octubre 10, 2017

Los efectos de la norma de eficiencia energética cuatro años después

En 2013 el gobierno mexicano aprobó la norma de eficiencia energética para autos nuevos (NOM-163-SEMARNAT-ENER-SCFI-2013), que tiene como finalidad incrementar el rendimiento del combustible en vehículos nuevos de hasta 3.8 toneladas, es decir, vehículos de pasajeros y camionetas ligeras (no utilizadas para carga). Esta norma se aprobó con el fin de reducir las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) y cumplir con los acuerdos internacionales de cambio climático.

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Tal cual se aprecia en los mapas hidrográficos de la región, Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta conforman la esquina sudeste de la Ciudad de México. En conjunto, estas tres delegaciones tienen una superficie aproximada de 433 km2, cifra que constituye una tercera parte del territorio capitalino. En la franja superior del área que contemplan, una longilínea y otra más bien poliédrica, hay dos extensiones acuáticas que tuvieron una importancia inestimable en el desarrollo y la prosperidad de las civilizaciones precortesianas, y que en los últimos cuatrocientos años, a partir del siglo XVI y a causa de la poca adaptabilidad de las técnicas hidráulicas provenientes de la Península Ibérica,1 han protagonizado una carrera en apariencia irrefrenable hacia su propia desecación: al oeste, el lago de Xochimilco; al este, el de Chalco.

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Antes de las modificaciones perpetradas por naturales y extranjeros, que construyeron diques y albarradas según sus respectivos proyectos de urbanización, ambos estaban separados únicamente por la isla de Tláhuac y, a diferencia del lago de Texcoco, cuya localización se encuentra más al norte, se volvieron populares porque sus aguas no eran salobres, sino dulces. Durante muchos años los dos lograron satisfacer la sed de los vecinos y de los viajeros. En Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, el capitán Bernal Díaz del Castillo dice que, después de una exploración por el lago de Xochimilco, “uno de mis talxcaltecas me sacó de una casa un gran cántaro de agua, que así los hay grandes cántaros en aquella tierra, de que me harté yo y mis conmilitones”.2

Debido a la gran cantidad de sus afluentes (el lago de Xochimilco recibía aportaciones desde el cerro de Teutli y en el de Chalco desembocaban los ríos Acuautla, Tlalmanalco y Tenango), tanto el uno como el otro mantuvieron una considerable tendencia a los desbordamientos en el pasado. Las primeras obras de ingeniería que le hicieron frente al problema, lejos de solucionarlo, lo volvieron más severo: si bien es cierto que el dique de Nezahualcóyotl había trazado con éxito la separación de los lagos de Texcoco y de México, prolongando su resistente estructura de mampostería a través de más de dieciséis kilómetros, desde Atzacoalco hasta las faldas del cerro de la Estrella, el que dividía a los lagos de México y de Xochimilco, llamado de Mexicaltzingo, había represado tales concentraciones de agua a los costados que en el año de 1489, cuando el emperador Ahuizotl intentó darle algún uso a esas reservas, la ciudad sufrió una inundación sin precedentes. Francisco de Garay explica el fenómeno en los siguientes términos: “El nivel del agua comenzó a subir, y aumentó considerablemente el depósito del líquido en los vasos de Chalco y Xochimilco […] las aguas de los lagos fueron las que unidas al del ojo de Acuecuescatl bajaron como un torrente sobre la capital y la inundaron”.3

LAGO DE TEXCOCO, 1519

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Fuente: Wikimedia.

Las inundaciones eran provocadas por errores de planeación y, sobre todo, por lluvias que se consideraban fuera de lo ordinario. Al parecer, durante la administración del gobierno virreinal, hubo fuertes anegamientos en 1604 y luego, tres años más tarde, en 1607. El lago de Chalco, de mayor volumen que el de Xochimilco, era especialmente proclive a estas catástrofes. En Historia antigua de México y de su conquista, Francisco Javier Clavijero escribe: “En el lago [de Chalco] se reunían todas las aguas de las montañas vecinas; así que, cuando sobrevenían lluvias extraordinarias, el agua, saliendo del lecho del lago, inundaba la Ciudad de México […]”.4

