I

Hace poco más de un siglo, el estadounidense Hiram Bingham III exploraba los andes peruanos en búsqueda de la “última ciudad perdida” de los incas. Siendo profesor en historia de América Latina y luego de un par de expediciones donde buscaba experimentar viejos caminos como la ruta comercial del Alto Perú al puerto de Buenos Aires o la trayectoria libertadora de Simón Bolívar por el norte de Sudamérica, en algún punto se obsesionó con los asentamientos incaicos. Ahí, un Bingham orgulloso de su largo linaje de aventureros colonizadores y evangelizadores en el Pacífico, quiso pasar a la historia como el descubridor de una ciudad perdida.

Como lo cuenta el académico Mark Rice en su extraordinario libro sobre la producción de Machu Picchu como un ineludible referente del turismo global, el hallazgo de una ciudad perdida era una suerte de santo grial en la arqueología de finales del siglo XIX y principios del XX. En su viaje por la región de Cusco, Bingham se obsesionó con hallar el último reducto del imperio incaico, configurado poco después de la sentencia de muerte a Atahualpa en 1533 y donde cuatro incas gobernaron hasta 1572 cuando finalmente fueron sometidos por el imperio hispánico. Sin formación como arqueólogo y a partir de informaciones de los habitantes y autoridades locales, Bingham llegó a Machu Picchu, donde tomó la más icónica de las fotografías de este enclave y cuya perspectiva es replicada diariamente en Instagram. El descubridor escribió su influyente libro: Lost City of the Incas.

Bingham estaba equivocado. Machu Picchu no era realmente esa ciudad y, en cambio, en sus excursiones sí había estado en el asentamiento que buscaba, el de Vilcabamba, sin haberlo identificado correctamente. Tampoco habría descubierto algo que estuviera realmente perdido y que, incluso desde la perspectiva de las exploraciones científicas europeas, ya habría sido identificado algunas décadas anteriores. No importa. Su aventura echó a andar una maquinaria internacional y nacionalista fascinada con sus presuntos hallazgos. Para el mundo, Machu Picchu es hoy el más radical antónimo de un secreto.

El éxito de Machu Picchu como enclave turístico responde a un gran número de factores, inversiones y propagandas. Sin embargo, algunos de estos se nutren de imaginarios relacionados tanto con la mirada exotizante de las exploraciones científicas europeas del siglo XIX y XX, como con la persistencia de los antiguos relatos colonizadores de una civilización de tesoros perdidos. Monumentalidad, inaccesibilidad, belleza natural, avaricia, aventura, viejos imaginarios populares y el misterio provisto por la mirada europea y estadounidense. Todos los ingredientes para el surgimiento una curiosidad turística global.

A partir de una de las cartas de Bingham a su padre, podemos comprender que su interés descansaba más en pasar a la historia como explorador que como científico. Su legado sería polémico. Curiosamente, hoy Machu Picchu está conectada a un muy selecto circuito de ciudades perdidas globalmente encontradas. Cada visita, cada entrada pagada, cada reserva de hotel cercano, refrenda la extinción del misterio. El visitante de las ciudades perdidas consume el relato digerido y deslactosado de su descubrimiento y su desmitifación. El turismo de masas es lo que sigue después de una gran aventura al estilo decimonónico.

II

El turismo urbano en las últimas décadas se ha diversificado. Hay varias formas de visitar una ciudad, de vincularse con sus cosas y en un mismo viaje se pueden experimentar varias. En algunos sitios se habla del surgimiento del “anti-turisimo”, esto es, la explotación turística de aspectos, zonas, sitios y actividades de la ciudad que se encuentran, supuesta o realmente, fuera de las rutas convencionales. La experiencia anti-turística se nutre del deseo de no ser un turista, no ir a los mismos lugares a donde van los demás, no tomar la misma fotografía que todos tomarán, no caer en el terrible restaurante caro y malo lleno de —otros— turistas. Si llegan a hacerlo, sienten la obligación de disculparse frente a sus pares. Como Bingham, el turista sofisticado de nuestro tiempo, necesita mirar lo que los demás no verán, necesita reseñar una ciudad perdida que no viene en la guía Lonely Planet necesita una aventura qué contar. Las catedrales y los museos no ofrecen ningún misterio.

