Tal cual se aprecia en los mapas hidrográficos de la región, Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta conforman la esquina sudeste de la Ciudad de México. En conjunto, estas tres delegaciones tienen una superficie aproximada de 433 km2, cifra que constituye una tercera parte del territorio capitalino. En la franja superior del área que contemplan, una longilínea y otra más bien poliédrica, hay dos extensiones acuáticas que tuvieron una importancia inestimable en el desarrollo y la prosperidad de las civilizaciones precortesianas, y que en los últimos cuatrocientos años, a partir del siglo XVI y a causa de la poca adaptabilidad de las técnicas hidráulicas provenientes de la Península Ibérica,1 han protagonizado una carrera en apariencia irrefrenable hacia su propia desecación: al oeste, el lago de Xochimilco; al este, el de Chalco.

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Antes de las modificaciones perpetradas por naturales y extranjeros, que construyeron diques y albarradas según sus respectivos proyectos de urbanización, ambos estaban separados únicamente por la isla de Tláhuac y, a diferencia del lago de Texcoco, cuya localización se encuentra más al norte, se volvieron populares porque sus aguas no eran salobres, sino dulces. Durante muchos años los dos lograron satisfacer la sed de los vecinos y de los viajeros. En Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, el capitán Bernal Díaz del Castillo dice que, después de una exploración por el lago de Xochimilco, “uno de mis talxcaltecas me sacó de una casa un gran cántaro de agua, que así los hay grandes cántaros en aquella tierra, de que me harté yo y mis conmilitones”.2

Debido a la gran cantidad de sus afluentes (el lago de Xochimilco recibía aportaciones desde el cerro de Teutli y en el de Chalco desembocaban los ríos Acuautla, Tlalmanalco y Tenango), tanto el uno como el otro mantuvieron una considerable tendencia a los desbordamientos en el pasado. Las primeras obras de ingeniería que le hicieron frente al problema, lejos de solucionarlo, lo volvieron más severo: si bien es cierto que el dique de Nezahualcóyotl había trazado con éxito la separación de los lagos de Texcoco y de México, prolongando su resistente estructura de mampostería a través de más de dieciséis kilómetros, desde Atzacoalco hasta las faldas del cerro de la Estrella, el que dividía a los lagos de México y de Xochimilco, llamado de Mexicaltzingo, había represado tales concentraciones de agua a los costados que en el año de 1489, cuando el emperador Ahuizotl intentó darle algún uso a esas reservas, la ciudad sufrió una inundación sin precedentes. Francisco de Garay explica el fenómeno en los siguientes términos: “El nivel del agua comenzó a subir, y aumentó considerablemente el depósito del líquido en los vasos de Chalco y Xochimilco […] las aguas de los lagos fueron las que unidas al del ojo de Acuecuescatl bajaron como un torrente sobre la capital y la inundaron”.3

LAGO DE TEXCOCO, 1519

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Fuente: Wikimedia.

Las inundaciones eran provocadas por errores de planeación y, sobre todo, por lluvias que se consideraban fuera de lo ordinario. Al parecer, durante la administración del gobierno virreinal, hubo fuertes anegamientos en 1604 y luego, tres años más tarde, en 1607. El lago de Chalco, de mayor volumen que el de Xochimilco, era especialmente proclive a estas catástrofes. En Historia antigua de México y de su conquista, Francisco Javier Clavijero escribe: “En el lago [de Chalco] se reunían todas las aguas de las montañas vecinas; así que, cuando sobrevenían lluvias extraordinarias, el agua, saliendo del lecho del lago, inundaba la Ciudad de México […]”.4

Previo a la conquista, es difícil establecer con exactitud cuáles eran las profundidades de los lagos de Xochimilco y de Chalco. No obstante, con motivo de su ubicación, se sabe que éstas fueron las más hondas de toda la zona lacustre. De Garay expone que “[…] al pie de la Cordillera del Sur, donde se elevan los picos principales, el terreno está más deprimido en la parte correspondiente al fondo de los lagos de Xochimilco y de Chalco”.5

