La preservación de la propia cultura no requiere desprecio hacia otras culturas.
César Chávez

La zona de elevadores de la torre Reforma Latino parece, a las cuatro de la tarde de un día cualquiera, el atiborrado andén de alguna estación del metro chilango: el pasillo estrecho está lleno de gente a la espera de ser conducida a su piso, mientras que cabinas llenas abren sus puertas para el desembarco de sus acalorados tripulantes. Suena algún timbre que no provoca ninguna reacción, un guardia grita “¡háganse a un lado, permitan la circulación!”, todos nos apretamos contra las paredes. Y es que aunque por fuera parezca una torre más del ahora espigado panorama de la Avenida Reforma, siete de los 30 pisos disponibles de esta torre están ocupados por el gigante del coworking, la estadounidense WeWork, que desde su llegada a la Ciudad de México en 2016 ocupa ya ocho locales en las colonias más solicitadas de la ciudad. Con precios que empiezan desde los 2,790 pesos mensuales por un escritorio en la colonia Nápoles y pueden rebasar los 200,000 para grupos mayores de cincuenta personas, el servicio de subarriendo de WeWork permite a todo tipo de gente y empresas tener una oficina en el corazón de las zonas de negocios de las hasta ahora 59 ciudades (21 países) en las que está presente.

Esta forma de uso del espacio urbano, cada vez más ubicua y en donde varias compañías comparten un mismo espacio, tiene su génesis en los años posteriores a la crisis del 2008, cuando las pérdidas financieras obligaron a las pequeñas y medianas empresas a hacer recortes presupuestales a diestra y siniestra, entre ellos la renta y la nómina. Por otro lado, la aparición de los smartphones abría un nuevo mercado a los emprendedores informáticos que buscaban espacios pequeños, pero bien ubicados para sus empresas de pocos empleados. Así, espacios subutilizados de las ciudades de Nueva York y San Francisco cayeron como anillo al dedo para el despliegue de este mercado, convirtiéndose en espacios laborales flexibles, en donde los propietarios podían arrendar sus metros cuadrados no a una única empresa grande sino a muchas pequeñas, y donde además los programadores de alguna app se encontrarían con otros programadores, además de financieros, abogados o mercadólogos, para propiciar un ambiente de innovación constante. Al mismo tiempo, la tendencia de diseñar espacios de oficina versátiles y con “amenidades” —mismos que, se cree, fomentan la creatividad, y que fuera iniciada por Google y exportada por la cultura entrepreneur de Silicon Valley— encontró una nueva expresión dentro de los espacios de coworking: oficinas amplias, con diseños casuales y espacios informales, que animarían el desarrollo de una nueva cultura laboral para un mundo precarizado, atomizado y día a día más cambiante, y en donde las fronteras entre el trabajo y el hogar fueran cada vez más delgadas.

WeWork, fundado en 2010 en Nueva York, es una empresa de coworking que capitalizó esta tendencia. Valuada en unos 20,000 millones de dólares y con un crecimiento exponencial en los últimos años, este gigante1 del subarriendo pretende generar una comunidad en donde se fomente “la creatividad, el enfoque y las conexiones”. No buscan sólo transformar el espacio sino humanizarlo, porque “en verdad [creen] que entre CEOs pueden llegar a ayudarse mutuamente, que nos podemos sentir tan cómodos en la oficina como en casa y que todos podemos emocionarnos cuando llega el lunes si lo que hacemos nos apasiona y significa mucho para nosotros”. WeWork promete, por el pago de una cuota mensual, los servicios de limpieza, administración y diseño del espacio, además de café microtostado y cerveza a partir de las 11 am, entre muchas otras cosas. Por si fuera poco, los miembros de la comunidad pueden descargar una app que les permite administrar la forma en que usan el espacio, desde rentas de salas de juntas hasta la gestión de las visitas externas, todo esto desde la comodidad de su smartphone.

