La historia de Occidente sugiere que la indigencia, la carencia de morada y el consecuente modo de vida errático, son resultado, en parte, de los grandes procesos de urbanización, de la construcción de las ciudades. En la Antigüedad clásica, el plano cuadrangular de la polis griega dio a luz a Diógenes de Sínope, el viejo sabio que vivía en un barril, rodeado por una jauría de perros, que rechazó abiertamente la caridad de Alejandro III de Macedonia y que, según el biógrafo Diógenes Laercio, estaba acostumbrado a decir que “habían caído sobre él todas las imprecaciones de las tragedias, pues no tenía casa, era pobre y su vida era efímera”.1 Posteriormente, en la Baja Edad Media, el plano de las urbes italianas favoreció la aparición de San Francisco de Asís, Il poverello (El pobrecillo), y de sus seguidores, los autodenominados “Hermanos menores”, una orden mendicante que, de acuerdo con la Leyenda Mayor de San Buenaventura, tenía en alta estima el valor de la limosna.2

Ahora bien, a partir del siglo XVI, en el contexto de la Modernidad, la indigencia comenzó a ser vista como un fenómeno social que debía ser desplazado de su núcleo embrionario, allende las fronteras de la misma urbanidad que, paradójicamente, le había dado origen. En Historia de la locura en la época clásica I, Michel Foucault afirma que los indigentes germinaron como hongos en los recovecos de la ciudad moderna, que sustituyeron, en el puesto de problema hegemónico de la salud pública europea, a los leprosos y a los pacientes de enfermedades venéreas. De acuerdo con el filósofo francés, a fin de disminuir el número de indigentes, las monarquías absolutas pusieron en marcha el proyecto de la Stultifera Navis o, en apego a la más elemental de las traducciones, de la nave de los locos. Esta curiosa embarcación iba de puerto en puerto, recogía a un puñado de indigentes y, por último, los abandonaba a su suerte en la inmensidad de altamar.3

En España, los indigentes eran multitud y, en consecuencia, los esfuerzos por desterrarlos no se hicieron esperar. El humanista Juan Luis Vives, en Tratado del socorro de los pobres, asevera que “un grande y verdadero honor de cualquier ciudad [es que no haya en] ella mendigo alguno”.4 Pese a las nuevas políticas públicas que intentaban combatirlo, este problema no amainó; por el contrario, creció en magnitud, se volvió en suma evidente e incluso la literatura ibérica puso sus ojos en él, creando un género narrativo donde los indigentes figuraban, ni más ni menos, en calidad de protagonistas: la novela picaresca. El Lazarillo de Tormes, de autor anónimo; Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán; e Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, de Francisco de Quevedo, son muestras claras del género aludido.

La indigencia, por supuesto, no demoró en atravesar el Atlántico y, alrededor de las centurias XVI y XVII, aparecieron sus primeros representantes en la capital de la Nueva España. El abrupto y vertiginoso trasplante de la ciudad europea a este hemisferio dejó atrapadas, en el interior de sus límites, a muchas personas que no contaban con los recursos necesarios para la subsistencia y que, debido a la implementación de las nuevas dinámicas sociales y económicas, no pudieron más que resignarse a una existencia ambulante por las calles recién trazadas.5

El orden social novohispano, tal cual han señalado diversos historiadores, era eminentemente clasista y por eso, no conforme con las distinciones impuestas por la denominada “sociedad de castas”, demandaba la división explícita de los españoles peninsulares del resto de la población por motivos financieros. El mejor método para acentuar dicha separación era, claro está, distribuir desigualmente las riquezas: por un lado, los ibéricos y los criollos gozaban del lujo y de la ostentación; por otro, los mulatos, los indígenas y también los mestizos, sufrían la pobreza y la miseria.6

A finales del siglo XVIII, según cifras ofrecidas por el historiador José María Luis Mora, en la Ciudad de México había cerca de 800,000 familias, 505,000 de las cuales padecían, en mayor o menor medida, las crueldades de la indigencia.7 En efecto, eran pocos los individuos, en su opinión, quizá sólo la “quinta parte”, los que podían andar “calzados y vestidos, y [que] se alimentaban mejor que los demás”.8 La tendencia continuó sin obstáculos de ningún tipo y más tarde, en el siglo XIX, el gobierno capitalino instituyó, a fin de ponerle un alto, el Tribunal de Vagos de la Ciudad de México. Este organismo, que tenía propósitos de corrección y enmienda, removía a los indigentes de la vía pública y trataba de reinsertarlos, de un modo u otro, a la vida productiva.10

La expansión de la ciudad, fruto del proyecto modernizador posrevolucionario, creó cinturones de miseria que ya eran muy visibles en las décadas de los cuarenta y de los cincuenta. La película Los olvidados, del cinematógrafo aragonés Luis Buñuel, es una obra que ofrece un fiel testimonio de esta calamidad. “Los olvidados”, Pedrito, El Jaibo, Ojitos, Julián, representan una clase social que está vigente en la Ciudad de México, que es víctima de un cierto tipo de indigencia y que se caracteriza, en el fondo, por una situación económica precaria aunque no necesariamente por la carencia de un domicilio.