Previo a la conquista, es difícil establecer con exactitud cuáles eran las profundidades de los lagos de Xochimilco y de Chalco. No obstante, con motivo de su ubicación, se sabe que éstas fueron las más hondas de toda la zona lacustre. De Garay expone que “[…] al pie de la Cordillera del Sur, donde se elevan los picos principales, el terreno está más deprimido en la parte correspondiente al fondo de los lagos de Xochimilco y de Chalco”.5

En los siglos XVI y XVII las empresas de desagüe se concentraron en el lago de Texcoco, puesto que como era más ancho y menos profundo que sus homólogos del sur, representaba un riesgo todavía mayor. En 1607 comenzó la construcción del tajo de Nochistongo, que llevó a cabo Enrico Martínez, después de una serie de altibajos profesionales y personales,6 quien ya había señalado las dificultades de la obra en Reportorio de los tiempos e historia natural de esta Nueva España: “El lago de Texcoco no mengua, pues siempre entran en él las aguas que solían entrar […] el suelo y la tierra a la redonda de él crecen, haciendo que se estreche y levante el vaso de él […]”.7 Respecto a los lagos de Chalco y de Xochimilco, éstos no fueron desecados al principio, sino solamente contenidos por los diques de Tláhuac y de Mexicaltzingo. En las orillas, sin embargo, hubo una labor de deforestación bastante considerable; las crónicas de la época indican que los colonizadores pretendían limpiar los alrededores en busca de dos objetivos: 1) fincar casas habitación y 2) aprovechar las tierras fértiles. Los procesos de evaporación se vieron alterados gradualmente y, ya que los árboles no protegían más al agua de las inclemencias de los rayos del sol, inició una lenta desecación cuyos resultados se volvieron observables en un período no mayor a cien años.

Alexander von Humboldt, en Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, la denuncia en este talante: “Los lagos de que abunda México, y cuya mayor parte parece se disminuye año en año, no son sino los restos de aquellos inmensos depósitos de agua que al parecer existieron en otro tiempo […]”.8 La desecación, aunque violenta en el norte y más natural en el sur, mantuvo las profundidades de los lagos del Valle de México con una cierta proporcionalidad aún en el siglo XIX, cuando se planteó el desagüe del lago de Chalco. En el texto citado, Von Humboldt afirma que “[…] el desagüe del lago de Chalco no será completo por tener en su centro algo de mayor profundidad que el de Texcoco”.9

Una vez lograda la independencia y zanjada la fase imperial, el gobierno republicano hizo énfasis en la necesidad de proteger a los habitantes del Valle de México de aquellos males recurrentes. Lucas Alamán, delante del Congreso General Constituyente de 1824, aseguró que, a fin de conseguir la desecación del lago de Texcoco, era preciso coadyuvar al tajo de Nochistongo con una vía de desagüe alterna: la de Huehuetoca. Por otra parte, mencionó que sería prudente propiciar la desecación de los lagos de manera directa. Los avances en estos proyectos fueron lentos por culpa del ambiente de inestabilidad política que vivía el país, y en 1846, tal cual figura en la Memoria histórica, técnica y administrativa de las obras del desagüe del Valle de México (1449-1900), redactada por los integrantes de la junta directiva de dicha comisión, “[…] la contienda norteamericana […] trajo la invasión del territorio y ocupación de la capital. Para defensa de ésta, se ordenó inundar los terrenos situados al oriente, y para obtenerlo se abrieron zanjas y sangrías por Mexicaltzingo, que vaciaron gran caudal de agua en las llanuras del Peñón”.10

PLANO DEL LAGO DE TEXCOCO, 1878

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Fuente: Cortesía de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, SAGARPA.

