Si observamos la ciudad desde los bosques del Ajusco, ésta emerge como una gran alfombra de luces que, sin ser un agujero negro, ha devorado el brillo de las estrellas que antes la cobijaban. Mi colonia, un barrio tranquilo hace 30 años, hoy es un hervidero de gente y edificios nuevos, algunos de ellos producto de la especulación y la corrupción inmobiliaria auspiciada por las autoridades en diferentes niveles. Si, en las últimas tres décadas, mi barrio cambió, debemos estar seguros que la ciudad, en la que vivieron nuestros padres y abuelos, no es ni el pálido recuerdo de lo que fue cuando ellos eran niños.

Pese a que la capital es otra, muchos de los problemas urbano-ambientales que hoy experimentamos ya se percibían hace 100 años. Podemos decir que aquí siguen, pero todo indica que se han agudizado hasta la irracionalidad más sórdida; la urbe que fue idealizada como paisaje de la modernidad, es hoy la representación viva de la “era de la desigualdad”.

Entre los personajes que vislumbraron, una centuria atrás, muchas de las problemáticas que hoy padecemos, se encuentra Miguel Ángel de Quevedo. Podemos decir que el ingeniero fue una de las figuras más importantes del ambientalismo internacional de la primera mitad del siglo XX. Su vida y trayectoria, como ciudadano y funcionario, tendría que ser ejemplo para cada uno de nosotros y los gobernantes; en sus ideas podemos hallar algunas claves para reencontrar la civilidad ambiental y urbana que tanto necesitamos actualmente.

Quevedo nació, en septiembre de 1842, en Guadalajara, estudió ingeniería en la Escuela de Puentes y Calzadas en París y su vida profesional estuvo enfocada a la construcción de sistemas de generación de energía eléctrica, edificios y fábricas. En sus labores como servidor público, fue regidor de obras públicas; durante la primera década del siglo XX, en el ocaso del régimen porfirista, creó la Junta Central de Bosques, institución que sentó las bases del servicio forestal mexicano. Durante más de 40 años desarrolló y dirigió importantes proyectos como la Sociedad Forestal Mexicana; donó a la nación los terrenos que hoy son los Viveros de Coyoacán y, durante el cardenismo fue secretario del Departamento Forestal, lo cual le permitió crear una de las áreas verdes más importantes de la Ciudad: el bosque de Aragón.

Sus múltiples actividades lo llevaron a participar en los Congresos Internacionales de Higiene y Urbanismo de Paris, en 1900 y de Berlín, en 1907. En aquellos foros, después de compartir sus ideas y nutrirse de otras, el ingeniero tuvo claro que el “colosal desarrollo que han adquirido las ciudades desde a mediados del Siglo XIX” había generado “problemas complicadísimos por resolver”. Por ejemplo, uno de ellos era que las ciudades contaran con suficientes hectáreas de “espacios libres” por habitante, idea que fue compartida —en el mismo periodo— por distintos arquitectos y planificadores urbanos, como el francés Nicolás Forestier o los alemanes Hermann Jansen y Martin Wagner.

Los trabajos urbanísticos de Quevedo fueron diversos y complejos; estas labores le permitieron reflexionar y producir una gran cantidad de escritos sobre el tema, entre los que destaca el proyecto intitulado Espacios Libres y Reservas Forestales de las Ciudades. Su adaptación á Jardines, Parques y Lugares de Juego. Aplicación a la Ciudad de México. Este trabajo fue presentado en 1910, cuando fungía como vocal del Consejo Superior de Salubridad y como Jefe del Departamento de Bosques, en el marco de la Exposición de Higiene efectuada en la Ciudad de México, la cual formó parte de los festejos del Centenario de la Independencia. Esta obra puede ser considerada el primer tratado de urbanismo escrito por un mexicano en el siglo XX, cuya virtud es la mirada internacional que nos brinda sobre los problemas urbanos de aquel periodo y las propuestas que el mundo imaginaba para solucionarlos.

Podemos decir que, pese a que fue escrito hace más de 100 años, tiene un enorme valor para el siglo XXI, porque nos invita a reflexionar sobre los problemas urbanos que hoy nos aquejan. En otras palabras, nos ayuda a pensar el presente, preguntando al pasado, para imaginar un mejor futuro para nuestra ciudad.

