En el siglo XXI, la frontera norte de México se ha convertido en un dispositivo que atrapa y precariza movilidades poblacionales. Debido al paulatino reforzamiento de la política migratoria norteamericana y su aparato geopolítico fronterizo –especialmente después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001–, así como a las violentas y vulnerables condiciones al sur del continente, las ciudades fronterizas como Tijuana han dejado de ser un lugar de paso para convertirse en una zona de contención de un circuito migratorio trasnacional. En los últimos años, una diversidad de movilidades poblacionales precarizadas provenientes de ambas direcciones se han quedado atrapadas en Tijuana: migrantes vulnerables que marchan de sur a norte o deportados que retornan del norte al sur.

Por lo anterior, es pertinente colocar algunas notas iniciales para repensar la idea de que Tijuana es la casa de toda la gente (Canclini y Safa, 1989), o una ciudad solidaria de puertas abiertas. La fórmula para dilucidar el recibimiento ambivalente de migrantes que se quedan atrapados por el muro fronterizo no es, ni de cerca, sencilla. La complejidad de factores, históricos y coyunturales, que se asocian para que la coreografía urbana de Tijuana se recomponga con la llegada de migrantes deportados, haitianos, africanos y centroamericanos en los últimos años, se modifica a un ritmo frenético. Cuando comienza a darle un poco de sentido, el curso de los acontecimientos cambia con otra andanada de africanos, centroamericanos o asiáticos, con un posicionamiento gubernamental distinto o con una nueva ocurrencia electorera de Donald Trump.

Vale la pena colocar, entonces, una serie de anotaciones sobre lo que ha sucedido para la conformación de un paisaje tijuanense que tiene como constante la llegada de nuevas poblaciones y así colocar algunas líneas para empezar a pensar en su complejidad el proceso a través del cual estas personas son rechazadas, estigmatizadas y culpabilizadas por un problema estructural que trasciende sus esfuerzos personales y los (in)moviliza en esta frontera.

Ilustración: Estelí Meza

Tijuana es una ciudad de migrantes, eso es innegable. Esta urbe tuvo la tasa de crecimiento demográfico más acelerada del país durante el siglo XX. De conformarse oficialmente como poblado a finales del siglo XIX, Tijuana ha pasado a ser la cuarta ciudad más poblada de este país, en buena medida debido a la fuerza de atracción que ha tenido como ciudad vecina del boyante estado de California y a los procesos migratorios que ello ha catalizado (Zenteno, 1995). Tan es así, que la mitad de su población no es originaria de esta localidad.

Esta situación ha devenido en discursos sobre la ciudad solidaria y de puertas abiertas, una ciudad acostumbrada a la migración, con instancias sólidas de atención, asistencia y canalización de migrantes y con una población sensible a las complejidades migratorias.1 Sin embargo, en el desarrollo de los acontecimientos cotidianos de los últimos años, estas causalidades no han operado de esta forma. Las muestras de desprecio aporofóbicas ante la población deportada o el racismo que salió a relucir con la llegada de las caravanas migrantes dan cuenta de que la recepción de las diversas movilidades poblacionales que han llegado a Tijuana en los últimos diez años ha sido, por decir lo menos, conflictiva, pues ha enfrentado posturas humanitarias y xenófobas.

A principios de esta década, se hicieron cada vez más evidentes los efectos del endurecimiento de la política migratoria de las administraciones Bush-Obama. El epítome formal de esta evidencia brotó en las adyacencias de la garita San Ysidro-Tijuana. El espacio conocido como El Bordo, tomó forma hiperguética (Wacquant, 2001), conteniendo alrededor de un millar de migrantes deportados que subsistían en situación de calle, envueltos en una serie de carencias y hábitos de consumo que precarizaban cada vez más sus vidas (Albicker y Velasco, 2016).

Ante la indolencia gubernamental, estas personas fueron asistidas por organizaciones humanitarias de la sociedad civil. A pesar de ello, dichas poblaciones fueron objeto de un proceso de estigmatización –por parte tanto de la población local como de funcionarios del gobierno– que desacreditó su presencia en la ciudad mostrándolos como fracasados, violentos, drogadictos y delincuentes. En la evaluación general del primer lustro de esta década, estos deportados representaron la nueva forma del desorden urbano tijuanense.

Por otro lado, a partir de 2016 han arribado a la ciudad una serie de grupos migratorios que han llamado la atención mediática internacional, destacando los grandes contingentes de haitianos, africanos y centroamericanos. Un amplio grupo de migrantes haitianos y africanos arribaron a la ciudad luego de un larguísimo proceso migratorio que había iniciado —en el caso de los haitianos— después del devastador sismo de 2010.2 Estas personas habían sido acogidas por gobiernos progresistas latinoamericanos, como el de Dilma Rousseff en Brasil, en el contexto de la construcción de estadios para el Mundial y los Juegos Olímpicos en dicho país. Después de las convulsiones políticas brasileñas, fueron expulsados en un largo viaje a través de países sudamericanos y centroamericanos hasta llegar a la ciudad de Tijuana en busca de solicitudes de asilo en Estados Unidos.