Pero cuando las puertas del elevador se abren en el piso 38, lo que encontramos, además de una postal postapocalíptica de la ciudad fuera-de-la-ventana —una capa densa de smog, edificios desocupados por el sismo, el tráfico decembrino— no es precisamente la idea de flexibilidad que se anuncia con tanta pompa. Todo lo contrario, exceptuando la pequeña recepción donde algunos empleados comen un refrigerio, el resto del espacio es un laberinto de pasillos flanqueados por subdivisiones de cristal, con paredes de tabicón gris —muy urbano— decoradas con cualquier cosa colorida —mucho más urbano, desde patrones geométricos abstractos, retratos pop de Sor Juana, o citas inspiracionales como la que sirven de epígrafe a este texto— y con muebles de todo tipo, desde sillas que podrían estar en casa de la abuela hasta escritorios especializados de Herman Miller. Además, lejos de los creativos hipsters y los encuentros casuales a los que apela la idea del coworking, la escena detrás de las infinitas particiones de cristal está inundada de gente de traje, hacinada en mesas comunes y absorta en trabajos en apariencia mucho menos glamorosos, como llenar hojas de datos en Excel. Es como una oficina, pero más llena.

A nosotros nos recibe Pedro Juárez,2 que renta un cubículo en uno de los pisos. Pedro trabaja para una ONG americana que, con sede en Nueva York, necesitaba una oficina en la ciudad, así como una dirección fiscal para recibir paquetes y registrarse ante la Secretaría de Hacienda. WeWork no sólo le permite esto sino que, además, le ofrece un espacio accesible en plena Avenida Reforma, que de otra manera sería casi impagable. También, si Pedro llegase a ir a cualquiera de las otras ciudades en donde esta empresa se ha asentado, podría tener acceso a sus instalaciones por una pequeña suma extra.

Después de mostrarnos algunos de los rincones de su piso, bajamos al acceso principal a tomar una cerveza, algo que Pedro aún no había hecho en sus tres meses de deambular por el sitio. La recepción común, donde convergen los empleados de todos los demás niveles, parece menos un lugar de trabajo que un hostal: hay mesas de ping pong, pufs para descansar y luces navideñas, entre muchas otras cosas. Al lado, un grupo de gente toma un curso que se imparte en inglés. Un joven asiático, parte del crew, platica con una joven rubia, en una postal perfecta del cosmopolitismo que vende WeWork. Alcanzo a distinguir algunos logos de empresas, entre las que se encuentra la agencia de viajes por internet Expedia; una empresa llamada Tranqui Finanzas, que se dedica a dar asesoría financiera a empleados para que, producto de su “tranquilidad financiera”, su capacidad de producción aumente —o por lo menos no disminuya—3 o Decompris, una compañía peruana que sirve como plataforma para conectar empresas de ecommerce con consumidores, permitiéndole a los segundos comparar precios de productos entre distintos proveedores.4


Foto: Cortesía de Salvador Medina.

 

Si no existiera WeWork, ¿en dónde estarían alojadas estas empresas? Pedro aventura una respuesta: rentando un departamento en algún sitio, probablemente rompiendo con el Reglamento de Usos de Suelo y seguramente elevando el valor de la propiedad en una colonia residencial céntrica.

Otra opción para encontrar un espacio de trabajo es Kokatu, una plataforma que conecta a propietarios de espacios de coworking con usuarios potenciales. A diferencia de WeWork, que arrienda y a su vez subarrienda, Kokatu es meramente una página en la que distintos propietarios anuncian sus instalaciones y precios. Gracias a esta condición de red, Kokatu, al contrario de WeWork, tiene presencia nacional: en las 22 ciudades en las que funciona se puede rentar desde una mesa compartida en Coyoacán (49 pesos por hora), pasando por una sala de capacitación en Mérida (290 pesos la hora) hasta un jardín para eventos en Celaya (23 400 pesos por día). La empresa se queda con una comisión del 15%.

Kokatu, fundada en México en 2016, capitaliza la condición cada vez más móvil del trabajo, pues por un lado dice ofrecer una solución para las necesidades espaciales de los 13.7 millones de trabajadores independientes que, según el INEGI, laboran en el país (entre los cuales se encuentran los freelancers); y por otro, también permite que una empresa viaje a una ciudad en donde no está establecida y tenga acceso a buenas instalaciones por un precio accesible y por un período muy corto. El procedimiento es sencillo: se accede a la página, se genera una cuenta y se renta el espacio. Después, como es el caso de modelos de negocio similares como Uber o Airbnb, se pueden calificar los sitios y solicitar facturas. Además, en palabras de su fundador Manuel Braverman, Kokatu aprovecha una gran cantidad de espacios de oficina subutilizados, estableciendo contratos con temporalidades mucho menores a las normales. Con planes para expandirse por América Latina en el futuro próximo, Kokatu ha ido creciendo y ganando campo en el mercado del coworking mexicano.

