La historia es bien conocida: a principios del siglo XIV, cierta tribu procedente de Aztlán (un lugar ubicado, probablemente, en la región geográfica de Oasisamérica) emprendió un peligroso viaje hacia el sur y, al mando del líder guerrero Ténoch, se asentó en el Valle de México. El desarrollo urbano estuvo acompañado por un importante proceso de desecación y por eso, como señala el historiador mexica Fernando Alvarado Tezozómoc, “Con frecuencia venían las gentes de las tierras [sin humedad] a observarlos desde los márgenes de la laguna, a ver las lumbres y humaredas que hacían para ir resecando los pantanales con sauces acuáticos”.1


Ilustración: Patricio Betteo

En la segunda mitad del siglo XIX, casi 500 años después, sucedió lo inevitable: en la Ciudad de México, que había sido construida sobre el fondo lacustre, una especie de lecho inestable y movedizo, se registraron dramáticos hundimientos. Los habitantes de la capital, cuyo número había venido a más no sólo por el aumento del índice de natalidad sino también por el de migración, comenzaron a cavar pozos artesianos2 y a extraer agua de manera desproporcionada. La tierra del subsuelo, a medida que era despojada de su humedad, cedía al peso de las edificaciones y, poco a poco, se comprimía.3 Según algunos estudios al respecto, en 1864, en el marco del Segundo Imperio Mexicano, había por lo menos doscientos pozos artesianos en funcionamiento, los cuales surtían recursos hídricos a la ciudad y, al mismo tiempo, reblandecían sus bases.4

El Porfiriato y su resuelta política industrial acentuaron el problema, lo volvieron más grave aún. Entre 1876 y 1910, las empresas que operaban en el territorio, debido a las ingentes cantidades de agua que requerían para llevar a cabo sus labores fabriles, solicitaron y obtuvieron múltiples concesiones de los gobiernos federal y capitalino con el fin de horadar más y más pozos artesianos. A partir de entonces y hasta 1938, ahora en plena época posrevolucionaria, el promedio de los hundimientos de la Ciudad de México fue de 4.6 centímetros por año y en la década siguiente, de 1938 a 1948, prácticamente se cuadruplicó, es decir, fue de 16 centímetros por año.5

En 1950 y 1951, el Centro Histórico de la Ciudad de México experimentó uno de sus hundimientos más severos. El Gran Canal del Desagüe, que había sido inaugurado durante la quinta administración de Porfirio Díaz, el 17 de marzo de 1900, y que hasta entonces había funcionado gracias a las fuerzas gravitatorias, perdió su inclinación original, quedó a ras de suelo e incluso más arriba; el curso del agua, en ese momento, comenzó a revertirse, a dar marcha atrás, y las inundaciones no se hicieron esperar. Los automovilistas colocaron nuevas salpicaderas en sus vehículos, los peatones se quitaron los zapatos y los calcetines y se remangaron las perneras de sus pantalones y, en un acto de verdadera desesperación administrativa, las autoridades de la capital decretaron una prohibición tan estricta como inverosímil: “Favor de no pescar”.6

Paralelamente, Nabor Carrillo Flores, un Ingeniero Geotécnico que había perfeccionado sus conocimientos en el extranjero, se encontraba realizando importantes investigaciones a propósito de este singular fenómeno de subsidencia urbana. Pionero del uso de la energía nuclear en el país, en colaboración con la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN), Carrillo Flores elaboró, en efecto, el denominado Proyecto Texcoco. En su libro El hundimiento de la Ciudad de México. Proyecto Texcoco, se dio a la tarea de exponer las características de tal desafío; en su opinión, en vista de que la Ciudad de México reposa sobre un terreno arcilloso y muy susceptible a deformaciones, de que las primeras observaciones acerca de sus hundimientos datan de las postrimerías del siglo XIX aunque es altamente probable que hayan empezado a ocurrir mucho tiempo atrás, de que su explosión demográfica es exponencial e irrefrenable, nada más había una solución posible: minimizar la explotación de los mantos freáticos bajo la urbe, sacar agua del lago de Texcoco y compensar, haciendo uso de ella, la humedad perdida en el subsuelo de la capital en los cien años inmediatos anteriores.

