Cinco días después del segundo sismo de ese maldito septiembre de 2017, se desplomó la mitad de su cúpula. La estructura que asemejaba una corona mariana, con vitrales como joyas, era una obra del arquitecto Emilio Dondé, hecha a principios del siglo pasado para resarcir otros daños pasados del santuario de Nuestra Señora de los Ángeles en la hoy colonia Guerrero. Tal parece que ese templo está destinado a la inconcreción frente la solidez del barrio donde se levanta.

No hubo mayor catástrofe que eso. Tan pronto tembló el martes 19 de septiembre fue visible para la administración del templo que la cúpula se había agrietado y era inestable. Acordonaron la zona. Tenían especial interés en proteger el plantel escolar que había a un lado. Parecía como si el colapso fuera programado para el domingo, día del Señor. La venerada imagen de la Virgen al interior del templo, sin embargo, estaba a salvo.

Fue José Antonio González Velázquez, director de arquitectura de la Academia de San Carlos, quien trazó la planta de ese templo en los primeros años del siglo XIX. Quien haya pisado la capilla del Señor de Santa Teresa, en la callecita de Licenciado Verdad, notará las semejanzas entre ambos inmuebles. Y, caray, ninguno de los dos recintos logró conservar su cúpula original. A diferencia de la típica planta de cruz latina de los siglos anteriores, el santuario de Los Ángeles tenía su crucero al centro del templo. Con ello y las columnas estriadas que decoran y a veces construyen el edificio, el clasicismo de González Velázquez quería insinuarnos un salón de capitolio. Esta disposición de la cúpula —más alejada del altar mayor— contribuyó a mantener a salvo la venerada imagen de la Señora de los Ángeles que, a diferencia de las típicas devociones marianas, no está pintada sobre tela o madera, tampoco es una escultura, sino que está pintada en un muro de adobe. En cualquier caso, además de un refuerzo de la estructura del templo, personal del INAH también procedió a encapsular la imagen —“encofrar”, lo llaman los expertos— y así protegerla de la nueva intemperie a la que quedó expuesta y otros desprendimientos.

Antes del terremoto, el barrio de Los Ángeles en la colonia Guerrero mantenía abierta una colecta para terminar de remozar el santuario. Cualquiera que lo haya podido visitar antes del desastre, podía verificar la sensación de pulcritud del templo aportada no solo por el estilo, sino también por la dedicación vecinal al santuario. Solo prestando un poco más de atención aparecían los detalles: alguna herrería deteriorada, humedades y las pinturas de las pechinas protegidas con plásticos. Apenas unos pocos años atrás se había terminado una restauración del santuario. Hoy lleva dos años cerrado y esperando, ahora, su parcial reconstrucción.

Ilustración: Patricio Betteo

El santuario de los Ángeles no es un museo, sino un núcleo de sociabilidad que por 450 años se ha materializado de diferentes formas en la zona. Una operación de evangelización creó ahí, a finales del siglo XVI, en un barrio marginal y periférico del ya periférico Tlatelolco, un signo religioso que en su momento llegó a ser de la mayor importancia, al menos en el valle de México. No es casual que fuera el director de arquitectura de la Academia quien reedificara su templo, pero tampoco tenía el santuario el prestigio suficiente para correr con los gastos de levantar una basílica de tres naves como en algún momento se propuso.1 A lo largo de los últimos 200 años, la devoción por la Señora de los Ángeles menguó para la ciudad, pero no para su barrio que incluso resistió su identificación como tal a pesar de que, hacia la década de 1870, se le impusiera la traza, nombre y arquitectura de la colonia Guerrero. Siendo el santuario su principal centro de gravedad, la zona no ha dejado de producir espacios simbólicos fundamentales para la Ciudad de México: ahí está el icónico salón de baile con el mismo nombre del barrio y, por qué no, también están ahí sus célebres quesadillas gigantescas llamadas machetes.

La Señora de los Ángeles es aún fundamental para el barrio. Hay que entender cuánto. Su fiesta es el 2 de agosto, por lo que después del terremoto, la comunidad y las autoridades pudieron contar con casi un año para decidir qué hacer. La solución tuvo algo de enternecedor y sorprendente: lo más cercano que se podía estar de la Virgen era a espaldas del templo, en la calle de Soto, donde se encuentra un acceso a las oficinas parroquiales. Así que fue ahí, y no en el parque frente a la fachada del templo todavía acordonada, donde se instaló una carpa donde se celebraron las misas de la fiesta. La distancia física con la imagen era un ingrediente, pero no el único. El INAH contribuyó a la experiencia de comunión: desencofraron la imagen y, con pantallas de televisión, establecieron un circuito cerrado que comunicaba el interior del templo con la provisional capilla callejera. Así, los feligreses no solo estarían lo más cerca posible, ni se conformarían con mirar alguna reproducción de la imagen, sino tendrían su transmisión simultánea. Sí, estamos hablando de la transmisión audiovisual de un objeto inerte. Pues se trataba de venerar no solo la materialidad de la Señora, sino también su temporalidad como objeto, testificándose mutuamente su compañía en el devenir. Este año se repitió la operación.