Al quedarse varados en esta ciudad en espera de la respuesta del gobierno estadunidense, la reacción de la población local —en términos generales— fue de ambivalente resquemor al ver una oleada migratoria con características completamente nuevas, de las cuales destacaban dos. Por un lado, el discurso humanitario los colocaba como víctimas de las circunstancias de uno de los países más pobres del mundo, y por otro lado representaban a la población negra precarizada que la perorata mediática ha construido como personas vulnerables a quienes les urge ser atendidas (Boltanski, 2004; Höijer, 2004). Si bien la inserción social y laboral de las y los haitianos en Tijuana se ha topado con algunos problemas, vale la pena anotar la necesidad de explorar cómo se han construido los mecanismos para que la población haitiana y africana que llegó a Tijuana, fuera representada como una serie de migrantes merecientes de todo el apoyo posible desde una lente que se pone como filtro una especie de paternalismo racista que tiene que intervenir sobre dicha situación.

En contraposición a ello, podemos colocar la enardecida respuesta de algunos sectores de la población tijuanense frente a la caravana de migrantes centroamericanos que continúan llegando a la ciudad desde meses atrás. La irrupción de la caravana a finales de 2018 tuvo un impacto mediático mundial, en buena parte debido a la utilización electorera de la situación por parte del presidente de Estados Unidos. A pesar de que se antojaba inverosímil y contradictorio en una ciudad de migrantes, las muestras xenofóbicas y de repudio de la población local hacia las y los integrantes de la caravana fueron noticia mundial.

Una crónica de la periodista María Verza (2019) en relación a los periplos de la caravana migrante de 2018, retoma las expresiones de rechazo surgidas por algunos cuantos grupos que enarbolaron un discurso de odio sobre los integrantes de la misma. En su texto, Verza destaca la diferenciación entre la recepción de los flujos migratorios haitianos ocurridos dos años antes —más o menos en la misma cantidad— y la de los centroamericanos. Parece que, por lo menos en el discurso general, hubo una exotización de los migrantes haitianos como merecientes de apoyo, frente a la amenaza que representaban los imaginarios mareros de los migrantes centroamericanos, ya que estos últimos sí pueden confundirse con la población local mientras que los otros son fácilmente ubicables. La desacreditación de la presencia de los migrantes centroamericanos en Tijuana tiene todos los tintes de la creación de la imagen del extranjero amenazante vinculada a la delincuencia y a la criminalidad.

Por todo lo anterior, es fundamental repensar la idea estabilizada de que Tijuana es una ciudad de puertas abiertas y solidaria con los migrantes. ¿Por qué algunos sectores de la población tijuanense sintieron lástima y compasión por unos y otros sectores enarbolaron el repudio hacia los otros? ¿Acaso está distribuida desigualmente la compasión? ¿Qué idea de la compasión es la que se ejerce en la ciudad? ¿Se sigue sosteniendo la idea de que Tijuana es una ciudad de puertas abiertas? No se habla aquí, por supuesto, de la población tijuanense en general; simplemente se destacan las actitudes de algunos sectores de la ciudad que descolocan la idea de que Tijuana es una ciudad enteramente solidaria. Plantear estas dudas, entonces, es una forma de asumir que el racismo y la xenofobia también nos acompañan en la dinámica cotidiana urbana y que comenzar a enunciarlos puede ser el inicio de un camino para conjurarlos.

 

Juan Antonio Del Monte Madrigal
Doctor en Sociología y profesor de la Universidad Iberoamericana-Tijuana y de la Universidad Autónoma de Baja California

Referencias
Albicker, S y Velasco, L (2016) “Deportación y estigma en la frontera Mexico-Estados Unidos: atrapados en Tijuana”, Norteamérica, 11(1), enero-junio, 99-129
Boltanski, L, (2004) Distant Suffering. Morality, Media and Politics, UK: Cambridge University Press
Canclini, N, Safa, P, y Grobet L. (1989) Tijuana, la casa de toda la gente, México: INAH-ENAH/Programa Cultural de las Fronteras/ UAM-I/ CNCA
Höijer, B. (2004), “The discourse of global compassion: the audience and media reporting of human suffering”, Media, Culture and Society, Vol. 26(4), pp. 513-531
Verza, M. (2019), “4,700 kilómetros, tres fronteras, un sueño” en Valenzuela, JM. (coord..). Caminos del éxodo humano. Las caravanas de migrantes centroamericanos. México: Gedisa
Wacquant, Loic, (2001), “Deadly Symbiosis. When Ghetto and Prison Meet and Mesh”, en Punishment & Society, SAGE, January, vol. 3, no. 1, pp. 95-133
Zenteno, R, (1995) “Del Rancho de la Tía Juana a Tijuana: una breve historia de desarrollo y población en la frontera norte de México”, Estudios Demográficos y Urbanos, Vol 10, No.1 (28), Ene-Abr, pp. 105-132


1 Por supuesto, en esta ciudad han existidos muchas acciones solidarias con los migrantes durante muchos años, los enormes esfuerzos de las organizaciones de la sociedad civil para contener la emergencia humanitaria dan cuenta de ello.

2 En dicho sismo, hubo alrededor de 300,00 personas fallecidas y otras tantas heridas. Un millón y medio de personas quedaron sin hogar.