuridad y mi piel me señala cuando me acerco al peligro. La mía no es una rara especie de percepción extrasensorial. Mi invisibilidad y mi precognición no son superpoderes, y yo ninguna superheroína. Es únicamente el habitus de evaluar la violabilidad1 del espacio a mí alrededor, siempre, sobre todo en la noche, por si me matan. Quizás suene dramático, pero no se preocupen: hace mucho que hemos naturalizado las mujeres esta realidad. Camino en la noche evitando ponerme una falda, por si me matan, cruzo al otro lado de la banqueta si percibo a alguien detrás de mí, por si me matan, llamo a un taxi porque sí, son solo cinco minutos andando, ya es tarde, por si me matan…Porque sí nos matan.

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No podemos defender el Espacio Escultórico porque no sabemos bien qué es. Fundación UNAM, por ejemplo, se refiere a este recinto como el espacio que está “a un lado de la Biblioteca Nacional […] donde se encuentran dispersas, geométricamente, las esculturas creadas por los artistas involucrados1 en el proyecto”, e incluye, además, la plaza principal del Centro Cultural Universitario pues su acceso “queda señalado por una escultura de Rufino Tamayo que simboliza el aporte cultural de la Universidad”. En cambio, la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel (REPSA)2 afirma que el Espacio Escultórico es una zona de amortiguamiento “sujeta a uso restringido para protección ambiental cuya presencia permite reducir el efecto de los disturbios antropogénicos sobre las zonas núcleo”.

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