El documento se entregó a la imprenta, a finales de octubre de 1910, pero se publicó hasta 1911 por la casa tipográfica Gomar y Busson. En cuarenta páginas, contiene reflexiones que siguen vigentes y las tesis que sostiene, apoyándose en el paradigma higienista de principios del siglo XX, le sorprenderían al lector contemporáneo. Espacios Libres y Reservas Forestales… está dividido en tres partes: I. Los Espacios Libres, II. Avenidas de Paseo y Grandes Arterias de Expansión y Penetración y III. Las Reservas Forestales. Su aplicación a la Ciudad de México.

Plano con las propuestas de reservas forestales para la Ciudad de México de Miguel Ángel de Quevedo, 1911

Fuente: Miguel Ángel de Quevedo, Espacios Libres y Reservas Forestales de las Ciudades. Su adaptación á Jardines, Parques y Lugares de Juego. Aplicación á la Ciudad de México, Gomar y Busson, México, 1911.

En este trabajo, Quevedo expone un ambicioso proyecto de desarrollo urbano que, de haberse implementado en su totalidad, la ciudad tendría otro rostro. La intención del ingeniero Quevedo era aplicar estas tesis, tanto a la capital como a otras ciudades del país, lo que permitiría tener un crecimiento planificado para que los habitantes y las futuras generaciones contaran con los recursos necesarios para desarrollar una vida sana. La idea de “espacios libres” y “reservas forestales” responde a un paradigma de planificación internacional que tuvo como sustento las tesis higiénico-ambientales de finales del siglo XIX y principios del XX.

Ya en aquellos años, Miguel Ángel de Quevedo explicó la importancia que tenía para el espacio urbano y para la higiene pública la reglamentación de la altura de los edificios. En este sentido expresó su preocupación en 1902, mientras se desempeñaba como Regidor de Obras Públicas, cuando la Compañía de Seguros «La Mutua» intentó levantar un inmueble en la prolongación de la Avenida 5 de Mayo. La edificación —explicó Quevedo— tenía una altura mayor de lo que se acostumbraba en la Capital, lo “que hubiera excedido á la de Palacio del Correo y Teatro Nacional vecinos, y propuse entonces al Ayuntamiento que se estableciera el que dicho edificio y demás que se levantaran en esa Avenida y Gran Plaza no excediera de 22 metros de altura, habiéndome fundado para ello razones de higiene pública”.

En 1902 y 1903 presidió la Comisión de Embellecimiento y Mejoras de la Ciudad la cual: “estudió y formó los proyectos de las enmiendas en aquellas vías públicas antiguas, proyectó algunas nuevas avenidas en la parte ya también antigua de la ciudad y teniendo que resolver sobre el ensanche que se pretendía para las Colonias Roma y Condesa”. Gracias a los trabajos desarrollados, en aquel periodo, estas colonias cuentan con camellones arbolados de gran belleza; hoy sus habitantes y visitantes pueden disfrutar, desde el balcón o las calles, los paisajes urbanos que en estos barrios se recrean.

Actualmente, en la zona sur de la ciudad, a unos cuantos metros de la Universidad Nacional Autónoma de México, la empresa Be Grand está desarrollando un complejo habitacional de 616 departamentos, el cual provocará importantes impactos ambientales en la zona. Los expertos estiman que este proyecto afectará la movilidad vial y generará mayor presión sobre los recursos hídricos, de por sí mermados, además de alterar el paisaje de Ciudad Universitaria, vulnerando así el patrimonio cultural de la humanidad que allí se materializa. Ante tal situación, cabe preguntarnos: ¿qué haría Miguel de Quevedo, como regidor de obras públicas, ante estos proyectos inmobiliarios?

Proyecto de Miguel Ángel de Quevedo para las colonias La Condesa y Roma, 1902

Fuente: Miguel Ángel de Quevedo, Espacios Libres y Reservas Forestales de las Ciudades. Su adaptación á Jardines, Parques y Lugares de Juego. Aplicación á la Ciudad de México, Gomar y Busson, México, 1911.

Las tesis urbano-higienistas esgrimidas por el ingeniero Quevedo, no en todos los casos, son compatibles con los actuales argumentos ambientales que utilizamos para evaluar y defender, como ciudadanos, nuestro derecho a un entorno sano. Por ejemplo, los casos de las Áreas de Valor Ambiental (AVA) como la Tercera Sección del Bosque de Chapultepec o las Barrancas de Tarango —la última superficie sin urbanizar en la zona poniente—, han estado en los últimos años sujetas a la presión de los desarrolladores inmobiliarios.