De vuelta en Reforma, Pedro nos ofrece una segunda cerveza, mientras vemos cómo un helicóptero aterriza en el helipuerto de uno de los edificios circundantes. Por nuestra altura (seguimos en el piso 35), el helicóptero maniobra por debajo de nosotros. Entonces Pedro aventura: “WeWork nos vende esto, también: poder estar a su altura”. Y es que, basándose en las estadísticas, los salarios de los empleados que laboran a diario en estas instalaciones probablemente no superan los 750 dólares al mes. Así, la enorme producción de plusvalía que supone WeWork (un cálculo rápido sugiere que, gracias al uso intensivo que hace del espacio,5 esta compañía cuando menos triplica el precio de renta por metro cuadrado del edificio) y los grandes ahorros que este tipo de servicios significa para las empresas que rentan en ningún momento permean a sus empleados —por ejemplo, a la joven rubia que aún discute sus finanzas personales con un asesor profesional, en un ejercicio patrocinado por un empleador que prefiere evitar los contratiempos que supondría el estrés financiero de su empleada. Pagarle mejor, ni hablar, pero sí ayudarla a administrarse mejor. Y ofrecerle una oficina buena, bonita y barata. Y bien ubicada.

Y es que si algo es WeWork es la capitalización, por proveer las instalaciones en las que se desarrolla, de este engranaje de miles de microempresas de servicio, que lejos ya de producir una plusvalía fincada en relaciones socio-materiales, lucran más bien con la especulación, en una red siempre incesante que genera plusvalías cada vez más alejadas en apariencia de lo que está allá afuera —miseria, desigualdad, corrupción y violencia— pero que al mismo tiempo extraen de allí su beneficio personal. Es casi como una nube que surca blanca por los oscuros rincones de las periferias del capitalismo. El mismo Manuel Braverman, cofundador de Kokatu, lo expresa de forma sucinta en la entrevista citada anteriormente: “la evolución de la vida moderna te lleva a eso [a trabajar de forma móvil]… no hicimos proyecciones a largo plazo porque no creo en ellas, y [menos] en estos tiempos. Yo no creo que podamos planear, no sé cómo se va a trabajar en diez años.” El capital debe moverse rápido —más rápido— y empresas como WeWork, Kokatu o Tranqui Finanzas, cada una a su escala, lo saben.


Foto: Cortesía de Salvador Medina.

 

La última cerveza con Pedro nos la tomamos hablando del panorama político nacional. Hablamos del 2018, de la debilidad institucional en el país, de la miseria y la violencia, del alcance territorial del estado. Mientras, yo a la distancia veo cómo el Ángel de la Independencia lanza una pálida sombra que se pierde entre los gigantes de cristal que lo rodean. Del otro lado, los últimos rayos de un sol rojo pegan en la cúpula de cobre del Monumento a la Revolución. Y entonces me acuerdo que este mismo edificio también lo renta la Secretaría de Economía, esa que alguna vez se llamara Secretaría de Fomento, Colonización e Industria, y que en WeWork estamos varios pisos por encima, viendo la ciudad, esa ciudad, a nuestros pies.

Cuando vamos de salida a la noche chilanga alcanzo a distinguir un retrato y una frase escrita en la pared. Nos persiguen por eso; por ir, por amar, por desplazarnos sin órdenes ni cadenas. La barba y la frase son inconfundibles, lo que resulta extraño es el contexto.

Sonreímos. Es una cita de José Revueltas.

 

Joaquin Diez-Canedo (Ciudad de México, 1989) es arquitecto por la UNAM e historiador de la arquitectura por University College London.


1 WeWork ha arrancado un programa de vivienda con características ominosamente similares a las de sus oficinas. (En inglés.)

2 Los nombres utilizados en este artículo están modificados.

3 “Incremente la productividad de su empresa mejorando el bienestar financiero de sus empleados. En Tranqui combinamos tecnología, asesoría y psicología para guiar —paso a paso— a sus empleados a tomar mejores decisiones en sus finanzas personales”.

4 Descripción de la plataforma escrita por el CEO y página oficial.

5 La página de la Torre Reforma Latino —presentada totalmente en inglés— tiene un simulador en el que se ingresa el número de empleados de una empresa y éste arroja el número de metros cuadrados necesarios para albergarlos. El promedio que sugiere es de 10 empleados por m2. Aunque en WeWork no se anuncian los promedios, este interesante artículo en Wired (en inglés) habla de sólo 5.5.