En los siglos XVI y XVII las empresas de desagüe se concentraron en el lago de Texcoco, puesto que como era más ancho y menos profundo que sus homólogos del sur, representaba un riesgo todavía mayor. En 1607 comenzó la construcción del tajo de Nochistongo, que llevó a cabo Enrico Martínez, después de una serie de altibajos profesionales y personales,6 quien ya había señalado las dificultades de la obra en Reportorio de los tiempos e historia natural de esta Nueva España: “El lago de Texcoco no mengua, pues siempre entran en él las aguas que solían entrar […] el suelo y la tierra a la redonda de él crecen, haciendo que se estreche y levante el vaso de él […]”.7 Respecto a los lagos de Chalco y de Xochimilco, éstos no fueron desecados al principio, sino solamente contenidos por los diques de Tláhuac y de Mexicaltzingo. En las orillas, sin embargo, hubo una labor de deforestación bastante considerable; las crónicas de la época indican que los colonizadores pretendían limpiar los alrededores en busca de dos objetivos: 1) fincar casas habitación y 2) aprovechar las tierras fértiles. Los procesos de evaporación se vieron alterados gradualmente y, ya que los árboles no protegían más al agua de las inclemencias de los rayos del sol, inició una lenta desecación cuyos resultados se volvieron observables en un período no mayor a cien años.

Alexander von Humboldt, en Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, la denuncia en este talante: “Los lagos de que abunda México, y cuya mayor parte parece se disminuye año en año, no son sino los restos de aquellos inmensos depósitos de agua que al parecer existieron en otro tiempo […]”.8 La desecación, aunque violenta en el norte y más natural en el sur, mantuvo las profundidades de los lagos del Valle de México con una cierta proporcionalidad aún en el siglo XIX, cuando se planteó el desagüe del lago de Chalco. En el texto citado, Von Humboldt afirma que “[…] el desagüe del lago de Chalco no será completo por tener en su centro algo de mayor profundidad que el de Texcoco”.9

Una vez lograda la independencia y zanjada la fase imperial, el gobierno republicano hizo énfasis en la necesidad de proteger a los habitantes del Valle de México de aquellos males recurrentes. Lucas Alamán, delante del Congreso General Constituyente de 1824, aseguró que, a fin de conseguir la desecación del lago de Texcoco, era preciso coadyuvar al tajo de Nochistongo con una vía de desagüe alterna: la de Huehuetoca. Por otra parte, mencionó que sería prudente propiciar la desecación de los lagos de manera directa. Los avances en estos proyectos fueron lentos por culpa del ambiente de inestabilidad política que vivía el país, y en 1846, tal cual figura en la Memoria histórica, técnica y administrativa de las obras del desagüe del Valle de México (1449-1900), redactada por los integrantes de la junta directiva de dicha comisión, “[…] la contienda norteamericana […] trajo la invasión del territorio y ocupación de la capital. Para defensa de ésta, se ordenó inundar los terrenos situados al oriente, y para obtenerlo se abrieron zanjas y sangrías por Mexicaltzingo, que vaciaron gran caudal de agua en las llanuras del Peñón”.10

PLANO DEL LAGO DE TEXCOCO, 1878

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Fuente: Cortesía de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, SAGARPA.

Todavía en la centuria decimonónica, las lluvias registradas en las décadas de los cincuenta y los sesenta provocaron otra vez importantes inundaciones. Entonces el gobierno federal ordenó la realización del desagüe directo de los lagos de Xochimilco y de Chalco. Francisco de Garay refiere que “[…] el lago de Xochimilco se extendía hasta el dique de Culhuacán, cubriendo sus aguas las fincas de la orilla con todos sus bordos. Ante todo, fue preciso proceder a aislar los vasos de las haciendas, levantando su bordo frente al lago, cincuenta centímetros, en una extensión de dos leguas […] Esta sección fue la primera que se desaguó, sangrando el dique bajo el puente de Culhuacán […]”.11

