Cuando se trata de centros históricos, la gestión del patrimonio suele oscilar entre dos posturas opuestas. Por un lado, están quienes proponen un modelo drástico de conservación, “congelar” los inmuebles en el tiempo y mantener a toda costa la apariencia colonial (en el caso mexicano) del primer cuadro de la ciudad, extirpándolo efectivamente de la dinámica urbana. En el otro lado del espectro se hallan quienes reniegan de la fetichización de este pasado y defienden la necesidad de un centro tan vivo y tan dinámico como la ciudad misma, por lo que se contentan con conservar sólo aquellos elementos de mayor valor simbólico o de potencial económico relevante.

Ante las evidentes problemáticas de ambos enfoques, la UNESCO publicó en 2011 una recomendación que ofrece una alternativa a las “zonas de monumentos”, vigente en la legislación mexicana y que predominaron en la literatura y política urbana del siglo XX: el concepto de paisaje urbano histórico. La importancia de esta noción radica en el hecho de que por vez primera se dejó de concebir a las ciudades históricas como meras colecciones o catálogos de inmuebles antiguos que deben ser protegidos. Un paisaje urbano histórico es, entonces, la suma de los elementos urbanos y arquitectónicos, topográficos e hidrológicos, sociales y culturales que van dejando marca en la ciudad con el paso de las generaciones y que construyen poco a poco su carácter.

Ilustración: Ros

Desde este debate, vale la pena abordar una tendencia que recientemente ha cobrado notoriedad en el centro histórico de Puebla de Zaragoza, uno de los conjuntos urbanos con patrimonio colonial más notables del continente americano. Desde hace algunos años, se ha popularizado en Puebla la construcción de terrazas y otros tipos de estructuras sobre diversos edificios históricos; sobre todo en aquellos que albergan hoteles, restaurantes y bares. Las vistas que estas terrazas ofrecen —esbeltos campanarios y palacios con fachadas de petatillo y azulejo— sin duda han contribuido a aumentar el atractivo de la zona entre locales y visitantes.

Algo que debemos tomar en cuenta es que son los aspectos materiales y las relaciones intangibles entre éstos los que narran con mayor elocuencia la historia de Puebla. Sus edificios civiles del primer cuadro, palaciegos, originales y profusos, nos hablan al mismo tiempo del auge comercial, industrial y cultural que la ciudad gozó entre los siglos XVII y XIX y del programa urbano compartido por las ciudades españolas en América. Sus numerosos templos, los únicos inmuebles que desafían la escala humana en el conjunto, nos presentan a una sociedad que puso a la religión en el centro absoluto de la vida de cada uno de sus miembros.

Hasta hace poco, caminar por el centro histórico de Puebla nos permitía apreciar todas estas significaciones históricas. Sin embargo, un aspecto escasamente discutido de la reciente proliferación de terrazas es el efecto de éstas sobre las relaciones y percepciones visuales del conjunto urbano. Las numerosas estructuras en cubierta agregan volumen y altura a edificios diseñados de acuerdo con la escala humana, alterando sustancialmente la relación entre hábitat y habitante. También, ante el afán de construir terrazas cada vez más altas, se desdibuja la importancia relativa de los inmuebles religiosos que sirvieron de remates visuales a la ciudad a lo largo de su historia.

Fotografía: Antonio Ramírez Priesca

Valdría la pena añadir que desde antes de que se popularizara la construcción de terrazas o de que se consideraran estos aspectos en la gestión de ciudades históricas, ya existía una prohibición concreta de dichas estructuras en cubierta, tanto en el Código Reglamentario Municipal como en el Programa Parcial de Desarrollo Urbano Sustentable para el Centro Histórico. Más allá de un par de clausuras temporales, el Ayuntamiento de Puebla no ha tenido los medios o la voluntad de frenar ninguna de estas obras que, independientemente de sus aspectos positivos y negativos, están en flagrante desacato a la regulación vigente.

La arquitecta Dolores Dib, quien fue titular de la Gerencia del Centro Histórico hasta 2018, declaró que la dependencia no lleva un registro sobre la cantidad o la ubicación de las terrazas construidas en la zona de monumentos. Sin embargo, consideramos que el estudio de dicha información será esencial para el desarrollo e implementación de políticas que respondan de forma efectiva a una situación que, si nos guiamos por las proyecciones de diversos indicadores turísticos de Puebla, sólo irá a la alza. Por esta razón, hemos elaborado este mapa que registra las construcciones sobre cubiertas que se han terminado durante la última década, tanto aquellas destinadas a terrazas como los nuevos niveles añadidos a edificios históricos.

Como podemos observar, la nuevas estructuras se concentran en los principales corredores turísticos del casco antiguo: zonas como la Plazuela de los Sapos y las calles que rodean a la Catedral. En cambio, en las calles de uso comercial no turístico, como la 8 o la 10 Poniente, no se han construido nuevas estructuras sobre cubiertas. Es prudente afirmar que, de extenderse los corredores turísticos a otras calles del Centro, podría aumentar en la misma proporción la distribución de las terrazas. Si, en cambio, se siguen limitando los espacios de consumo turístico a los corredores actuales, la densidad de terrazas aumentaría, transformando irremediablemente el perfil urbano de la ciudad.

Ilustración: Elaboración propia

La Recomendación sobre el paisaje urbano histórico de la UNESCO no plantea criterios específicos para los distintos tipos de intervención que llegan a realizarse en ciudades con patrimonio edificado, sino que se limita ampliar el enfoque desde el que se diseñan las políticas locales. En el caso de Puebla, la regulación municipal es más bien escueta, partiendo de una visión monumentalista del centro histórico, que prohíbe alteraciones pero no discute áreas de oportunidad para la mejor gobernanza de su zona más antigua.

Existen casos positivos en la construcción de terrazas, que aportan valor al centro histórico y podrían servir de referentes para las obras venideras. La del Museo Amparo, diseñada por TEN Arquitectos en 2013, se ha convertido en el espacio consentido para el disfrute de las visuales de la Ciudad de los Ángeles y en una imagen recurrente dentro de la promoción turística poblana. A diferencia de la multitud de estructuras que han intentado replicar su éxito, la terraza de Enrique Norten mantiene todos sus elementos fuera del campo visual del conjunto urbano, reduciendo al mínimo su impacto sobre el paisaje.

Ilustración: Elaboración propia

Sea cual sea el rumbo que la Angelópolis decida tomar en la gestión de este fenómeno, será necesario conciliar la necesaria reactivación económica y urbana de una zona rezagada con la, también necesaria, conservación de los atributos tangibles e intangibles de un paisaje urbano histórico de valor universal excepcional. “Terrazas vs Conservación” es un falso dilema. Con criterios de diseño adecuados al paradigma vigente de la UNESCO y mayor efectividad institucional, es posible imaginar un Centro Histórico que se disfrute en toda su extensión, desde la calle y desde la azotea.

 

Luis Arturo Saavedra Rubio
Comunicólogo y gestor de proyectos