El viernes 10 de mayo por la noche, justo cuando terminaban muchos festejos del Día de las Madres, en la Ciudad de México notamos algo inusual: olía a quemado y no solo eso, se veía una bruma a nuestro alrededor. No en una sola colonia o alcaldía, era por toda la ciudad. La gente comenzó a preguntarse qué estaba pasando.

Tal vez porque estamos acostumbrados al aroma de la leña o carbón y lo asociamos con buenos recuerdos: una carne asada con la familia, una fogata con los amigos, muchos no tomaron esto como una señal de alerta. Quienes buscamos información en notas periodísticas y redes sociales nos enteramos que había más de diez incendios forestales y de pastizales en los alrededores de la ciudad, pensamos que pronto iba a pasar, pero al día siguiente la bruma no se quitó. Ni al siguiente.

Para entonces, la calidad del aire de la ciudad y zona metropolitana estaba clasificada como mala, por la Dirección de Monitoreo Atmosférico, es decir que el Índice de Calidad del Aire, rebasaba el valor de 100 en muchas de las estaciones de medición, respecto a un contaminante que comúnmente no es el que tiene valores más altos en el Valle de México: las partículas suspendidas clasificadas como PM2.5.

Ilustración: Víctor Solís

Calidad del aire

El aire en las ciudades de todo el mundo puede tener muchos contaminantes, la mayoría son gases que provienen de la combustión de gasolinas y diesel: óxidos de azufre (SOx), óxidos de nitrógeno (NOx), monóxido de carbono (CO) y ozono (O3).

En la Ciudad de México el ozono había sido hasta hace poco el contaminante preponderante: aunque los autos no lo producen directamente, sí emiten los óxidos de nitrógeno que participan en reacciones químicas favorecidas por la luz solar, que terminan formando el ozono. Es por eso que en primavera, con las altas temperaturas y mayor radiación solar hay más probabilidad de tener altas concentraciones de este contaminante.

Pero también, en el aire de esta y otras ciudades existen contaminantes sólidos, lo que llamamos partículas suspendidas (abreviadas PM, por particulate matter) y que clasificamos de acuerdo a su tamaño aproximado.

Las PM10, son partículas que tiene un tamaños entre 2.5 y 10 micras —una micra es una millonésima parte de un metro—, en esta clasificación están partículas de polvo, moho y polen, para tener una idea relativa de su tamaño: un cabello tiene un diámetro aproximado de 60 micras. Las PM2.5 tienen tamaños menores a 2.5 micras, son realmente muy pequeñas.

Bruma

Esta primavera en la Ciudad de México, el primer evento grave de contaminación no tuvo que ver con el ozono, como típicamente sucedía, sino con las partículas suspendidas:  aunque estas se producen en las emisiones de los escapes de los autos, gracias a medidas como la verificación vehicular y el uso de convertidores catalíticos que mejoran la eficiencia de la combustión, la cantidad de PM2.5 que emiten los autos actualmente es menor que en el pasado.

Otra fuente importante de este contaminante son los incendios forestales, de pastizales o de basura. El humo que vemos en una fogata o algo que se quema, está compuesto por varios gases: monóxido de carbono, vapor de agua, compuestos orgánicos volátiles -los que nos hacen percibir el aroma a “quemado”- y por partículas sólidas, que quedan suspendidas en el aire. Así que los incendios que rodean a la ciudad nos trajeron esta contaminación.

A simple vista no distinguimos ni las PM10 ni las PM2.5, pero en la Ciudad de México hemos notado la presencia de estas últimas de otra manera: las PM2.5 que son las más comunes en los incendios tienen tamaños menores a una micra, por lo tanto dispersan la luz visible, teniendo ese efecto de bruma que hemos visto por varios días.

La bruma es una evidencia de que hay una cantidad muy alta de contaminación, la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU., EPA, por sus siglas en inglés, establece una forma de estimar la concentración de partículas suspendidas, a partir de la visibilidad en una zona. En la Ciudad de México en estos días hemos tenido alrededor de 3 millas de visibilidad, lo que para la EPA indica que la concentración de PM2.5 hace que el aire sea insalubre para grupos sensibles.