Todavía en la centuria decimonónica, las lluvias registradas en las décadas de los cincuenta y los sesenta provocaron otra vez importantes inundaciones. Entonces el gobierno federal ordenó la realización del desagüe directo de los lagos de Xochimilco y de Chalco. Francisco de Garay refiere que “[…] el lago de Xochimilco se extendía hasta el dique de Culhuacán, cubriendo sus aguas las fincas de la orilla con todos sus bordos. Ante todo, fue preciso proceder a aislar los vasos de las haciendas, levantando su bordo frente al lago, cincuenta centímetros, en una extensión de dos leguas […] Esta sección fue la primera que se desaguó, sangrando el dique bajo el puente de Culhuacán […]”.11

Los desagües directos surtieron efecto rápidamente y agudizaron el problema de la evaporación. En ambos lagos el nivel del agua descendió y la superficie se cubrió por una capa de hierba pantanosa. En Memoria para la carta hidrográfica del Valle de México, Manuel Orozco y Berra explica las consecuencias de este acontecimiento: “La capa de suelo flotante que se encuentra en los lagos de Chalco y Xochimilco, impiden la evaporación del agua; no se obtiene utilidad de ella; se puede calcular que ocupa en el primero una superficie de 5 leguas cuadradas y 2 en el segundo […]”.12

PLANO DEL LAGO DE TEXCOCO, 1906

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Fuente: Cortesía de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, SAGARPA.

El nivel de este par de lagos continuó disminuyendo de manera paulatina en el período finisecular; en opinión de Sigvald Linné, en 1861 “El fango de las laderas arrastrado por las aguas, los ha hecho menos profundos de lo que eran en tiempos prehispánicos”.13 A la postre, en el umbral del siglo XX, el ex presidente Porfirio Díaz incluyó en su agenda política, en el apartado de infraestructura, un estímulo especial para el desagüe efectivo del Valle de México. Más tarde, la modernización posrevolucionaria hizo que la mancha urbana creciera paso a paso en franco detrimento de los lagos de Xochimilco y de Chalco. Cerca de 1940, José Moreno Villa, el primer transterrado que llegó al país, escribió en Cornucopia de México que “La realidad es que hoy [los lagos del Valle de México] no pueden tocarse con el dedo sino en los mapas o preciosas cartas geográficas antiguas y en las páginas literarias de Bernal Díaz del Castillo”.14

En los últimos dos años y medio, a partir de diciembre de 2014, la aprobación del proyecto denominado “Nuevo Aeropuerto Internacional de las Ciudad de México, S. A. de C. V.” por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) en general, y por la Dirección General de Impacto y Riesgo Ambiental en particular, ha puesto en alerta a algunas organizaciones de la sociedad civil porque, según los entendidos en la materia, supone una amenaza de proporciones apocalípticas: el colapso del sistema hídrico del Valle de México, por exceso de consumo regular de agua —23.6 millones de metros cúbicos más cada año—, y la desecación casi absoluta del lago de Texcoco, por la acelerada expansión de la mancha urbana.15 Dicho proyecto es de largo plazo, pero su realización sin cambios sustanciales de planeación y estrategia representaría, en un horizonte hipotético, la destrucción definitiva de esas hermosas aguas interiores.

SITUACIÓN ACTUAL DE LOS LAGOS

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Fuente: Wikimedia.

 

Francisco Gallardo Negrete es licenciado en filosofía y maestro en literatura hispanoamericana por parte de la Universidad de Guanajuato (UG).


1 Es altamente probable que la poca adaptabilidad aludida se haya debido a las desemejanzas geográficas entre los paisajes americano y peninsular: mientras la Nueva España se hallaba en una cuenca, Castilla se encontraba en una llanura, y sus necesidades de desecación y abastecimiento de aguas eran, en consecuencia, profundamente diferentes.

2 Díaz del Castillo, Bernal (1632). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Madrid: Imprenta del Reyno, p. 133.

3 Garay, Francisco de (1888). El Valle de México: apuntes históricos sobre su hidrografía, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. México: Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, p. 16.

4 Clavijero, Francisco Javier (1884). Historia antigua de México y de su conquista. Trad. Joaquín de Mora. México: Imprenta de Lara, p. 2.

5 De Garay, El Valle de México…, op. cit., p. 8.

6 En apego a las versiones dadas por sus biógrafos, Martínez estuvo en prisión un par de años, acusado de actos de negligencia que supuestamente agravaron los estragos de la inundación de 1629, y, más aún, su plan de llevar el tajo de Nochistongo a cielo abierto encontró férreos detractores, impidiendo tal ejecución hasta después de su muerte.

