Los sistemas de infraestructura soportan la vida urbana hasta en sus facetas más cotidianas. Actos mundanos como bañarse, cocinar o disponer de basura son posibles por la acción de complejos ensamblajes de objetos: tuberías, cables, caminos, herramientas y trabajadores mantienen a cualquier ciudad andando, en un proceso de constante mantenimiento, necesario para la supervivencia y reproducción de la urbe. A menudo, estos objetos y los procesos de reparación no reciben demasiada atención. Es cuando una ruptura ocurre que se vuelven visibles; la disrupción del funcionamiento les convierte en objeto de atención (Star, 1999; Graham & Thrift, 2007).

Los recientes temblores en la Ciudad de México han sido uno de esos eventos, especialmente el del 19 de septiembre de este año. Éste irrumpió no sólo agrietando la vida cotidiana de los habitantes de la urbe, ya fuera en sus viviendas, sus espacios de trabajo y esparcimiento, o sus formas de experimentar la ciudad. También dejó al descubierto la fragilidad y la presencia totalizante, siempre diferenciada, de los sistemas infraestructurales capitalinos y sus formas de ser construidos. Los terremotos han mostrado, de manera clara, que las redes de objetos y procesos materiales que mantienen la ciudad a flote son profundamente políticos (Winner, 1980) y también esenciales para su existencia y la de sus habitantes. Al mismo tiempo, es posible observar cómo la vida que permiten es una basada en la desigualdad; la crisis en la infraestructura muestra que, aunque la debilidad sea algo común al sistema, su distribución reafirma patrones históricos, espaciales y sociales, de inequidad.

La corrupción como técnica constructiva y como estrategia de acumulación en el espacio urbano

Los días que siguieron al 19s fueron marcados por varios procesos interrelacionados. Los habitantes de la Ciudad de México se volcaron a las calles; organizaron labores de rescate y remoción de escombros, y se convirtieron en los principales proveedores de ayuda material para brigadistas y damnificados. En sus labores la fragilidad de los edificios se volvió cada vez más evidente. Numerosos inmuebles habían sido construidos sin apegarse a las normas vigentes en la ciudad: columnas débiles, helipuertos ilegales, fábricas erigidas sin ninguna consideración por la vida humana y muchas situaciones más.

En los días siguientes, periodistas en diversos medios documentaron las prácticas de corrupción que estaban ligadas al colapso total o parcial de muchos edificios capitalinos. La colusión entre autoridades de la ciudad, las delegaciones, profesionistas y capitalistas está detrás de la muerte de decenas de personas a causa del terremoto del 19s y de que muchos cientos sean damnificados hoy. Estas redes de complicidad, orientadas en torno a la función de la corrupción como forma de acumulación y ganancia, dan pie a la otra forma en la que la corrupción se materializa: como una técnica de construcción.

Los daños estructurales que numerosos edificios sufrieron no ocurrieron en el vacío. Muchos de ellos no habían sido inspeccionados con suficiente regularidad. Las reparaciones requeridas para mantenerlos preparados ante sismos no se dieron. Aquí también la corrupción se vuelve un modo de producir el espacio urbano o, con más precisión, de no mantenerlo ni repararlo. Las infraestructuras urbanas requieren de una constante labor de reparación y mantenimiento (Denis & Pontille, 2015). Ésta, en el caso del 19s, había sido olvidada por la negligencia de autoridades y propietarios, en quienes debería recaer la responsabilidad de mantener la integridad estructural de inmuebles e infraestructuras.

La corrupción produce objetos urbanísticos y técnicos específicos. En el caso de la Ciudad de México, algunos de estos son edificios que exceden la altura máxima permitida; que utilizan materiales inadecuados; que son construidos utilizando técnicas que no proveen de estabilidad suficiente a las edificaciones, y que no se adhieren a ninguna norma vigente de construcción. También se observa en la falta de mantenimiento de los inmuebles de la ciudad. Este modo de existencia de la corrupción como técnica de construcción no está separado del que tiene como vehículo de acumulación. El espacio se produce frágil con el objetivo de que las ganancias de desarrolladores, capitalistas, funcionarios públicos y otros continúen creciendo. La precariedad de la construcción del espacio funciona como una estrategia para incrementar la tasa de ganancia de las inversiones que guían la producción de la Ciudad de México.

Esta doble existencia de la corrupción ha estado presente en la ciudad desde hace tiempo; no es novedosa para nadie. Sin embargo, el estado de normalidad previo al 19s le mantenía, hasta cierto punto, oculta. Aquí el desastre hace visible la condición en la cual los inmuebles, como infraestructura de vida, existen. Dicho de una manera más concreta: la explotación en la fábrica de Chimalpopoca y Bolívar no era nueva, pero el colapso del edificio y la muerte de decenas de obreras, trabajo vivo que estaba oculto ahí, la visibilizó. Situaciones análogas existen en otros colapsos en la ciudad, donde la vulnerabilidad y desigualdad estaba ya presente como parte de la normalidad en la urbe.

