El 1 de octubre, en vísperas de la conmemoración por los 50 años de la matanza estudiantil de 1968, el Gobierno de la Ciudad de México anunció que comenzaría a retirar de las estaciones del metro las placas conmemorativas de la inauguración de este sistema de transporte; es decir, que quitaría de los pasillos y estaciones del metro las placas con el nombre de Gustavo Díaz Ordaz, el presidente que cortó listón cuando esas estaciones se inauguraron entre 1968 y 1969. De acuerdo con Animal Político, el jefe de gobierno José Ramón Amieva considera que “a 50 años hay ciclos que se deben cerrar y estar acordes con el pensar y el sentir de la ciudadanía, de tal manera que las placas se cambiarán por otras informativas sobre la construcción del Metro, pero sin mencionar a autoridad alguna”. La decisión de quitar las placas presupone, a los ojos del funcionario de gobierno, una suerte de “castigo” en memoria de quien ordenara la ejecución de cientos de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. De acuerdo con esta visión, borrar un nombre es una forma de sanación sicológica e histórica. Quitar los testimonios de un presidente autoritario de la memoria pública es una forma de desterrarlo de la historia.

Ilustración: Víctor Solís

Ciertos objetos del espacio público como las placas tienen un valor simbólico que va más allá de la propaganda política a posteriori. La memoria, un mecanismo de gestión del pasado, recurre a los hechos relevantes para una colectividad y los pone a su disposición para que sean los propios individuos quienes acudan a ellos cuando quieran recordar. Generalmente, un momento de fractura, algo que provocó un trauma, posteriormente se vuelve memorable a base de exaltaciones de la propia colectividad. Al proponer el retiro de las placas y “cerrar el ciclo”, lo que el jefe de gobierno realmente está proponiendo es olvidar el momento, como si el 2 de octubre fuese un trauma que nos impidiera progresar. Las movilizaciones civiles que cada año se llevan a cabo para rememorar la matanza reclaman la impunidad, el autoritarismo y el hecho de que Díaz Ordaz jamás sufrió castigo por sus acciones.

Inauguración de la línea 1 del Metro, Glorieta de Insurgentes

Foto: Alfonso Corona del Rosal.

Esas placas que fueron ya desprendidas de los muros de un pasillo transitado del metro, con sus letras doradas anotando la inauguración a cargo de Díaz Ordaz, son necesarias en tanto funcionan como un recordatorio. Dan nombre y apellido, y nos recuerdan que los asesinos de estudiantes fueron políticos que alguna vez hicieron promesas de campaña e inauguraron estaciones de metro. Nos recuerdan que los peores políticos de nuestra historia nacional han sido personajes polifacéticos que tal vez no eran tan distintos a los de hoy. Aunque representan parcialmente el hecho, su presencia, los datos y el nombre que ostentan, comunican por un lado la totalidad de la tragedia ocurrida el 2 de octubre de 1968, y por otro, la fuerza con que el evento ha permeado en la memoria colectiva.

En lugar de desmontar estas placas, tal vez, lo pertinente sería poner una cédula adicional que explique el origen de las mismas, pues su presencia es también parte de la cicatriz que el 2 de octubre dejó en la ciudad. En una especie de resignificación del momento, vale la pena exigir ejercicios que ayuden a ampliar la memoria, que proporcionen herramientas para expandir ese relato en constante construcción que es significativo para cualquier futuro posible. 

 

Georgina Cebey 
Doctora en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México.