A la altura del kilómetro 14.5 de la carretera México-Toluca hay una extraña puerta que dice: “Bienvenidos a la Cooperativa Palo Alto”. Bajo este arco, entramos por un callejoncito y se abre un pequeño mundo hecho de casas coloradas, de niños jugando en las calles, de señoras tejiendo juntas. Un pueblito rodeado por enormes rascacielos y residencia de lujos, como Torre Arcos Bosques I, el enorme edificio conocido como El Pantalón, entre otros. De facto, estamos ubicados en el corazón de Santa Fe, una zona de corporativos de empresas globales.

En este pedazo de tierra —alrededor de 50 mil metros cuadrados— habitados por más o menos 1,500 personas y donde hay unas 325 viviendas, donde aún existe un horizonte utópico que se encarna en el intento de meter en práctica lo que el filósofo alemán Theodor Adorno podría definir como “el ejercicio de la vida buena”, o sea una vida ética, guiada por la búsqueda de la acción moral y de una justicia colectiva.


Img. Cooperativa Palo Alto, ph. Livia Radwanski, Biennale di Venezia, 2016.

Los primeros habitantes de la colonia eran mineros, y aún Santa Fe no era el megaproyecto de lujo que todos conocemos. Eran los años 30, y esta era zona de minas de arena y de rellenos de basura. Muchos campesinos —en su mayoría michoacanos— llegaron para trabajar ahí. Después de casi cuatro décadas de una labor desgastante, se vieron súbitamente desempleados y amenazados con ser desalojados de sus hogares debido a que el dueño del terreno, Efrén Ledesma, decidió cerrar las minas para vender el precioso suelo a especuladores inmobiliarios. “En 1969 el dueño del terreno cerró las minas esperando venderlo a los nuevos vecinos de clase alta de Bosques de las Lomas”, cuenta Enrique Ortiz, el arquitecto miembro de Habitat International Coalition de América Latina (HIC-AL), que ha acompañado el proceso de la Cooperativa desde sus orígenes.

Corría el año de 1973 cuando las familias emprendieron una lucha en contra del desalojo, y decidieron enfrentarse a la violencia de los granaderos. La toma de la tierra logró el efecto esperado, los vecinos ganaron la posesión del lugar y, para garantizar su permanencia, eligieron establecerse como una cooperativa, es decir, que el territorio fuera de propiedad colectiva. Han pasado más de 40 años, y desde este entonces cada quince días la comunidad se reúne en forma asamblearia para gestionar la vida de la Cooperativa. Su forma de ejercitar la “buena vida”, de su acción moral y justicia colectiva.


Ilustración: Patricio Betteo

Así, Palo Alto parece ser la respuesta viva a la pregunta ¿cómo poder vivir una vida “buena” en un contexto dominado por la desigualdad y la precariedad, y el miedo a la desaparición, tal cual es el México de hoy. Pero no son todas rosas y flores. La comunidad sigue siendo amenazada por el neoliberalismo cotidiano, y sus vecinos continuamente precarizados por las mismas instituciones.

Hace algunos días el salón comunitario estaba lleno, muchos afuera tendiendo las orejas para poder escuchar. “La situación es grave. Nos hemos percatado a través de un anuncio en internet que el terreno de la Cooperativa estaba en venta”, dice L., abogado y habitante de Palo Alto. “De inmediato hemos puesto una demanda. El día después el anuncio ya no estaba vigente. Lo que sí, es grave, es la estrategia del miedo que están utilizando. Esta inmobiliaria fantasma que puso en venta el terreno de la Cooperativa es únicamente una táctica para dividirnos internamente”.

Anuncio de venta del terreno de Cooperativa Palo Alto

Fuente: Imagen tomada del portal Inmuebles24.

Los intereses alrededor de este lugar son infinitos. Por años los corporativos han intentado comprar el terreno de la Cooperativa, pero se protege con un candado: la propiedad colectiva. Ahora, justo en la otra orilla respecto a “El Pantalón”, en la carretera México Toluca 1535, están construyendo un nuevo megaproyecto: Agwa Bosques, impulsado por la Desarrolladora del Parque, que combina departamentos de lujos, un deportivo propio, junto con oficinas corporativas. Dos torres de departamentos de 45 pisos, un edificio de oficinas de 25 pisos y ocho niveles subterráneos de estacionamiento, más alto y denso que su vecino “El Pantalón”. Más de 668 departamentos, que superan de 6.5 millones de pesos por unidad, y que duplican el número de viviendas de la misma Cooperativa.

Desarrollo Agwa Bosque, al fondo Torre Arcos Bosques I, y en medio la cooperativa Palo Alto

Fuente: Skyscrapercity.

“Ingenieros y técnicos nos avisaron sobre los riesgos que nos va a proporcionar un vecino de tal magnitud. Problemas de viabilidad, de abastecimiento de agua, de derrumbe del terreno, hasta de luz por los vecinos de la Cooperativa que viven justo al límite con la nueva construcción”, declara V., que hace parte del Comité que está tratando la cuestión. “Hemos pedido varias veces instancias a las instituciones. Nunca hemos sido recibidos”, continua. De la misma forma, por semanas he intentado hablar con alguien del directivo del proyecto Agwa Bosques, finalmente, después de muchos tentativos y llamadas desatendidas he abandonado la esperanza.

Palo Alto sigue organizándose y reivindicando su modelo de “buena vida”, continuamente puesto en peligro por la cercanía con la especulación inmobiliaria salvaje, fruto de la lógica de la ciudad neoliberal. “Están ejerciendo derechos, asegurando la permanencia de las generaciones futuras que muy probablemente no tendrían otra forma de acceder a una vivienda digna, cuentan con espacios y momentos en los que hacen comunidad. De alguna manera la justicia colectiva es una realidad en Palo Alto” dice Maria Silvia Emanuelli de HIC-AL.

No sabemos cuál es el futuro impacto futuro de Agwa Bosques, lo que sí sabemos es que, al pisar este terreno comunitario es posible experimentar las bases de la existencia en sociedad: la única que merece la pena vivir, por lo menos según Adorno. 

Virigina Negro estudió comunicación en las Universidades de Boloña y París, ha vivido e investigado en España, Polonia, Argentina y México. Actualmente es doctorante en la UNAM en donde investiga sobre movimientos sociales y empoderamiento de mujeres en contextos políticos informales y urbanos.


1 Una torre contará con 455 unidades y la otro con 213 unidades.