Apuntes para acompañar el texto de Sergio Beltrán García

Lo diré rápido: suscribo plenamente las conclusiones políticas, éticas y estéticas del sugerente texto que, a partir de las marchas feministas de las últimas semanas, Sergio Beltrán García publicó la semana pasada en La brújula. Es decir, concuerdo con el autor cuando afirma que “Las pintas hechas el viernes 16 de agosto de 2019 [al Ángel de la Independencia] no le restan simbolismo ni lastiman la identidad nacional, sino todo lo contrario: refuerzan su importancia, actualizan su relevancia y la hacen más democrática”. Coincido.1 Y añado que, como hombres, no creo que debamos decir mucho más sobre el movimiento feminista. Acaso habríamos de contentarnos con escuchar a nuestras compañeras y aprender de ellas —y, sobre todo, con no estorbarles—.

Estas líneas no son, pues, sobre la lucha feminista —como tampoco lo son las de Beltrán García—. Por el contrario, propongo una reflexión marginal y anticlimática sobre los argumentos teóricos que el autor esgrime para sostener su apreciación sobre las pintas a la Columna de Independencia. Es a partir de su evocación a los estudios de la memoria que deseo aportar algunas precisiones históricas y conceptuales a las afirmaciones del destacado arquitecto forense.

Ilustración: Alberto Caudillo

De entrada, es imprescindible aclarar que Maurice Halbwachs no “acuñó en 1950 el término «memoria colectiva»”. En realidad, propuso el concepto en Les cadres sociaux de la mémoire, de 1925.2 Esta precisión cronológica no es mera exquisitez. Por una parte, nos permite recordar —pues nos importa recordar— que el prolífico sociólogo francés había muerto en marzo de 1945 en el campo de concentración de Buchenwald. Las autoridades colaboracionistas del régimen de Vichy lo arrestaron en julio de 1944, apenas dos meses después de que recibiera el máximo honor de la academia francesa: una cátedra en el Collège de France.3

Por otro lado, nos revela cuán distinto era el mundo en 1925. A Halbwachs no le interesaba, como menciona Beltrán García sobre los estudios de la memoria, “buscar estrategias para prevenir” la repetición de “eventos trágicos del pasado”, ni se preocupaba por “los procesos de reparación integral del daño en el marco de la defensa de derechos humanos”, ni podría haberse identificado con los “estudios de la memoria”, término que no apareció sino hasta bien entrados los años ochenta. Halbwachs no vivió lo suficiente para habitar el mundo de la posguerra, en el que tales afirmaciones se hicieron no sólo posibles sino de uso corriente.

No es éste el espacio propicio para extenderme sobre las dinámicas sociopolíticas que, en distintas latitudes, hicieron posible una auténtica efervescencia de políticas públicas, movimientos sociales e intervenciones académicas en torno a la memoria.4 Baste señalar que el discurso contemporáneo sobre el tema está asociado ineludiblemente a la experiencia de la Shoah —ése es el “evento trágico del pasado” que los activistas de la memoria toman como modelo límite y fundacional—. Y, como ha mostrado elocuentemente Tony Judt, las disputas en torno a la memoria del Holocausto no pertenecen a la posguerra temprana, periodo amnésico como pocos, sino a los años setenta.5 En aquella misma década —sigo aquí a Samuel Moyn—6 comenzó a volverse hegemónico el proyecto de los derechos humanos (como recurso retórico, como serie de instituciones, como eje de movilizaciones colectivas, como horizonte utópico), que hoy opera —en una amalgama difícilmente disociable— con una idea pedagógica de la memoria, que la entiende como garantía para evitar la repetición del horror.

La fascinación por la memoria es, pues, verdaderamente nuestra: producto y horizonte de las últimas cuatro décadas. Vale la pena detenerse en los apuntes de Pierre Nora al respecto. La oposición entre lieux y milieux, que Sergio Beltrán usa copiosamente, no se refiere a las tensiones entre una suerte de memoria de bronce —impulsada o impuesta desde el poder público— y una serie de interacciones sociales (prácticas cotidianas, diálogos, protestas) que producirían una “memoria viva” —cualquier cosa que eso pueda significar—. En realidad, Nora habla de una fractura mucho más profunda: la que separa a lo que él llama las sociedades “premodernas, arcaicas, tradicionales” de las contemporáneas. Según este planteamiento, la “verdadera memoria”, la de los antiguos, no necesitaba símbolos, lugares, ni monumentos que la representaran, pues se experimentaba como un vínculo cotidiano y religioso con el pasado, que se activaba desde el presente mediante “tradiciones”, “rituales”, “magia”, lo “sagrado” —éstos son los milieux, los entornos de la memoria—. En cambio, afirma Nora, las sociedades urbanas y seculares son históricas: les importa coleccionar, construir archivos, dejar testimonio —construir, pues, lieux, lugares de memoria—, porque han perdido la capacidad de vivir en comunicación constante con un pasado trascendental que ordena el mundo.7

Las limitaciones del argumento de Nora saltan a la vista. Desde el uso de términos con claro tufillo colonial hasta su incapacidad para ver que la sociedad contemporánea continúa teniendo rituales y encantamientos.8 Pero eso es harina de otro costal. Lo cierto es el esquema del miembro de la Académie française difícilmente puede dar cuenta de las pintas a la Columna de la Independencia.