Las actuales AVA pueden corresponder tanto a lo que en su momento se llamó “espacios libres”, como a lo que se entendió por “reservas forestales”. Estas áreas le permiten a la Ciudad de México contar con importantes servicios ambientales y su deterioro o pérdida daña seriamente el patrimonio ambiental de la ciudad. Cuando Quevedo escribió su proyecto Espacios Libres y Reservas Forestales… explicó la pertinencia de que las ciudades contaran con cierto porcentaje de hectáreas de “espacios libres”; actualmente, la Organización Mundial de la Salud, estima que esta cifra debería oscilar entre nueve y 12 m2 por habitante. Podemos decir que la necesidad de contar con espacios verdes en la ciudad, por los servicios ambientales que brindan, fue tan importante, en siglo XIX, como lo es hoy; aunque la nomenclatura técnica de estos espacios cambie de nombre.

Plano de proyecto de reservas forestales al poniente de Tacubaya que incluye la zona actual de Santa Fe

Fuente: Exploración Forestal de la Prefectura de Tacubaya D.F., Escala 1: 50,000, en Revista Forestal Mexicana, México, Año I, Número 5, Noviembre de 1909.

Uno de los rasgos más importantes del proyecto urbano de Miguel Ángel de Quevedo fue el énfasis que puso en la necesidad que tenían la niñez y las futuras generaciones de contar con “espacios libres” y “reservas forestales”. Que el ingeniero Quevedo incorporara estos principios transgeneracionales en su pensamiento nos permite afirmar que la ética ambiental nace con el pensamiento conservacionista y no solo como producto de la reflexión especulativa de los filósofos contemporáneos. Esto es importante destacarlo porque uno de los aspectos más relevantes en la ética ambiental contemporánea, que la distingue de las reflexiones clásicas que ponen énfasis en el individuo humano o animal, es justamente el llamado que hace de no poner en riesgo los recursos que requerirán las futuras generaciones.

Un ejemplo que nos permite ilustrar el párrafo anterior es la siguiente reflexión: “debe á la vez perseguirse el que esos lugares sirvan de recreo, y de recreo principalmente para los niños […] El niño en las ciudades modernas encuentra poco lugar donde recrearse”. Podemos ver que sus ideas van más allá, al incorporar la justicia social. Poniendo como ejemplo a Londres, hace referencia a los “simples espacios libres que se adaptaron [en aquella ciudad] de modo completamente económico para los juegos atléticos y de sport de las diferentes clases y de preferencia para la niñez de la clase obrera”.

Para Quevedo las “reservas forestales” de las ciudades eran fundamentales para la viabilidad de cualquier urbe. En su proyecto explicó que: “son necesarias para las grandes ciudades á fin de asegurar el que haya abundante provisión de aire puro y bien oxigenado en los campos del contorno […] al propio tiempo la existencia de grandes masas de árboles ó bosques en el contorno de una ciudad, garantizan la regularidad de su clima […] y otra cosa importantísima también, la provisión de aguas puras y en cantidad bastante para sus necesidades”. En este sentido el proyecto concluye expresando que: “las grandes reservas forestales de la Ciudad de México y demás poblaciones del Distrito Federal, [son] donde las futuras generaciones encontraran bellos lugares de recreo e higiene.”

El ingeniero Miguel Ángel de Quevedo, como Regidor de obras públicas dejó un importante legado, en materia urbana y ambiental, para la ciudad. Hoy en día, diversos expertos coinciden en señalar que la gestión del Dr. Mancera dejará un grave déficit en la materia y que sus políticas han puesto en riesgo diversas Áreas de Valor Ambiental para la Ciudad. Por esto, la Lic. Barrales, la Dra. Sheinbaum o el Mtro. Arriola, cualquiera que ocupe el cargo, tendrá que decidir y demostrar con sus acciones a favor del patrimonio ambiental de la ciudad, cómo quieren pasar a la historia.

También, a los candidatos tenemos que preguntarles si ¿Actualizarán el proyecto urbano de Miguel Ángel de Quevedo o seguirán el rumbo propuesto por el otro Miguel Ángel? y, si ¿En sus plataformas políticas se contemplará la creación de nuevas áreas verdes para la Ciudad o éstas seguirán en su nivel actual? Para nosotros los ciudadanos es muy claro, será una tensión entre un modelo de depredación de las áreas verdes y otro que apostará por la calidad de vida de los habitantes de la Ciudad de México y las futuras generaciones.

 

Juan Humberto Urquiza García es investigador de la Coordinación de Humanidades-CIALC-UNAM.
Este artículo es parte de los trabajos que se han realizado en el seminario Historia del Conservacionismo en México, que es parte del Proyecto PAIIT IA401617 “Ciencias Ambientales y Bioética: una mirada del conservacionismo mexicano”.