También está el grupo de los indigentes que, según Gustavo Ogarrio, cronista de la Ciudad de México, merecen el nombre de “los estropeados”. Éstos padecen problemas adicionales a la pobreza y por eso mismo, aunque están presentes en la vía pública, parecen haber roto cualquier vínculo social con las personas que pasan a su alrededor; más que a los personajes de la cinta de Buñuel, se asemejan al mítico Moñigueso, protagonista del cuento homónimo del escritor cubano Onelio Jorge Cardoso, que únicamente llama la atención de sus conciudadanos cuando propicia una tragedia.11 La gente no los mira. La policía no los detiene. Son, debido a su presunta “inconsistencia”, los fantasmas de la urbe.12

Tal cual indica la Comisión Nacional de los Derechos Humanos [CNDH], en su informe especial Situación de los Derechos Humanos de las poblaciones callejeras en el Distrito Federal (2012-2013), la indigencia ha sido, tradicionalmente, un motivo de discriminación y de exclusión social.13 “Los olvidados” y “los estropeados” no escapan a esta regla, pero los segundos lidian más a menudo con ella por motivos estadísticos. Hoy día en la Ciudad de México sólo el 28% de los casos de indigencia se deben a cuestiones económicas; los demás, que constituyen el 72% restante, no son imputables a una dramática crisis monetaria, sino a “problemas familiares, adicciones y problemas de salud física o mental”.14

En apego con los Resultados preliminares del censo de población callejera 2017, un documento elaborado por el Instituto de Asistencia e Integración Social [IASIS], hay, por lo menos, 100 puntos de alta concentración de indigentes (con más de cinco miembros) distribuidos por la metrópoli.15 Ya sea que hayan nacido en ella o bien que hayan caído en ella, a estas personas no se les combate más; ahora sólo se les cuenta, se les pasa lista. Su integración, sobre todo en el centro histórico de la Ciudad de México, está bastante consolidada; “objetos” de las indiferencias civil y gubernamental, son parte de la urbe. Esto no quiere decir, conviene recordarlo, que la conciencia social en México haya venido a más. Por el contrario, lo que ha aumentado es la despreocupación colectiva, la resignación social ante la falta de condiciones dignas para vivir. En la Ciudad de México, la abierta aceptación de la indigencia, de “los olvidados” o de “los estropeados”, se debe más a una derrota de tipo humano que a una victoria de índole espiritual.

Francisco Gallardo Negrete es escritor y doctorando en Teoría Literaria en la Universidad Autónoma Metropolitana. Su más reciente libro es Andar de espaldas.


1 Laercio, Diógenes (1792). Vidas, sentencias y opiniones de los filósofos más ilustres, Tomo II, Libro VI. Trad. Josef Ortiz y Sanz. Madrid, España: Imprenta Real, p. 22.

2 San Buenaventura refiere que el propio San Francisco, “depuesta toda vergüenza por amor al pobre crucificado, pedía limosna a aquellos entre los que antes vivía en la abundancia y arrimaba al peso de las piedras los hombros de su débil cuerpo, extenuado por los ayunos”. Buenaventura, San (1998). “Leyenda Mayor de San Francisco”, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época (7ª Ed.). Trad. Jesús Larrínaga. Madrid, España: Biblioteca de Autores Cristianos, pp. 377-500 (385).

3 Cfr. Foucault, Michel (1998). “Stultifera Navis”, en Historia de la locura en la época clásica I. Trad. Juan José Utrilla. México: Fondo de Cultura Económica, pp. 15-43.

4 Vives, Juan Luis (1781). Tratado del socorro de los pobres. Trad. Juan de Gonzalo. Valencia, España: Imprenta de Benito Monfort, p. 239.

5 Para saber más acerca del dramático y repentino surgimiento de indigentes en la capital de la Nueva España en estas fechas, véase Martin, Norman F. (1957). Los vagabundos en la Nueva España en el siglo XVI. México: Editorial Jus.

6 Cfr. Gonzalbo Aizpuru, Pilar (1996). “De la penuria y el lujo en la Nueva España. Siglos XVI-XVIII”, en Revista de Indias, vol. LVI, núm. 206, pp. 49-75.

7 Mora, José María Luis (1837). Obras sueltas, Tomo I. París, Francia: Imprenta de Everat, pp. 61.

8 Ídem.

9 Cfr. Maldonado Ojeda, Lucio E. (2003). “El Tribunal de Vagos de la Ciudad de México del siglo XIX. Una introducción”, en Antropología. Revista Interdisciplinaria del INAH, núm. 70, pp. 3-19.

10 Véase Ogarrio, Gustavo (2010). La mirada de los estropeados. México: Fondo de Cultura Económica.

11 Cardoso, Onelio Jorge (1975). “Moñigueso”, en Cuentos completos. La Habana, Cuba: Bolsilibros Unión, pp. 239-247.

12 “Los olvidados” y “los estropeados” son sólo dos tipos de indigentes que se observan en la Ciudad de México, la capital de un país latinoamericano en vías de desarrollo. En los principales centros urbanos de los países desarrollados y sajones existe una tipología distinta. En su ensayo “Reflexiones sobre una caja de cartón”, que trata de la crisis inmobiliaria de 2008 en Estados Unidos de América y de su repercusión en Nueva York, Paul Auster afirma que “La riqueza crea pobreza” y que ésta ha sido la causa primordial, en su país de origen, de la multiplicación desaforada de los denominados, de manera más bien despectiva, sintecho o homeless, una variante del término británico rough sleeper, que designa a los individuos que viven, en Londres, en las rutas del metro y del transporte público. Véase Auster, Paul (2013). “Reflexiones sobre una caja de cartón”, en Ensayos completos. Trad. Damián Alou, Javier Calzada, Eugenia Ciocchini Suárez, Benito Gómez Ibáñez, Maribel de Juan, Justo Navarro y Daniel Rodríguez Gascón. México: Editorial Booket, pp. 688-692.

14 Cfr. Comisión Nacional de los Derechos Humanos [CNDH] (2014). Situación de los Derechos Humanos de las poblaciones callejeras en el Distrito Federal (2012-2013). México: Autor, p. 9.

14 Instituto de Asistencia e Integración Social [IASIS] (2017). Resultados preliminares del censo de población callejera 2017, p. 2.

15 Ibíd., p. 1.

16 Ibíd., p. 1.