“No tratar de encontrar demasiado deprisa una definición de la ciudad;
es un asunto demasiado vasto, y hay muchas posibilidades de equivocarse”.
—Georges Perec, Especies de espacios

La ciudad se da por hecho. Ya es un lugar común traer a cuenta el abrumador porcentaje de la población mundial que se convertirá en habitante urbano y señalar que es un futuro que ya llegó; un dato muy trillado entre arquitectos y aspirantes a urbanistas. Aunque la mayor parte del tiempo esa cifra simplemente sirva como justificación para la edificación, la expansión del sistema y sus premisas. La ciudad es ineludible. Como ineludible es ver reflejado en ese territorio nuestra crisis y nuestros mayores retos: marginación, devastación ecológica, desigualdad, desesperanza. Y reinvención.

Hay que establecer un límite. “Primero, hacer un inventario de lo que vemos. Enumerar aquello de lo que estamos seguros. Establecer distinciones elementales: por ejemplo entre lo que es la ciudad y lo que no es la ciudad”, dice George Perec.1 Sin embargo, puedo especular que la mayor parte de los autores reunidos bajo el título Donde termina la ciudad, que aquí se reseña, valorarían como inocente este método que propone. Este delgado volumen amarillo, cuya publicación se ha convertido en una tradición que acompaña a MEXTRÓPOLI, el festival de arquitectura y ciudad que tienen lugar todos los años en la Ciudad de México, se pone esta tarea.

Ilustración: Patricio Betteo

Al expandir la reflexión hacia otras disciplinas y hacia otros puntos de vista, el libro también es un instrumento para mantener una visión crítica paralela a las ponencias que se presentan en cada edición del festival, incluso para contrastar los excesos y ensimismamientos que no faltan por parte de alguno que otro ponente. Tengo la impresión que MEXTRÓPOLI suministra de esta manera el veneno y el antídoto, por así decirlo. Este año la publicación —y el festival— versaron sobre los límites de la ciudad. Vayamos en orden.

¿De qué estamos seguros? Ross Exo Adams tiene el primer turno para sospechar de nuestras certidumbres e incluso de nuestras definiciones.“Podríamos decir que la teoría urbana contemporánea sufre de cierta calidad pasmosa. Tan pronto como intentamos confrontar lo urbano en su innegable ubicuidad a lo largo de la superficie de la Tierra, nos enfrentamos inmediatamente con su ausencia como tal. Con una incertidumbre a la Heisenberg, lo urbano está en todas partes y en ninguna, totalizador aunque inabarcable.” A través de la relectura del pensamiento de Ildefonso Cerdá en su “Teoría general de la urbanización”, Adams recuerda, que la confusión de lo urbano con sus sistemas de circulación podrían distraer del análisis necesario sobre la complicidad de dichos sistemas con el poder, por poner un ejemplo.

Ya introducidos a la esfera de lo político, Daniel Daou argumenta que la insuficiencia, la miopía, del proyecto estético —que es político— de la izquierda no ha ofrecido hasta ahora alternativa al modelo urbano imperante “Los proyectos estéticos que podríamos considerar de izquierda (no por progresivos, sino simplemente por oponerse al avance desenfrenado del modelo capitalista) resultan, si no retrógrados, conservadores (…)” En su revisión de la historia reciente del pensamiento arquitectónico, Daou apunta a la necesidad de una repolitización de la profesión del arquitecto y a la superación de estos modelos limitados por vía de la radicalización de los límites de lo urbano: imaginar la urbanización completa. No hay futuro postcapitalista con fondo urbano heredado de ese mismo sistema que se pretende superar.

Angelos Varvarousis y Penny Koutrolikou siembran de preguntas desafiantes otro de los dogmas sobre la condición urbana contemporánea: su necesario y ¿deseable? crecimiento. Expansión no es necesariamente porvenir y bienestar.  “¿Cómo pueden las ciudades convertirse en lugares de experimentación que desafíen y trasciendan el imperativo del crecimiento? ¿Cuál es el papel de la arquitectura y la planificación urbana en este proceso?” . Al incluir a la ciudad en el cuestionamiento general a este dogma de la lógica capitalista neoliberal, los autores griegos recuperan en su línea de argumentación el énfasis en la preservación del espacio público y la valoración de la vivienda, fuera de los sistemas mercantiles que ahora los deforman.  

