En junio de 2005, como respuesta al presunto aumento en la edad media de la población mundial, los geriatras Alexandre Kalache, de Brasil, y Louise Plouffe, de Canadá, formularon el concepto de “ciudades amigables con los mayores”.1 En opinión de ambos especialistas, una ciudad amigable con los mayores es aquélla que fomenta, con base en su infraestructura urbana y en sus dinámicas internas, un verdadero envejecimiento activo, es decir, un ejercicio pleno y seguro de las cualidades y de las aptitudes del ser humano durante la vejez. Por lo demás, la lista de criterios que sirven para determinar el grado de amistad o de hostilidad de una ciudad es extensa: ¿son las aceras suficientemente amplias para el tránsito peatonal a distintas velocidades y en diferentes direcciones?, ¿el número de bancas en la vía pública satisface las necesidades de los viandantes de más edad?, ¿hay pasamanos para bajar y subir escalones sin ningún riesgo?

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