A finales del mes pasado, el Museo Nacional de San Carlos de la Ciudad de México inauguró una interesante exposición sobre el barrio donde esta institución se encuentra asentada, la colonia Tabacalera. Tal vez me equivoque, pero una muestra donde este fundamental museo reflexione sobre su entorno local más inmediato es algo bastante inusual, si no es que inédito desde 1968, año en que abrió sus puertas en el palacete de Puente de Alvarado. Incluso el nombre que dieron a la exposición, Somos Tabacalera, parece presentar al museo como una institución adscrita a su colonia, como una institución de servicio no solo a la nación, sino también a sus vecinos. Y, en este sentido, se trata de un proyecto loable y que podrá ser visitado hasta el 20 de enero del próximo año.

Compuesta principalmente de fotografías, aunque también de otro tipo de piezas, diría que la mayor virtud de la exposición es habilitar una reflexión sobre las particularidades de un segmento inusual en la Ciudad de México. A través de las salas, la muestra toma el desarrollo de los edificios más emblemáticos de la colonia y los terrenos donde están emplazados como su principal hilo conductor: el Monumento a la Revolución y el proyecto inconcluso del palacio legislativo; el edificio del Moro, ubicado donde la casa de Ignacio de la Torre, ambos sedes de la Lotería Nacional; el palacio levantado Manuel Tolsá y sus usos desde la tabacalera que dio nombre a la colonia hasta el Museo de San Carlos; el Hotel Reforma, el Frontón México y otros más. Ocasionalmente también da espacio a algunos acontecimientos ocurridos en la colonia como las protestas del movimiento ferrocarrilero en 1958, cosa le sirve para la reflexión sobre la gran concentración de organizaciones sindicales en el barrio. También dedica un espacio al célebre baile de los 41 en 1901 o al encuentro entre Fidel Castro y el Che Guevara en la calle de Emparán. No me pareció encontrar ahí una mención a la reunión constitutiva del Partido Acción Nacional en el Frontón México, el asesinato de Ruiz Massieu o el dramático mitin de Luis Donaldo Colosio pocos días antes de su asesinato.

Fotografía: Eneas de Troya bajo licencia de Creative Commons.

En todo caso, es precisamente la conciencia sobre esta concentración particular de oficinas sindicales y de edificios públicos o de distintos servicios, así como la gran plaza de la República, que el visitante puede caer en cuenta que la pequeña colonia Tabacalera es excepcional. Su vida ha estado vinculada sobre todo a la centralidad del Paseo de la Reforma, especialmente ahí, donde proveniente desde el cerro de Chapultepec, se quiebra para ingresar a lo que en su momento fue una zona residencial exclusiva de la Ciudad de México y que muy pronto se convertía en uno de los principales focos de actividad comercial, recreativa, financiera y burocrática del centro histórico. Mientras que en las últimas décadas del Porfiriato se terminaban de configurar los espacios residenciales para las élites en algunas colonias (como la Juárez y en menor medida la Roma y la San Rafael) y para las clases trabajadoras en otras (como la Obrera y en menor grado la Santa María), la Tabacalera quedó ahí como un espacio central, pero residual. Buscar convertirlo en una suerte de distrito político a través de la construcción de una sede legislativa monumental fue tal vez el proyecto que marcó su carácter.

Y, en ese sentido, la mayor virtud de esta exposición creo que es también su mayor defecto. Al presentarnos estas particularidades de la colonia Tabacalera política y central, no profundizó en la breve Tabacalera residencial y popular. En el polígono que queda al norte de la Avenida de la República y al sur de Puente de Alvarado hoy en día encontramos bellas casas y muchos edificios de departamentos, casi todos construidos bajo las vanguardias el segundo tercio del siglo pasado, donde se desarrolla una colonia que Somos Tabacalera apenas vislumbró. Salvo alguna vitrina con recuerdos de algunos vecinos, la mención a algunos de sus habitantes más famosos como Nelly Campobello y José Clemente Orozco, pareciera que la Tabacalera es una colonia hecha solo para ser habitada por visitantes diurnos.

¿Cuáles son las formas de habitar un barrio así? ¿Cuál es la experiencia de ser Tabacalera? De haber hecho estas preguntas, tal vez hubiéramos encontrado una mayor representación de la vida que se desarrolla en el apacible pero complicado parque Tabacalera, a espaldas del propio Museo de San Carlos. Tal vez habríamos encontrado mención a los numerosos hoteles de paso que hay en estas manzanas, al intenso trabajo sexual que ocurre en sus calles, en Puente de Alvarado y en la vecina colonia de Buenavista. Tal vez habríamos encontrado a sus pequeños empresarios que han tenido negocios emblemáticos para los vecinos o para los burócratas que se alimentan, se embriagan o se toman su cafecito más allá de la Plaza de la República o alguna mención a los habitantes de la calle en ese perímetro.

Aunque la exposición es sumamente valiosa y placentera, creo que llevó la presentación de la colonia Tabacalera a una visión monumental e icónica de lo urbano en la que, me parece, muestra al Museo con la mejor intención de vincularse con su entorno pero aún sin hallar el mejor modo de hacerlo. O tal vez buscaba conciliar una exposición de interés general para la Ciudad de México y el país en general con una mirada más íntima. Esta representación importa porque como una de las instituciones fundamentales de la zona y, además, con la capacidad de generar y divulgar narrativas, una proyección de esa escala puede servir a iluminar algunas cosas y a ocultar e invisibilizar. Es decir, presentar una Tabacalera de opulencia porfiriana, de glamour artístico, de turismo y de epicentro de la vida nacional, conduce a un deseo por revalorar este espacio central, sin mirar la otra cara que también es parte de ese espacio y que lo es, por supuesto, en relación a ese carácter del barrio y no solo al margen de éste.

Me gusta imaginar que Somos Tabacalera ha sido la ocasión en la que el Museo Nacional de San Carlos se abrió a sí mismo la puerta de su barrio al que típicamente le ha dado la espalda. Y tiene la oportunidad de ayudar a moldear la narrativa de un barrio incluyente o bien contribuir a las tendencias excluyentes e higinistas de la revaloración de las zonas centrales. He encontrado como un buen síntoma que rehabilitaran el acceso al palacete por el Parque Tabacalera y no solo por el agreste Puente de Alvarado. Espero que Somos Tabacalera más que una exposición nostálgica sobre la centralidad de la colonia, sea parte de un conjunto de actividades y programas que esta institución puede liderar en su entorno y así poder ser Tabacalera.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Editor de La brújula