Los desagües directos surtieron efecto rápidamente y agudizaron el problema de la evaporación. En ambos lagos el nivel del agua descendió y la superficie se cubrió por una capa de hierba pantanosa. En Memoria para la carta hidrográfica del Valle de México, Manuel Orozco y Berra explica las consecuencias de este acontecimiento: “La capa de suelo flotante que se encuentra en los lagos de Chalco y Xochimilco, impiden la evaporación del agua; no se obtiene utilidad de ella; se puede calcular que ocupa en el primero una superficie de 5 leguas cuadradas y 2 en el segundo […]”.12

PLANO DEL LAGO DE TEXCOCO, 1906

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Fuente: Cortesía de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, SAGARPA.

El nivel de este par de lagos continuó disminuyendo de manera paulatina en el período finisecular; en opinión de Sigvald Linné, en 1861 “El fango de las laderas arrastrado por las aguas, los ha hecho menos profundos de lo que eran en tiempos prehispánicos”.13 A la postre, en el umbral del siglo XX, el ex presidente Porfirio Díaz incluyó en su agenda política, en el apartado de infraestructura, un estímulo especial para el desagüe efectivo del Valle de México. Más tarde, la modernización posrevolucionaria hizo que la mancha urbana creciera paso a paso en franco detrimento de los lagos de Xochimilco y de Chalco. Cerca de 1940, José Moreno Villa, el primer transterrado que llegó al país, escribió en Cornucopia de México que “La realidad es que hoy [los lagos del Valle de México] no pueden tocarse con el dedo sino en los mapas o preciosas cartas geográficas antiguas y en las páginas literarias de Bernal Díaz del Castillo”.14

En los últimos dos años y medio, a partir de diciembre de 2014, la aprobación del proyecto denominado “Nuevo Aeropuerto Internacional de las Ciudad de México, S. A. de C. V.” por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) en general, y por la Dirección General de Impacto y Riesgo Ambiental en particular, ha puesto en alerta a algunas organizaciones de la sociedad civil porque, según los entendidos en la materia, supone una amenaza de proporciones apocalípticas: el colapso del sistema hídrico del Valle de México, por exceso de consumo regular de agua —23.6 millones de metros cúbicos más cada año—, y la desecación casi absoluta del lago de Texcoco, por la acelerada expansión de la mancha urbana.15 Dicho proyecto es de largo plazo, pero su realización sin cambios sustanciales de planeación y estrategia representaría, en un horizonte hipotético, la destrucción definitiva de esas hermosas aguas interiores.

SITUACIÓN ACTUAL DE LOS LAGOS

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Fuente: Wikimedia.

 

Francisco Gallardo Negrete es licenciado en filosofía y maestro en literatura hispanoamericana por parte de la Universidad de Guanajuato (UG).


1 Es altamente probable que la poca adaptabilidad aludida se haya debido a las desemejanzas geográficas entre los paisajes americano y peninsular: mientras la Nueva España se hallaba en una cuenca, Castilla se encontraba en una llanura, y sus necesidades de desecación y abastecimiento de aguas eran, en consecuencia, profundamente diferentes.

2 Díaz del Castillo, Bernal (1632). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Madrid: Imprenta del Reyno, p. 133.

3 Garay, Francisco de (1888). El Valle de México: apuntes históricos sobre su hidrografía, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. México: Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, p. 16.

4 Clavijero, Francisco Javier (1884). Historia antigua de México y de su conquista. Trad. Joaquín de Mora. México: Imprenta de Lara, p. 2.

5 De Garay, El Valle de México…, op. cit., p. 8.

6 En apego a las versiones dadas por sus biógrafos, Martínez estuvo en prisión un par de años, acusado de actos de negligencia que supuestamente agravaron los estragos de la inundación de 1629, y, más aún, su plan de llevar el tajo de Nochistongo a cielo abierto encontró férreos detractores, impidiendo tal ejecución hasta después de su muerte.

