Hubo quienes vieron arder una iglesia… y lo celebraron. La iconoclastia jacobina como postura de sobremesa o de tuit no dejará de ser seductora. Es estridente y escandaliza sobre todo porque sabe jugar muy bien con la ambivalencia permanente sobre el valor de las antiguas infraestructuras urbanas devenidas en monumentos históricos. Los escandalizados no son necesariamente católicos y, de pronto, su lamento por la pérdida de un objeto valioso es confrontado con un conservadurismo clerical que rechazarían para sí. La tensión está, pues, sobre el denso contenido del símbolo que está ardiendo.

La catedral de Notre Dame en París no se perdió. Todos vimos caer su aguja y cubierta decimonónica, pero sobre todo ardió el techo de madera levantado desde finales del siglo XII y a lo largo del XIII. Colapsaron algunos tramos de la bóveda interior. Se extinguieron también algunas reliquias que se resguardaban en la base la aguja y todavía se evalúan los daños que el agua de los bomberos y el humo pudieron haber traído a otros elementos como el órgano. Para muchos esto será ya mucho y seguro que con razón. Pero el monumento histórico ahí está y tanto sus pérdidas como el relato del fuego serán ahora parte de una historicidad que su más estricta preservación y explotación para la contemplación busca simplificar.

Fotografía: Peter Haas bajo licencia de Creative Commons.

Mientras ocurría el incendio en París, también ardía la mezquita Al-Aqsa en el complejo de la explanada de las mezquitas de Jerusalén. Con menos reconocimiento y prestigio en la mirada no islámica, el incendio en Al-Aqsa apenas nos dio para un par de reflexiones sobre cómo lo que ocurre en Europa tiene una resonancia gigantesca. Si bien esto último es innegable y la misma construcción simbólica de la catedral de Notre Dame como un patrimonio reconocible para todo el planeta es parte de la hegemonía eurocéntrica, es posible que otros grandes monumentos históricos fuera de Europa contaran con el mismo prestigio… Es solo que Al-Aqsa no. Si el fuego hubiera ocurrido en su vecino Domo de la Roca, icónico de cualquier panorámica de Jerusalén, ese 16 de abril de 2019 habría sido uno de los días más intensos en materia de patrimonio urbano global, al menos como se entiende en occidente.

El incendio en Notre Dame y las polémicas venideras sobre su restauración, pondrán bajo la mirada global los perennes debates sobre conservación, intervención y sentido del patrimonio urbano. En México llevamos un año y medio de seminarios, congresos y encuentros al respecto sobre la destrucción patrimonial que trajo el terremoto de 2017, especialmente en el circuito de conventos del siglo XVI en Morelos y Puebla. Ahí se retoman y se discuten ideas que llevan desarrollándose los últimos 150 años, cuando la ciudad industrial suplantó a la ciudad antigua. Sin embargo, la renovada discusión parisina, sin duda irradiará lineamientos, ideas y conceptos; retransmitirá un marco global que seguramente conducirá decisiones en estos temas.

Y es que curiosamente, si hay una nación que ha reflexionado sobre la producción del patrimonio urbano como una categoría cultural ha sido Francia. Tan solo hace poco más de 25 años, la historiadora Françoise Choay escribía su Alegoría del patrimonio, que se convirtió rápidamente en un referente global sobre cómo comprender el proceso de transformación de la ciudad antigua en una ciudad museo. A través de éste y otros trabajos, Choay desarrolla cómo el urbanismo y arquitectura medieval y de la modernidad pre industrial se convirtió en un problema de patrimonialización, conservación, destrucción y explotación. Sin embargo, si estas ideas sirven para reflexionar sobre cualquier centro histórico, el hecho de que el monumento en cuestión sea una catedral y, en especial, la catedral de París, amplifica la discusión.