Infraestructuras de la desigualdad

Los sismos que han ocurrido no sólo en la ciudad han puesto frente a nuestros ojos la materialidad de la desigualdad que es condición definitoria de México como entidad política y territorial. En Oaxaca, por ejemplo, el colapso de ya de por sí precarias casas ha visibilizado largos procesos de marginación y pobreza que han caracterizado la vida y muerte de quienes habitan (o habitaban) esos espacios, al tiempo que les ha profundizado (y posiblemente dado origen a nuevos procesos). En ese caso, se podría decir que la infraestructura es causa de doble vulnerabilidad. Por un lado, es condición de marginalidad en tanto existe precariamente como resultado de la paradójica mezcla de abandono y explotación que el estado y capital ejercen sobre el territorio y sus habitantes. Por otro, es fuente de nuevas marginaciones y desplazamientos al colapsar, literalmente, llevándose consigo las usualmente pocas pertenencias que daban mínima seguridad a quienes habitaban esas viviendas.

En la Ciudad de México, el caso del agua es un ejemplo de cómo la infraestructura es productora de diversas desigualdades y de cómo su colapso agudiza esas condiciones de existencia. En las delegaciones sur-orientales de la capital –Iztapalapa, Tláhuac y Xochimilco– el desabasto de agua ha sido estructural. Por décadas estas zonas, hogar de obreros y campesinos capitalinos, han sido espacios donde el desabasto de agua es norma. En Xochimilco, además, la explotación de los mantos acuíferos ha sido fuente de transformaciones en los usos del espacio y en la estabilidad de la tierra misma. Ésta última característica, por supuesto, es compartida por una ciudad que fue erigida sobre antiguos lagos, y en la cual la sobreexplotación de acuíferos es alarmante y ubicua. Hoy, estas zonas son espacios en los cuales el abasto a través de pipas es objeto contencioso, centro de políticas cada vez más directas que son resultado no sólo de la agudización de un problema hídrico como causa de la crisis actual, sino de su historicidad.

Aquí también la cuestión del mantenimiento se hace presente. La red hidráulica de la Ciudad de México es en ocasiones muy vieja. Mis propias investigaciones en el Sistema de Aguas capitalino me han indicado que algunas redes tienen más de 100 años operando, sólo con cambios mínimos. Al mismo tiempo, el presupuesto del Sistema de Aguas ha sido objeto de enormes recortes en el último año. La infraestructura hídrica de la ciudad, que pierde entre el 30% y el 40% del agua potable en fugas, no está preparada para soportar eventos como el sismo del 19s. La labor de mantenimiento de este tipo de infraestructuras debiera ser una tarea central para el estado. En lugar de ello, los recortes, la falta de materiales, los bajos salarios y el desinterés son las constantes en este proceso.

La ruptura de las tuberías, el colapso de edificios habitacionales, fábricas y otras fracturas provocadas por el sismo del 19s, muestran la fragilidad de los arreglos materiales –políticos, sociales, económicos y ecológicos– con los que la Ciudad de México se ha construido; estos acuerdos incluyen el proceso mismo de mantener y reparar las infraestructuras de la ciudad. El sismo ha sido también una exposición de las largas historias de desigualdad, marginación, vulnerabilidad y explotación que son parte de la sustancia de la cual la ciudad está hecha. Muchas de estas eran ya conocidas, pero su existencia se daba como algo normal. En los días siguientes al 19s, esa normalidad quedó suspendida. Una labor política para el futuro puede ser continuar suspendiéndola, cuestionándola y construyendo, material y simbólicamente, nuevas formas de hacer y habitar la ciudad.

La labor de producir espacios distintos, sean o no urbanos, es una que también implica la producción de nuevos arreglos sociomateriales. Los que hoy rigen la Ciudad de México han mostrado, en su fragilidad, su rol como productores de marginaciones y desigualdades que debieran ser intolerables. Volver a la normalidad que era, por ejemplo, la explotación de las trabajadoras de Chimalpopoca y Bolívar, no puede ser una opción para el futuro. Continuar produciendo una ciudad a través de la corrupción, como técnica constructiva y como estrategia de acumulación, es asegurarnos que sus desigualdades y vulnerabilidades continúen existiendo. Sin embargo, finalizar con la corrupción no parece suficiente. La idea misma de que la ciudad debe ser hecha para acumular puede y debe ser cuestionada. Este cuestionamiento puede ser fuente no sólo de críticas sociales, económicas y políticas, sino una base para pensar nuevas formas de construir las infraestructuras que soportan la vida y así reimaginar la vida misma.

Alejandro De Coss es maestro en Sociología por la London School of Economics, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina.


Referencias

Denis, J., & Pontille, D. (2015). Material Ordering and the Care of Things. Science, Technology & Human Values, 338-367.

Graham, S., & Thrift, N. (2007). Out of Order: Understanding Repair and Maintenance. Theory, Culture & Society, 1-25.

Star, S. L. (1999). The Ethnography of Infraestructure. American Behavioral Scientist, 377-391.

Winner, L. (1980). Do Artifacts Have Politics? Daedalus, 121-136.