7 Martínez, Enrico (1606). Reportorio de los tiempos e historia natural de esta Nueva España. México: Imprenta de Enrico Martínez, p. 186.

8 Humboldt, Alexander von (1827). Ensayo político sobre la Nueva España. Trad. Vicente González Arnao. París, Francia: Casa de Jules Renouard, p. 89.

9 Ibíd., p. 416.

10 Junta Directiva del Desagüe del Valle de México (1902). Memoria histórica, técnica y administrativa de las obras del desagüe del Valle de México (1449-1900), Vol. I. México: Tipografía de la Oficina Impresora de Estampillas de Palacio Nacional, p. 267.

11 De Garay, El Valle de México…, op. cit., p. 85.

12 Orozco y Berra, Manuel (1864). Memoria para la carta hidrográfica del Valle de México. México: Imprenta de A. Boix, p. 86.

13 Citado por Serra Puche, Mari Carmen (1988). Los recursos lacustres de la cuenca de México durante el Formativo. México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 22.

14 Moreno Villa, José (1992). Cornucopia de México. México: Fondo de Cultura Económica, p. 117.

15 Véase Córdova Tapia, Fernando, Straffon Díaz, Alejandra, Ortiz Haro, Gemma Abisay, Levy Gálvez, Karen, Arellano Aguilar, Omar, Ayala Azcárraga, Cristina, Zambrano González, Luis, Sánchez Ochoa, Daniel Joaquín y Acosta Sinencio, Shanty Daniela (2015). Análisis del resolutivo SGPA/DGIRA/DG/09965 del proyecto “Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, S. A. de C. V.” MIA-15EM2014V0044. México: Grupo de Análisis de Manifestaciones de Impacto Ambiental / Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad, p. 3. Recuperado de http://bit.ly/2sJ9aGU.

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febrero 2, 2017

Construir por construir

(Obras no siempre son amores)

Históricamente, las escuelas de ingeniería en México han formado excelentes profesionistas en el manejo del agua, capaces de resolver cualquier problema técnico en situaciones críticas. Desde la construcción del Tajo de Nochistongo la ingeniería mexicana se ha destacado por encontrar soluciones a problemas hídricos muy complicados; como desaguar los cinco lagos que ocupaba este gran valle, o importar 20 metros cúbicos por segundo del Lerma y Cutzamala cruzando montañas, sierras y valles.1

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enero 31, 2017

La grieta de Xochimilco

La Ciudad de México tiene una demanda de agua de 77m3/s para uso primario (preparación de alimentos, consumo directo, aseo personal y ceremonias culturales, religiosas y rituales). Si tenemos en cuenta que el 27% de esa agua se importa de otros sistemas (6% Lerma y 21% Cutzamala) y que el 2% proviene de manantiales y agua superficial, encontramos que el 71% de la demanda de agua de la ciudad se cubre con pozos de extracción directa del acuífero intermedio.
1 
El cubrir dicho porcentaje de la demanda provoca una sobreexplotación del acuífero, ya que según la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) se extraen de él 228.338 Mm3/año más de los que se infiltran.2 

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Hace algunos años, el ahora constituyente Augusto Gómez Villanueva promovió un proyecto que se llamaba “Xochimilco florido”, que buscaba hacer negocio especulando con las tierras chinamperas. Quería incluir hoteles, campos de golf, un parque de diversiones y también un acuario gigantesco. Todo con miras a “rescatar económicamente” la zona. El supuesto era que los chinamperos “no pueden solos” y tenían que venir los inversionistas a rescatar la región. Esta lógica se repitió en el del Nevado de Toluca, que podría derivar en el permiso de tala de un 30% de su bosques. Conocí el proyecto de “Xochimilco florido” porque se le pidió a la UNAM que lo valorara. En un estudio multidisciplinario enumeramos problemas de todo tipo, desde la calidad y falta de agua, pasando por el peso de los tanques del acuario hasta problemas de movilidad. Desde el estudio sugerimos alternativas menos agresivas con el ambiente y de menos densidad. Por supuesto que no nos volvieron a buscar.

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