De manera somera, podemos decir que una catedral mezcla la producción de un espacio sagrado con el de la representación de un poder religioso central. Si bien hoy muchos templos sirven como sedes catedralicias en la organización territorial de la iglesia, en una sociedad no secularizada, la capitalidad de una catedral es fundamental. Sus características materiales y estéticas pueden servir a confirmar el estatus de una ciudad en un momento dado. Ahí donde la ciudad lo ha perdido, la catedral queda como testimonio de esa grandeza pasada.

Desde su producción, una catedral tensa el prestigio de su conservación como símbolo de la permanencia de este poder religioso, con la necesidad de aumentar su riqueza y mostrar su adaptación a la vanguardia. Ante la formación de un Estado moderno, secular y nacionalista, la catedral sostiene la capitalidad –e incluso muchos de sus valores, sentidos y usos religiosos- pero ésta es capturada parcialmente por el Estado al convertirla en monumento histórico.  Choay expone cómo en el desarrollo de la ciudad industrial y con influencias del movimiento romántico, aquellos objetos y entramados enteros de la ciudad del Antiguo Régimen se resignifican como patrimonio nacional. Podemos decir que el mundo contemporáneo ciudadaniza la relación con sus catedrales antiguas.

Esta ciudadanización es inacabada, parcial y no ha ocurrido de formas necesariamente lineales. Mientras que desde el Comité de Salut Publique, Robespierre ordenaba que Notre Dame se convirtiera en un Templo de la Razón en noviembre de 1793, ocho décadas después la Comuna de París quería verla destruida. En México, en 1856, Juan José Baz amagaba con destruir la catedral metropolitana al no permitírsele la desacralización que pretendía entrando a caballo a la nave central. Es decir, la complejidad simbólica de estos monumentos y su valor en las ciudades, las convierte en objetos que al menos desde algunas tradiciones sociológicas podríamos caracterizar como actantes –es decir, con una capacidad de interactuar con los agentes sociales como si fueran también actores-.

A esta mezcla debe añadírsele un ingrediente más y quizás el más importante en el mundo contemporáneo: la relación con el patrimonio es hoy de consumo. Si bien detrás de la operación de patrimonialización había algunas intenciones e ideas nacionalistas impulsadas por el Estado, ciertamente ha existido a lo largo del último medio siglo, una simultánea operación de desnacionalización. Hoy hablamos del patrimonio de la humanidad. En este sentido, entramados enteros urbanos y sus edificios son preservados a una escala masiva, en donde su apreciación estética en tanto objeto patrimonializado supera la posibilidad de una identificación precisa de su historicidad por parte de sus consumidores. Es pues, la construcción de los centros históricos como parques temáticos equivalentes entre sí. En este contexto, una catedral importa más por su volumetría, sus características decorativas, su numeralia básica y algún par de anécdotas genéricas sobre sus campanas, decanos y suicidas. En el universo turístico, la catedral es explotada como un capital de la ciudad. La capitalidad sagrada y religiosa que ha querido capturar el Estado, también la disputan los mercados globales.

¿Cómo ha de restaurarse Notre Dame? ¿Quedará la huella en el skyline parisino? ¿Preservando la cicatriz del incendio? ¿Restaurando con el más estricto apego posible a las condiciones previas al incidente? ¿Incorporando algún novedoso elemento del lenguaje y técnica contemporánea? Para responder esto, lo primero será preguntarse para qué o para quiénes será restaurada: ¿para la Iglesia? ¿para el patrimonio nacional francés? ¿para el patrimonio de la humanidad? ¿para su explotación turística? Cada uno supone algunas convergencias que podrían ser tomadas en cuenta en la elaboración de un proyecto definitivo. Y si para ninguna decisión hay un consenso tan claro, es precisamente porque las catedrales aglomeran tantas relaciones sociales que la disputa sobre cómo intervenirla trasciende cualquier sentido estético: es una disputa por los símbolos que representa y en los que la propia catedral actúa sobre la ciudad.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo urbano, politólogo y editor de este blog.