En todo el país, el santuario de los Ángeles es uno de los 431 inmuebles catalogados por el INAH que sufrieron daños severos en los terremotos de septiembre de 2017. Aunque en varios de ellos se han adelantado muchos trabajos con los recursos del Fondo Nacional de Desastres, la mayoría aún espera el financiamiento que pueda llevar a cabo los proyectos que se han trazado no solo de una reconstrucción, sino su restauración. En el caso de los Ángeles, el INAH ha apurado los estudios. Recientemente el director de Apoyo Técnico de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos, Arturo Mondragón, informó que tras estudiar el caso de los Ángeles, inicialmente se estudiaba tirar los remanentes de la cúpula, pues los muros que la soportaban también resultaron dañados. Sin embargo, luego de varios análisis concluyeron que sería posible simplemente estabilizar los muros y completar la parte faltante de la cúpula con materiales más ligeros. Aún así, como muy probablemente le ocurrió a Emilio Dondé hace más de 100 años, aún les quedan dudas sobre si será necesario reforzar, además, los cimientos del templo. El costo de mantener los Ángeles será elevado. Los trabajos aún no empiezan.

Uno de los problemas con la categoría de patrimonio es que pone en un mismo costal objetos que, desde otras miradas, no tendrían relación alguna entre sí. Con más frecuencia que lo contrario, en vez de dotarlos de un nuevo significado, los vacían para luego uniformarlos como objetos muertos, catalogados desapasionadamente y equivalentes, sobre los que no queda más relación con ellos que la contemplación del anticuario. Peor aún: para poderlos desprender de esa masa sacralizada —y comercializada— a la que son adscritos bajo el crisma de la conservación, no quedan más que las voces autorizadas que puedan contar las minucias de sus particularidades y ordenar así el sentido de su contemplación.

Desde el Estado, se han producido diferentes instrumentos, ordenamientos y hasta protocolos que buscan aminorar la irónica desvalorización que significa la patrimonialización de algunos objetos. Sin embargo, para los Ángeles se ordena hoy lo que no se hizo hace 100 años: restablecer el templo en la mayor medida de lo posible. Al recinto de Antonio González Velázquez de principios del XIX se le amalgamaron elementos de Emilio Dondé en el XX —y posteriormente otros—. Desde la tendencia conservadora del patrimonio, es esa amalgama la que resulta valiosa. Desde la perspectiva del barrio solo importa la imagen de la Virgen y, seguramente, un santuario digno para ella. Ciertamente pueden convivir las dos cosas: la restauración para esa mirada conservadora del patrimonio junto con el santuario vivo. Solo valdría la pena considerar que por lo primero está tomando más tiempo lo segundo. Y peor aún, se le roba al tiempo la oportunidad de contribuir al templo con la insignia de su persistencia como santuario en este casi todavía nuevo siglo.

Hace un par de meses, el senado francés aprobó que la cubierta de Notre Dame sería restaurada de acuerdo a su último aspecto anterior al incendio de abril pasado y debe quedar lista para 2024. Salvo el plazo perentorio, el criterio restaurador en los Ángeles ha sido el mismo. Bajo la óptica patrimonial, sobre ambos edificios pueden trazarse exactamente los mismos argumentos sobre si permitir una restauración fiel a su aspecto anterior o si probar con algún nuevo proyecto. Sin embargo, al estudiar los recintos por su valor cultural, el contenido de ambas argumentaciones podría cambiar. Mientras que París sorteó la duda de si devolverle o no al mundo el aspecto conocido de un ícono que involucra ya muchas más ideas y valores que las del de un templo católico de una comunidad concreta, en el caso de los Ángeles se trata de un recinto poco referido, poco conocido, muy valioso para quienes estudian estas materias, sin duda, pero cuyo valor mayor radica en que solo sirve de soporte para el objeto que realmente es venerado por su comunidad: una imagen pintada en un muro de adobe.

Después del desastre llega la hora del patrimonio. Para el Estado, la reconstrucción es indiscutible, pero sus recursos son por demás insuficientes. En el proceso de restauración, el gobierno anuncia que toma en cuenta lo que ellos llaman un enfoque antropológico. Sin embargo, y por lo general, lo vienen a incorporar un paso después: sobre el de decidir qué y cómo se va a restaurar y se retoma -convenientemente- en la fase del financiamiento y la mano de obra. Tal vez, por un momento, antes de proyectar resulta mejor echar dos pasos para atrás, desnaturalizar la idea de patrimonio y analizar cada objeto en términos de sus relaciones sociales, comunitarias y culturales. En una de esas y acaban saliendo mejor las cuentas.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Editor de La brújula.


1 De acuerdo a María Concepción Amerlinck el arquitecto Francisco Antonio Guerrero y Torres tendría un diseño de tres naves para el templo. González Velázquez también habría retomado este proyecto para hacerlo así en su versión neoclásica.