En el último tercio del siglo XX y todavía en el umbral del XXI, el Proyecto Texcoco se ha empleado de manera parcial, ya que luego de la muerte de Carrillo Flores, acaecida el 19 de febrero de 1967, sus promotores y sus practicantes han hecho a un lado el asunto de los hundimientos de la Ciudad de México y, por el contrario, se han centrado únicamente en la supuesta necesidad de colmar otra vez los lagos del Valle de México. Así pues, desde las décadas de los sesenta y de los setenta, los hundimientos de la Ciudad de México se tornaron mucho más evidentes. En este contexto, algunas de las construcciones más emblemáticas de la metrópoli han sufrido daños y secuelas varias: en el norte, por ejemplo, la Basílica de Guadalupe cambió de inmueble en 1976 porque, como anota Richard Nebel, “la antigua tuvo que ser clausurada debido al hundimiento y al vencimiento de la construcción”;7 de modo análogo, en el centro, la Catedral Metropolitana ha estado sometida a un proceso de “rescate arquitectónico” (de 1989 a la fecha)8 y al Ángel de la Independencia, que en 1910 tenía apenas nueve escalones, se le han añadido catorce más a causa del pronunciado hundimiento de los alrededores.9

Ahora bien, debido a que la Ciudad de México se encuentra en constante crecimiento, resulta necesario diseñar estrategias de conservación y de construcción urbanas; hay que cuidar la infraestructura que ya está hecha y asimismo hay que pensar bien, literalmente hasta el cansancio y la extenuación, la que está por hacerse. De acuerdo con datos del Centro de Investigación en Ciencias de Información Geoespacial (CENTROGEO), el terremoto del 19 de septiembre de 2017 aceleró la subsidencia del territorio de determinadas delegaciones diez veces más de lo habitual; por eso Gustavo A. Madero, Benito Juárez, Coyoacán, Iztapalapa, etcétera, precisan diseñar tácticas y estrategias para atender esta situación.10 Por otra parte, el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) requiere, quizá no de un plan de construcción inédito, pero sí de modificaciones sustanciales en el que se halla vigente hoy día, toda vez que la ligereza de la tierra en el otrora lago de Texcoco plantea una seria amenaza para una obra de tales dimensiones y para la misma ciudad.11

En los diálogos Timeo y Critias, Platón refiere el mito de una ciudad que, localizada más allá de las columnas de Hércules, fue sepultada por el agua: la Atlántida.12 No, en el futuro la capital del país no se convertirá en la Atlántida de nuestros tiempos. Un día el material compresible que hay debajo de nuestros pies llegará a su límite, y no podrá descender más. Los riesgos que representan los hundimientos en la actualidad, sin embargo, son dignos de tomar en consideración: socavones, rupturas de tuberías, agrietamientos en edificios y monumentos públicos, etcétera. Atajarlos y prevenirlos, en este sentido, serán las grandes misiones de la Ciudad de México en los años venideros.

 

Francisco Gallardo Negrete es licenciado en filosofía y maestro en literatura hispanoamericana por parte de la Universidad de Guanajuato (UG).


1 Alvarado Tezozómoc, Fernando (1993) [1598]. “Crónica Mexicáyotl” (Salvador Novo comp.), Seis siglos de la Ciudad de México. México: Fondo de Cultura Económica, pp. 10-20 (15).

2 Pozos de profundidad considerable que tienen un objetivo bien identificado: darle una salida natural al líquido de los mantos acuíferos (sin intervención de ninguna máquina de bombeo), valiéndose de la presión que en él imprimen las capas subterráneas que lo cercan.

3 Conviene recordar que el subsuelo de esta urbe, sobre todo en el norte, en el centro y en la franja oriental, está compuesto de un “material compresible”.

4 Levi, Enzo y Peña Santana, Patricia (1989). Historia de la hidráulica en México. Abastecimiento de agua desde la época prehispánica hasta el Porfiriato. México: Instituto Mexicano de Tecnología del Agua / Instituto de Ingeniería UNAM, p. 122.

5 Legorreta, Jorge (2006). “El hundimiento de la Ciudad de México”, El agua y la Ciudad de México: de Tenochtitlán a la megalópolis del siglo XXI. México: Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, pp. 110-121 (111).

6 Ibíd., p. 114.

7 Nebel, Richard (1995) [1992]. Santa María Tonantzin, Virgen de Guadalupe. Continuidad y transformación religiosa en México. Trad. Carlos Warnholtz Bustillos. México: Fondo de Cultura Económica, p. 124.

8 Véase, para mayor información, Instituto de Ingeniería UNAM (2013). Catedral Metropolitana. Hundimiento y rescate. México: Autor.

9 Legorreta, “El hundimiento de la Ciudad de México”, op. cit., (116-117).

10 Remítase a este enlace.

11 Ésta, entre varias más, es la razón por la cual diversas organizaciones de la sociedad civil se han pronunciado en contra de la construcción del NAICM. Hay serios indicios de “que los suelos no son estables y [de que] tendrán un hundimiento anual de hasta 40 cm”. Véase, por ejemplo, Flores Cruz, Rosa Marina (2018). “Al Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México se le mueve el piso”, (F. Córdova Tapia y S. M. Pineda Torres comps.) Ensayos [NAICM]. Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. México: México Sostenible, pp. 12-13 (13).

12 Véase Platón (1992) [¿?]. Diálogos VI: Filebo, Timeo, Critias. Trads. María de los Ángeles Durán y Francisco Lisi. Madrid, España: Editorial Gredos.