Riesgos a la salud

Una sustancia se considera contaminante del aire si su presencia, aun en pequeñas cantidades causa efectos adversos en los seres humanos o en el ecosistema. En general los contaminantes del aire representan un riesgo para toda la población, aunque causan más problemas a ciertos grupos: adultos mayores, bebés, mujeres embarazadas, personas con enfermedades respiratorias crónicas, como asma, y con problemas cardiovasculares, así como a los fumadores.

Respecto a los contaminantes más comunes en la Ciudad de México, el ozono causa inflamación e irritación de las vías respiratorias: nos dificulta la respiración profunda, nos ocasiona ataques de tos y  en general hace que los pulmones sean más sensibles a infecciones.

La exposición aguda al ozono, es decir respirar concentraciones elevadas durante tiempos cortos, puede ocasionar que incluso personas sanas requieran atención médica, la EPA indica que hay evidencias de que el aumento en la concentración de ozono, está relacionado con tasas de mortalidad más altas entre adultos mayores.

Las partículas suspendidas también representan un riesgo para la salud, pues al respirarlas entran a nuestros pulmones. Por su tamaño se considera que los efectos a largo plazo de las PM2.5 son más graves, pues llegan a los alvéolos pulmonares.

La Organización Mundial de la Salud, OMS, considera que las partículas suspendidas afectan a más personas que cualquier otro contaminante, porque pueden presentarse en zonas rurales o urbanas, además de que por su tamaño, son capaces de atravesar la barrera de los pulmones y entrar al torrente sanguíneo, ocasionando no solo problemas respiratorios. En este caso la exposición crónica es la más peligrosa: al acumularse en el cuerpo aumentan el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares e incluso cáncer pulmonar.

¿Para qué medimos la contaminación?

Mientras escribo esto la emergencia ambiental continua: tenemos durante el día concentraciones altas de ozono —que bajan por la noche cuando no hay luz— y concentraciones altas y casi constantes de PM2.5, que no se disipan porque los incendios siguen y no hay vientos considerables en la ciudad.

Podemos la calidad del aire si consultamos los datos que diariamente proporciona la Dirección de Monitoreo Atmosférico de la Ciudad de México, que hasta hace unos meses usaba la medida llamada Índice Metropolitano de Calidad del Aire, IMECA, pero que desde la entrada en vigor de la Norma NADF-009-AIRE-2017, usa el Índice de Calidad del Aire.

Estos índices se obtienen a partir una serie de algoritmos o procedimientos numéricos que transforman los valores de concentraciones en números enteros y su objetivo es poder informa y alertar a la población general cuando haya riesgos ocasionados por contaminantes.

Estos índices se han vuelto tema de discusión de muchos, que como yo, revisamos cómo se calculan, así han surgido dudas sobre si se están aplicando correctamente los algoritmos o si los valores que se reportan de alguna forma se están manipulando para hacerlos parecer menores. Todo esto ha sucedido por la magnitud de la emergencia en la que estamos, pero también por un vacío de información que el gobierno de la ciudad propició.

Los primeros reportes de incendios fueron noticias aisladas, las primeras señales de alerta fueron de quienes revisábamos la calidad del aire: pasamos días sin información oficial clara, la situación empezó el viernes 10 de mayo por la noche, la jefa de gobierno dio su primera declaración oficial al respecto el lunes 14 de mayo a las seis de la tarde en un video que se difundió por redes sociales.

Eso y la forma tan dubitativa con la que se actuó para declarar la contingencia ambiental, que debía ocurrir al llegar al índice de 150, nos ha hecho sentir más inseguros. Aunado a que no parece que haya un plan claro de acción, si bien es cierto que las condiciones atmosféricas no son favorables para la dispersión de las partículas, no parece que haya un plan claro de acción para esta y otras contingencias ambientales.

Sería importante que las autoridades tomaran este consejo que da la EPA en un manual sobre la actuación ante incendios:

Otro factor es la percepción pública. Como el humo dispersa la luz visible de forma tan efectiva, la visibilidad se afecta drásticamente al aumentar las concentraciones de humo. Incluso sin que se les diga, la población sabe que el humo empeora y buscarán que las autoridades actúen ante esos cambios en la medida en la que ocurran.

 

Paula Ximena García Reynaldos
Profesora y divulgadora de la ciencia. Doctora en Química por la UNAM.