Ilustración: Patricio Betteo

Las ciudades y sus gobiernos, locales, nacionales e incluso instancias globales, han construido una guía, una orientación y un mercado sobre la forma de consumir eso que comenzamos a llamar patrimonio. Así mismo, hay un discurso sobre lo que se desea mostrar: sentidos nacionalistas, valores estéticos, símbolos de distintos alcances. Sea por tedio a la saturación o por sofisticación, el anti-turismo urbano prefiere otra cosa: lo inadvertido por estas guías y discursos. Se trata del turista que, en sus términos, busca la experiencia que entiende como de lo real y lo auténtico. Lo demás, piensa, es una escenografía que busca conducirlo. La clave está en escapar de cualquier sitio donde pudieran estar otros turistas y donde sea imposible detectar la presencia de algún discurso oficial o comercial que oriente a forasteros sobre cómo vincularse con una plaza, calle u objeto urbano. Solo así tendrá la sensación de descubrir algo.

Es probable que como una consecuencia del imparable crecimiento del turismo de masas, la idea de organizar y explotar un mercado turístico a partir de los descubridores de lo no-turístico se volvió plausible. Es decir, la posibilidad de explorar una ciudad fuera de los circuitos turísticos era una decisión tan sencilla como doblar a la izquierda o a la derecha en una calle. Y lo sigue siendo. La ironía es que tan pronto esa experiencia es reseñada como un hallazgo casi arqueológico, la convierte en una experiencia turística. Anthony Bourdain, por ejemplo, elevó una colección de fonditas y puestos callejeros de ciudades de todo el mundo al mismo marco del turismo global de masas de los grandes restaurantes. Y así tenemos pequeños Binghams encontrando el lado perdido de las ciudades conocidas y convirtiéndolo en sitios icónicos. La experiencia antiturística consiste, pues, en dos partes: salirse del circuito turístico y convencer al resto que valió la pena. Es decir, convertirla en algo turístico.

Si el supuesto descubrimiento de Machu Picchu convirtió la antigua ciudadela presuntamente del inca Pachacutec en un ícono global y en el capital turístico más importante de Perú, el descubrimiento de lo perdido en las ciudades como actividad redituable es el nuevo Dorado de la industria. Sobre todo porque esta vez se trata de algo replicable en –casi- cualquier sitio. Una suerte de mcdonaldización de la experiencia turística. –Casi- cualquier tallercito o tiendita, cualquier callejuela, cualquier fondita, cualquier edificio abandonado, cualquier historia barrial genérica puede satisfacer al pequeño Bingham sabiéndosela contar.

Hay, sin embargo, una enorme diferencia. El afán de encontrar la ciudad perdida retoma o retomaba la idea de lo particular, lo único y lo extraordinario. Los aventureros, más que los arqueólogos, alimentan sus expediciones con el anhelo de encontrar alguna ciudad invisible como las que Ítalo Calvino pusiera en voz de Marco Polo describiéndoselas a Kublai Kan. El turismo sobre las antiguas ciudades en ruinas descubiertas o habitadas y restauradas como centros históricos, tiene el fin de recrear esa diversidad de estilos e historias de urbes del pasado insertas en algún relato de lo fantástico, de lo grandioso o de lo exótico. En cambio, esto de lo que he adoptado la etiqueta de anti-turismo urbano, persigue la regularidad en estado puro y, en su caso, la diferencia solo si viene en presentación microscópica. Se trata de buscar el callejón que podría estar en cualquier parte, con el changarro que podría estar en cualquier esquina y escuchar los lugares comunes de los vecinos hasta tocar lo más ordinario. Lo nueva ciudad perdida está ahí.

La industria turística de la ciudad perdida y ordinaria recrea esta ficción una y otra vez. Tours anti-turistas, safaris en colonias populares, fiestas en antiguas fábricas, experiencias Airbnb que prometen la exclusividad de lo auténticamente local. No es tan fácil ser un aventurero de lo ordinario y para eso se rentan guías de la street cred. Las capitales turísticas europeas, especialmente ciudades medias, encuentran que las masas de turistas que atiborraban sus plazas ahora desbordan los circuitos convencionales y más bien buscan meterse hasta en sus cocinas en aras de inyectarse la experiencia de lo genérico. Y el mercado ofrece ya todas las herramientas para hacer posibles esos consumos voraces. Al parecer, el turismo de masas sobre lo ordinario de la urbe es lo que sigue después del consumo de la aventura turística del siglo pasado.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Politólogo, antropólogo urbano y editor de este blog.