Nuestras nuevas Ciudades invisibles llegan de sitios como los Países Bajos y su radical pragmatismo. Marina Otero retrata los paisajes de la extrema automatización holandesa, territorio artificial que es el segundo exportador mundial de alimentos —para sorpresa de no pocos—. “Dentro de estos “nuevos jardines del Edén”, como los llamó AMO, crecen las plantas de tomate dulce, asistidas por el control del clima, la iluminación artificial y los sistemas de distribución de agua y nutrientes. No están restringidas por las condiciones exteriores, su entorno inmediato, y pronto, no lo estarán por el trabajo humano” Otero nos mueve desde la intimidad de la cama al paisaje de invernaderos y vacas mimadas para retratar el conflicto y las perspectivas que las nuevas tecnologías de la automatización establecen entre el trabajo y el ocio en la construcción del espacio que habitamos y aquel que ya no. Y en una visión asombrada pero despojada de drama, vislumbra las posibilidades.  

Desde el mundo académico californiano y con un cuidado tono más dramático en su escritura, Liam Young señala hacia la condición “posthumana” de los verdaderos centros neurálgicos de nuestras ciudades. “Nuestras catedrales”: los enormes almacenes de datos de las corporaciones que administran y especulan con nuestra privacidad. Edificios asépticos habitados por memoria humana con ínfima presencia de trabajo realizado por humanos.

“Las más grandes y más críticas áreas de nuestras ciudades, hoy permanecen desocupadas. Construimos una arquitectura sin gente. No es una condición “posthumana” en el sentido en que usualmente se emplea el término. No se trata de modificaciones corporales, cyborgs, exoesqueletos e ingeniería genética. Los sitios que constituyen el postantropoceno no tienen nada que ver con nuestros cuerpos (…)”  Una deshabitación, una ausencia que se abre de nueva cuenta como posibilidad y, a pesar del tono sobrecogedor, evita la pura distopía fácil para abrir otra vez terreno y poner en crisis las premisas sobre los que los arquitectos construimos nuestro quehacer.

La segunda mitad de la publicación de Arquine regresa a nuestra Ciudad de México, donde las reflexiones presentadas antes encuentran resonancias y contrastes. En el texto más lacónico de la compilación, Regina Hernández Franyuti hace un recuento histórico de su estricta delimitación. Matthew Vitz relata la batalla de la ciudad contra otros límites, los de sus lagos. Batalla que se ha librado a través de “desecación y drenaje”. Paralela a este conflicto se lee la historia del ambientalismo urbano que intenta con éxito cuestionable contrarrestar los efectos de esa delimitación, muchas veces desde una valoración limitada de las implicaciones sociales de sus posturas.  

Alfonso Fierro sobrevuela las utopías de la posrevolución —Ciudad Universitaria, el Centro Urbano Presidente Alemán— para a partir de la idea la clausura, de lo cerrado como condición necesaria de la utopía, repensar estos espacios como laboratorios de la ciudad actual.  Antes de terminar, el libro nos deja escuchar voces desde la literatura. Las charlas de Christian Mendoza con las escritoras Jazmina Barrera y Sandra Olguín nos devuelven a mapas más íntimos e introspectivos. Como preparación de este recogimiento hacia lo literario, hemos acompañado, guiados por Luz América Viveros Anaya, a un caminante del siglo XIX que se aventura hasta Tepito. El extrañamiento que pueden haber producido algunos de los textos previos ¿sonará tan nostálgico algún día como las memorias de ese viaje de Manuel Gutiérrez Nájera?:

 “Yo no conocía siquiera la existencia de Tepito. Mi espíritu errabundo no había contemplado jamás en sus atrevidas excursiones esa poética plazuela, situada a veinte calles de la Plaza de Armas y a diez mil leguas de la civilización”.2

No se debe esperar en Donde termina la ciudad una cartografía concluida, un ensayo que agote sus planteamientos. Se puede en cambio valorar por sus fragmentos, sus trazos. Preguntas a seguir y que se superponen en capas a veces contrastantes, inicios posibles de exploraciones renovadas sobre la idea contemporánea de lo urbano. La comprensión y diseño de la ciudad no es territorio exclusivo de arquitectos, sobre todo de aquellos personajes heroicos y solitarios, armados con un optimismo carismático, eslóganes fáciles y largos trazos, trazos muy convencidos.  La lectura de este sampleo de ideas podría por lo pronto cambiar esos eslóganes por una más sana perplejidad que nos haga dudar de proyectos iluminados.

“Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes” imaginó Borges que escribía un tal Suarez Miranda “entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.”3 A través de los despojos de una cartografía estática respira de nuevo la realidad.

 

Víctor Alcérreca
Arquitecto y colabora como profesor invitado con las universidades de Arkansas y Washington.


1 Perec, G. y Camarero, J. (2001). Especies de espacios. Barcelona, Montesinos.

2 El Duque Job, “Humoradas dominicales” en El Partido Liberal (8 de agosto de 1886), pp. 1-2, en Manuel Gurtiérrez Nájera, Obras XVI. Arte. Viajes Espectáculos, p. 259.

3 Borges, Jorge Luis Borges (1946), “Del rigor en la ciencia”, en Historia universal de la infamia, 1946.