Cabe también apuntar que los “lugares de memoria” a los que se refiere Nora no son “espacios que ya no se utilizan”, como afirma Beltrán García: Les lieux de mémoire incluye análisis sobre diccionarios, bibliotecas, la fiesta del 14 de julio, canciones populares, las fronteras, el código civil, los bosques, los refranes… ¡el café!. Y difícilmente podríamos decir que el Ángel es un lieu muerto: los hinchas que se reúnen ahí a celebrar el triunfo de su equipo de fútbol; los simpatizantes de cualquier causa que comienzan en esa glorieta una marcha hacia el Zócalo; los amigos que se dan cita a la sombra de la Victoria Alada antes de ir a bailar a un bar de Amberes; los turistas o las quinceañeras que usan la Columna como trasfondo para sus fotos… son todos evidencia de la vitalidad de uno de los espacios más concurridos de la ciudad de México. Que esta miríada de actores cotidianos no use el Ángel para reflexionar sobre el pasado (¿y cómo sería ese uso correcto?) tiene poco que ver con su vida social.

Y es que, en realidad, lo que le interesa a Beltrán García no es la vida o la muerte de los lugares de memoria, sino su “buen funcionamiento”. Es decir, le interesan la política y la moral. Definir qué símbolos deben preservarse, qué figuras deben condenarse al olvido, qué interpretación debe darse públicamente de qué hechos, y mediante qué prácticas es posible cumplir estos objetivos, es un asunto de poder. Pertenece, también, al ámbito del deber ser: es un proyecto utópico. La mayoría de los estudiosos de la memoria opera, sin duda, bajo esta lógica. Les importa prescribir cursos de acción y evaluar la realidad. Como ciudadanos, su labor —que se despliega elocuentemente en las postrimerías de las violencias y las catástrofes— nos puede parecer encomiable —basta echar un vistazo a las iniciativas con que Sergio Beltrán ha acompañado el dolor y la causa de muchas personas—, pero creo que hay que distinguirla de otras formas de entender y estudiar la memoria.

Por ejemplo, quienes nos consideramos herederos del trabajo de Halbwachs y pretendemos hacer una “sociología de la memoria”9 estamos poco interesados en determinar qué y cómo debe recordarse, o en definir cuáles son los buenos y malos usos de la memoria. En cambio, buscamos explicar de qué maneras el pasado y las disputas en torno a él, configuran subjetividades, identidades colectivas, acciones, instituciones, lenguajes, visiones del mundo; mundos. Nos dedicamos a entender más que a juzgar. Somos inútiles para la política. O casi.

El diálogo entre el activismo y la academia es fundamental y puede resultar la mar de provechoso. Pero debe partir, creo yo, de tomar con cautela los argumentos y las lógicas con que cada ámbito opera. Allende el mundo como debería ser hay ya un mundo que, de hecho, es —y, para cambiarlo [sí] hay que interpretarlo—.

 

Rodrigo Círigo
Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y maestro en Sociología Política por la London School of Economics and Political Science.


1 Huelga decir: lo apoyo y me solidarizo con él de cara a las descalificaciones malintencionadas que su texto ha recibido en redes sociales.

2 Lo que ocurrió en 1950 fue la publicación póstuma del libro La mémoire collective, a partir de un manuscrito inconcluso de Halbwachs.

3 Jorge Semprún, su antiguo alumno en la Sorbona y compañero en el campo de concentración, describió los últimos días de Halbwachs, latigueados por la disentería  y quién sabe cuántos otros horrores sin nombre: “Pero pronto empezaron a faltarle las fuerzas para pronunciar siquiera una palabra. Ya sólo podía escucharme, y eso a costa de un esfuerzo sobrehumano. Lo que por cierto constituye lo propio del hombre” (en su libro La escritura o la vida, trad. Thomas Kauf, Barcelona, Tusquets, 2ª. ed., 1996, p. 31).

4 En el ámbito de las ciencias sociales, Pierre Nora fue sin duda responsable de que la memoria se convirtiera en un objeto de estudio legítimo y popular al dirigir el ambicioso proyecto Les lieux de mémoire, obra colectiva de siete tomos que se publicó por primera vez (en francés) entre 1984 y 1992.

5 Tony Judt, “Epilogue. From the house of the dead: an essay on modern European memory”, en su libro Postwar: A history of Europe since 1945, Nueva York, The Penguin Press, 2005, pp. 803-831.

6 Samuel Moyn, The last utopia: human rights in history, Cambridge y Londres, The Belknap Press of Harvard University Press, 2010, passim.

7 Pierre Nora, “Between memory and history: Les lieux de mémoire”, trad. Marc Roudebush, Representations, 26, 1989, p. 8 et passim.

8 Ver, por ejemplo, Saurabh Dube, “Subjects of modernity: an introduction”, en su libro, Subjects of modernity: time-space, disciplines, margins, Manchester, Manchester University Press, 2017, pp. 1-28.

9 Recupero el término que defienden las académicas francesas Sarah Gensburger y Marie-Claire Lavabre. Véase su artículo “Entre «devoir de mémoire» et «abus de mémoire»: la sociologie de la mémoire comme tierce position”, en Bertrand Müller, ed., L’histoire entre mémoire et épistémologie: autour de Paul Ricoeur, Lausana, Payot Lausanne, 2005, pp. 75-96. Para investigaciones que ejercen los supuestos teórico metodológicos de esta corriente, véanse Sarah Gensburger, Les Justes de France: Politiques publiques de la mémoire, París, Presses de Sciences Po, 2010 ; Cécile Jouhanneau, La résistance des témoins : mémoires de guerre, nationalisme et vie quotidienne en Bosnie-Herzégovine (1992-2010), tesis, París, Institut d’Études Politiques de Paris, 2013; y el trabajo seminal de Marie-Claire Lavabre, Le fil rouge: sociologie de la mémoire communiste, París, Presses de la FNSP, 1994.