7 Martínez, Enrico (1606). Reportorio de los tiempos e historia natural de esta Nueva España. México: Imprenta de Enrico Martínez, p. 186.

8 Humboldt, Alexander von (1827). Ensayo político sobre la Nueva España. Trad. Vicente González Arnao. París, Francia: Casa de Jules Renouard, p. 89.

9 Ibíd., p. 416.

10 Junta Directiva del Desagüe del Valle de México (1902). Memoria histórica, técnica y administrativa de las obras del desagüe del Valle de México (1449-1900), Vol. I. México: Tipografía de la Oficina Impresora de Estampillas de Palacio Nacional, p. 267.

11 De Garay, El Valle de México…, op. cit., p. 85.

12 Orozco y Berra, Manuel (1864). Memoria para la carta hidrográfica del Valle de México. México: Imprenta de A. Boix, p. 86.

13 Citado por Serra Puche, Mari Carmen (1988). Los recursos lacustres de la cuenca de México durante el Formativo. México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 22.

14 Moreno Villa, José (1992). Cornucopia de México. México: Fondo de Cultura Económica, p. 117.

15 Véase Córdova Tapia, Fernando, Straffon Díaz, Alejandra, Ortiz Haro, Gemma Abisay, Levy Gálvez, Karen, Arellano Aguilar, Omar, Ayala Azcárraga, Cristina, Zambrano González, Luis, Sánchez Ochoa, Daniel Joaquín y Acosta Sinencio, Shanty Daniela (2015). Análisis del resolutivo SGPA/DGIRA/DG/09965 del proyecto “Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, S. A. de C. V.” MIA-15EM2014V0044. México: Grupo de Análisis de Manifestaciones de Impacto Ambiental / Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad, p. 3. Recuperado de http://bit.ly/2sJ9aGU.

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“Mejorar la calidad del aire para prevenir problemas de salud en la población y conservar los ecosistemas” es sin duda un objetivo cuya legitimidad y necesidad se justifica en contextos en los cuales prevalece una deteriorada calidad del aire con importantes consecuencias en el bienestar físico, mental y económico de las personas. Es aún más urgente cuando se trata de contextos urbanos en donde caer enfermo a causa de enfermedades respiratorias genera un déficit productivo y una gran demanda de los servicios de salud, además del claro menoscabo en el ejercicio de derechos humanos relacionados con la calidad del aire.

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febrero 25, 2016

Tajamar: el derecho humano a un medio ambiente sano

Degradación, semidegradación y superdegradación urbana…

en esto se ha convertido la evolución de las ciudades.

Patrick Geddes

En las últimas semanas, difícilmente hemos podido evitar escuchar acerca de la situación vivida con el proyecto de Tajamar. Al respecto existen todo tipo de posturas. Por un lado están los que repudian la matanza de animales y la tala de árboles, considerando este proyecto como “ecocida”. Por otro lado, se encuentran las autoridades ambientales como la SEMARNAT y la PROFEPA, que, al igual que otras instancias gubernamentales como el FONATUR, han defendido el proyecto con argumentos que intentan ser pragmáticos. Por ejemplo, alegando a favor del desarrollo económico de la región así como al mal estado de conservación del sitio talado.

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Para comprender la magnitud social, ecológica, legal y política de la tala del manglar Tajamar en la ciudad de Cancún es necesario regresar en el tiempo al menos 11 años. En junio del 2005 la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) avaló una Manifestación de Impacto Ambiental para construir un complejo turístico que destruiría el manglar de Tajamar. En esa época muchos proyectos como éste se aprobaron para promover la urbanización de las costas a través de complejos turísticos. La Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad y el Instituto Nacional de Ecología (Ahora INECC) estudiaron este fenómeno y encontraron datos desalentadores: México está perdiendo sus manglares a tasas aceleradas. La pérdida es de tal magnitud que en 20 años se perdió el 10% de la cobertura y la tasa de deforestación anual desde 1975 puede llegar hasta 2.5%.

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